Las criaturas con las que llevamos conviviendo en este secreto a voces durante casi dos años se han negado a salir. Tienen miedo de perderse en la marea de gente extraña —transformada en ese remedo de monstruos y fantasmales apariciones— que puebla las calles desde ayer por la tarde. Huyen asfixiados a la carrera para refugiarse en los rincones oscuros de sus soledades y orar en silencio a los dioses a los que rinden pleitesía en el calor de sus hogares y el frío de sus alcobas. Las cucarachas llevan desde el viernes, cuando terminaron sus turnos, escarbando bajo el terruño y copando temblorosas las profundidades de las alcantarillas haciendo de ellas búnkeres improvisados. Como si el aluvión de niños y mayores disfrazados fuera el preludio de un cataclismo nuclear.
Puede que no estuvieran del todo desencaminados al creer que existía un peligro real en esta falacia del esperpento y la abominación, pues lo abyecto y escabroso es capaz de encontrar, a través de senderos sinuosos, una salida o, acaso una entrada, a nuestro mundo para arremeter contra él de un modo diferente a como los de esa otra dimensión lo hicieron a su llegada. No de un modo pacífico, intentando integrarse en una sociedad ya de por sí desintegrada, con los cimientos de su estructura tambaleándose a cada segundo, sino enarbolando la bandera de la guerra, con sus armas bien dispuestas y su odio irradiando maldad como si no hubiera otro modo de aliviar el pesar de sus almas. Si es que acaso las tienen. Y es de suponer que así sea, no porque sea cierto, sino porque, de otro modo, estaremos perdidos ante la indolencia y la crueldad de aquellos que no vienen a poner orden, sino dispuestos a sembrar el caos con muerte y destrucción. Y es digno de temer aquello que temen aquellos a quienes nosotros ya tememos.
Debimos seguir el patrón como guía de todas esas criaturas interdimensionales. Su silencio e invisibilidad eran señales nada esquivas y sí muy premonitorias. Lo primero a lo que debimos prestar atención debió ser al vuelo de las brujas. En ausencia de las criaturas habituales, aquellas cosas que volaban sobre sus escobas y agitaban sus varitas entre carcajadas, no podían sino ser otra cosa. No eran las brujas del norte. Ellas también estaban escondidas en algún lugar de Galicia, bajo el espeso abrigo de las copas de los árboles de sus bosques. Acurrucadas como niñas asustadas ante el ogro que viene anunciando un festín a su costa. Sí, las tomamos por brujas, porque aún no sabíamos qué eran y su apariencia era similar, pero no lo eran sin embargo. Esas cosas no podían llamarse siquiera criaturas. Eran miméticos informes que se adaptaban a las circunstancias y las circunstancias exigían un disfraz tan estrafalario como fuera posible.
A Zoe ya no le gusta Halloween en el sentido en que lo hacía antes. Otros años nos obligaba a acompañarla a la zona que hay al otro lado de la carretera principal, la que cruza el pueblo de lado a lado y divide Los Alcázares de San Javier. Allí, cientos de niños se reúnen cada año para pedir truco o trato y conseguir su dulce premio. Muchas casas y familias orquestan auténticos pasajes del terror para satisfacción de grandes y pequeños. Ayer, no obstante, ese tufo rancio que traía consigo el miedo de los ocultos y el desequilibrio de la realidad hizo que fuera ligeramente diferente. Hubo niños que entraron a esos pasajes y no volvieron a salir. No hubo gritos. Ni lágrimas. Solamente esa densa inquietud y ese silencio pesado como la niebla, rodeándolo todo con su influencia maligna. Estuvimos más por inercia y costumbre, más por tradición que por interés. Y llegamos tarde, por qué no decirlo. Fue por Zoe –que disfruta más con el maquillaje y la preparación de su outfit que con el despliegue habitual de pedigüeña en connivencia con sus amigas– que llegamos a deshora, que no tarde. La noche ya había caído merced al estúpido cambio de hora impuesto cada año por estas fechas. Llegar a la caída del telón de la tarde abrió una ruta de escape y evitó un mal mayor.
Todos saben que la hora bruja parte la medianoche para abrir la grieta de otros mundos y dejar pasar aquello que no debe entrar y que no pertenece aquí. Desde que se abrieron los portales, esas grietas han crecido, pero, a diferencia de estos, no permanecen sino el tiempo que dura la noche y se desvanece con los primeros rayos del alba. Nos dijeron que los primeros síntomas del desajuste se avinieron con la llegada del ocaso. La noche, más oscura de lo habitual, se cernió sobre todos como un manto de horror y pesadilla. Fue entonces cuando aquellos que simulaban ser, por unas horas, fueron. Y sus deseos se disiparon en el umbral de la conciencia para dejar paso a la naturaleza de aquellos que pretendían. Sus vestiduras se volvieron vivas y cimbrearon sobre sus cuerpos, fusionándose el maquillaje ya no con la piel, sino con la esencia misma de quien lo portaba. El látex y la sangre falsa, de repente, tuvieron la tibieza y consistencia propias de una verdad que se presuponía fingida. Los niños dejaron de ser niños para convertirse en monstruos y hacer lo que los monstruos hacen. Algunos adultos trataron de apaciguar el arrebato sanguinario de sus hijos y muchos de ellos salieron escaldados.
Nosotros conseguimos llegar al coche y resguardarnos en casa. Quienes no pudieron huir se quedaron refugiados en las casas de aquellos que no solían participar de la festividad y cerraban a cal y canto puertas y ventanas. En torno a esas casas desprovistas de adornos y del espíritu propio de esta noche, se arremolinaron en hordas las criaturas que antes habían sido niños. Y allí permanecieron, según nos han dicho, hasta que el primer rayo de sol comenzó a cerrar la grieta y devolver a los espíritus a su lugar de origen. Las brujas que vimos al llegar eran la última avanzadilla. De haberlo sabido, nos habríamos marchado en ese instante. No habríamos pateado esas cabezas de calabaza ni arrancado a golpes todos esos colmillos de caramelo. No habríamos pasado por encima de esas bestias peludas ni perdido tres botones y un zapato. Cuando mi mujer y yo miramos a Zoe —antes de meternos en el coche— y comprendimos lo que había sucedido, dimos gracias a esa adolescencia prematura que había ahogado sus ganas de embutirse en uno de los disfraces que habían maldito a todo el pueblo. Ahora, en cuanto termine de subrayar esta crónica, ya con el sol cegando el camino, cogeré el coche y regresaré a la zona cero. Puede que aún queden algunos caramelos.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: