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A través del Quijote, de José María Merino

A través del Quijote, de José María Merino

A través del Quijote (Reino de Cordelia), de José María Merino es, según cuenta el autor, «un minucioso recorrido del Quijote, siguiendo fielmente la estructura del libro original e incluso atravesando el plagio de Avellaneda».

José María Merino (La Coruña, 1941) es escritor y miembro de la Real Academia Española.

Zenda adelanta sus primeras páginas.

Nota previa

Aunque quien lea este libro irá conociendo a lo largo del texto mi relación con la inmortal obra cervantina, conviene advertirle que es resultado de un proyecto antiguo, y que sin duda era preciso que yo llegase a esta edad para afrontarlo: un minucioso recorrido del Quijote, siguiendo fielmente la estructura del libro original e incluso atravesando el plagio de Avellaneda, el tordesillesco autor.

Para ello, he contado con la presencia en la travesía de Eduardo Souto —Full profesor en Miskatonic University— y de su compañera Celina Vallejo —catedrática de la Universidad Complutense— y he aprovechado ciertas experiencias recientes suyas en La Mancha, mediante los meticulosos apuntes que me facilitaron con una generosidad que estoy obligado a agradecer vivamente. Del profesor Souto debo señalar que sus Aventuras e invenciones han sido recopiladas en 2017 por la profesora Ángeles Encinar, y publicadas por la editorial Páginas de Espuma.

También he aprovechado un curso memorable, al que asistí hace treinta años, sobre las aventuras del héroe cervantino, que impartió Sabino Ordás en la Universidad Menéndez y Pelayo. Por cierto, coincidí en él con varios colegas de ambos sexos, alguno ya fallecido, cuyos nombres están incluidos en la dedicatoria final. Sabino Ordás mereció, también en el año 2017, un congreso internacional organizado por la Universidad de León, cuyas ponencias fueron reunidas por los profesores José María Pozuelo Yvancos y Natalia Álvarez en el libro Pensamiento y creación literaria en Sabino Ordás, publicado por la editorial Visor.

Espero que el libro, en el que se incluyen tanto ensayos como cuentos y minicuentos, aunque modesto, sea hijo reconocible del Ingenioso Hidalgo y Caballero, de su escudero y de la bellísima Dulcinea.

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra
PRIMERA PARTE

I

EL PRÓLOGO

Cuando terminó de escribir el libro empezó a pensar en redactar un prólogo —él lo llama prefación—, y la intensa experiencia vivida a lo largo de la escritura de todas aquellas páginas se hizo aún más fuerte: había tenido la rara percepción de un invisible e impalpable pero cálido entorno, la impresión de que lo que escribía estaba estimulado por un gigantesco eco de su afán, que reverberaba en su cabeza y en todos sus miembros.

Sentía como si muchos ojos hubiesen leído ya aquellas páginas, como si muchas voces hubiesen repetido ya aquellas aventuras, como si la historia desarrollada por su mano hubiese recorrido ya innumerables caminos en infinidad de imaginaciones. Tal vez esa sensación había propiciado que casi todos los capítulos hubiesen salido de su pluma en un irresistible manar, en un fluir atropellado, en busca de un lugar que parecía estar esperándolos, y hasta notaba retumbar dentro de sí, en un coro resonante, las palabras que escribía.

Al contrario que su personaje principal, él no creía en sabios magos ni en hechiceros, pero su práctica con la escritura de aquel libro lo hacía dudar: ¿estaría siendo sujeto de algún género de encantamiento?

No podía imaginar que quizás en el mundo de la ficción, en ciertos casos, carecen de validez esas leyes de la física que en su época ni siquiera se barruntaban, y que en la ficción el tiempo no resulta una flecha irreversible; que el poder de tantos lectores de su libro durante estos cuatro siglos y los que vengan, hacía que sobre cada página incidiese, atravesando en sentido inverso los caminos imaginarios que, en el tiempo material de la realidad, habían quedado ya desvanecidos, una incontable memoria enternecida, gozosa, agradecida, admirada, entusiasta.

Era imposible que él pudiese comprenderlo, pero del futuro llegaba y lo envolvía esa confortadora ola de fervor que había afinado su estilo para hacerlo tan sonoro y festivo, y que lo había ayudado a llevar a cabo la escritura con tanta confianza, tanto desparpajo y tanto humor.

No podía racionalizar nada de eso, pero se sentía lleno de seguridad, como un profeta cuya percepción estuviese iluminada por la más alta sabiduría, y en su imaginación se encontró a sí mismo escribiendo, y descubrió la figura y la voz de ese amigo «gracioso y bien entendido» que llega a visitarlo y a quien confiesa que no se le ocurre ningún prólogo, pero que no puede publicar el libro sin él, después de tantos años de dormir «en el silencio del olvido».

Y se propuso desarrollar la conversación con el amigo, en una creciente burla de tanto libro insufrible, sobre la facilidad de presentar aparente erudición y doctrina.

Y se regodeará en la burla hasta convertirla en modélica, antes de proponer, para sustituir a los sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros solían incluirse, la invención de poemas provenientes de autores imaginarios. Así surgirán varios escritos por personajes del Amadís de Gaula: de su protectora Urganda la Desconocida, de su amada Oriana, de su escudero Gandalín, del propio Amadís… con otros de Belianís de Grecia, protegido de la sabia Belonia, o de El Caballero del Febo, enamorado de Claridiana, o de Orlando Furioso, a quien Angélica fue desleal… con otros en los que contaría con la ayuda de algún colega. Además, añadirá un grotesco diálogo entre Babieca y Rocinante.

Dibujo de William Kent grabado por Georges Vertue.

Como una incomprensible pero cálida envoltura, sentía nuestra emoción deslumbrada de lectores al leerlo, nuestra pasión de escritores deseosos de haberlo escrito, de escribirlo.

Hasta él llegaban vibrantes las innumerables ficciones impregnadas por el espíritu de su libro, e incluso las ficciones que se apropiarán de él para desarrollar su asunto, de mano de sucesivos Avellanedas, así como las especulaciones que su libro conseguirá provocar: la de quienes localizan los escenarios en regiones alejadas de La Mancha, o encuentran en el libro secretas relaciones con autobiografías de santos, o descubren crípticos mensajes esotéricos… Sin contar los infinitos estudios que ha estimulado y estimulará entre tantos que lo analizan hasta acotarlo como una finca propia, o realizan adaptaciones de toda clase: al cómic, al cine, a la radio, a la televisión, al espectáculo musical… O escriben acerca de él cualquier travesura, por entender que el libro también les pertenece.

Cuajó en él la idea de que el prólogo fuese el verdadero arranque de la trama, y comprendió que el escritor del prólogo debería ser el mismo personaje que había redactado la historia, con lo que el prefacio formaría así parte sustantiva de las aventuras, y se echó a reír con grandes carcajadas.

Por fin tomó la pluma y comenzó a escribir:

Desocupado lector…

2

Capítulo I

El lugar de la Mancha

Celina, entusiasta lectora del Quijote, estaba muy interesada por los espacios donde se desarrollan las diferentes peripecias del libro, pues iba a preparar una ponencia titulada Los lugares del Quijote para un simposio en el que participaría después del verano. Tenía el propósito de recorrer los supuestos escenarios en que transcurren las aventuras quijotescas, y muchas veces le hablaba de ello a Eduardo. Y como con vistas a Semana Santa se anunciaban días de buen tiempo, Celina le propuso una excursión a La Mancha.

Entre otros lugares no determinados en la obra, Celina quería visitar ese pueblo «tan cerca del Toboso», como recuerda Sancho Panza en el capítulo XIII de la Primera Parte, que se llama Miguel Esteban, porque pensaba que ese podía ser, precisamente, aquel de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse.

—Está a poco menos de nueve quilómetros de El Toboso, y unido a él desde hace siglos por buen camino… Aldonza Lorenzo era de El Toboso… El narrador «no quiso acordarse», ocultó el nombre del pueblo, porque coincidía con su propio nombre de pila: una típica broma cervantina. Además, hay que tener en cuenta que «no quiso acordarse» es expresión ambigua, pues también significaba «no pudo acordarse»… Un lugar común que se ha mantenido en vigor durante mucho tiempo… Todavía hay quien, al intentar recordar algo y no conseguirlo, dice… «vaya, que no quiero acordarme».

El profesor Eduardo Souto se quedó mirando a Celina con una mezcla de admiración y escepticismo:

—En eso tienes razón. En la edición de la Real Academia para el Cuarto Centenario, la que coordinó Francisco Rico, lo dice en nota a pie de página, mira: «No voy o no llego a acordarme».

Celina continuó hablando:

—¿Quién iba a saber entonces de la existencia de El Toboso más que la gente de los pueblos cercanos? Argamasilla de Alba, de la que tanto hablan, está a más de cincuenta kilómetros. ¿Te imaginas entonces a un hidalgo de Argamasilla pensando en una aldeana de El Toboso?

Souto repasó el libro, una edición muy completa, a su juicio.

—Pero en el mismo párrafo en el que dice que Aldonza vivía en un lugar cercano al de don Quijote afirma que era natural de El Toboso, ¿no indica eso que se trata de dos lugares diferentes? —objetó.

—No le pidas al Quijote rigor aritmético, Eduardo, por favor. Lo uno no quita lo otro. Y además, enseguida va a aparecer Quintanar de la Orden, que está también cerca de Miguel Esteban y de El Toboso. Tiene que ser Miguel Esteban…

—Bueno, Celina, ya hemos discutido de eso: La Mancha quijotesca es un territorio mítico, como Cervantes va a acabar resultando un personaje mítico, pues ni está claro que fuese bautizado en Alcalá de Henares… Sin embargo, eso de la coincidencia de los nombres, Miguel y Miguel, y el curioso juego cervantino al ocultar la referencia expresa, muy congruente con el espíritu del libro, me parece sugestivo… Adelante… Pero no olvides que en esa Mancha quijotesca aparecerán con toda naturalidad hayas y hayedos… Los que defienden el origen leonés de Cervantes podrían decir mucho a propósito de ello.

Celina, sin hacerle caso, rebuscó entre la copiosa documentación que se amontonaba en la mesa de su escritorio, localizó unos papeles y continuó hablando:

—¿A que no sabías que, cuando fue comisario de abastos de la Armada Invencible, Cervantes pasó algún tiempo allí?

—Pues la verdad es que no —repuso Souto—. Eso se llama rigor investigador…

Celina no hizo caso de la chanza, y prosiguió hablando:

—En cualquier caso, con ese guiño aparece un modelo irónico que es perceptible en la novela hasta nuestros días. Hay un puñado de clásicos europeos de los siglos XVIII y XIX en los que está suficientemente explícita esa influencia. Escucha: «El día primero de abril de no sé qué año, la Ronda de noche de no sé qué Parroquia, en los límites de las inmunidades de Westminster…», así comienza el Capítulo II de Amelia Booth, de Henry Fielding. «Entre los varios edificios de cierta ciudad, que por muchas razones será prudente que me abstenga de citar, y a la que no he de asignar ningún nombre ficticio…» es el arranque del Capítulo primero de Oliver Twist, de Charles Dickens. Los ejemplos no solo pueden extraerse de la novela inglesa: «En el departamento ministerial de ***, pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los funcionarios de esta clase de departamentos…» empieza diciendo El capote, de Nicolai Gogol… ¿No te suenan todos un poco al arranque del capítulo primero del Quijote? Desde luego, de lo que no cabe duda es de que Cervantes inventa eso que llaman el humor inglés. Fíjate qué cervantesco es el arranque del Tristram Shandy, de Laurence Sterne: «Ojalá mi padre o mi madre, o mejor dicho ambos, hubieran sido más conscientes, mientras los dos se afanaban por igual en el cumplimiento de sus obligaciones, de lo que se traían entre manos cuando me engendraron…».

De modo que Celina contrató albergues rurales para dormir tres noches, se hizo con mapas de La Mancha y del Campo de Montiel, y salieron el viernes a primera hora.

Era un día de sol refulgente, y la primavera se anunciaba en el verde que cubría las llanuras y los cerros, consecuencia de las intensas lluvias que había traído el final del invierno. Antes de llegar a Miguel Esteban se detuvieron en numerosos lugares. La conductora era Celina y paraba el coche donde le apetecía, para hacer fotos y comentarios.

Los primeros molinos, con sus aspas decorativas, inmóviles, habían causado en Eduardo Souto una impresión extraña. Más adelante encontraron un rebaño de ovejas, y la rareza en la impresión de Souto se convirtió en desasosiego, acaso porque entre el rebaño, como le había sucedido frente a los molinos, descubrió súbitos y evanescentes brillos y formas que sugerían otras cosas.

Miguel Esteban es una población pequeña, que alberga a poco más de cinco mil habitantes, de casas de una o dos plantas y calles limpias, con algún torreón y vetustos edificios civiles y eclesiásticos. La recorrieron a paso lento, pero ya era la hora de comer y Celina se había informado acerca del lugar más oportuno.

El sol derramaba sobre la calle solitaria una quietud espesa y Celina, estimulada por la búsqueda del restaurante, caminaba unos pasos delante de Eduardo.

En cierto punto de la calle había unas tapias grandes y un portalón abierto, y el profesor Souto pudo descubrir, en el patio al que daba acceso el portalón y por el que deambulaba un galgo afilado y mohíno, algo que despertó su curiosidad: junto a unas tablas que servían de mesa para trabajar, un hombre de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, se afanaba en la limpieza de una antigua armadura metálica, cuyo casco brillaba apoyado en medio de las tablas. El hombre vestía unos bombachos y una larga camisa y, tras él, con un saco de pienso colgado de las orejas, había un caballo flaco, deslucido y lleno de mataduras.

Al profesor Souto aquello le sugirió una imagen inconfundible, pero echó a andar deprisa y, al recordar la impresión que le habían causado los molinos y las ovejas, estuvo a punto de arrepentirse de haber emprendido aquel viaje que no sabía a dónde podría conducirlo.

Pero comieron bien y, tras el postre, Eduardo abrió la cartera que lo acompañaba y le dijo a Celina:

—Tengo aquí una sorpresa que puede ser interesante o absurda… ¿Te acuerdas de Tuñón?

—¿No se ha jubilado todavía?

—Está de emérito. De vez en cuando me envía un microrrelato. Cuando le conté que nos íbamos a seguir los pasos de don Quijote, me remitió unos cuan- tos. Dice que quiere reescribir el Quijote por medio de microrrelatos. Yo ya he leído alguno. Te voy a leer el primero:

Del sabio Frestón

A la montaña en que el sabio Frestón llevaba su aburrida existencia llegó el eco de unos sueños. Procedían de un calabozo en un lugar lejano y humilde. El soñador era un soldado de vida poco afortunada, que había cambiado el oficio militar por el de recaudador y expropiador de ciertos tributos, lo que le producía escaso peculio y continuos disgustos.

En su prisión, el antiguo soldado soñaba con hacer un caballero andante de un viejo hidalgo que vivía en una pequeña aldea, y llevarlo por los áridos lugares que rodeaban sus espacios cotidianos para hacerle vivir aventuras similares a las que habían tenido personajes como Amadís de Gaula.

El sabio Frestón siempre se había sentido muy molesto de que en aquellas aventuras hubiesen tenido papeles relevantes ciertos vecinos suyos, como Urganda la Desconocida —buena persona, eso sí— o Arcalaús —un tipo con el que había que tener cuidado— y que sin embargo a él, tan ducho en magias y hechizos como cualquiera de los otros dos, no se le hubiera hecho el mínimo caso.

Y lo enfadaba aún más el que, cambiando solamente una letra de su nombre, se le hubiese incluido en otro de aquellos libros, el que trataba de los amores de Florisbella, hija del soldán de Babilonia, a la que también pretendía el príncipe Perianeo de Persia, convirtiéndolo en un personaje malévolo…

Por eso los sueños de aquel encarcelado despertaron en su ánimo una inusitada desazón. Pues si el soldado convertido en desafortunado recaudador iba a relatar las aventuras caballerescas del viejo hidalgo, él quería ocupar algún lugar en ellas.

Así, el sabio Frestón buscó el modo de entrar en los sueños del antiguo soldado y despertar su interés: sin duda era necesario que un sabio encantador ocupase algún espacio en aquellas aventuras.

Sus encantamientos fueron insistentes y poderosos, y al fin en la imaginación del antiguo soldado se iluminó la idea: en su relato habría un sabio mago, llamado Fritón, que intentaría frustrar los esfuerzos del caballero. A Frestón lo decepcionaron el nombre que se le quería atribuir y el papel que debía desempeñar, pero pensó que lo importante era entrar en el relato… Luego, ya se ocuparía él mismo, con sus mágicos poderes, de conseguir que su nombre fuese el verdadero y acaso de modificar su papel en la trama…

—Hay que reconocer que el Quijote da mucho juego… —comentó Celina, echándose a reír—. No me imaginaba que Tuñón, tan respetuoso con los textos clásicos, saliese con eso. Ni que conociese tan bien los libros de caballerías.

—Ríete, ríete, ya verás…

Daniel Urrabieta Vierge.

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Autora: José María Merino. Título: A través del Quijote. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Amazon, FnacCasa del Libro.

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