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Carta a Gregory Peck

Querido Gregory Peck:

Lo cierto es que si te escribo es porque te aprecio mucho, te admiro y en cierto modo te quiero, como se quiere a nuestros escritores más queridos, sí, a nuestros actores más queridos, también a nuestros directores preferidos. Recordando algunas de tus películas, que tanto me gustaron en su momento y tanto me gustan ahora, se me ocurrió que era una buena idea escribirte y recordarte.

Así, estos días he vuelto a ver algunas películas tuyas, con gran deleite, porque ya sea por fortuna o porque las sabías elegir muy bien, ya sea por tu propio concurso en ellas, ya sea por lo que fuere, tus películas suelen ser buenas, entretenidas, incluso divertidas, y no pocas veces nos enseñan cosas importantes para conducirnos en este viaje no siempre fácil que es la vida.

Creo que tuviste suerte, sin contar con tu talento, con tu esfuerzo, incluso con tu buena apariencia física, porque conseguiste llenar una época del mejor cine de Hollywood, una época que también fue tu época, porque yo encuentro que hay períodos que tienen sus propias estrellas, sus propios galanes en este caso, y que lo llenan todo, lo dominan todo. Por ejemplo una película como Matar a un ruiseñor, de otro tiempo, en el mío la podría haber protagonizado Kevin Costner, y tú mismo podrías haber sido el protagonista de JFK: Caso abierto, el fiscal Jim Garrison, tan maravillosamente interpretado, por cierto, por el propio Kevin Costner.

Te he visto en muchos papeles, ya digo, algunos los he vuelto a disfrutar estos días, como el del escritor y periodista Ambrose Bierce de esa maravillosa película —y estupenda novela de Carlos Fuentes— que es Gringo viejo, un gran film que, como las grandes películas, se deja ver muchas veces, gozosas veces a lo largo del tiempo. Esa película tiene muchos atractivos y otros grandes actores, con una gran historia, pero para mí tú la llenas con tu presencia, con tu porte, y eso que ya eras un viejo actor, un viejo magnífico actor que se estaba despidiendo, tal vez, de la escena y de la vida, de la escena de la vida.

Cada vez me gustan más tus películas, como El cabo del miedo, excelentemente interpretada por ti y por Robert Mitchum. Vi esta película hace unos pocos años y me gustó mucho, aunque sea terrible —por la historia—, y la estoy volviendo a ver otra vez. No sé si la terminaré, ya digo, por lo terrible que es. También vi la versión con Nick Nolte y Robert De Niro, hace bastante tiempo, y la recuerdo igualmente magnífica.

Ahora estoy empezando a ver, otra vez, Matar a un ruiseñor, que siempre es preciosa. Y tengo pendiente de leer la novela, que recuerdo que compré hace unos años en la calle, con gran ilusión. Siempre me hace ilusión comprar libros, pero yo creo que más ilusión todavía comprarlos en la calle y en librerías de viejo. Esos libros tienen mucha vida ya, y es como si esa vida se me transmitiera, me enriqueciera. Una vez le dije a Raúl del Pozo que yo ya prácticamente sólo compraba libros de viejo, y me contestó, lacónico, como él solía responder a tantas cosas: “Haces bien”.

Creo que fuiste un actor excelente, a la altura de tus mejores películas, y yo, ahora mismo, no recuerdo ninguna que te desmerezca. ¿Cómo no acordarnos de Moby Dick, que tanto le gustaba a mi padre? ¿Cómo no volver a ver una película que descubrí hace poco, entretenidísima, Escarlata y negro? O la impresionante Los cañones de Navarone, plagada de enormes actores: “Están todos”, me dijo en su momento Arturo Pérez-Reverte cuando le dije que estaba viendo esta película.

César González-Ruano, cuando estabas rodando Moby Dick, te hizo una entrevista. Estabas en Madrid e ibas camino a Canarias para continuar el rodaje. Contigo iba John Huston, el director. Recuerdo que González-Ruano, que en esas entrevistas (Las palabras quedan, estupendo libro) se muestra como algo pillo, te preguntó que a qué te habrías dedicado si no hubieras sido actor de cine. Tú contestaste, después de pensar un poco, que al cine. Y González-Ruano insistió: “No, si no se hubiera dedicado al cine.” Contestaste que posiblemente al deporte.

Esto da idea de lo que te gustaba ser actor, de lo que te gustaba el cine (venías del teatro, si no me equivoco). Y yo, pensando un poco estos días en ti, he llegado a la conclusión de que más que ser un hombre muy guapo, nos convenciste a todos, con tu presencia, con tu buen hacer, de que lo eras. Es decir, nos conquistaste. Y ahora vemos una película tuya y te encontramos con una gran apariencia, aunque a priori, cuando empezaste, es posible que no te viéramos así. Te ganaste a las cámaras, te ganaste al público, a la posteridad.

Voy cerrando la pluma, querido Gregory. Seguiré viendo tus películas; eres un gran compañero para esta vida nuestra. Tus películas me reconfortan; tu sola presencia en la pantalla también. Aprendo de ti sin darme cuenta, en la ficción y fuera de la ficción. Eres un buen modelo para el paso de los días. Transmites ética, bondad, alma. Quizá nos fundamos contigo en la pantalla, con las historias que llegaron a nosotros gracias a ti.

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