Este libro traza un recorrido emocional que transita desde la vulnerabilidad del ser hasta la fuerza de las revoluciones. Con referencias que van desde Marilyn Monroe hasta los clásicos griegos, el autor construye un universo donde lo cotidiano y lo eterno convergen.
En Zenda ofrecemos tres poemas en prosa de Elige todo (El sastre de Apollinaire), de David Fraguas.
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EL SECRETO DE LA FELICIDAD
El 6 de agosto de 1962 —día de la muerte de Marilyn— el presidente de los Estados Unidos de América bebe Coca-Cola.
Liz Taylor —en los ojos, el brillo de Cleopatra— bebe Coca-Cola.
Joe DiMaggio, Bobby Fischer y la Thatcher —la Thatcher, la mismísima Margaret Thatcher, impasible en su despacho del número 10 de Downing Street— beben Coca-Cola.
La mujer que arrastra un carrito de supermercado, lleno de ropa vieja, en las calles heladas de Nueva York, bebe Coca- Cola.
Stalin, Pinochet y Mao Zedong beben, frente a un jardín en llamas, miles, millones de botellas de Coca-Cola, botellas frías, simétricas, perfectas, dispuestas para saciar su insaciable sed.
Jerome Salinger —operario de la General Electric, 42 años, natural de Marion, Alabama— bebe Coca-Cola, vacía de un trago, de un largo y glorioso trago, una botella de Coca-Cola.
Andy Warhol y la princesa Diana beben Coca-Cola.
Marilyn Monroe —las mejillas con lágrimas de rímel, los ojos hinchados de vivir, hinchados de llorar— bebe Coca-Cola, bebe una Coca-Cola tras otra, como una autómata, como alguien que sabe que lo ha perdido todo, que ya lo perdió todo mucho antes de tenerlo todo, bebe hasta que una montaña de botellas de Coca-Cola rodea su cuerpo, entierra su cuerpo, su cuerpo frío, desnudo, tan hermoso.
Todos, todos beben Coca-Cola, miles, millones de botellas y latas vacías de Coca-Cola inundan los océanos.
Todos, todos, como si ello nos hiciera un poco menos infelices o le aportara algún sentido a nuestras vidas, bebemos Coca-Cola.
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CANCIÓN DE CUNA
El código penal estalinista, en su artículo cincuenta y ocho, sección uno, decreta que los familiares del traidor —por acción contrarrevolucionaria— sean condenados a cinco años de exilio en Siberia.
La ruta a Kolimá, la M56 —la carretera de los huesos—, atraviesa Siberia: más de dos mil kilómetros, de Yakutsk al mar de Ojotsk.
La nieve como un manto que bendice la tierra, como un rumor de bosque que cesa de repente.
Una canción de cuna, un adagio sin música —suspendido en el tiempo— que tararea un coro de fantasmas.
La luz de Kolimá desgarra el horizonte, se hunde desubicada en el vacío.
La soledad parece insoportable.
Se escucha una sirena de ambulancia.
Pero el sonido viene de muy lejos, de una noche en Los Ángeles —año 1962—, de un sueño en las afueras de todos los veranos.
No hay pájaros —pinzones, petirrojos— en las ramas heladas de los árboles que flanquean la noche en Kolimá.
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PALMIRA
La reina Zenobia de Palmira, la efímera reina del efímero reino de Palmira, murió́ decapitada en Roma por orden del emperador Aureliano, prisionera del tiempo que osó desafiar, triunfante de los siglos que velaron sus sueños.
La reina Zenobia de Palmira, la reina del Éufrates y el Nilo, reina de un reino devorado por cuervos moribundos, pájaros sin alas, esfinges de arenisca en salas de museo.
La reina Zenobia de Palmira, la hermosa reina del reino de Palmira, sale en ropa interior a un balcón en Los Ángeles —un balcón en Madrid, un balcón en La Habana, un balcón a la orilla del mismo mar que moja los pies de una muchacha que aún no se llama Marilyn.
Sale a un balcón y tiende ropa infantil y sábanas —grandes sábanas blancas—, con los ojos perdidos en su reino: una niña pequeña, viejos muebles, un cuarto con baño compartido, un cuarto en el que el viento golpea los cristales, se enreda en las columnas de la ciudad en ruinas, gime desesperado con voz de noche en llamas.
Palmira, la ciudad de la reina Zenobia —estamos en agosto del año 2015—, la reina que tiende sábanas blancas y enamora a los dioses, la reina que prepara el desayuno y sonríe a su hija de 3 años.
La reina que mira de reojo el televisor y contempla, incrédula —en un silencio que emponzoña el aire —, el cuerpo ensangrentado de Khaled al-Asaad, director del museo de Palmira, atado a un poste de semáforo, la cabeza a sus pies junto a un cartel que advierte: «al-Asaad, el apóstata, el director de la idolatría».
La reina Zenobia de Palmira, reina de un reino devorado por cuervos moribundos, llora, llora por su reino perdido, por su efímero reino, llora, ovillada en sí misma, con ojos inundados como océanos tristes, y su hija —su hija de 3 años— la mira sin entender qué ocurre, la mira, poderosa y antigua, y estalla en seco llanto con voz de noche en llamas, con voz de tempestad en el desierto, con voz de quien anuncia la infamia y el silencio del mundo.
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Autor: David Fraguas. Título: Elige todo. Editorial: El sastre de Apollinaire. Venta: Todos tus libros.


¿Dónde estará la poesía en esa prosa sin el mínimo interés?
Por lo menos no la corta para hacerla pasar por lo que no es…
Estoy por tomarme una Cocacola, pero zero, como el valor poético que suelen representar en esta sección mal llamada de POESÍA.