Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) ha escrito un libro sobre Bob Dylan. Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible (Libros del Asteroide, 2026) se suma a los, según una bibliografía especializada, 1910 volúmenes que se han escrito con “temática dylaniana”. Este narrador, poeta, traductor y profesor de Escritura Creativa se ha acercado a un monstruo de la creación —¿o de la Creación?— porque considera que en su obra, tal y como cuenta a Zenda, “se puede descubrir cómo funciona la creatividad humana”. “Como Homero —escribe—, como Shakespeare, como Emily Dickinson, como Emily Brontë, como John Ford, Bob Dylan será siempre un enigma. Su música es tan grande, tan poderosa, tan vasta como América, y el hombre que hay detrás, el ser humano que la ha creado, es una mota de polvo perdida en una vía de tren. Por mucho que busquemos, nunca daremos con él”. Conversamos desde la admiración, lejos de los dylanólogos… y de los detractores cenizos.
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—Señor Jordá, ¿por qué le gusta Bob Dylan?
—¿Por qué te gusta vivir? (Risas) ¡No sé cómo puedo contestar a esa pregunta! A ver, primero, no soy un fan incondicional, no soy un dylanólogo, no soy ningún experto. Seguramente, alguien verá en el libro algún dato o alguna referencia no del todo correcta. Los dylanólogos te dicen: “No, eso fue en tal año, en Nashville, a las 4:01 de la mañana”. Dicho esto, soy alguien a quien le gusta mucho Bob Dylan. Yo escribo poesía y narrativa y me gusta adentrarme en el misterio de la creación que representa Dylan. Es alguien que tiene una obra muy considerable, y en ella se puede descubrir cómo funciona la creatividad humana, la creatividad artística.
—¿Recuerda cuándo lo descubrió?
—Sí. Conscientemente, en la radio, creo que en RNE. Fue en el año 71, yo tenía catorce años. Escuché en la radio, no recuerdo el programa, una canción del disco Self Portrait: “Wigwam”. Era una canción en la que Dylan, simplemente, expresa un momento de plenitud vital. Tararea: “Da-da-da…”. Yo no sabía quién era Bob Dylan y me pregunté: “¿Esto qué es?”. Fíjate, han pasado más de cincuenta años y me acuerdo perfectamente de ese momento.
—En el principio era el Verbo, ¿y el Verbo era Bob Dylan?
—¡Claro! Y el Verbo era con Dylan (risas). Así empieza el Evangelio de San Juan. Cuando lo lees en voz alta, tiene una sonoridad…, te lleva al mundo de Dylan. ¡Bien visto!
—Dylan es Homero y es Ulises…
—Y muchos de los personajes de la Odisea. Ulises es el hombre de las muchas caras, de los muchos giros. El que anduvo errante. Te cito la traducción del comienzo de la Odisea que le gusta citar a Dylan y que utilizó en el discurso del Nobel, que él no lo leyó, sino la embajadora americana: “Canta, oh, musa, y cuenta la historia del hombre de múltiples rostros que anduvo errante durante mucho tiempo después de haber destruido el alcázar de Troya”. Es él, el hombre de múltiples rostros y giros. En griego se dice polýtropos. Es una palabra dificilísima de traducir, es el hombre que ha dado muchas vueltas, que tiene muchos rostros y que dice muchas mentiras. Es la mejor definición que puedes encontrar de Dylan.
—“Es imposible —escribe— encontrarse con un músico actual que no haya sido influenciado por la música o las letras de Dylan, ya sea por acción o por reacción”. Venga ya, ¿en serio? ¿Qué hay de Dylan en Bad Bunny?
—A ver, los de reguetón, no creo. Yo hablo de músicos con un mínimo nivel. Pero Taylor Swift, por ejemplo, o Dua Lipa sí saben quién es Dylan. No creo que le hayan escuchado continuamente, pero sí han recibido algún impacto de alguna canción de Dylan: la letra, la interpretación, la pasión que pone en la música… Gente que se preocupa de componer canciones y de escribir unas letras que tengan sentido. El reguetón, para mí, es Auto-Tune; es inteligencia…, no, es idiotez artificial.
—Cuanto más cree uno que se acerca a Dylan, ¿más lejos se halla de él?
—Por lo que he leído, y he leído bastante, cuanto más te acerques, él se irá alejando más de ti. Es una persona muy huraña, muy esquiva. A no ser que seas alguien que conoce y que le transmitas confianza…, y de esos, hay muy pocos. O que seas una mujer que, por lo que sea, le intereses. Así le pasó a la violinista Scarlet Rivera: iba por la calle con el estuche del violín, Dylan la vio, imagino que le gustó, porque era una chica guapísima, y le dijo: “Oye, ¿quieres tocar con Bob Dylan?”. Y ella: “Sí”. “Pues mañana, a las nueve de la mañana, nos vamos de gira”.
—En cuestión de mujeres, Dylan es más de Penélope que de Nausícaa.
—Él es de todas (risas). Es de Nausícaa, de Circe, de Calipso…, pero para vivir eligió a una Penélope, que es la mujer con la que se casó: Sara. También tuvo una Nausícaa: Suze Rotolo. Le enseñó muchas cosas.
—Le descubrió a Rimbaud.
—Ella era muy joven y tenía una mente muy, muy potente. Leía mucho. Y Dylan no tenía esos conocimientos. Suze Rotolo sacó una autobiografía que está muy bien. Ella no le perdonaba que era un tío que se acostaba con todas las chicas del barrio. Y luego era muy mentiroso.
—Tengo la sensación de que eso le divierte. Estoy recordando el documental de Scorsese sobre la gira The Rolling Thunder Revue: todo era una farsa.
—Le encanta ficcionarlo todo. Y su vida, lo primero. Lo vemos en sus discos. Hay varios periodos, y en cada periodo es un Dylan distinto: el cantautor protesta no tiene nada que ver con el psicodélico; el psicodélico, con el bucólico; el bucólico, con el bíblico; el bíblico, con ese rockero desengañado y asqueado de los años ochenta… Son todos distintos. En el último, te habla con una voz de ultratumba, como desde el más allá…
—Vamos acabando, Eduardo. ¿Lo peor de Dylan son sus seguidores ultraortodoxos…?
—Sí, los dylanólogos. Creen que sólo ellos son capaces de interpretar a Dylan, y yo creo que a Dylan no hay que interpretarlo. Tú escucha, asimila lo que oyes e incorpóralo a tu vida. Haz de una canción que ha compuesto un señor de Minnesota que, a lo mejor, estaba yendo en una caravana por Wyoming, material de tu propia vida. Escúchalo y que se incorpore a tu torrente sanguíneo. Los dylanólogos no quieren eso.
—Sólo hay algo peor que un dylanólogo: sus detractores pelmazos. Cuando le otorgaron el Nobel, el pataleo infantiloide de muchos apóstoles del coolturetismo patrio fue insoportable.
—Son iguales. Es gente que tiene una reacción totalmente visceral y ridícula contra Dylan: que si es un mal poeta, que si no sabe cantar, que si no sabe tocar la guitarra, que si es un coñazo…
—No se me ocurre poeta mejor que Dylan en el último medio siglo. Que le iguale, sí; que le supere, ni de broma.
—Claro. Y una cosa: repasa la lista de quienes han ganado el Nobel en los últimos treinta años. Ni uno de ellos ha sido inmune a la música de Dylan.





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