Esta saga familiar habla sobre la herencia, el privilegio de clase y la responsabilidad que ello conlleva en un mundo cambiante. Y lo hace a través de los miembros de una familia que se reúnen durante cuatro días en su mansión inglesa del siglo XVIII para despedir al patriarca.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de Albión (Libros de Asteroide), de Anna Hope.
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No ha amanecido todavía. Frannie yace en la oscuridad del dormitorio, con Rowan a su lado en la cama. Algo la ha despertado. Tal vez el viento cambiando de dirección y agitando las hojas nuevas; tal vez Rowan se haya movido en sueños. Su hija duerme ahora profundamente, su respiración es constante y regular, los brazos estirados sobre el colchón, pero esta noche ha cruza do otra vez el rellano, alterada por una pesadilla, llorosa y asustada. Frannie consulta la hora en el teléfono: casi las cuatro. Ya no volverá a conciliar el sueño, no le cabe duda, de modo que sale de la cama y echa mano del montoncito de ropa que se quitó anoche a las tantas: vaqueros y una sudadera vieja con capucha.
Fuera, a la sombra de la mole de la casa, hace frío, y la respiración de Frannie forma nubecillas frente a ella en el aire quieto. El cielo está azul marino y una luna amarillenta pende al oeste. Toma el sendero que cruza el huerto, abre la cancela y se adentra en el parque. Al sur, en el valle que queda abajo, una neblina flota sobre el río y el lago que este alimenta, aferrándose a la hierba cubierta de matojos de las riberas. Vacila, no sabe qué dirección tomar, y se decide por subir la colina atravesando la hierba alta cargada de rocío y pegotes de estiércol, flores y salivazo, una masa densa de cardo, acedera y hierba cana que le humedece la franja de los vaqueros que queda por encima de las botas; respira con intensidad, balancea los brazos, se encamina al oeste. Pisa con cuidado. Es mayo y suelen anidar pájaros en los senderos —alondras comunes y totovías—, o puede que haya vacas durmiendo; dos hembras del rebaño de longhorns están a punto de parir y en esta época del año no es raro topar se con una madre y un ternerillo recién nacido en un lecho de hierba aplanada.
El suelo está duro bajo sus botas. En abril casi no llovió y el terreno sube y baja entre los hondos surcos y las hendiduras que crearon los cerdos a principios de año en su búsqueda de plan tas y bichos entre la fértil tierra arcillosa. De momento, sin embargo, los cerdos se encuentran en un terreno ligeramente más elevado; les gusta tumbarse contra los troncos de los viejos robles en la linde del bosque de Ned. Es donde más abundan las bellotas en otoño, e incluso ahora, con la primavera en su recta final, Frannie sabe cómo estarán durmiendo: apelotonados en una depresión del terreno, fieles a su vena sociable.
Lanza al cielo una oración diligente para que su hija también siga durmiendo sin sobresaltos, a la vez que va subiendo en di rección al viejo roble que custodia la cresta, el contorno del tronco concretándose apenas por encima de su cabeza, combado y festoneado por la edad. En el momento en que corona la colina se detiene para recuperar el aliento. La neblina va levantándose y deja ver el recodo del río; el claro de luna es una lámina plateada sobre las aguas y también sobre el tejado y las chimeneas de la casa, que desde aquí casi parece modesta, acurrucada contra la pendiente del valle.
Apoya el cuerpo en el tronco del roble y siente la corteza nudosa a través de la tela de la ropa. ¿Qué edad tendrá? Imposible saberlo; hongos y escarabajos se han comido el duramen, de modo que no hay manera de contar los anillos, pero aparece como un árbol de tronco ya grueso en el retrato de sus antepasados que cuelga en la biblioteca y que se pintó hace doscientos cuarenta años, coincidiendo con la construcción de la casa.
Su padre solía asegurar que tenía como poco cuatro siglos, que ya custodiaba el valle cuando la forja de hierro funcionaba gracias al río embalsado, el estanque de Hammer Pond. Que ya es taba ahí cuando sus ancestros levantaron la casa compuesta de veinte dormitorios de arenisca de Sussex, piedra extraída a me nos de dos kilómetros de allí, piedra depositada por el mismo río que Frannie ve bajo sus pies en este preciso momento: millones de años de roca acumulándose, acumulándose, acumulándose. Que el árbol había visto pasar la propiedad de Brooke a Brooke a lo largo de siete generaciones. Y ahora es suyo —vertiginoso pensamiento—: esta casa, este valle, este árbol, esta tierra; cuatrocientas hectáreas. Darán sepultura a su padre dentro de dos días. En cierto modo, todavía cuesta creer que se haya ido.
Un movimiento, un levísimo parpadeo a su derecha, y una ma nada de gamos emerge de detrás de una maraña de espino. Son livianas sus pisadas, casi mudas. Frannie se queda muy quieta, más quieta aún, para no espantarlos; atenúa la respiración para no hacer vaho, pero la huelen, la intuyen, y dirigen la mirada hacia ella todos a una. Ella sabe que la conocen, que conocen su silueta, sus intenciones, que su distancia de huida es menor con ella que con otras personas; aun así, tras unos segundos en los que se observan en medio de la oscuridad casi total —gamos y mujer, mujer y gamos—, los animales salvajes salen corriendo.
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Autora: Anna Hope. Título: Albión. Traducción: Regina López Muñoz. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.


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