Dos mujeres, un niño y una guerra. Sus nombres: Irina, Vita, Kostya, y el conflicto: Ucrania. Viola Ardone, que alcanzó renombre internacional con El tren de los niños (Seix Barral, 2023), regresa con una historia sobre las heridas interiores y exteriores de la guerra, las infancias destruidas, las vidas desplazadas y los hundimientos interiores de las pérdidas. La escritora, que ha abundado en la niñez y los desgarrones y la brutalidad que la vida adulta provoca en los más pequeños, regresa a ese territorio, en Tanta vida todavía (Random House), una novela que, detrás del telón de la tragedia que cuenta, asoma la luz de la esperanza y la solidaridad a través de una trama que comienza cuando un niño, por sus propios medios, llega a Italia huyendo del frente. Allí se encontrará con una vieja dama napolitana y su abuela. Ambas se redescubrirán de manera mutua a través de este chaval en busca de un hogar.
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—¿Por qué los niños tienen tanta presencia en su obra?
—Tienen una mirada, un punto de vista, rebajado. Van desde abajo hacia arriba. Es una mirada más amplia. El punto de vista del niño es más interesante porque nos coloca en la proporción justa de las cosas de la vida. En ellos hay una sabiduría que el adulto ha perdido, porque hoy los adultos parecen estandarizados. En cambio, los niños son diferentes. Están más cerca de la creatividad, del mundo, de la magia, de la fantasía. Pero, a pesar de eso, están mucho más cerca de la tierra y tienen una mayor proximidad con la vida principal. Tienen sueños, hambre, frío, calor, frío. Son cosas muy concretas las que suelen tener los adultos.
—Pero son víctimas de las decisiones de los adultos.
—Esto es totalmente cierto. Pero los niños, por el contrario, tienen un poder. Le dicen al mayor: ahora tienes que ser tú el adulto, porque yo soy el pequeño y tú eres el que tienes que cuidarme. El niño coloca en el orden natural la relación que tiene que haber entre los adultos y los niños. A veces los adultos perdemos la capacidad de ser responsables, queremos ser niños, pero ellos no juegan con eso. Son los más pequeños los que nos exigen justo eso. Aparte de escritora, soy docente en un instituto y mis alumnos están en unas edades comprendidas entre los 14 y los 18 años, y ellos muchas veces dicen: «Déjennos ser jóvenes y asuman sus responsabilidades».
—Su protagonista es un niño que huye de la guerra. Cuando está en un colegio, ¿encuentra chavales con su personaje?
—Pienso en eso muchas veces cuando estoy dando clases. Hay chicos y chicas en mi colegio que son parecidos a los niños que están en territorio en guerra, no solo en Ucrania, sino también en Palestina, Irán… No son muy diferentes, pero lo que pasa con los niños de Ucrania es que siguen yendo al colegio y, en mitad de una clase, tienen que abandonar las aulas de repente porque escuchan la sirena antiaérea y van a bombardear la zona. Pero son chicos iguales, con las mismas necesidades y esperanzas que mis alumnos. Cuando escribí el personaje de Kostya, un niño que es idéntico a mi hijo, apasionado de las redes sociales, que le gustaría hacerse streamer y que está inmerso en la cultura del videojuego…, pero para el personaje de mi libro, la guerra, en cambio, ya no está en la pantalla del teléfono. La ve por la ventana y esto provoca un cortocircuito en él.
—Kostya padece un apagón tecnológico. El teléfono que lleva consigo solo lo puede encender en caso de emergencia.
—Esta parte de su historia es como los relatos tradicionales: el niño o la niña, Hansel y Gretel, tienen que cruzar el bosque y están solos. Estos cuentos infantiles tienen que ver con la individualización sobre los ritos de tránsito, de pasar al ser adulto. Para Kostya es un viaje simbólico al mismo tiempo, porque por primera vez está solo, porque tiene que arreglárselas sin nadie. Solo cuenta consigo mismo. No puede acceder al móvil, pero, a la vez, es un viaje real, porque muchos niños van huyendo de Ucrania porque buscan la salvación en el extranjero. Pero, en medio, alguien les ha cuidado en ese viaje. ¿Quién? Un adulto que durante una hora o así se ha convertido en un padre y le ha tratado como a sus hijos.
—Su viaje recuerda a los relatos antiguos: Eneida, Anábasis, Odisea.
—Me encanta cuando una historia tiene sus raíces en lo real, en el presente, en el pasado, pero que conlleva un arquetipo mitológico. Todas las historias de migración y de guerra tienen un arquetipo común. Son los grandes poemas épicos, como la Ilíada, la Odisea o la Eneida, que conjugan ambas dimensiones. Son las primeras narraciones del emigrante. La guerra, antes de la migración, es la causa que desplaza a miles de personas, a ejércitos, a los que huyen o a los que vuelven para ayudar a la patria o a los que escapan de los lugares. Es un hilo que contiene muchas historias de la literatura, pero también atraviesa la realidad. Si una película sobre la Odisea es un blockbuster, esto significa que este mito todavía cuenta el presente y esto es lo que me interesa. Estas narraciones contienen todas las declinaciones de lo real, de lo que es contemporáneo. Son como tejidos de hilos de oro que proceden de muy atrás.
—La novela orbita sobre los eslabones más débiles de la sociedad: mujeres y niños. Kostya trae consigo las heridas de la guerra. ¿Está inspirado en algún hecho real?
—Me inspiré en una historia real que me pidió el diario con el que colaboraba. Este niño se llama Adam y lo vi, a finales de febrero de 2022, recorriendo solo muchos kilómetros en tren, porque huía de la guerra y consiguió llegar a Polonia. Allí lo estaban esperando unos familiares. La parte más tierna es que es un niño que solo tenía un número de teléfono apuntado en el brazo para usarlo en caso de emergencia con estos familiares hacia los que estaba dirigiéndose. Esto me hizo reflexionar sobre el hecho de que, en las guerras, los niños que se salvan, se salvan solos. Solo tienen sus piernas para hacerlo y la guerra va a condicionar y modificar su imaginario, porque ellos son dúctiles, consiguen gestionar las emergencias y los cambios, pero ese trauma se les queda en el interior. Kostya está traumatizado porque su infancia está ligada a la pérdida. Su infancia está bombardeada. Son conscientes de que su vida está expuesta a la pérdida, al hundimiento, al derrumbamiento. Algo así han vivido también los niños que perdieron familiares durante la covid. Es algo similar, porque ninguno tiene seguridad y poseen ese mismo trauma común.
—Hay dos mujeres: Irina y Vita. ¿Cómo definiría la relación de ellas?
—El frente interior de cada guerra tiene historias de mujeres, niños y ancianos que no están en el frente ni en primera línea ni con ametralladora en la mano, pero sí están porque tienen una guerra desde otro punto de vista y sufren todas las consecuencias de un conflicto. Se las llama habitualmente daños colaterales. Poner juntas a dos personas tan diferentes como ellas, aunque viven juntas por distintas razones, que no son empáticas, que no entran en relación, me parecía interesante, porque eso se rompe al llegar Kostya. Él hace que se enganchen y descubren que viven en la guerra. La pérdida es importante en cada una de ellas. Eso será su punto de unión. Hay mucha retórica sobre las mujeres, cómo deben entenderse, que tienen que ser amigas… Pero no es así. No necesariamente, así que ellas son muy distintas entre ellas. Me atraía que estas dos mujeres vivieran en la misma casa y que encuentren gracias a Kostya, que las embarcará en una misión y las llevará a iniciar un viaje.
—Cada uno de los personajes sabe un idioma distinto. Pero encuentran también en el lenguaje un entendimiento.
—He trabajado sobre el lenguaje de los tres personajes. En el caso de Irina, de manera doble, porque Irina nos habla del lenguaje que adopta un emigrante. Una lengua que no aprendió en la escuela, sino sobre la marcha, en su vida, aunque ella en el fondo es culta, porque está licenciada en filosofía y tiene un pensamiento complejo, conoce a Dante Alighieri y conoce su idea del universo. Para ella la cultura es identitaria. Estudió a Dante en italiano y es un refugio para ella. Respecto a quien ve al emigrante como un estereotipo, que tiene una cultura mediocre, ella cita a Dante en italiano y aprenderlo es como conquistar su propio territorio, decir: «No soy la que tú crees», porque conozco al poeta más importante de Italia.
—¿La cultura es el verdadero elemento identitario?
—Sería fantástico, pero lamentablemente… La historia debería enseñarnos, pero nunca aprendemos de ella, y de la literatura todavía menos aún. Los hombres, de manera cíclica, cometen los mismos errores. Están dominados por la violencia, la avidez, el interés. Hay un contraequilibrio, la convivencia, la necesidad de paz para seguir hacia adelante y mejorar, pero estos ciclos de la guerra y la violencia nos dicen que hay que estudiar la historia para conocer los mecanismos de causa y efecto, no para que sea un antídoto, porque se repetirá más tarde o temprano. Después de 1945, estábamos convencidos de que aquel orden, esa paz, se hubiera mantenido en el tiempo porque habíamos vivido lecciones muy duras. No ha pasado tiempo y, una vez más, tenemos una guerra a la puerta de Europa. Ha vuelto el imperialismo, Rusia, Estados Unidos, Israel y un nuevo genocidio, y lo tenemos todos delante de los ojos, y el mundo asiste impotente a esto. Primo Levi nos explicó que nunca más debería suceder eso. En Italia lo estudiamos en el instituto, pero ya estamos en lo mismo de nuevo. La historia se repite, la historia no nos enseña nada.
—Vita bautiza a su enfermedad con un nombre.
—Vita es una mujer herida, que ha perdido su capacidad de mirar la vida con sentido del humor a pesar del dolor. Da un nombre a la enfermedad, Orietta, que encierra alegría y no porque se pueda bromear con la depresión, sino porque es una manera de tenerla bajo control, porque dar un nombre es controlar. Denominar es dar definición y eso es trazar una frontera, un límite. Es una estratagema. Tener un diálogo con su malestar para que no le domine la depresión. Tiene nombre propio como lo tiene una inquilina.
—Irina y Vita son muy humanas.
—No quería que hubiera santos ni héroes en esta novela. No quería que fuera una mujer que sufre y otra que sea perfecta. El duelo no nos hace que seamos mejores personas ni más santas. El dolor y la pérdida son traumas que hay que afrontar. No creo en esa retórica que dice que el dolor mejora a las personas. Es una mujer con defectos y es muy real, a mi modo de ver, Irina, es una emigrante, no una santa. Tiene sus problemas. Me gustaba hablar de las sombras de estos personajes.
—Irina tiene a su hijo desaparecido en el frente de Ucrania. Es el punto de partida de un viaje.
—Román. Este personaje es complejo. Es un chico mimado que tiene vicios y siempre vivió detrás del trabajo de su madre, sin querer trabajar nunca, pero que, por otro lado, él cuida a Kostya y lo envía a Italia. Él va a alistarse en el ejército. Se va a la guerra, pero le está diciendo al chico: «No te preocupes, porque, aunque no tengas noticias mías, me encontrarás». El padre tiene un programa. Irina está convencida de que es un héroe y está orgullosa de su hijo, pero cuando descubre la verdad, se enfrentará a dos posiciones opuestas: la parte de la desilusión, es un desertor, y la de dar las gracias porque está vivo. Padres e hijos se desilusionan, pero siguen amándose.
—La historia gira sobre la necesidad de solidaridad entre personas.
—La solidaridad no la tenemos solo porque seamos buenas personas. Eso es caridad. La solidaridad es política, algo que nos une para que todos estemos mejor. No es solo la bondad. Somos solidarios cuando tenemos todos juntos que alcanzar un objetivo y que todos estemos mejor. Para mí, este lazo es lo que pasa en los tres personajes. Es lo que viven Kostya, Irina y Vita. El vínculo de solidaridad surge cuando entienden que solo unidos pueden tener un proyecto común.
—¿El hogar está en las casas o en las personas?
—La casa son las personas. Los edificios, los inmuebles, pueden derrumbarse y las personas pueden marcharse. La casa verdadera son los afectos familiares, el lugar que queremos alcanzar.
—También hay en el libro esperanza.
—No hay consuelo, pero sí hay esperanza, en cambio. Con la vida que todavía nos queda, a pesar del duelo y el dolor, hay que aprovecharla, hay que vivirla. La vida tiene que ser como esa hierba que crece a lo largo de una pared, esta es la esperanza.
—¿Cómo ve la guerra en Ucrania?
—Cuando empezó, todos pensamos que iba a ser rápido porque teníamos a la UE, el derecho internacional, porque no es posible que un país con soberanía invada a otro, pero hemos aprendido que los derechos no se mantienen por sí solos. Siempre hay que protegerlos y defenderlos. El presente no está mostrando nuestras responsabilidades. Hemos sido niños mimados y hemos despertado ahora con esta alerta. Nuestras acciones tienen una influencia en la historia y Europa está frente a una prueba histórica. O logra de alguna manera llegar a una unidad política o se va a fragmentar y fracasar. La debilidad de Europa respecto a Ucrania ha hecho que el conflicto haya durado más de lo imaginado.





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