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El masturbatorio hábito de leer

El masturbatorio hábito de leer

El viejo tío Miguel dejó escrito en alguna parte de su opera magna que su gusto por la lectura era tanto que se metía entre pecho y espalda hasta los volanderos «papeles rotos» que encontraba tirados por la calle. Esta afición debe ser lo que hoy llaman «hábito de leer». Hábito de leer desde la octavilla de un puticlub hasta un prospecto de los Testigos de Jehová y desde La Razón de Maruenda al As de Relaño, pasando por libros, librillos y libracos de toda especie: la Gramática Generativa, La agonía del cristianismo o los relatos de don Carlos de Santander, con títulos tan llamativos como Me asustan los hombres o Los complejos de mi marido.

Cuento todo esto del «hábito de leer» porque el pasado 21 de abril Europa Press dio la noticia de que un 60% de españoles «cree» que el «hábito de leer» se debe «iniciar» en el cole. Si hay quien cree en la Resurrección de la Carne, en los platillos volantes o en Justin Bieber, ¿por qué un sesenta por ciento de españoles no puede creer en el «hábito de leer»? Aún más: que el tal «hábito», como lo llaman, «debe iniciarse» en el colegio.

"La verdad es que mis padres fueron unos cuentistas bastante notables. Aparte las habituales historias de Grimm, Perrault y Andersen, padre, por ejemplo, recurría a la tragedia de Scott y sus compañeros, a la del Titanic y la del pobre de Ulises."

Será un «hábito», pero en lo que a mí respecta no sé cuándo me habitué. Tampoco sé cuándo me habituaría a andar, respirar y jugar a la pelota. Me recuerdo jugando a la pelota, así como a policías y ladrones y a médicos y enfermeras, desde siempre. Después me deshabitué y me entregué a notables tonterías, pero nunca dejé de leer,  andar ni respirar. En mi casa se andaba, se respiraba y hasta se leía con razonable naturalidad. Hasta los prospectos de las medicinas se leían. Y, cómo no, el puñetero Quijote, personaje del que uno sabía por extenso desde mucho antes de descubrir que era un librote, y bastante gordo, por cierto, porque cuando se ponía roncha lo entretenían contándole, entre otros chascarrillos, los desencuentros del pavo aquel de La Mancha con los galeotes, los molinos, los carneros, los pellejos de vino y los polichinelas de Maese Pedro. Y, cómo no, con el infame Caballero de los Espejos, mi favorito, detrás del cual se ocultaba el bueno de Sansón Carrasco, que era también el Caballero de la Blanca Luna, un lío que ya antes de saber leer me fascinaba.

La verdad es que mis padres fueron unos cuentistas bastante notables. Aparte las habituales historias de Grimm, Perrault y Andersen, padre, por ejemplo, recurría a la tragedia de Scott y sus compañeros, a la del Titanic y la del pobre de Ulises condenado a vagar por los Siete Mares después de haber concebido la habilidosa estratagema del Caballo de Troya. Madre, por su parte, inventaba unas aventuras muy plausibles de Mortadelo y Filemón, Agencia de Información, y no veas la alucinación el día, cuando yo ya leía, que me entregó un ejemplar del Pulgarcito, un cómic español que había entonces, con una historieta de Mortadelo y Filemón, Agencia de Información, en la portada. Con los años descubrí que en la portada del Pulgarcito podían salir también las hermanas Gilda, Rigoberto Picaporte (solterón de mucho porte) o el Gordito Relleno, que era un pánfilo de buen corazón que a veces cobraba, pero que muchas otras salía adelante gracias precisamente a su buen corazón mientras dejaba con un palmo de narices a los listos que pretendían tocarle los perendengues.

En fin, perendengues es lo que tiene que el 60% de los españoles crea que la lectura es «un hábito» y que debe «iniciarse» en el colegio. Yo con las creencias no me meto, pero me escandalizo, qué le voy a hacer. Un sesenta por ciento de españoles son muchos españoles. Unos veintiséis millones de almas convencidas de que leer es un hábito y no una habilidad. Y de que se adquiere, o no, en la escuela.

"Sin ir más lejos, todos mis compañeros se pajeaban en la intimidad, lo mismo que otros hablan catalán, un hábito, como todo el mundo sabe, masturbatorio."

En la escuela, como mucho, se aprende a leer. A leer mal, si esa habilidad no forma parte del día a día fuera de la escuela, que es lo que parece que pasa hoy. Porque si hay un sesenta por ciento de españoles convencido de que la lectura es un hábito, así como de que «se inicia», o se debe iniciar, en la escuela, hay otro cuarenta, según la noticia, convencido también de que es un hábito, pero de que «se inicia» en casa.

En casa «se inicia» todo, desde el gusto por la lectura hasta por los picatostes, pero leer no es ningún «hábito», a ver si nos aclaramos, sino una habilidad que forma parte del día a día, o no, tampoco es obligatoria, y que los cuellicortos usan en la medida que en su entorno se use. En todo caso no «se inician» en la lectura como se iniciarían en los misterios de Eleusis. Leer todas las tonterías que caen en manos de uno, desde los rótulos de los autobuses hasta el Código Civil, pasando por las desventuras de Robinson Crusoe, es vivir. Nada más. Como respirar, andar, comer sopas de ajo o meneársela cuando toca, habilidad que aprendí en un momento de esplendor (yo solito, que nadie piense mal) y a la que me habitué sin gran esfuerzo, convencido de haber hecho un descubrimiento. Después descubrí que aquella actividad manual no era nada original, y que la Humanidad se la viene pelando con alegre desparpajo desde que el mundo es mundo. Sin ir más lejos, todos mis compañeros se pajeaban en la intimidad, lo mismo que otros hablan catalán, un hábito, como todo el mundo sabe, masturbatorio, pecaminoso y poco elegante para practicar en sociedad.

Total, que así nos luce el pelo.

El de la dehesa, mayormente.

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