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Isidoro Acevedo: la biblioteca de los topos

Isidoro Acevedo: la biblioteca de los topos

El lujo de Lucio Caneja consiste en no compartir el cuarto. En las otras habitaciones de la casa, los trabajadores de las minas duermen amontonados, de dos en dos en los camastros. Él prefiere recortar otros gastos y conservar un espacio donde pueda leer y escribir sin demasiadas molestias. Tiene una mesa con libros y papeles y una estantería desvencijada. Los registros policiales le han reducido algunas veces la biblioteca; él ha vuelto a reunirla a fuerza de sacrificios. Así lo encontramos en un pasaje de Los topos, la novela que Isidoro Acevedo publicó en 1930.

Podríamos empezar por el carbón, pero prefiero empezar por esos libros.

El carbón nos prepara para un relato sobre el esfuerzo físico, la oscuridad, el peligro. La pequeña biblioteca modifica la expectativa. Antes de preguntarnos cuánto soporta un hombre, nos obliga a preguntarnos qué desea. Caneja quiere disponer de unas horas, una mesa y cierta intimidad. No necesita que otro personaje más instruido llegue para descubrirle la existencia del pensamiento. Ya tiene el suyo. Y una parte de su escaso presupuesto está destinada a que nadie se lo interrumpa.

Me interesa esa habitación porque impide que la compasión haga todo el trabajo de la lectura. Compadecer a un personaje puede ser una forma de mantenerlo a distancia: reconocemos su sufrimiento, nos damos por enterados y seguimos adelante. Escucharlo exige más. Puede tener opiniones que nos incomoden, aspiraciones que no habíamos previsto, convicciones que consideremos equivocadas. Puede, incluso, aburrirnos con sus argumentos. La dignidad literaria incluye ese riesgo: un personaje no está obligado a resultar enternecedor para merecer nuestra atención.

Los topos. La novela de la mina permite entrar en ese problema. No llega, por otra parte, desde una oscuridad bibliográfica absoluta. Renacimiento la recuperó en 2020, en una edición de Manuel Neila, y Santos Sanz Villanueva escribió sobre ella en esta misma revista en octubre de 2021. Conviene reconocer esos trabajos antes de desempolvar la habitual ceremonia del descubrimiento. La segunda lectura de un libro puede ser más interesante que la proclamación de su rescate.

"Vale la pena detenerse en el oficio de tipógrafo. Un hombre que compone páginas conoce una materialidad de la literatura que al lector puede pasarle inadvertida"

Acevedo había nacido en Luanco en 1867. Fue tipógrafo, corrector y periodista; dirigió publicaciones como La Voz del Pueblo, La Lucha de Clases y La Aurora Social. Su trayectoria política pasó del socialismo al comunismo. Cuando publicó Los topos rondaba los sesenta y tres años y había dado a la imprenta otra novela, Ciencia y corazón, en 1925. Moriría en Moscú en 1952, después de haber marchado al exilio. Su biografía pertenece tanto al mundo del trabajo y de la prensa como al de los libros.

Vale la pena detenerse en el oficio de tipógrafo. Un hombre que compone páginas conoce una materialidad de la literatura que al lector puede pasarle inadvertida. Las ideas también necesitan taller. Antes de convertirse en una frase que alguien recuerda, han ocupado espacio, han exigido correcciones, han pasado por unas manos. Me gusta pensar la biblioteca de Caneja junto a ese oficio de su autor: en ambos casos, el libro aparece como algo que cuesta trabajo, no como un objeto que surge espontáneamente en las casas.

Eso no convierte a Acevedo en minero ni autoriza a confundir la novela con unas memorias profesionales. En el preliminar, él mismo explica la relación de otra manera. Cuenta que Rafael Cansinos Assens, al ocuparse de la literatura asturiana en una crónica de La Libertad, le había sugerido escribir la novela de la mina. Acevedo atribuye aquella confianza a sus años de «convivencia espiritual» con los trabajadores. Es su explicación del origen del proyecto, y también una declaración sobre el lugar desde el que escribe. La cercanía importa, pero no elimina la distancia. Conocer un mundo no equivale a poseer todas sus voces. Entre acompañar a unos hombres y hablar por ellos existe una dificultad que ninguna buena intención resuelve por adelantado. Precisamente ahí puede empezar el interés de una novela: en lo que consigue escuchar y en aquello que sus propias convicciones le dificultan oír.

Manuel Tuñón de Lara destacó el valor de Los topos como documento de la huelga minera asturiana de 1927, una apreciación que recoge la presentación editorial de Renacimiento. Sanz Villanueva, por su parte, situó el relato entre la ficción y el reportaje, con las condiciones laborales, la organización de la protesta y su fracaso como elementos del argumento. La palabra documento necesita, sin embargo, una lectura cuidadosa. Una novela puede proporcionar información sobre un conflicto y, al mismo tiempo, organizar esa información para conducirnos hacia una interpretación. El novelista distribuye la palabra, decide qué conducta merece explicación y cuál queda despachada mediante un gesto. Hasta el silencio de un personaje es una decisión suya. La ficción no pierde interés porque intervenga en lo que cuenta; lo perdería para nosotros si olvidáramos esa intervención y utilizáramos sus escenas como actas de una reunión.

"El lector puede advertir una asimetría en esa distribución: uno de los dos parece haber llegado a sus convicciones; la otra parece haberlas recibido"

Tampoco basta con identificar las convicciones de un autor para dar por explicado el libro. Saber desde dónde escribe no nos dice todavía qué sucede cuando sus personajes hablan. Un programa puede aspirar a la coherencia; una conversación tiene derecho a complicarla.

Y en Los topos hay una conversación que merece esa atención.

Caneja habla con Ernestina sobre sus ideas y sobre la posibilidad de que ambos lleguen a casarse. Él invoca una humanidad sin pobres ni ricos y encuentra una afinidad entre sus aspiraciones y el mensaje de Cristo. Ella le recuerda que no practica su religión. La discrepancia pasa entonces por la Iglesia, por la educación recibida y por el respeto a la conciencia de cada uno. Caneja asegura que no violentaría la de Ernestina y le pide que respete la suya. Después reclama un beso. La escena tiene algo que una exposición doctrinal no puede darnos: la presencia de alguien a quien el discurso no termina de convencer y cuya respuesta, además, importa personalmente al que habla.

Caneja quiere a Ernestina. Su promesa de respetarla merece ser tomada en serio. Pero resulta significativo que explique las creencias de ella mediante la educación paterna mientras presenta las propias como verdades de alcance universal. El lector puede advertir una asimetría en esa distribución: uno de los dos parece haber llegado a sus convicciones; la otra parece haberlas recibido. El diálogo permite preguntarse si el respeto declarado alcanza también al reconocimiento de que la persona amada pueda pensar de otra manera por razones propias.

No hace falta convertir a ninguno en vencedor de la discusión. La pregunta literaria es más fértil que el reparto de premios. ¿Cómo se ama a alguien a quien se considera equivocado? ¿En qué momento el deseo de comprenderlo se transforma en el proyecto de corregirlo? ¿Puede una convivencia sostenerse sin que uno de los dos espere secretamente la conversión del otro?

Son preguntas que no pertenecen únicamente a los personajes con grandes convicciones. También aparecen en las relaciones más corrientes, allí donde cada cual confunde con facilidad su propia costumbre con el orden natural de las cosas.

«Dame un beso, Ernestina», dice Caneja. La petición devuelve el diálogo a una escala que él no puede resolver mediante una explicación del mundo.

"La observación merece entrar en la lectura sin transformarse en un juicio sumario contra el escritor"

Ahí encuentro una razón para no despachar la trama amorosa como un adorno sentimental. Puede convertirse en el lugar donde una idea tiene que tratar con una persona concreta. La humanidad, considerada en conjunto, carece de la incómoda particularidad de contestarnos. Ernestina, en cambio, contesta. Tiene una educación, una fe, un afecto y una voluntad que no desaparecen porque el hombre enamorado haya elaborado un discurso convincente para sí mismo.

La novela gana cuando nos permite atender a esa resistencia sin obligarnos a resolverla de inmediato. Incluso una escena concebida para apoyar una tesis puede producir preguntas que la desborden. Ese excedente —lo que una situación humana nos hace pensar más allá de la conclusión prevista— es uno de los placeres de leer con libertad.

Hay otra conversación, menos visible, que conviene escuchar: la que mantiene el narrador con las formas de hablar de sus personajes.

José Bolado examinó en Lletres Asturianes el tratamiento del asturiano en Los topos. Señaló que la incorporación de rasgos lingüísticos locales contribuía a la verosimilitud de los diálogos, pero reparó también en los comentarios que los acompañaban. En uno de los pasajes estudiados, el narrador presenta a Xuaco como un joven culto que «hablaba correctamente el castellano» y empleaba expresiones del bable en conversaciones cordiales. Bolado interpreta esa distribución como una manifestación de diglosia: el castellano aparece asociado al prestigio cultural y el asturiano queda vinculado a la proximidad afectiva. La observación merece entrar en la lectura sin transformarse en un juicio sumario contra el escritor. Permite advertir algo más preciso: no solo caracteriza a un personaje lo que dice, sino la explicación que el narrador añade a su manera de decirlo. Un comentario aparentemente incidental puede establecer una jerarquía que el diálogo, por sí solo, no contenía. El oído crítico necesita atender a los dos niveles.

"¿Qué significa que los trabajadores tengan voz en una novela? Desde luego, algo más que concederles intervenciones"

Esta cuestión devuelve espesor a la pregunta inicial. ¿Qué significa que los trabajadores tengan voz en una novela? Desde luego, algo más que concederles intervenciones. Importa si pueden exponer sus razones sin que una instancia superior las traduzca, las disculpe o indique de antemano cómo deben ser recibidas. Importa también qué clase de autonomía conservan frente al autor que ha decidido representarlos.

Por eso me parece insuficiente leer una obra como esta únicamente para comprobar si su mensaje coincide con nuestras preferencias. El acuerdo puede volvernos lectores perezosos tanto como el rechazo. En ambos casos corremos el riesgo de reconocer una posición y dejar de observar la escritura. Nos perdemos entonces un cuarto, una inflexión, una promesa entre enamorados; precisamente las cosas que impiden reducir una novela a su resumen.

La biblioteca de Caneja pertenece a ese orden de detalles.

Su presencia tampoco obliga a imaginar al lector obrero como una excepción milagrosa. El propio Bolado recuerda que, según la memoria de 1920 del Ateneo Obrero de Gijón, su biblioteca había efectuado 13.623 préstamos. La cifra habla de una actividad cultural organizada y de libros que circulaban, no únicamente de ejemplares conservados para prestigio de una institución.

Cuando nos sorprende encontrar un libro en manos de un trabajador, la sorpresa merece ser examinada antes que el trabajador. Tal vez habíamos admitido que tuviera necesidades, pero no habíamos pensado suficientemente en sus preferencias. Necesitar instrucción es una condición que otro puede diagnosticarnos; querer leer es ya una elección. No son cosas incompatibles, aunque tampoco son la misma cosa.

"A un escritor se le toma en serio cuando se examina lo que consigue, cuando se discuten sus decisiones"

En literatura, esa diferencia resulta decisiva. Un personaje al que solo permitimos necesitar permanece a la espera de una solución. Un personaje que desea puede tomar caminos que no habíamos preparado para él. Se equivoca, insiste, se enamora de quien complica sus convicciones, reserva dinero para una actividad que no le procura un beneficio inmediato. Empieza a vivir fuera del expediente que habíamos abierto sobre su desgracia.

La recuperación de Acevedo merece esa exigencia. No necesitamos proclamar una obra maestra desconocida cada vez que vuelve a circular un libro. La obligación de admirar es una pésima invitación a la lectura. Resulta mucho más estimulante encontrar un texto al que podamos hacer preguntas y que, aun desde una época y unas formas narrativas distintas, nos proporcione materia para seguir haciéndolas.

También conviene evitar la indulgencia reservada a las buenas intenciones. A un escritor se le toma en serio cuando se examina lo que consigue, cuando se discuten sus decisiones y cuando se reconoce una escena que merece permanecer. Convertirlo en un emblema puede ser una manera muy ceremoniosa de no volver a abrirlo.

Yo volvería al cuarto de Caneja.

No para colocar al personaje en una estampa ejemplar del amor a los libros. La afición a leer no garantiza bondad, lucidez ni acierto; tampoco tiene por qué hacerlo para resultar valiosa. Volvería porque allí aparece una intimidad que la categoría de minero no agota. El personaje pertenece a un mundo de relaciones laborales y de convicciones compartidas, pero también necesita un lugar en el que estar consigo mismo.

Me quedaría ante la estantería. No sabemos, por ese pasaje, qué títulos contiene, y sería un error amueblarla con nuestras preferencias. Podemos reconocer el esfuerzo de reunirla sin decidir qué debería leer su dueño.

Esa reserva me parece una buena forma de acercarse a Los topos: atender a sus hombres sin dar por supuesto que ya sabemos todo lo que les corresponde pensar.

Dejemos a Caneja sentarse. Ha sacrificado otras cosas para conseguir ese rato.

También el lector puede aprender a no interrumpirlo.

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Nota de documentación, fuera del artículo: los pasajes comentados se han contrastado con reproducciones de la edición de 1930 y con el estudio de José Bolado; los datos bibliográficos y la recepción crítica, con Renacimiento y la reseña de Santos Sanz Villanueva.

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