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Adaptaciones europeas setenteras (V): La huella

Adaptaciones europeas setenteras (V): La huella

En esta serie de artículos reseño algunas de las películas más representativas, adaptaciones europeas de los años setenta. Traslaciones al cine de obras literarias de autores como L. P. Hartley, Arthur Conan Doyle o Anthony Burgess. Por supuesto, cada selección es subjetiva y arbitraria. No obstante, con ella, trato de dibujar un panorama amplio en el que se ve cómo escritores de épocas, estilos y ámbitos lingüísticos muy distintos han sido adaptados al cine de formas tan diversas como incluso antagónicas, en función de las poderosas personalidades de los cineastas que los han adaptado (en la mayor parte de casos siendo directores-guionistas): Losey, Wilder, Kubrick, Hitchcock, Mankiewicz o Fassbinder.

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(Sleuth, 1972) 

No deja de ser curioso y significativo que las mejores películas británicas de los primeros años setenta no hayan sido dirigidas por británicos sino por cineastas provenientes de Hollywood, casi todos estadounidenses: Joseph Losey —El mensajero (1970)—, Billy Wilder —La vida privada de Sherlock Holmes (1970)—, Stanley Kubrick —La naranja mecánica (1971)—, Alfred Hitchcock —Frenesí (1972)— o Joseph Leo Mankiewicz —La huella—. La única excepción importante sería La hija de Ryan (1970), de David Lean. Pese a que su director sea norteamericano, La huella es, en esencia, la más británica de todas.

"Para que el público no se percatase de que sólo hay dos actores en todo el film film Mankiewicz tuvo la idea genial de incluir en los créditos nombres de actores inventados"

El dramaturgo Anthony Shaffer (Liverpool, 1926 – Londres, 2001) —responsable del guión de Frenesíasí como de las mejores adaptaciones de Agatha Christie al cine: Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 1974, Sidney Lumet) y Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1978, John Guillermin)— adaptó admirablemente su propia obra dramática sin caer en la teatralidad y con unas dosis de intriga perfectamente perfiladas. El gran Mankiewicz, uno de los cineastas estadounidenses del Hollywood clásico más próximo a la cultura europea, se encargó de trasladar la obra a imágenes y a atraparnos desde el primer al último fotograma, pese a los 138 minutos de duración de este divertimento, a lo que hay que sumar una sutil y precisa dirección de dos actores, dos monstruos de la escena inglesa como Laurence Olivier y Michael Caine, que además de interpretar respectivamente al aristócrata Andrew Wyke y al emigrante de origen italiano Milo Tindle, encarnan falsas identidades como las del inspector Doppler, el detective Tarrant, Marguerite Wyke o el policía constable Higgs. Todo un juego de máscaras —como en Mujeres en Venecia (The Honey Pot, 1967)—, gran guiñol y ocultas personalidades que ponen en jaque la inteligencia del espectador más avezado. Precisamente para que el público no se percatase de que sólo hay dos actores en todo el film —lo que hubiera significado que el espectador averiguase la elaboradísima trama— Mankiewicz tuvo la idea genial de incluir en los créditos nombres de actores inventados, gente que no existe: Alec Cawthorne, John Matthews, Eve Channing… Un caso único que demuestra que, excepcionalmente, la promoción y la publicidad puede estar al servicio de una historia (algo que maestros como Hitchcock sabían muy bien).

"Todos los grandes temas de la apabullante filmografía mankiewicziana están presentes: la mentira, el engaño, la representación de un papel social..."

Mankiewicz no firmó el guión, pero sus aportaciones, esto es, su autoría, es palpable en los mejores momentos del film: el jardín-laberinto en el que el escritor Andrew Wyke pasea mientras graba con un dictáfono las ideas de su próxima novela policíaca, el empleo de marionetas en la mansión, la caracterización de Milo Tindle como un clown, sus orígenes italianos para acentuar la lucha de clases… Todos los grandes temas de la apabullante filmografía mankiewicziana están presentes: la mentira, el engaño, la representación de un “papel” social, la metáfora de la vida convertida en decorado teatral, la risa, el sexo, el whodunit, la mujer ausente, los malentendidos, los juegos de palabras, la intriga, los jardines, las escaleras, la ambición, el dinero, la farsa, los celos, el crimen pasional… Tras el tormentoso rodaje de la superproducción Cleopatra (1963) —film mucho mejor de lo que se ha dicho— Mankiewicz afirmó que a partir de entonces su película ideal sería rodar una conversación telefónica con dos únicos personajes en una cabina telefónica. La huella, su refinado testamento fílmico, un magistral huis clos con sólo dos actores y un único decorado, es lo más cerca que ha estado de lograrlo.

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Dirección: Joseph Leo Mankiewicz (Wilkes-Barre, Pennsylvania, EEUU, 1909 – Bedford, New York, EEUU, 1993). Guión: Anthony Shaffer, a partir de su obra teatral homónima. Fotografía: Oswald Morris. Música: John Addison. Dirección Artística: Peter Lamont. Montaje: Richard Marden. Producción: Morton Gottlieb, David Middlemas, Edgar J. Scherick. Intérpretes: Laurence Olivier, Michael Caine. Falsos actores: Alec Cawthorne, John Matthews, Eve Channing, Teddy Martin. Nacionalidad: Reino Unido. Duración: 138 minutos. Color.

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