La verdad es que en primavera apretaron fuerte. La feroz campaña emprendida desde sectores de la izquierda radical consiguió ruido, titulares y una suspensión temporal de las jornadas previstas para debatir, desde todos los puntos de vista, sobre la Guerra Civil en su 90 aniversario. Pero tengo malas noticias para ellos: la undécima edición de Letras en Sevilla empieza mañana lunes con una impresionante nómina de historiadores, políticos, cineastas, escritores y periodistas. La guerra que todos perdimos vuelve al calendario tras sobrevivir a presiones, renuncias y feas maniobras. Habrá debate sobre el título —para eso lo pusimos— y sobre sus contenidos sin que sea necesario, como exigían los reventadores de hace unos meses, mostrar el carnet de demócrata ni instalar a la entrada un detector de fascistas.
Es útil recordar que en la España de la Transición había generales con tanques, terrorismo, franquistas que aún mandaban mucho y comunistas recién salidos de la clandestinidad; y sin embargo, pese al ambiente poco favorable, todos se sentaron a hablar. Santiago Carrillo aceptó cosas que detestaba, Adolfo Suárez negoció con los enemigos del régimen del que procedía y Manuel Fraga presentó al líder comunista en el Club Siglo XXI. A nadie lo fulminó un rayo; ni Fraga quedó estalinizado, ni Carrillo abrazó el franquismo. Admirable jugada de ajedrez, aquella, cuando la libertad pendía de un hilo; tiempos criticados hoy por ignorantes que ni los vivieron ni los entienden, incapaces de comprender que sentarse junto a quien piensa distinto no contagia la sarna: puedes conversar, incluso estrechar educadamente su mano, y seguir votando a quien te dé la gana.
La Guerra Civil es terreno fácil para cierta gentuza convencida de que estudiar el pasado es agotador: obliga a leer libros, consultar archivos, contrastar testimonios y asumir que el mundo real no se resume en un tuit de buenos y malos. Más cómodo les resulta manejar etiquetas: blanquear, normalizar, dar voz. Unas palabras sobadas y asunto resuelto. Para qué historiadores ecuánimes como Julián Casanova, Juan Pablo Fusi o Enrique Moradiellos —que estarán en Sevilla—, si tenemos a Ione Belarra, autora de una síntesis memorable al comentar la asistencia del ex presidente Aznar a las jornadas sevillanas: «Con los fascistas no se habla». Con tan abrumadora simpleza resolvió treinta siglos de filosofía política, de Platón a Habermas. El mecanismo es perfecto porque descarta todo esfuerzo intelectual: primero llamas fascista al interlocutor y luego justificas no hablar con él porque es fascista. Un círculo perfecto, ecológico y sostenible. La estupidez reciclada en sí misma.
El problema para esa gente es que su campaña quedó coja. Hubo renuncias y aplazamiento, pero las jornadas regresan con lo que escandalizó: personas con talla intelectual y diversos puntos de vista hablando civilizadamente sobre la Guerra Civil. En España, la obviedad parece una proeza. Porque 1936 y sus consecuencias no pertenecen a ningún partido ni pandilla ideológica: hubo un golpe militar que desencadenó una guerra, hubo represión salvaje, asesinatos, cárceles, exilio y dictadura de cuarenta años. En todos lados hubo contradicciones, vilezas, miserias, heroísmos, cobardías y tragedias que merecen mejor consideración que convertirse, en manos de políticos analfabetos, en cochino combustible electoral.
Lo más siniestro es que esos autoproclamados guardianes de la memoria tienen miedo a discutirla. Una memoria que no admite preguntas deja de ser historia para convertirse en fanatismo; y éste no necesita investigadores, sino inquisidores. También herejes y leña para hacer hogueras donde quemarlos. Por eso el episodio sevillano importa más allá de las jornadas. Criticar un acto entra en el menú ordinario de los derechos y libertades; otra cosa es sostener que ciertas personas no deben compartir mesa, o que escuchar equivale a legitimar. Si aplicáramos eso al Parlamento, habría que instalar mamparas y utilizar mascarillas para evitar contagios ideológicos. Repugnantes algunos, por cierto.
Así que a partir de mañana tendrá lugar en Sevilla una extravagancia española. Gente diversa discutirá, sin querer exterminarse unos a otros, sobre una guerra en la que todos perdimos algo: la vida, el hogar, la juventud, la decencia, el progreso, el futuro, la libertad. Se escucharán cosas que agraden y cosas que no. Quien se incomode podrá marcharse o explicar en las redes sociales que acaba de hundirse el mundo porque alguien dijo algo que no le gustó. Todo es aceptable menos imponer el silencio. Y ahí está la ironía del asunto: queriendo cancelar el debate sobre una guerra provocada por la incapacidad para convivir con el adversario, los sectarios certifican lo oportuno de ese debate. El sistema es antiguo y conocido: se llama democracia, imbéciles.
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Publicado el 3 de octubre de 2026 en El Mundo.


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