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Adelanto de El informe Casabona, de Sergio Vila-Sanjuán

El informe Casabona

En El Informe Casabona una intriga periodística pone al descubierto las luces y las sombras de la élite social y económica. Sergio Vila-Sanjuán inaugura con esta novela la serie protagonizada por Víctor Balmoral, un periodista cultural muy bien relacionado.

Adelanto de El informe Casabona, de Sergio Vila-Sanjuán

No podría decirse que, de no ser por el incidente, todo hubiera transcurrido con normalidad, ya que cualquier acto que incluya la presencia de los Reyes de España dista por definición de ella. Simplemente parecía que iba a tratarse de una jornada de celebración muy parecida a la que tiene lugar en el Palacio Real de Madrid el 22 de abril de cada año.

Por lo que a Víctor Balmoral respecta, mantuvo su rutina habitual: cogió en Barcelona el tren AVE de las nueve; llegó, como estaba previsto, a Madrid a las doce menos cuarto, subió andando por la calle Atocha y luego cruzó el barrio de los Austrias, concediéndose un agradable paseíto primaveral. Tras vagar un rato distraídamente por los jardines de Sabatini, poco antes de la una, hora marcada en la invitación que había recibido dos semanas atrás, empezó a sortear los distintos controles de seguridad que filtraban el acceso a la residencia histórica de los monarcas españoles.

Una vez en la plaza de la Armería, apreció las evoluciones de los coraceros en sus caballos blancos y sorteó taxis y vehículos privados que, tras haber pasado a su vez un par de controles, dejaban a los más comodones o vetustos de los invitados (y a las invitadas con tacones que temían el empedrado) en la mismísima puerta principal, frente a la cual formaban los guardias reales con sus guerreras azules de aire decimonónico, en la cabeza el ros de color blanco con esprit de plumas rojas, fusiles y bayoneta calada.

Balmoral ascendió lentamente la gran escalinata y pasó al Salón de Columnas, donde se servía el aperitivo. Aunque siempre intentaba llegar puntual a este acto —hacía cuatro años que lo invitaban— nunca figuraba entre los primeros: siempre había quien le ganaba en exagerada antelación. Había llegado a sospechar que alguno debía de haber dormido en los aledaños para asegurarse la prioridad en el acceso.

Efectivamente, allí estaba ya, departiendo y haciendo corrillos en el espacio acotado por grandes tapices del Patrimonio Nacional, una buena representación del mundillo cultural más institucionalizado o reconocidamente relevante del país: el director de la Real Academia de la Lengua, con su inconfundible peluquín color zanahoria, y al menos una decena de académicos de esta institución; el Gran Editor, que desde su sede de Soria controla la única firma multimedia española realmente global, con su nueva amante; el Pequeño Editor, veterano de todas las asociaciones profesionales, a quien todos rehúyen por su conversación plúmbea e interminable; el único Premio Nobel vivo en lengua castellana, siempre dicharachero, mostrando sus grandes dientes incisivos, tan cortejado como despellejado; el Novelista más premiado del año, un obeso melancólico y esquivo; la Poetisa, que ha conseguido los más destacados galardones, enérgica y ruidosa; la enigmática Directora General del Libro, con sus gafas anguladas y su habitual vestido negro, sobre el que lucía una gran cruz de plata; distintos e intercambiables cargos intermedios del ministerio; la Veterana Periodista Agresiva, con el cabello teñido de rosa; el Altísimo Radiofonista con pinta de duro, que compensa sus peroratas en las ondas con monosílabos en los encuentros sociales mientras masca chicle; el Dietarista de Provincia, de aspecto funcionarial, cáustico y atento a la minucia, que sobre todo si es malvada reproducirá muy pronto en su blog; el nuevo Presidente de los Libreros, un joven punk con piercings en las orejas; el maquiavélico Responsable del Museo de Arte Contemporáneo, vestido de negro de arriba abajo y, con el anterior, uno de los pocos hombres que venía sin corbata; directivos de la Casa del Rey; los colegas de Víctor en la dirección de los principales Suplementos Literarios…

No mucha gente; no se trata de un encuentro agobiante. En épocas anteriores, la recepción real al mundo cultural con motivo del Día del Libro solía consistir en un cóctel de pie, bastante abierto, al que en su momento álgido llegaron a concurrir un millar de personas. Pero precisamente por este carácter masificado, los más exquisitos, fatuos o misántropos representantes del sector dejaron de acudir: la invitación fue perdiendo su carácter exclusivo y ya no contentaba a nadie, empezando por los propios convocantes, que se veían desbordados. Se decidió reorganizarlo. Desde hace un lustro, el encuentro anual nunca supera al centenar de elegidos, que es el número total de comensales que caben sentados a la mesa imperial.

Y entre ese centenar figuraba este año, curiosamente, Alejandro Casabona. Cuando Víctor Balmoral lo vio se hallaba instalado —casi tendido— en un canapé, semblante pálido, aire cansado y la frente con gotas de sudor. Al lado, su tercera esposa, cuarenta y tantos años más joven que él, observaba distraída las idas y venidas de los asistentes. Balmoral se acercó a saludar al veterano mecenas y expolítico, a quien conocía de tiempos muy remotos, y que pareció sorprendido al verlo. Pero se sobrepuso rápidamente. Con su aire agitanado, la blanca barbita afilada y ojos semicerrados, corbata verde musgo, sin duda comprada en alguna boutique italiana, terno impecable como siempre, le dirigió una sonrisa entre cordial y fatigada.

—¡Vaya! —exclamó—, la prensa de calidad no podía faltar a este evento.

Balmoral se inclinó para preguntarle por la razón de su presencia en palacio, que le intrigaba. Como personalidad de primera fila en el plano nacional, y por tanto supuestamente con fácil acceso al monarca, Casabona no necesitaba acudir a recepciones compartidas con figuras menores del mundo de la cultura, incluyendo algunas tan discutibles como el periodista.

—Su Majestad insistió personalmente en que este año le gustaría contar conmigo. Para un monárquico como yo, ya lo sabes, sus deseos son órdenes.

En realidad —esbozó una mueca que recordaba vagamente a una sonrisa—, creo que ya me ve muy viejo, y le interesa que esté aquí sobre todo para que, por contraste, ponga de relieve su insultante juventud. Aunque estas últimas semanas no he estado muy fino y para mí desplazarme a Madrid ayer supuso un sacrificio. Además —dijo en voz baja guiñándole un ojo y señalando a su esposa—, vengo controlado: ni copas, ni puros, ni exceso en la comida, ni flirteos. Así que tendremos que dejar las confidencias sobre mujeres interesantes para otro día… Si es que quedan figuras semejantes, claro.

Incorregible. Así lo había encontrado Víctor siempre y así seguía ese mediodía, no importaban sus más de ocho décadas de atareada existencia.

—Veo que en materia de calzado sigues de lo más moderno —apuntó.

El industrial dirigió la mirada hacia sus zapatillas deportivas oscuras, que aunque de firma carísima marcaban un fuerte contraste con el buen corte de su traje clásico. Rio.

—Sí, verás, mi aguante puesto de pie ya no es el que era, y me canso mucho al caminar. Eso y la veteranía me permiten alguna licencia indumentaria…

—Seguro que para las cosas realmente importantes te mantienes en plena forma.

—¡Como no sea para las colas del geriátrico!

—Y en cuanto a lo demás, la Fundación, las empresas, ¿todo bien?

El anciano le dedicó un ademán ambiguo que parecía un interrogante.

—Pues… a estas alturas, intentando sobre todo ir cerrando en positivo una larga trayectoria y dejar lo conseguido en buenas manos… Dos tareas bastante exasperantes. Y por cierto, ¿cómo estás tú? Sentí mucho la muerte de tu madre. Una mujer tan guapa… y tan valiente.

Víctor agradeció el comentario con un leve asentimiento.

Al formarse la fila del besamanos, se colocó tras Casabona y su mujer (esa pelirroja —pensó— que se cree guapa, probablemente lo es, y que ni se digna a mirarme). Cuando llegó el turno del mecenas, el joven monarca, quien lucía una barba reciente que le quedaba bien, se demoró un buen rato, cogiéndole por el hombro con afecto; dada su pequeña estatura, parecía un abuelito de cuento de hadas al lado del altísimo anfitrión. También la reina relajó el protocolo para estampar un par de besos en sus arrugadas mejillas y hacerle un par de preguntas, que Víctor no pudo oír pero sí vio que respondía con su atención seductora habitual.

Los invitados fueron pasando al comedor de gala de palacio, reservado para las grandes ocasiones (recepciones de Estado, prioritariamente) y que no suele abrirse más de una decena de veces al año. La utilización de ese espacio, bajo las catorce arañas de cristal y bronce dorado, al amparo de las pinturas de Mengs, expresa la calidad de atención que el jefe de Estado quiere dedicar al mundo cultural. De modo que quienes han asistido a una de ellas ya pueden decir sin faltar a la verdad que han comido en la mesa de los Reyes, con su vajilla blanca ornada de filo de oro y la corona real, cubertería de plata y copas de cristal de Bohemia; que se han limpiado los labios en una servilleta de hilo de Alcoy y han mirado a sus vecinos del otro lado de la tabla por encima de los centros con rosas blancas, helecho y brezo.

A Balmoral lo colocaron en un extremo, entre un actor teatral fatuo y tartamudo y la directora de un ignoto museo de cerámica, que empezó a hablarle atropelladamente en cuanto se sentaron, sin mostrar intención de dejar de hacerlo. Constató que a Casabona, probablemente en su papel de decano del encuentro, lo habían sentado a la derecha de la reina.

Unos camareros con librea sirvieron las copas, dispusieron el primer plato y, antes de que los invitados atacaran, el Rey se levantó —y con él los comensales— para pronunciar su brindis. Empezó a hablar de forma pausada, leyendo el texto colocado en un atril, pero cuando toda la atención de la sala estaba fija en sus labios se oyó un ruido sordo seguido de un alboroto de cristales rotos.

Su Majestad interrumpió el discurso.

Se hizo un gran silencio.

Los asistentes siguieron la dirección de sus ojos.

Frente a él, y junto a su real esposa, un hombre se había desplomado y tenía el rostro sumergido en la crema de guisantes a la menta que se había servido de primero.

Y entonces, solo entonces, se oyó la voz cristalina de la reina, que, sin perder aplomo y con digna autoridad, realizaba el llamamiento obligado:

—¡Un médico! ¡Que alguien avise a un médico!

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Autor: Sergio Vila-Sanjuán. Título: El informe Casabona. Editorial: Destino. Venta: Amazon y FNAC

Sinopsis: Alejandro Casabona lo ha sido todo en la vida pública española: gran empresario, mecenas de las artes e importante figura política (de joven, comprometido en la lucha antifranquista; después, como líder parlamentario durante la transición). Aún activo e influyente a sus casi noventa años, Casabona fallece de improviso y en circunstancias poco claras durante una comida de gala en el Palacio Real de Madrid, ante la mirada atónita de los asistentes y de su joven tercera esposa.
En su testamento deja un sustancioso legado a un instituto dedicado a fomentar la ética en la empresa. Pero, antes de aceptarlo, y en previsión de sorpresas, la directora del instituto encarga al investigador y periodista Víctor Balmoral que indague hasta qué punto Casabona tuvo un comportamiento ético a lo largo de su trayectoria.

¿Fue Casabona un hombre ejemplar o un negociante sin escrúpulos? ¿Sirvió a la política o se sirvió de ella? Su muerte, ¿fue accidental o provocada? ¿Qué papel tuvo, si lo tuvo, en el asesinato de su segunda mujer? La investigación que Hacienda estaba llevando a cabo sobre sus negocios, ¿qué resultados anunciaba? Estos son los interrogantes de una investigación en la que Balmoral se verá mucho más implicado de lo que pensaba.

Para llevarla a cabo, Víctor se entrevistará con las personas que estuvieron más próximas a Casabona, en el ámbito familiar, empresarial y de la amistad. Y accederá también a un documento revelador, las memorias de infancia de Casabona sobre la Guerra Civil, periodo sin el que no se explica el devenir de las grandes fortunas españolas.

Durante la Guerra, el padre de Casabona estuvo relacionado con los servicios de información del bando franquista. Mientras que su tía Mery, que quedó en Barcelona, jugó un papel decisivo ayudando a monjas y sacerdotes a escapar de la persecución religiosa desencadenada tras el fracaso del alzamiento militar en la capital catalana. La reacción a la figura del padre y la influencia de la tía resultarían determinantes en el futuro trayecto de Casabona. Y los datos de este documento ayudan decisivamente al investigador a culminar el encargo recibido.

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