Enver Hoxha sospechaba que todo el mundo le tenía envidia al paraíso que había construido en Albania, ese país de gente desnutrida, reprimida, espiada, condenada a años de cárcel, torturas y trabajos forzados por decir que las bicicletas yugoslavas eran mejores que las albanesas, ese país que se jactaba de preservar los ideales comunistas contra el imperialismo capitalista y contra el revisionismo soviético y chino. Para protegerse, Hoxha sembró Albania con miles de búnkeres tipo champiñón, que aún se ven en playas, montañas y ciudades. Después de tres o cuatro días, es poco probable que un visitante diga con sorpresa: “¡Oh, mira, otro búnker!”.


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