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La guerra que no pudieron cancelar

La verdad es que en primavera apretaron fuerte. La feroz campaña emprendida desde sectores de la izquierda radical consiguió ruido, titulares y una suspensión temporal de las jornadas previstas para debatir, desde todos los puntos de vista, sobre la Guerra Civil en su 90 aniversario. Pero tengo malas noticias para ellos: la undécima edición de Letras en Sevilla empieza mañana lunes con una impresionante nómina de historiadores, políticos, cineastas, escritores y periodistas. La guerra que todos perdimos vuelve al calendario tras sobrevivir a presiones, renuncias y feas maniobras. Habrá debate sobre el título —para eso lo pusimos— y sobre sus contenidos sin que sea necesario, como exigían los reventadores de hace unos meses, mostrar el carnet de demócrata ni instalar a la entrada un detector de fascistas.

El carácter maldito de aquellas jornadas fue, según sus detractores, la pluralidad. Entre los muchos participantes previstos figuraban —siguen haciéndolo— José María Aznar, Iván Espinosa de los Monteros y el ministro Félix Bolaños. Vox, que nunca quiso asistir a las citas sevillanas, tampoco fue esa vez; pero se mantuvo al margen sin incordiar. El otro extremo, sin embargo, se descompuso: fuertes presiones de círculos próximos a Podemos, confirmadas por quienes las sufrieron, tumbaron primero a los débiles y luego a los cobardes. Fueron así renunciando los novelistas David Uclés y Paco Cerdá, los políticos Antonio Maíllo y María Márquez, la historiadora Zira Box y la presidenta del Consejo de Estado Carmen Calvo —¡que había ayudado a organizar las jornadas!—. En tal punto, con las redes sociales de ultraizquierda dando lo mejor de sí mismas, fue evidente que el propósito no era criticar un debate sobre la Guerra Civil, sino algo más perverso: impedir que personas de distintas ideas pudieran conversar con calma; algo intolerable para la izquierda extrema de guardería —o más bien la caricatura en que se ha convertido—, que sólo trata con quien le da la razón y a los demás los insulta, acosa, bloquea o cancela.

Es útil recordar que en la España de la Transición había generales con tanques, terrorismo, franquistas que aún mandaban mucho y comunistas recién salidos de la clandestinidad; y sin embargo, pese al ambiente poco favorable, todos se sentaron a hablar. Santiago Carrillo aceptó cosas que detestaba, Adolfo Suárez negoció con los enemigos del régimen del que procedía y Manuel Fraga presentó al líder comunista en el Club Siglo XXI. A nadie lo fulminó un rayo; ni Fraga quedó estalinizado, ni Carrillo abrazó el franquismo. Admirable jugada de ajedrez, aquella, cuando la libertad pendía de un hilo; tiempos criticados hoy por ignorantes que ni los vivieron ni los entienden, incapaces de comprender que sentarse junto a quien piensa distinto no contagia la sarna: puedes conversar, incluso estrechar educadamente su mano, y seguir votando a quien te dé la gana.

La Guerra Civil es terreno fácil para cierta gentuza convencida de que estudiar el pasado es agotador: obliga a leer libros, consultar archivos, contrastar testimonios y asumir que el mundo real no se resume en un tuit de buenos y malos. Más cómodo les resulta manejar etiquetas: blanquear, normalizar, dar voz. Unas palabras sobadas y asunto resuelto. Para qué historiadores ecuánimes como Julián Casanova, Juan Pablo Fusi o Enrique Moradiellos —que estarán en Sevilla—, si tenemos a Ione Belarra, autora de una síntesis memorable al comentar la asistencia del ex presidente Aznar a las jornadas sevillanas: «Con los fascistas no se habla». Con tan abrumadora simpleza resolvió treinta siglos de filosofía política, de Platón a Habermas. El mecanismo es perfecto porque descarta todo esfuerzo intelectual: primero llamas fascista al interlocutor y luego justificas no hablar con él porque es fascista. Un círculo perfecto, ecológico y sostenible. La estupidez reciclada en sí misma.

El problema para esa gente es que su campaña quedó coja. Hubo renuncias y aplazamiento, pero las jornadas regresan con lo que escandalizó: personas con talla intelectual y diversos puntos de vista hablando civilizadamente sobre la Guerra Civil. En España, la obviedad parece una proeza. Porque 1936 y sus consecuencias no pertenecen a ningún partido ni pandilla ideológica: hubo un golpe militar que desencadenó una guerra, hubo represión salvaje, asesinatos, cárceles, exilio y dictadura de cuarenta años. En todos lados hubo contradicciones, vilezas, miserias, heroísmos, cobardías y tragedias que merecen mejor consideración que convertirse, en manos de políticos analfabetos, en cochino combustible electoral.

Lo más siniestro es que esos autoproclamados guardianes de la memoria tienen miedo a discutirla. Una memoria que no admite preguntas deja de ser historia para convertirse en fanatismo; y éste no necesita investigadores, sino inquisidores. También herejes y leña para hacer hogueras donde quemarlos. Por eso el episodio sevillano importa más allá de las jornadas. Criticar un acto entra en el menú ordinario de los derechos y libertades; otra cosa es sostener que ciertas personas no deben compartir mesa, o que escuchar equivale a legitimar. Si aplicáramos eso al Parlamento, habría que instalar mamparas y utilizar mascarillas para evitar contagios ideológicos. Repugnantes algunos, por cierto.

Así que a partir de mañana tendrá lugar en Sevilla una extravagancia española. Gente diversa discutirá, sin querer exterminarse unos a otros, sobre una guerra en la que todos perdimos algo: la vida, el hogar, la juventud, la decencia, el progreso, el futuro, la libertad. Se escucharán cosas que agraden y cosas que no. Quien se incomode podrá marcharse o explicar en las redes sociales que acaba de hundirse el mundo porque alguien dijo algo que no le gustó. Todo es aceptable menos imponer el silencio. Y ahí está la ironía del asunto: queriendo cancelar el debate sobre una guerra provocada por la incapacidad para convivir con el adversario, los sectarios certifican lo oportuno de ese debate. El sistema es antiguo y conocido: se llama democracia, imbéciles.

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Publicado el 3 de octubre de 2026 en El Mundo.

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