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GPT: Ansiedad

GPT: Ansiedad

Trato de respirar para no desmayarme. La mujer parada a mi lado no tiene buen aspecto. A decir verdad, tiene bastante mal color, amarillo, aunque lo mismo podría ser por lo que está mirando en la pantalla de su teléfono, eso podría darle un aspecto amarillo a su cara. Pero también cabe la posibilidad de que sea algo del hígado, contagioso y mortal. Pido permiso, y a los empujones logro ponerme a cierta distancia de la ictérica, cerca de la puerta de salida. Siento alivio, sólo un poco, porque verle la cara de ese color me dejó impresionado para todo el viaje, incluso puedo oler a terapia intensiva.

Hora pico. Invierno. Todas las ventanillas cerradas. Casi que no puedo soportarlo pero no me quedó otra, peor hubiera sido salir con el auto porque ¿y si el débito automático del seguro fallaba justo cuando iba camino del trabajo y por consiguiente me quedaba sin cobertura y atropellaba fatalmente a alguien que podría ser amigo de un juez y a la cárcel Hernancito para toda la vida? Era poco probable, sí, pero posible.

Un día me pasó. Lo “poco probable”. Podríamos decir que me confié. Salí sin los papeles del auto, me los olvidé y me dio fiaca volver a buscarlos porque iba hasta la panadería, a pocas cuadras de casa, y en el camino no va que me detiene una policía. Multa, acarreo, malasangre… Y lo peor, después tener que aguantar a la gorda con cara de culo dos días enteros de almanaque. De dónde salió la uniformada nunca se supo, pero si eso me había pasado una vez significaba que podía pasarme cualquier otra cosa, en cualquier momento, con consecuencias inusitadas e irreparables.

"Primero el miedo a sentir el síntoma, y eso lo termina causando porque empiezo a respirar mal, a tensar los músculos, se suman los temblequeos, el mareo, la puntadita, la electricidad y entonces más miedo…"

La valentía se mide en función del miedo que le da al valeroso la realización del acto. Repito mentalmente una definición que leí no sé a dónde para darme ánimo, para no bajarme antes del colectivo, para no empezar a gritar que por favor abran las puertas del vehículo, que mantengan distancia, que no toquen nada con sus manos mugrosas. ¡Seguro! ¡Seguro ya ni recuerdan lo del alcohol en gel! ¡Y cuántos habrán olvidado lavarse las manos después de ir al baño! ¿No se dan cuenta de que el aire acá adentro es un caldo de cultivo? ¡Hay cientos de miles de tuberculosos asintomáticos sueltos por el mundo! ¡TANTO BARBIJO EN PANDEMIA Y AHORA…! ¡Ignorancia! ¡Pandemia de pelot–

Basta. Basta, Hernancito. La valentía… Estabas con la valentía. Un soldado que asiste a la guerra sin miedo no es exactamente un valiente, es un idiota; alguien que sin temor se zambulle desde un sexto piso a la pileta del hotel no es valiente, es un orate; el médico que sin temer por su vida se interna en la selva entre leones y el ébola no es valiente, ¡es un inconsciente! En cambio yo, Hernancito, que con terror a que el cajero me trague la tarjeta igual enfrento, voy y saco la plata, yo que me subí al 158 aunque venía lleno de gente y seguramente atestado de virus y demás insectos mortíferos para los cuales posiblemente no tenga defensas… ¡Yo soy un verdadero corajudo! ¿O no?

Faltan solamente dos paradas para llegar y siempre lo mismo, a nada de tener que bajarme comienza a faltarme el aire, el poco que me queda, y tan flojo me siento que me veo en la obligación de agarrarme del pasamanos, cosa que intento evitar porque la cantidad de asquerosos que tocarán esta baranda. Y otra vez… Otra vez la puntada en el riñón. El problema peor es que ya lo espero a todo esto. Primero el miedo a sentir el síntoma, y eso lo termina causando porque empiezo a respirar mal, a tensar los músculos, se suman los temblequeos, el mareo, la puntadita, la electricidad y entonces más miedo… Tendría que haber faltado pero Susana insistió, que si sigo pidiendo parte de enfermo me van a terminar echando.

"El miedo afecta a los riñones. ¡El miedo inflama todo! ¡Secreta hormonas innecesarias y tóxicas! ¿O de qué piensan que murió la gente durante la pandemia?"

Hace pocas noches sentí que me moría. Ella jamás se enteró porque dormía. Eran las tres de la mañana. Me desperté con los brazos eléctricos, como si estuvieran enchufados. Empezó a faltarme el oxígeno, no el aire, porque respirar respiraba pero sentía que me faltaba el oxígeno. La electricidad que no paraba, en los brazos, en la nuca, hasta en la oreja. Pensé en decirle a ella. Pensé en levantarme e ir a la guardia, ¿pero a cuál? ¿A la del médico clínico o a la del hospital psiquiátrico? Me di cuenta de que iba a morirme del corazón ahí mismo, porque si la electricidad estaba fallando… ¡El corazón es un músculo! Decidí entregarme. Y me sentía tan mal que la idea de morir no me cayó nada mal. Imaginé los mensajes de despedida en mi muro de Facebook, eso que los estúpidos hacen no entiendo bien para qué, si que yo sepa los fallecidos no leen desde el más allá, ¿o sí? Me muero, bufé, con un hilo de voz casi imperceptible, pero seguí respirando, lentamente, hasta que me calmé.

No puedo seguir así, no lo soporto más. Me veo cada vez más desgarbado. Además, tanto miedo a que algo suceda me va a terminar produciendo, cosa que seguramente ya está pasando y de manera irreversible (si no qué es la nueva puntadita en el riñón), una enfermedad grave y física. El miedo afecta a los riñones. ¡El miedo inflama todo! ¡Secreta hormonas innecesarias y tóxicas! ¿O de qué piensan que murió la gente durante la pandemia? Me pasé los años de aislamiento leyendo en la internet estudios científicos serios, no la Radiolandia, no el Twitter, y así aprendí de todo, cosa que, ahora me doy cuenta, me es contraproducente. No siempre es mejor saber…

Rodeado de gente completamente indiferente me siento solo, muy solo, porque nadie entiende, ni siquiera Susana. Una sola vez le pedí ayuda a la gorda mientras cenábamos, todos en silencio, que no me sentía bien, le confesé tímidamente al oído, pero al describirle lo que me pasaba en ese momento, sentía miedo de que se me fuera la cabeza, la otra largó tremebunda carcajada. Afuera relampagueaba, me acuerdo como si fuera hoy por la humillación que sentí, por el vacío. Mis dos hijos con la atención clavada en las pantallas de sus teléfonos. Susana se levantó de la mesa, apagó Tinelli7, revoleó los platos sucios en la pileta y me ordenó que los dejara brillosos, así se me pasaba la “boluditis”. ¡Y después le limpiás la bandeja al gato!

"Entonces los temblores se sienten mucho, aunque a veces no aparecen. Es una lotería y eso lo hace insoportable porque desde las siete de la tarde empiezo a pensar en lo que tal vez me espere en la cama"

Bajo del colectivo como puedo. Tengo que hacer parada en el escaparate de la vidriera de zapatos; me siento ahí, paralizado. Tengo ganas de llorar y no parar nunca. Yo, que tan audaz supe ser, que ponía el grito en el cielo en el trabajo cuando algo inconveniente sucedía. Yo, que osé enfrentar a los mafiosos del consorcio del edificio que me amenazaron por acoso cuando descubrí que robaban: cloro para la pileta nos cobraron, ¡y el edificio no tiene pileta! Yo… Que me fui solo a la India cuando no existían el teléfono celular, ni el internet, ni ninguna de esas idioteces melindrosas. Mis compañeros me tienen de referente, “el jefe”, me llaman en joda, porque soy el empleado que nunca, jamás se deja pasar por encima. O acaso lo era.

El desahucio me devora cuando pienso en aquél que supe ser hasta hace poco más de tres meses y que aparentemente nunca volverá. Tres meses atrás jamás se me hubiera ocurrido pensar antes de salir de casa que podía llegar a sentirme mal. Y en qué haría si eso pasaba. Tres meses atrás era un tipo normal, no un flor de valiente pero normal, digamos que no me paralizaba por tener que manejar cuatro kilómetros hasta el trabajo, o por ir al cine, o al supermercado, o por cualquier mail idiota que me llegara a la casilla de spam… Y la hora de acostarme… Eso es lo peor… Entonces los temblores se sienten mucho aunque a veces no aparecen. Es una lotería y eso lo hace insoportable porque desde las siete de la tarde empiezo a pensar en lo que tal vez me espere en la cama. Monitoreo cada segundo, cada parte de mi cuerpo y me pongo tan nervioso que al final… vienen.

Por supuesto, todo el mundo me dice lo mismo, ansiedad, Hernancito, quedate tranqui, que ya se te va a pasar. En esta época de opinólogos doctorados que le preguntan todo a la IA no queda uno sin comentar al respecto. Y claro que es posible que sea ansiedad, nervios, tensión. Me tocó en suerte nacer en un país en el que gobiernan los pelotudos y la incertidumbre, pero también es posible que tenga un problema en el sistema nervioso, un tumor en la hipófisis, algo en la sustancia negra o un desequilibrio de electrolitos. ¡O un montón de otras catastróficas cuestiones de salud que me dejarán parapléjico, dependiente y sin servir para nada salvo para contrariar a la gorda!

Ahora mismo siento que no voy a poder salir de esta, que en algún momento no muy lejano ya no seré capaz ni de ir a trabajar, ni de hacer las compras. No me será posible llevar a cabo cualquier pavada necesaria para que una existencia independiente de terceros sea posible, valga la redundancia. Y pensar en eso retroalimenta la ansiedad, los síntomas, la angustia.

"Lo que menos quiero en ese momento es que alguno entre a preguntarme si me siento bien, lo que provocaría que me pusiera peor porque significaría que se nota, se nota que estoy enfermo, que me queda poco tiempo"

No puedo imaginar cómo reaccionaría si le dijese algo así. Más temprano que tarde voy a quedar lisiado, o ciego, o inservible, Susana. ¿Me metería en un asilo para que me asistieran? ¿Me cuidaría ella lo que terminaría siendo un calvario? Porque Susana ya es bruta de por sí, con poca paciencia, y una Susana teniendo que asistirme todo el tiempo, a la larga, terminaría volviéndose loca, maltratándome a más no poder. Mi síntomas empeoran sólo pensarlo. Para ir al baño, Susana… Para comer, Susana… Para vestirse, Susana… Para suicidarse…

Me levanto como puedo y camino bien cerquita de la pared hasta llegar a la puerta de la oficina, con mareos y la bufanda hasta las orejas. Por suerte es pasada la hora de llegada, así que no me cruzo con nadie, de esta manera evito la obligación de fingir un buenos días que ya no siento hace rato. Además me da miedo de que al sonreír me tiemble algún músculo de la cara. En el espejo de casa lo he notado, a veces me pasa. Arribo al sexto piso sintiendo que me desmorono. Voy directo a mi oficina que queda al fondo de todo. Cruzo el pasillo de escritorios sin saludar a nadie salvo con un gesto impersonal que me libera de explicaciones. Necesito quedarme quieto y respirar. Nada más. Unos minutos. Por suerte están todos entretenidos con algo que cuenta Fabiani. Dejo la puerta entreabierta para no levantar sospechas. Me desparramo en el sillón y respiro, lentamente, mientras simulo mirar el teléfono. Lo que menos quiero en ese momento es que alguno entre a preguntarme si me siento bien, lo que provocaría que me pusiera peor porque significaría que se nota, se nota que estoy enfermo, que me queda poco tiempo.

Por supuesto, también me mandan al médico, todos, incluso mi GPT, que cada vez que le consulto algo al final de la respuesta agrega un descargo de responsabilidad. Y yo lo mandaría al carajo. ¿Cómo creerle lo que dice si al final no se hace cargo de nada? Con el terror que me da a mí visitar al médico. Si voy me encuentra algo seguro y me manda a otro especialista que me va a mirar con cara grave y me mandará a otro especialista que me encontrará alguna mancha dudosa en algún lugar y me mandará a otro especialista y así voy a estar meses adelgazando y sin diagnóstico, como le pasó a un amigo de mi primo Enrique, un año creyendo que se moría, diez médicos le diagnosticaron la misma cosa hasta que al final otros síntomas dieron cuenta de que era algo tratable. El problema fue que entre un diagnóstico y otro el pobre acumuló problemas mentales, y así anda ahora, de psiquiatra en psiquiatra…

"La sola idea de tener uno de esos en la muñeca me tranquiliza, es formidable, ¡me siento mejor! Monitoreado todo el tiempo. No lo pienso un segundo"

Sigo respirando con el diafragma. La panza sube, la panza baja. Paro la oreja. Están hablando todos de un reloj inteligente. Se ve que Fabiani se compró uno y entusiasmado entera al resto de las proezas de las que es capaz ese pequeño aparato, ahora amarrado a su muñeca. Frecuencia cardíaca, saturación de oxígeno, electrocardiograma, calidad del sueño, porcentajes de agua, músculos, ¡niveles de estrés! ¿Todo eso puede hacer un nimio reloj de pulsera? Fabiani se manda la parte, que lo ha traído de Miami, cuenta, pero el resto le espeta que ahora con las importaciones se consigue barato en cualquier página morondanga de internet.

Cavilo un segundo. ¿Será la solución a mi entuerto? ¿Tan enorme el entuerto y tan pequeña la solución? Abro la computadora, busco relojes inteligentes y veo, ansioso, al que será mi próximo doctor House.

***

La sola idea de tener uno de esos en la muñeca me tranquiliza, es formidable, ¡me siento mejor! Monitoreado todo el tiempo. No lo pienso un segundo: “Comprar”. Elijo “retiro en el domicilio del vendedor” y esa misma tarde paso a buscarlo por el local de microcentro. El muchacho, muy amable, me explica las funciones básicas. “Acá tenés el manual y acá la garantía”. Me lo llevo con la pila puesta, abrochado a mi muñeca. Sólo mirarlo mientras vuelvo a casa en el colectivo me siento fuerte, seguro, casi curado. ¡Y no tengo ningún temblor! Recuerdo que cuando era chico y me enfermaba bastaba que llegara el doctor a casa para que mi madre se tranquilizara y automáticamente yo me curaba. Cosas de Mandinga (o cosas que a la medicina moderna todavía se le escapan).

Arribo a casa entusiasmadísimo. Aviso a Susana y a los chicos que tengo trabajo que hacer y me interno en mi cuartito del fondo, frío pero tranquilo. Entero rápidamente a GPT de la buena nueva. Le paso modelo de smart watch, captura del manual y para qué quiero que me sirva el reluciente recién llegado. En un abrir y cerrar de ojos la IA me hace una lista de instrucciones, es más, si quiero puede ayudarme a utilizarlo 24/7, agrega, canchero, usando una aplicación gratuita que se baja en un periquete. La bajo. Sincroniza el reloj con la computadora al minuto. Listo, afirma GPT, de ahora en más tu salud está monitoreada por un médico experto las 24 horas del día y podés, incluso, preguntarme con tu voz lo que quieras. ¿Con mi voz?, ensayo ahí mismo, y GPT me responde de igual manera (mon dieu!).

"Siempre le tuve miedo a Susana porque se parece a mi mamá. Vigilándome a toda hora, esperando a que haga o diga algo para marcarme lo negativo"

Esa noche dormí como un ángel a pesar de los ronquidos de Susana, y es que mi cuerpo estaba agotado. Meses sintiéndome bien únicamente de a ratos. Pero a la mañana siguiente de nuevo, electricidad en los músculos, sobre todo en el cuello. ¡Sentía que se me movía la cabeza sola! Y ese es uno de los miedos usuales, cuando confío en que algo puede llegar a hacerme bien, como el reloj, rápidamente contraataca el otro: ¿Y si esto tampoco sirve, qué? Vas a tener que ir al médico, Hernancito, y cuanto más lo demores peor será.

Corroboro mis piernas. Tiemblan que da calambre. Miro el reloj. Presión normal, pulsaciones dentro del rango, oxígeno bien. ¿Y los temblores qué son entonces? “Es la tensión acumulada, Hernán, de a poco tu sistema endocrino y nervioso se irán normalizando y los síntomas empezarán a calmarse. Tu cuerpo está como si hubiera corrido una maratón todos los días durante meses. No seas ansioso :)”. El GPT ya me conoce y me hace ese chiste, con un emoticón y todo.

Me siento a la mesa a desayunar, algo más calmo. Ahí está Susana, su indiferencia que atosiga, a punto de criticarme algo. Lo que sea que haga, lo va a criticar. Siempre le tuve miedo a Susana porque se parece a mi mamá. Vigilándome a toda hora, esperando a que haga o diga algo para marcarme lo negativo. Ahí están mis dos hijos, apáticos y petisos como yo, sin curiosidad ninguna, sin voluntad ni entusiasmo por nada; segundo y cuarto año del secundario y ni siquiera saben escribir apropiadamente. También les tengo miedo. Miedo a que sientan lo que yo sentí por mi padre, viejo desamorado y bruto… Serán unos mantenidos hasta los cuarenta y echarán la culpa al sistema de todo lo que les pase.

"Falté al trabajo. No avisé a nadie. No me animo a meterme en una guardia de hospital aunque sé que es lo que debería. Hay muchísimo tráfico de camiones. No tengo el control de mí mismo y eso me aterra"

Alarma de salud. El reloj vibra en mi muñeca. Veo cómo se me mueven las piernas involuntariamente bajo la mesa. Uno de mis hijos se da cuenta, me mira, confuso. Entro en pánico. La gorda me va a avergonzar adelante de ellos. Que deje de querer llamar la atención, me va a gritar. Ante la mirada atónita de todos, me levanto. Sin nada encima más que lo puesto, salgo a la calle y camino, camino, camino… El reloj exclama con su voz de pito, le puse una voz graciosa para alivianar un poco el asunto. Exclama que mi pulso está al límite, lo mismo mi tensión arterial. La alarma se intensifica. Lo silencio y si me muero, me muero.

Cuarenta minutos después llego hasta San Isidro, veinticinco kilómetros de casa, si no más. Caminé como caballo desbocado. Serán las doce del mediodía. Falté al trabajo. No avisé a nadie. No me animo a meterme en una guardia de hospital, aunque sé que es lo que debería. Hay muchísimo tráfico de camiones. No tengo el control de mí mismo y eso me aterra. Intento recuperarlo mirando el río, el horizonte, las olas tenues sobre el enorme manto de agua contaminada. Repito un mantra que me aprendí de YouTube, pero los temblores siguen. Las piernas se me están por aflojar. Alfonsina tuvo agallas para suicidarse, pienso, yo ni siquiera eso… Cruzo avenida Costanera para acercarme al agua, pero nunca logro llegar al otro lado.

***

Despierto en una sala enorme y blanca. ¿Estaré muerto al fin? Intento girar mi cabeza. El cuello duele tanto que apenas puedo moverlo unos pocos centímetros. En una cama a mi izquierda reposa una señora de pelo cano; está dormida. Se escuchan lamentos que no puedo ver de dónde vienen porque a ambos lados hay biombos con vidrios acrílicos que nos separan de las otras camas. Cada tanto una mujer vestida de celeste atraviesa el pasillo con algo en la mano, gasa, un papagayo, sábanas. Siento olor agrio, desagradable. Giro mi cabeza hacia la derecha. Susana, sentada en una banquetita metálica, mira su teléfono móvil. Me ve. Abre sus ojos grandes. ¿Hernán? No espera mi respuesta. Sale corriendo y desaparece por el pasillo. No tengo mi pantalón, estoy con un camisolín húmedo que huele a pis. Vuelve Susana con expresión preocupada y con la mujer celeste; es la enfermera. Le pregunto por mi reloj. Cuando hablo registro que me duelen mucho el pecho, las costillas. Mi reloj, repito, tratando de no moverme.

—Lo tengo yo, Hernán. Casi te mata una camioneta y lo único que te preocupa es tu reloj. ¡Dejate de joder, che! ¡Hace cinco días que estás inconsciente!

"Termina como si nada pasara pero algo pasa. Mi ansiedad. Las electricidades en los músculos disminuyen. ¿Será el calmante? Quedate tranquilo que todo va a estar bien, Hernan"

Cierto. Susana… Esa mujer con la que me casé. Tira el reloj sobre la cama, agresiva, y vuelve a su teléfono móvil. Con los dedos carnosos toca y toca las letritas de la pantalla. Estará enterando a todo el mundo de que al fin despertó el mamotreto. Siento cómo poco a poco van volviendo las electricidades a mis músculos, en la ingle primero, después la entrepierna, pantorrillas. La ansiedad… Cierto, la ansiedad… Intento ponerme el reloj pero no puedo, no logro llegar con mi mano izquierda a mi muñeca derecha, por el dolor. La enfermera me observa mientras agrega con una jeringa algo de color amarillento a un suero que, descubro, entra por un tubito a mi cuerpo estropeado. Me veo las uñas llenas de sangre seca. La mujer me ayuda a colocarme el reloj y le pide a mi esposa que se retire porque me tiene que cambiar. Susana sale, indiferente, mientras deja un mensaje de voz a los gritos, tanto que la señora que dormitaba abre un ojo y lo vuelve a cerrar.

La enfermera sonríe. Tiene una mirada cálida, hermosa… Una cofia celeste y blanco que resalta sus ojos azules. ¿Cómo estás? Me toma la mano y la aprieta fuerte. Ana Laura es su nombre. Lo tiene en una credencial abrochada al bolsillo del ambo. Me pide que me dé vuelta, así puede terminar de sacarme el camisolín mojado. Las sábanas se salvaron, por suerte, me explica sin dejar de sonreír. Obedezco. Me guiña un ojo. Se me estremece el cuerpo pero ya no me duele tanto, posiblemente por el calmante que acaba de inyectar en el suero. Siento temblores adentro, balbuceo, y miedo de todo, incluso de cosas que antes hacía de taco. Ana Laura me mira, sigue sonriendo. Quedo con la vista fija en la señora que dormita mientras me limpia el culo como tantas veces lo hizo mi madre. Boca arriba de nuevo, me pide. Me asea la parte más íntima de todo el cuerpo, suavemente… Tan suavemente… Cierro los ojos y no puedo evitarlo. Tengo una erección. Siento cómo sube el rubor por mis mejillas. Ella ni se inmuta. Termina como si nada pasara, pero algo pasa. Mi ansiedad. Las electricidades en los músculos disminuyen. ¿Será el calmante? Quedate tranquilo, que todo va a estar bien, Hernán. La observo retirarse. Dios mío, la gracia de sus caderas…

El reloj vibra y vibra en mi muñeca. Lo miro. Hay un mensaje de voz sin escuchar. Es mío. Uno que le envié al GPT antes del accidente. Me impresiona porque no parece mi voz, parece la de un desquiciado, temblorosa y por momentos quebrada:

—El problema es mi familia… En realidad lo que permito que me produzca… La gorda que me maltrata, a mis hijos no me animo a ponerles límites. A mi familia no la veo nunca. Siempre que salimos vamos a lo de la hermana de Susana y odio a la hermana de Susana porque solamente habla estupideces y le falta un diente y tiene plata para ir al dentista. ¡Ese es el problema! ¡Las decisiones que tomo! O bueno, en realidad las que no me animo a tomar…

Acto seguido se escuchan bocinas, gritos; no recuerdo nada de esa mañana. Deslizo el chat y más abajo la drástica respuesta de GPT: “Cambio de vida urgente, Hernancito. CAMBIO DE VIDA YA”.

Entra Susana, apurada. Sigue con su mirada en el teléfono. Se sienta a mi lado en la silla desvencijada. Termina de escuchar un mensaje. Suelta una carcajada estruendosa. Susana tiene todos los dientes pero le falta otra cosa, aquello de lo que me enamoré cuando me enamoré de ella.

Espero a que termine y me mire. Lo hace. Sonrío. Levanta sus cejas, intrigada.

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* La autora escribe este cuento mientras atraviesa una crisis de ansiedad como nunca le había pasado, debido a varios factores, aterradores para estos tiempos, que confluyeron en un mismo momento, con lo cual mucha de esta sintomatología fue padecida por ella (y de cuando en cuando regresa, todavía). Factores aterradores para estos tiempos, para los que nos preceden no tanto, dado que ahora de un pequeño contratiempo los psiquiatras, los padres hacen un mundo trágico, así terminamos creyendo que un niño inquieto es un niño enfermo, que quedarse sin agua caliente es una catástrofe interplanetaria, que pillarse una gripe y no poder ir a la peluquería es… Esa tragedia ya no tiene ni nombre, mire…

Aclarado esto, podrá el morboso lector disfrutar aún más de la lectura, a sabiendas de que la escritora sufría, como Dostoievski en Memorias del subsuelo lo hizo mientras cuidaba a su esposa que moría de tuberculosis.

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