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Contra los posos del olvido

Contra los posos del olvido

Sé cómo trabaja J. Benito Fernández. En una llamada telefónica me comenta la ingente cantidad de documentos que hay aún por leer y catalogar en su obra magna, nada menos, que de Rafael Sánchez Ferlosio. No sé las motivaciones que pueden llevar a Benito Fernández a buscar a ciertos autores, cómo decirlo, a escritores que habitan los márgenes, o en las afueras de lo canónico; autores, me refiero, fuera de los circuitos comerciales, que, sin embargo, suponen una lección enorme de literatura española, de la que no figura en ningún libro de texto. Ahí están sus trabajos sobre Juan Benet, sobre Ángel Guinda, o la mítica biografía de Leopoldo María Panero, El contorno del abismo, que muchos consideran necesaria por la cantidad de materiales que acopia, y por arrojar luz a un poeta eclipsado por su propia leyenda. Lo mismo le pasa en esta estupenda entrega: Los pasos del caído, sobre otra figura esencial del malditismo español, Eduardo Haro Ibars, que, en mi caso, empecé a conocer cuando leía la biografía de Panero antes mencionada y me hice con la también mítica Obra reunida en Huerga y Fierro que recopila la obra total del poeta madrileño.

Autores desclasificados, fuera de cualquier atisbo de catalogación lógica, autores para los que habitualmente se les coloca el marbete de “raros”, “ácratas”; hijos de los últimos redobles de la dictadura, como afirma Francisco Nieva en el prólogo a la obra completa de Haro: “Haro Ibars ha sido el paradigma de una generación española que se encontró todo por descubrir en la intemperie y en el riesgo”, lo califica además Nieva: “Su precocidad intelectual no engañaba, era de todo punto un creador arriesgado y un adelantado en muchas cosas”. Así fue, un adelantado en un país que despertaba a la modernidad.

"Desfilan por estas páginas lo más granado de un panorama cultural que estaba empeñado en ser otra cosa, pareciéndose a lo extranjero, a lo underground"

J. Benito pasa en la Biblioteca Nacional más horas que en su casa cuando está preparando material para sus enormes biografías, y así resultan. Se dice, nos lo cuenta el propio Fernández en la introducción, que Umbral pensó que este libro era una novela con seudónimo del mismo Haro Tecglen sobre su hijo. Se reúne con amigos del autobiografiado, llama por teléfono a todos los que conocieron al autor o tuvieron contacto relevante con él y pasa por escrito, reconstruyendo la vida de manera metódica. Yo no creo que pudiese recordar mi vida con tanto lujo de detalles como hace Fernández en sus biografías.

Viaja, si es preciso, a los lugares que relata con detalle, lo que llevó a Fernández a conocer a Paul Bowles en Tánger, ciudad de la que Haro estaba enamorado, y única ciudad, tal vez, en la que fue feliz. Aquella Tánger en donde estuvo viviendo su admirado William Burroughs, visitado por sus beatniks Orlovski, Ginsberg y Kerouac, y por donde se paseaban los Jagger, Richards y Scott de parranda en esa ciudad que llegó a ser más Nueva York que la propia Nueva York.

Se trata, en esta reedición de Renacimiento, de una obra ampliada con respecto a la primera edición, se han corregido erratas, se han completado comentarios o se han aportado nuevos testimonios sobre el poeta.

"Haro, obsesionado con la maldad, leída y aprendida en los textos de Aleyster Crowley, Jean Genet y la cábala, el malditismo y la predestinación"

Desfilan por estas páginas lo más granado de un panorama cultural que estaba empeñado en ser otra cosa, pareciéndose a lo extranjero, a lo underground, Eduardo Haro y su inseparable y más constante amigo, el traductor y escritor: Mariano Antolín Rato, al que también conocí muy tarde, y su mujer María Calonje. Pero la nómina de artistas que aparecen en estas páginas es enorme y variada: Javier Gurruchaga, Luis Antonio de Villena, amigo inseparable de Eduardo Haro, ambos buscadores nocturnos de placeres efébicos, Jaime Urrutia de Gelatina Dura, antes de ser el cantante de Gabinete Caligari, Ignacio Gómez de Liaño, Rafael Cansinos, hijo de Cansinos Assens, o una jovencísima mexicana llamada Olvido Gara Java. Moncho Alpuente, Antonio Ferres, Alfonso Grosso, el dibujante Carlos Sánchez Pérez, Ceesepé, y el fotógrafo Alberto García Alix, entre otros. Incluso aparece Luis Alberto de Cuenca en uno de los garitos que frecuentaban aquellas noches enormes, donde Haro siempre era la víctima del exceso. Provocador nato, no le importaba con quién se enfrentase:

“La cafetería, situada frente a la sede de Fuerza Nueva, es el lugar de reunión de los cachorros ultras, por el aspecto que tienen los dos [Haro y Rafael Cansinos], no tardan en verse asediados por miradas e insultos tales como ¡Maricones! y ¡drogadictos! Un nutrido grupo de fascistas los rodean […] y les propinan puñetazos y patadas.”

No ha cambiado mucho la cosa.

Leo estas páginas con la sensación de la pérdida, por saber de antemano cómo va a acabar todo. Haro, obsesionado con la maldad, leída y aprendida en los textos de Aleyster Crowley, Jean Genet y la cábala, el malditismo y la predestinación. También se podría haber convertido en la efigie de la causa homosexual, ahora que tanto se buscan referentes gays en escritores consolidados como Lorca, lo cual me parece loable, pero lo de Haro es demasiado difícil por tratarse de un personaje tan controvertido, tan vital y demoniaco como para manejarlo. Apoyó diferentes grupos reivindicativos y ayudó a formar otros en donde se liberase la figura del homosexual de la maldad que conllevaba adscrita en la dictadura, figura que se alargó demasiado tiempo en la transición. Proyectos, como tantos otros, que murieron en la incesante vida de Haro sin llegar a ningún sitio, sabiendo de antemano que nunca tendría dinero y que siempre iba a vivir de forma precaria.

"Es cierto que muchos de estos autores pagaron caro la factura de interpretar la libertad a su manera, pero lo hicieron sin victimismos, de cara, y murieron igual"

La generación de Haro pagó caro el paso a la libertad, sufrieron la inadaptación en una tímida democracia, conocieron de primera mano la introducción del inicio del consumo de heroína en España, después la cocaína, o el éxtasis. Haro sabía de antemano que su partida estaba perdida. Consumidores de drogas de farmacia, como el Romilar, que mezclaban con otras sustancias, y en el caso de Eduardo, con el consumo abusivo de alcohol que lo conducía inexorablemente al altercado, a la pelea y al uso de la violencia con sus amantes e incluso con sus más allegados.

Sin embargo, una de las muchas virtudes de J. Benito Fernández es la de hacernos sentir el pulso underground de esos años, un movimiento tan denostado en estos días, pero que en zonas muy determinadas, como Madrid, fue un impulso renovador frente a la apolillada cultura oficial, adormecida por los largos años del franquismo. Es cierto que muchos de estos autores pagaron caro la factura de interpretar la libertad a su manera, pero lo hicieron sin victimismos, de cara, y murieron igual. Se habla también de grupos, hoy casi desconocidos, a no ser por los que aún sobreviven a toda esta historia de contraluces como Los Drugos, Los Pegamoides, Glutamato Ye-yé, Sindicato Malone donde tocaba Eugenio, el hermano de Eduardo, o los Gabinete Caligari con un Jaime Urrutia a la cabeza muy castizo, y la incombustible Orquesta Mondragón, cuyo letrista principal, al menos en los discos con más éxito, fue el propio Eduardo.

“Lábiles amores yonquis, rockers de arrabal adornados de camisas de lunares y tacones cubanos, tupés moldeados por la brillantina, belfos que humean trompetas mudas, el orgullo del acero afilado, furcias de farolillos de baja intensidad y jeringuillas de trágica verbena; en definitiva, historias de la mala vida contadas por Ceesepé”.

Especialmente interesante es la relación amor-odio que tuvieron dos de los poetas más interesantes de los setenta y ochenta, Leopoldo María Panero y Haro Ibars. Leopoldo estaba enamorado de Eduardo, pero este no le correspondía. Se conocieron en la cárcel de Zamora, a donde también iba la madre de Panero a visitarlo, Felicidad Blanc, que además critica a la madre de Eduardo Haro en la película de Chavarri, El desencanto, esa película que destroza una generación decadente y radiografía la familia Panero con todas sus grandezas y sus miserias. Blanc dice de la madre de Eduardo Haro que cuando tenía un problema con su hijo, lo mandaba a la casa de la abuela, y en parte, tenía razón. Esto apareció finalmente en la película, a pesar de las críticas hechas a Jaime Chávarri, que no quitó esa parte de la entrevista.

Este libro encierra muchos personajes, muchas ciudades escondidas en una sola ciudad, muchas personas en una sola, pero ninguna se salva, estaban destinadas por la aguja a seguir el difícil camino del deseo y del exceso.

"Libro descarnado, hiriente, la historia de la pérdida, de la desolación de un poeta que vino a cambiar el tablero de juego"

Se sigue también en la obra, no solo la retahíla de caídas y recaídas de un Eduardo muy voluble a los vicios, sino también su evolución artística, de querer ser poeta, a conseguirlo y lograr además una obra coherente con su forma de sentir, descarnada y brutal a un tiempo, como pudo apreciarse en Pérdidas blancas, que ya anticipa el contenido de su obra, entre el margen y la necesidad de expresar en un solo idioma, sin tapujos, lo que sentía. Dueño además de un estilo poco complaciente con la estética general de esa época, que intentaba despertar a una forma diferente de decir las cosas en poesía. Algo que solo le ocurría a su némesis, Leopoldo María Panero, ambos, fundadores de una nueva estética, que, a pesar de sus diferencias, inauguraron otra vena lírica en España. Después vendrían Sex fiction y Empalador, una mezcla de las obsesiones de Haro, vampiros, sangre, sexo, semen.

“En Eduardo conviven extrañamente dos cuerpos —Jekyll y Hyde—, el de la ruptura y el de la ternura, la destrucción y la construcción. El alcohol lo transforma. Así sucedió, cuando sin un duro encima, se acercó a San Bernardo 107, a la casa de su padre. Le abrió Concha Barral y cuando lo vio Haro Tecglen, […] con gesto grave le contestó que allí no”.

También se da detalle de sus colaboraciones con la radio, con los reportajes, las traducciones de canciones, los conciertos a los que asistieron de artistas como Nico, o las colaboraciones con diferentes revistas, con otros libros y encargos y se habla de su narrativa, como en Las manipulaciones.

Fernández aporta testimonios, entrevistas con amigos, fotografías de los Haro, actuaciones de conciertos, entrega de premios, así como mensajes, dedicatorias, incluso alude a programas de televisión en donde aparece un Haro proteico e inagotable, a pesar de que su luz se estaba apagando ya antes de contraer el sida.

Libro descarnado, hiriente, la historia de la pérdida, de la desolación de un poeta que vino a cambiar el tablero de juego. En suma, otra obra necesaria en la historiografía española que muchos desconocen y que otros tantos no quieren recordar.

Excelente trabajo de un incansable entusiasta de la literatura española.

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Autor: J. Benito Fernández. Título: Eduardo Haro Ibars. Los pasos del caído. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.

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