Lo que nunca imaginé es que aquella idea, nacida casi por casualidad, terminaría conectando con miles de lectores y convirtiéndose en una conversación compartida sobre algunas de las contradicciones de nuestro tiempo.
Muchas veces son las circunstancias las que nos empujan a recorrer caminos que nunca habíamos pensado transitar. Yo no había previsto escribir Tontocracia. No estaba entre mis planes inmediatos, ni siquiera lo contemplaba hacer en el futuro. Fue la vida, encarnada en una editora, la que lo terminó propiciando.
Es cierto que las ideas, los personajes y los escenarios que sostienen su narrativa llevaban años bullendo en mi cabeza. Aquel jefe palo muerto que se refugiaba tras el humo de su pipa; aquel decano que, cual bailarina de ballet, sorteaba de puntillas cualquier inconveniente; aquel “bienqueda” que ni siquiera conseguía quedar bien consigo mismo. Todos ellos aguardaban en la trastienda de mis pensamientos. Tal vez por eso llevaba años sintiendo la necesidad de desenmascarar a los protagonistas de una tragicomedia que, pese a sus apariencias, tenía mucho más de tragedia que de comedia. Solo faltaba que la serendipia hiciera su trabajo y le diera un nombre: Tontocracia.
Sin embargo, faltaba algo. Faltaba una chispa capaz de transformar aquella amalgama de experiencias, intuiciones y reflexiones en un proyecto editorial.
Esa chispa tuvo nombre y apellido. Pero permítame que reserve su identidad hasta el final.
Recuerdo que me pidió algo aparentemente sencillo:
“Santiago, propón un índice. Pon en orden tus ideas y veamos tu propuesta.”
Lo que apareció fue Tontocracia.
Lo curioso es que el libro no nació cuando empecé a escribirlo. Lo hizo mucho antes.
Probablemente comenzó a gestarse en mis años de empresa, continuó durante mi etapa docente y siguió creciendo a medida que la experiencia me permitió contemplar todas aquellas situaciones con una mirada más amplia.
En ese recorrido vital había algo que no terminaba de encajar. Veía cómo el sentido común parecía ausentarse de demasiados lugares. La mediocridad lograba imponerse con frecuencia al mérito; la apariencia desplazaba a la esencia y la reputación cedía terreno a la popularidad. No se trataba de episodios aislados.
El mismo fenómeno aparecía una y otra vez en ámbitos muy distintos.
Lo veía en una enseñanza cada vez más preocupada por proteger de cualquier frustración que por preparar para la vida: la educación convertida en un spa emocional.
Lo veía en las organizaciones donde los valores que se proclamaban no se practicaban: la empresa transformada en puro teatro.
Lo veía en una sociedad fascinada por los escaparates y los atajos: la sociedad convertida en un inmenso trampantojo.
Y lo veía también en una política que, demasiadas veces, convertía la frivolidad en argumento y el ruido en propuesta.
La misma pregunta regresaba una y otra vez a mis reflexiones. Estaba presente en todo tipo de escenarios con rostros y ropajes distintos, pero siempre terminaba evocando la misma perplejidad:
¿Cómo hemos llegado a normalizar la falta de honrada exigencia y de sana ambición?
Esta pregunta acabó convirtiéndose en el verdadero origen de la obra.
Quizá por eso el concepto de tontocracia encontró eco en las redes sociales antes incluso de convertirse en un libro. Aquella palabra, nacida al abrigo de la intuición, parecía poner nombre a una sensación que era compartida por muchas personas.
Paradójicamente, cuando publiqué mis primeras obras fui yo quien tuvo que llamar a la puerta de las editoriales. Esta vez sucedió justo lo contrario. La editorial llamó a la mía.
La propuesta llegó en el momento oportuno.
Lo que comenzó como una conversación acabó convirtiéndose en una invitación a ordenar años de observaciones, dudas y aprendizajes. Y, curiosamente, también en amistad. Pero eso daría para otro libro.
El resultado fue una obra poblada por personajes fácilmente reconocibles. Algunos responden a arquetipos clásicos, como el tonto, el necio o el mediocre. Otros nacieron de observar determinados comportamientos humanos repetidos una y otra vez en distintos escenarios. El jefe gritón o el vendedor de humo. Personajes reconocibles en cualquier entorno organizativo, que, sin pertenecer a alguien en particular, nos pertenecen a todos.
Tontocracia no pretende ridiculizar a nadie. Tampoco señalar culpables. Su propósito es más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: invitar a reflexionar sobre ciertos comportamientos que hemos terminado aceptando con demasiada naturalidad.
Porque las sociedades no se deterioran de golpe. Lo hacen poco a poco, cada vez que la comodidad sustituye al criterio y la apariencia vence a la verdad.
Por eso el libro concluye con una apelación a la esperanza.
No a la esperanza ingenua que espera soluciones milagrosas, sino a la que nace de la conducta individual. No contiene una llamada al heroísmo sino a lo humano. A conservar el criterio propio y a defender aquello que merece ser defendido.
No es una narrativa cerrada. Está abierta a que usted complete sus páginas con los personajes que haya encontrado a lo largo de su propia existencia.
No siempre podremos cambiar el mundo. Pero siempre podremos decidir quién queremos ser dentro de él.
No libre todas las batallas. Pero sí libre algunas. Las verdaderamente importantes.
Le necesitamos. Porque sin usted, aquella chispa, ¿recuerda?, que un día encendió mi editora Berta Moreno, no habría encontrado el sentido para el que nació: convertirse en algo compartido.
Charlemos a partir de sus páginas. Ahí empieza la verdadera historia.
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Autor: Santiago Ávila. Título: Tontocracia. Editorial: Vergara. Venta: Todostuslibros.


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