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Algo más que limpiar la casa

Algo más que limpiar la casa

No es tan habitual que el domestic noir nos ofrezca mujeres sólidas, seguras de sí mismas, con una autoridad que no se resquebraje a la primera grieta. Más bien al contrario: el subgénero que traslada el suspense al ámbito privado ha hecho de la duda su territorio natural, construyendo protagonistas atravesadas por el alcohol, la ansiedad o la inestabilidad emocional. Ahí están La chica del tren (2015), de Paula Hawkins, Perdida (2012), de Gillian Flynn, o La mujer en la ventana (2018), de A. J. Finn, donde la voz femenina es peligrosamente inestable, siempre bajo sospecha. A esa estela se suma La asistenta (2023) aunque, en esta ocasión, Freida McFadden retuerce la fórmula con una astucia nada inocente.

El suspense aquí se construye a golpe de dosificación de la información. Millie mira y cuenta, pero lo hace desde un lugar incompleto, como si la realidad estuviera siempre a medio enfocar. El lector percibe que algo no encaja, que hay una hostilidad latente en ese hogar impecable, pero no puede afirmarlo hasta que la narración decide abrir la mano. Y cuando lo hace, lo hace con giros acrobáticos, casi vertiginosos, que reordenan lo leído. No es casual la elección del dispositivo de enunciación: al elegir a Millie como eje del relato, McFadden puede administrar los datos de manera estratégica, mucho más de lo que permitiría una mirada centrada en Nina.

"La casa lo dice todo. La mansión Winchester no es un refugio, es una estructura de control"

En cualquier caso, la novela configura a Nina y Millie como dos caras de una misma moneda que, con distintos matices y sin alcanzar una plena legitimación como sujetos productores de verdad, articulan formas de empoderamiento femenino dentro de un universo narrativo que las inscribe en una posición de subordinación, particularmente frente a la violencia ejercida por los personajes masculinos. En una trama que articula la sororidad como eje relacional, encarnan formas de disidencia frente a un sistema que, en un silencio atronador, las somete y sanciona doblemente: por su condición de mujeres y por su resistencia a las normas que las constriñen.

La casa lo dice todo. La mansión Winchester no es un refugio, es una estructura de control. La planta principal, luminosa, casi transparente, encarna la ilusión de orden, de familia perfecta; el ático, sin embargo, condensa el encierro, lo que no debe verse. Entre esos dos niveles se mueven Nina y Millie, actuando como un espejo en el que se refleja la una en la otra. Cuando Millie se pone la ropa de Nina, no se trata solo de vestirse: hay ahí un desplazamiento, una apropiación, un juego inquietante con la identidad. Y cuando limpia, no limpia solo polvo. Borra rastros, tapa grietas, disimula la violencia. La casa se mantiene en pie porque alguien se encarga de ocultar lo que la sostiene.

"McFadden no se limita a reproducir los tropos del subgénero, sino que juega con el horizonte de expectativas del lector moderno"

Pero hay algo más incómodo aún: Millie no está ahí solo por elección. Está porque no puede irse. La precariedad la fija al espacio tanto como cualquier llave. Su permanencia, pese al maltrato, pone en cuestión esa idea tan extendida de que basta con querer marcharse para hacerlo. La novela introduce así una dimensión material que rara vez se explora con tanta claridad: no todas las mujeres pueden escapar, y no todas tienen las mismas condiciones para hacerlo.

McFadden no se limita a reproducir los tropos del subgénero, sino que juega con el horizonte de expectativas del lector moderno al sustituir la inestabilidad patológica por una inestabilidad socioeconómica, instrumentalizando así los prejuicios de clase. Y en ese desplazamiento, la novela dialoga con una tradición que va de Jane Eyre (1847), de Charlotte Brontë, a Rebecca (1938), de Daphne du Maurier, para reescribirla desde un presente en el que la amenaza ya no se esconde en lo gótico, sino en lo cotidiano.

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