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Akita y los grizzlies: la magia del crecimiento

Akita y los grizzlies: la magia del crecimiento

Akita y los grizzlies es un cuento sobre uno de los grandes temas modernos: la relación conflictiva del individuo con la sociedad de la que forma parte. Como es un cuento infantil, su protagonista es un niño (una niña a punto de cumplir siete años, llamada Akita), y la sociedad aparece encarnada por la familia. Los grizzlies del título (osos grises de las regiones polares norteamericanas) se corresponden con la geografía real y de ensueño del relato, y constituyen la forma habitual de ese choque entre el individuo y la sociedad en las etapas iniciales de la vida: el control de los impulsos interiores, el proceso de civilización. Cuando el individuo es adulto, la forma que adopta el enfrentamiento suele ser el fracaso o quiebra de un proyecto de vida, y en lugar de la cólera del niño asistimos a la depresión del individuo maduro. Pero Akita tiene casi siete años y su problema es la ira, la aceptación de las restricciones externas. Un desajuste que le produce angustia y la aísla del entorno familiar y escolar.

La frase con la que se inicia el relato permite comprender la naturaleza estética de esta obra. Estamos ante un cuento de apariencia tradicional (“una mañana de invierno, en tierras lejanas y salvajes […]”) que sin embargo adopta una formulación actual y subjetiva, conjugada en tiempo presente (“una niña no quita ojo a la nieve”). De ahí la elección del espacio (una cabaña de madera en un bosque polar), que permite una indefinición cronológica, propia de los cuentos, así como la mezcla de elementos cotidianos, propios de una experiencia familiar contemporánea (desayuno con crepes, rotura de unas gafas…) con elementos exóticos o fantásticos, propios de una cultura remota. Su autora, Caroline Solé, y las ilustraciones de Gaya Wisniewski (acuarelas: una técnica acuática para sumergir la historia en las imágenes de hielo) optan por situar una historia moderna, una experiencia subjetiva propia del individuo moderno, en un escenario de cuento, a medio camino entre las sociedades tradicionales (la cabaña no tiene especializadas sus estancias: salón, cocina y dormitorio son lo mismo) y la imaginación folclórica propia de ellas (presencia de figuras mágicas, objetos simbólicos, ritos, talismanes…).

"La habitación del niño Max se transformaba por la noche en una selva, mientras que la niña Akita observa temerosa la ventana, cuando el monstruo habita la oscuridad interior"

Esta convivencia de lo fantástico y lo familiar, de lo íntimo/individual y lo regulador/social ya estaba presente, por poner un ejemplo ilustre, en Donde viven los monstruos, el clásico de Maurice Sendak. Como en aquel álbum, en este cuento lo salvaje, lo indómito, el impulso, adopta la forma de un monstruo, de una forma amenazante de la naturaleza (“el oso, el mamífero más poderoso de la Tierra”). Y como ocurría en aquel, el escenario acontece en un difuso espacio del adentro/afuera. La habitación del niño Max se transformaba por la noche en una selva, mientras que la niña Akita observa temerosa la ventana, cuando el monstruo habita la oscuridad interior (“Hay un grizzly… dentro de mí”).

Ese grizzly, esa cólera que lleva a Akita a pelear con su hermano, a rebelarse contra las órdenes de sus padres, a sentir miedo de su propio miedo a descontrolarse, y que la lleva a aislarse de sus iguales y a refugiarse en la confidencia con los perros (el magma animal del humano) es el objeto del didactismo popular que justifica la elección del cuento como género de la obra. En el día de su cumpleaños, ante un nuevo episodio de furia, los padres de Akita deciden llevar a esta a una especie de chamana (una irónica bruja, con rasgos de personaje de cuento folclórico y de psicóloga actual) que le permitirá aprender tres lecciones importantes: que lo que le ocurre es un hecho frecuente (decenas de otros niños han visitado antes la cueva-iglú de la anciana), que lo que le ocurre no es incontrolable, pues existen salidas en los túneles (“lo recordará la próxima vez que se sienta bloqueada: siempre hay algún pomo en algún lugar”), y que la libertad humana se funda en responsabilidades (“no podemos hacer siempre lo que queremos”).

"Akita podrá conducir el trineo tirado por sus ocho perros: imagen del control sobre lo salvaje"

Una escena fantástica de enfrentamiento con el monstruo interior (la isla salvaje del niño Max es aquí una escena en la nieve, con la niña Akita enfrentada a una enorme osa polar) y un símbolo hermético de explicación natural (la aurora boreal, fenómeno de choque de las fuerzas del Sol con los campos magnéticos de la Tierra) sirven para explicar la transformación operada en Akita tras la aventura inducida por la anciana. Saldrá de la cueva portando un talismán (una estrella, que recuerda su enfrentamiento) y midiendo algunos centímetros más (la magia del crecimiento).

Fuera la esperan sus padres, y con ellos un símbolo nuevo: por su cumpleaños y por su éxito, Akita podrá conducir el trineo tirado por sus ocho perros: imagen del control sobre lo salvaje. La frase con la que concluye el cuento vuelve a ser decisiva y recuerda las dimensiones vitales del empeño de Akita y, con ella, de cualquier humano: “Dos ojos verdes brillan en medio de la noche. El grizzly permanece despierto”.

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Título: Akita y los grizzlies. Autores: Caroline Solé y Gaya Wisniewski (ilustr.). Editorial: Nørdica Libros. Venta: Todostuslibros.

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