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Bravatas y desafíos

Bravatas y desafíos

Año 1563: Felipe II ha ordenado alzar une edificio acorde con la magnitud de su fe: El Escorial. Pero enseguida se percibe que una mano siniestra ronda por los pasillos del futuro convento, sembrando el caos entre los trabajadores y dejando una estela de cadáveres a su paso.

En este making of Javier Oliva explica cómo escribió El laberinto de piedra (Grijalbo).

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Es la primera vez que doblego una obsesión sin dejarme la piel en ello. O la segunda. Porque retroceder en el tiempo para vivir cómo se acometían las obras del monasterio de El Escorial comenzó siendo una bravata y acabó siendo un desafío. Me explico:

A lo largo de mi vida he visitado en muchas ocasiones el gran edificio diseñado por Juan Bautista de Toledo, relevado a su muerte por Juan de Herrera. Pero sobre todo me acuerdo de la primera vez. Siendo yo muy niño fui llevado en rebaño hasta allí por el colegio. Debía de tener unos diez años, no más. Recuerdo el imponente monumento, la lonja, la entrada y parte del recorrido que hicimos. Y al contrario de lo que le suele suceder a un chaval a quien tratan de inyectarle la cultura a la fuerza, mi interés no se diluyó sin dejar marca, sino que todo aquello me impresionó sobremanera. Quizá fue así porque mi padre era aparejador y sabía que aquella obra superaba todo lo que podía imaginar. O quizá porque mi madre era una apasionada del arte y por primera vez eché de menos sus explicaciones. O quizá porque, a los diez años, cuando algo te impresiona tanto, se te queda grabado a fuego y comienza la neurosis, la paranoia, la locura.

"Cuando hace tres años, osado y decidido, me puse a buscar documentación que soportara mi historia, lo primero que me llamó la atención fue que la mole del monasterio no se levantó toda a un tiempo, sino que se realizó en cuatro fases"

En ese tiempo ya sabía que eso de inventar historias y luego tratar de plasmarlas en un papel era algo que me apasionaba. Claro que, en esos años ―y en los cuarenta y tantos siguientes―, me dediqué a conseguir ordenadamente metas un tanto más alcanzables. Así que, pasito a pasito, los pequeños cuentos de entonces se fueron transformando poco a poco en relatos juveniles, luego en novelitas de principiante y después en textos algo más dignos y elaborados hasta que llegaron las publicaciones y las menciones a premios que, por cierto, no dejan de ser para casi todos los autores un caramelo envenenado si no se saben paladear adecuadamente.

La cuestión es que, al igual que le ocurrió a Felipe II, afrontar la escritura de una novela histórica (nunca antes lo había hecho) con tintes de thriller (tampoco antes se me había ocurrido) y lanzado al público por Grijalbo (una oportunidad que solo desaprovecharía siendo un cadáver) era como proyectar la obra del monasterio de El Escorial: algo que en tu cabeza tiene más o menos forma pero que no aciertas a saber cómo va a terminar.

"Así afronté la recreación de las obras de El Escorial, un lugar donde los secretos y los misterios brotan como infecciones purulentas e incurables pero soportadas con una buena dosis de verdad"

Cuando hace tres años, osado y decidido, me puse a buscar documentación que soportara mi historia, lo primero que me llamó la atención fue que la mole del monasterio no se levantó toda a un tiempo, sino que se realizó en cuatro fases, una por cada edificio que lo componen ―convento, palacio, colegio y basílica―. Veinte años de trabajos en una gran explanada me daban juego para manejarme entre andamios, operarios y sillares. La cosa pintaba bien, pero, ¡ay, iluso de mí!, pronto supe que el primer edificio en terminarse fue el convento y que, al estar administrado por una orden de clausura (tanto antes los jerónimos como ahora los agustinos), no se puede visitar. ¡Eso sí!, no hay nada peor que plantearle un reto a un escritor.

No os voy a descubrir cómo conseguí meterme dentro. Gracias al padre Navas (y al permiso que obtuvo de su prior), tuve la oportunidad de caminar por el convento de arriba abajo, de norte a sur y de este a oeste. Y no saben cuánto agradezco el tiempo que me dedicó, pues no es lo mismo inventarse un escenario, o recrearlo en tu cabeza a través de antiguas descripciones, que deambular por él durante un par de horas. A partir de ese momento, solo me restó enterarme del desarrollo de las obras, de las personas que participaron, de cómo estaban distribuidos los trabajos y los espacios, de su día a día, de los problemas que surgieron, las amenazas que les acechaban, los dineros, los andamios, las grúas, los carros, las sogas y poleas… o los accidentes que sufrieron, los heridos y los muertos que hubo… Todo aquello lo saqué, ¡¡casi lo viví!!, a partir de aquella visita y a través de cientos de páginas leídas, de ilustraciones y fotografías encontradas ―otras tomadas por mí mismo―, de entrevistas ficticias practicadas a los protagonistas de la novela ―unos reales y otros no―, de quitar y poner, crear y borrar, de esconder y hallar…

Y así afronté la recreación de las obras de El Escorial, un lugar donde los secretos y los misterios brotan como infecciones purulentas e incurables pero soportadas con una buena dosis de verdad, tanta que alguien de repente me dijo que me había perdido en un laberinto de locos y no iba a poder sacar nada en claro. ¿Qué no? Es ahí justo cuando nace El laberinto de piedra. Y vaya sí lo disfruté.

Y tú que lo leas.

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Autor: Javier Oliva. Título: El laberinto de piedra. Editorial: Grijalbo. Venta: Todos tus libros.

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