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Al grano, lectores, y feliz viaje

Al grano, lectores, y feliz viaje

No sé dónde leí que el futuro será como Río de Janeiro: hecho de megaurbes, con un centro habitado por élites y un extrarradio para desgraciados con limitados horizontes. Algo parecido profetizó Alvin Toffler. Sus libros El shock del futuro (1970) y La tercera ola (1980), que despacharon millones de unidades en todo el mundo, dejaban entrever un futuro apocalíptico, medieval y orwelliano en el que unos pocos poseerían y gestionarían El Conocimiento, verdadero capital del mañana, en detrimento de masas de población aborregada, por expresarlo gráficamente, que no se enterarían.

Recordando a Toffler, mientras canturreaba, como Radio Futura, «el futuro ya está aquí», me dije que igual no es casual que cada vez se lea menos: con el hábito de leer variado desciende el hábito de asimilar nuevos referentes, útil siempre, pero más en tiempos convulsos, porque palabras y conceptos nuevos facilitan el cambio de identidad, de enfoque y de perspectiva.

Alvin Toffler

La lectura ha hecho mucho por el cambio. En los quinientos años que van de la invención de la imprenta hasta hoy, la especie inhumana ha cambiado más deprisa que en los cien mil anteriores. Cierto que la imprenta no fue el único factor, pero gracias a ella las ideas se difundieron a una velocidad nunca vista antes; los más avisados asimilaron las mejores que, de cabecita en cabecita, fueron germinando imparables en mil direcciones diferentes. Como invento, la imprenta está al nivel del fuego, la agricultura o la propia escritura.

"Con tanto material a mano ¿por qué molestarse en leer? ¿Por qué perder el tiempo y romperse la cabeza desentrañando un texto? "

En el siglo XIX, cuando la difusión de letra impresa era ya una industria, unos analfabetos que descendían de generaciones de analfabetos como ellos se atrevieron a emprender la esforzada aventura de aprender a leer. Sin comerlo ni beberlo, no sólo cambiaron ellos, sino que el mundo cambió con ellos. Hoy ya no es necesario tanto esfuerzo: todo el mundo lee.

O no.

A la vez que Toffler volvía sobre sus temas en La revolución de la riqueza (Debate, 2006), Edward Jay Epstein razonaba y documentaba con precisión escalofriante en La gran ilusión. Dinero y poder en Hollywood (Tusquets, 2007) cómo las fantasías, ocios y expectativas de la Humanidad salen hoy de seis o siete grandes compañías especializadas en producir contenido, eso sí, audiovisual: Sony, Time Warner, Disney, Viacom, NBC Universal o News Corporation.

La tercera ola

Desmigajadas en multitud de marcas y sub-marcas, estas corporaciones planetarias bombean información y entretenimiento a los cinco continentes en cantidades industriales: películas, viajes, parques de atracciones, videoclips, videojuegos, documentales, información, series… Y claro, me digo, con tanto material a mano ¿por qué molestarse en leer? ¿Por qué perder el tiempo y romperse la cabeza desentrañando un texto? De Julio Verne, por ejemplo. «Yo ya he visto la peli», responde el ignaro con sentido común. Lo que no sabe es que el sentido común engaña. Ya lo dice el saber popular, «las apariencias engañan». El sentido común y la apariencia permiten ver sobre las nubes una bóveda. Y que la Tierra es plana, porque si fuera redonda nos caeríamos.

Leer no es fácil. Si hablar es una habilidad genética innata, el texto es una artificiosa invención. «Yo no puedo enseñar sintaxis a mis alumnos», me dijo una vez una profe de rigurosa observancia generativista. «Ya la saben. O no podrían hablar entre ellos. Yo les enseño a darse cuenta y a usarla también por escrito a base de desentrañar textos. Dentro de un buen texto hay siempre un inteligente secreto sintáctico».

"Ante nosotros se agiganta un limitado horizonte de sucesos, oscuro horizonte de memeces que nos encierra en el interior de un agujero negro visual, minúsculo y tribal."

Por desgracia, los analfabetos funcionales están condenados a la autosatisfacción que proporciona un cerebro saturado de imágenes. Y la imagen no enseña: muestra. Según Jay Epstein, lo que uno ha soñado ya, sólo que envuelto en celofán. La legendaria adaptación al cinematógrafo de Vingt mille lieues sous les mers (Walt Disney, 1954) no vale lo que una sola página de la novela escrita ochenta y cinco años antes, en 1869, y cien antes de que el comandante Armstrong pusiera pie en la Luna, azaroso viaje que exigió escribir lo que no estaba escrito y que había empezado antes de nacer Armstrong y Verne: el día que Sócrates se defendió asegurando que su única certeza era carecer de ninguna otra. O algo así. Platón y sus colegas, admirados, tomaron buena nota, reporteros avant la lettre. Hoy sabemos que lo que para Sócrates y ellos mismos fue «un pasito para un hombre» ha terminado por constituir «un paso gigantesco para la Humanidad».

Las consecuencias de la palabra son incalculables, y hoy, como entonces, sigue siendo la base para la comprensión de todo. El último refugio. La libertad total. «Si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra», cantó el lírico un día que se puso a pedir la paz y, con muy buen criterio, que lo dejaran hablar, porque la palabra abre ventanas y levanta mundos en el interior de la cabeza, ese rincón disparatado en el que reside La Realidad. Y si hay cientos, miles de millones de cabezas, no hay por fortuna una igual a otra… todavía: si la palabra es el Reino de la Libertad, la imagen lo es de la Uniformidad, y parece que va ganando el partido. Un Reino de «Vuelo Gallináceo», en expresión afortunada que tomamos prestada al Solitario de Palafrugell. La escribió un día que, en beneficio de su salud, amenazada por el gobierno civil, no tuvo otra que ponerse a escribir en castellano (divinamente, debo decir). «Hay que ver, don José, qué manía con el puto catalán de los cojones, con lo bien que le sale a usted el español: más que ampurdanés parece usted maño». El ampurdanés sonrió malicioso y escribió, también en español. «Se han encendido, pues, las luces de la gran ciudad y se han inflamado todos los grandes camelos». (Viaje en autobús. Destino. Barcelona, 1942 y posteriores).

20.000 leguas de viaje submarino, película de Disney

La imagen es unidireccional y cerrada. La palabra, pluridireccional y abierta. Polisémica. Genesíaca. No es lo mismo decir «gato» que mostrar un gato prototipo de todos los gatos, notable y limitada majadería que cierra muchas puertas. No es lo mismo decir «en un lugar de La Mancha» que perpetrar el dislate de levantar en imágenes tan misterioso lugar para vergüenza de la imaginación. Es decir, presentar acabado y definido lo que no es más que «un lugar», vaya usted a saber cuál. La imagen mata la generosa indeterminación de la palabra, motor que abre el conocimiento en cualquier imprevista dirección. En la lectura, es la cabeza la que decide, no la multinacional del berberecho. Tengo para mí que los optimistas que anunciaron la Era de la Imagen como el santo advenimiento de un nuevo modo de conocer erraron en sus apreciaciones. Ninguna de las miles de millones de imágenes inanes que nos rodean vale lo que una sola palabra. Sea en catalán, danés o chino mandarín. Lo que la palabra «esfuerzo», por ejemplo. O esforç, muy latino todo. Y no me refiero al esfuerzo que ayuda a mejorar capacidades cardiorrespiratorias, sino al esfuerzo lector que ayuda a mejorar capacidades analíticas.

Un esfuerzo agotador y agónico, porque no termina nunca.

Ante nosotros se agiganta un limitado horizonte de sucesos, oscuro horizonte de memeces que nos encierra en el interior de un agujero negro visual, minúsculo y tribal. Traspasarlo exige volar más allá del tiempo, del espacio y de uno mismo, sobre todo, vuelo que nada tiene de «gallináceo». El único ejercicio que capacita para intentarlo con posibilidades de éxito se denomina lectura. Atenta, frecuente y variada. Exigente y exigida.

Mucha suerte y feliz viaje al otro lado, zendianos.

PD. Si llegáis, saludad a mi primo: vive allí. Gracias.

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