Hay fotografías que cruzan los umbrales de la historia para convertirse en iconos. La famosa fotografía de Robert Capa, ésa en la que un miliciano es fotografiado en pleno salto hacia la muerte, pertenece a tal clase. Se titula Muerte de un miliciano lealista, la publicó la revista Vu y fue tomada el 5 de septiembre de 1936 en el frente cordobés durante los primeros meses de la Guerra Civil española. Desde entonces, esa imagen ha sido utilizada como símbolo del compromiso de los reporteros de guerra, de la brutalidad del conflicto, del heroísmo del combatiente republicano. O eso se creyó durante décadas.
Recuerdo haber escrito sobre eso mismo hace años. El reportero que en otro tiempo fui vio morir a hombres de casi todas las maneras posibles, pero ninguno como en la foto de Capa: con los pantalones, recuerdo que escribí, inmaculadamente limpios. La muerte real no es así. Además, en campo abierto, cuando están de verdad pegando tiros nadie se pone de pie para hacer una foto. A inmensa distancia y muy por debajo del talento y valor —indiscutibles y probados— de Robert Capa, yo también hice algunas. Sé lo que es manejar una cámara bajo el fuego, lo que es la imagen buscada y la que se obtiene por casualidad. Dónde te la juegas y dónde no. Capa se la jugó infinitas veces en su vida —la media docena de fotos de la playa Omaha bastarían para inmortalizarlo—, pero no la mañana del miliciano. Definitivamente, aquel día no.
Sin embargo, eso no borra el valor de la imagen. Aunque se trate de una puesta en escena, sigue contando la historia de miles de seres humanos que murieron sin testigos ni cámaras. Así es como la interpreto. A la figura del reportero de guerra —esa singular especie de hombres y mujeres hoy en lenta extinción— se le exige, o exigía, una pureza casi religiosa. Se esperaba de él que trajera la verdad desde el infierno, intacta. Pero quienes han estado ahí saben que eso es relativo. A menudo el encuadre es una decisión subjetiva; y el disparo de la cámara, un acto de interpretación. Cada foto de guerra tiene un precio, y para conseguirla a veces hay que pagar forzando la verdad, o parte de ella.
¿Qué importa, casi un siglo después, si el miliciano cayó realmente, o si fingía? Lo que de él permanece es la imagen que conmueve, que denuncia, que simboliza, que recuerda. Lo que cuenta es no olvidar que la guerra no es una galería de arte sino un lugar sombrío donde no se registra la belleza sino el miedo, el odio, la crueldad, el azar. Noventa años después, la fotografía de Capa volvió a exponerse, con toda su carga de leyenda y sospecha, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid junto a otras 250 piezas originales: copias de época reveladas por el propio Capa, su cámara Leica, su máquina de escribir, documentos de viaje, publicaciones históricas. No se trataba de copias digitales remasterizadas, sino de imágenes con huellas de verdad: arañazos, bordes doblados, el polvo del tiempo, las marcas de la guerra impresas en papel fotográfico.
Y allí estaba, en el centro de todo, de nuevo expuesta a la admiración y el escepticismo —porque una cosa puede ser perfectamente compatible con la otra— la fotografía del miliciano cayendo. Con la muerte congelada en el rostro ligeramente desenfocado. Con la vieja pregunta, pese a que ya conocemos la respuesta, todavía revoloteando alrededor: ¿murió o posó? Pero la verdad es que ante esa imagen que lo trasciende todo, preguntas y respuestas dejan de tener sentido. Sólo importa la certeza, intacta en su magnetismo, del silencio espeso y reverencial que se impone ante una foto que parece haberlo visto todo. Y cuando te sitúas ante el miliciano presuntamente abatido, no puedes evitar la sensación de que, desde alguna trinchera del tiempo, Robert Capa, con su cara de pirata guapo y una sonrisa en la boca de la que cuelga el eterno cigarrillo, te guiña un ojo con ironía.
Al fin y al cabo, una mentira contada por un hombre que dieciocho años después murió al pisar una mina en la guerra de Indochina, tiene ganado de sobra el derecho a que la miremos como si fuera cierta.
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Publicado el 27 de marzo de 2026 en XL Semanal.


Solo unos datos aclaratorios, sin entrar en el fondo del artículo (que no discuto, en absoluto). «Robert Capa» era la ‘marca’ de una pareja [sentimental] de fotógrafos, Gerda Taro y Endre Friedman, que la usaron para identificar su trabajo. Cuando se separaron, la ‘marca’ quedó en poder de él (de todos modos, Gerda murió en 1937) y solo a partir de ese momento puede decirse que «Robert Capa» deja de ser una ‘marca’ para convertirse en un seudónimo de Endre.
La famosa foto del republicano, aparte de que se trata de un montaje (a estas alturas quedan ya muy pocas dudas sobre ello) sigue planteando un misterio: ¿quién la disparó? ¿Endre o Gerda?
Ese misterio sí que aún no está resuelto.
No se separaron, Gerda Taro murió en 1937 en esa guerra que, como todas, ganaron unos y perdieron otros.
También murió en la guerra, ejerciendo su oficio.
Sí se separaron; profesionalmente, desde luego; y, como pareja sentimental, muy probablemente también. Los últimos trabajos de Gerda Taro -en la batalla de Brunete- iban firmados como “Photo Taro”
Si la foto fuera un montaje y si fuera la única sobre la última guerra civil española, no dejaría de estar apoyada en una verdad: que hubo guerra, con todo lo que eso conlleva. Los historiadores tampoco acaban de darnos datos elementales, como la cifra de muertos, y mucho menos ahora, cuando la política ha decidido apropiarse la disciplina histórica. Fuera un millón de muertos (como decía la propaganda de Franco) o entre 300.000 y 400.000 (la cifra más verosímil), fueron muchos, incluso para un país grande como España.
“Si tus fotos no son suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente”. Esa fue la síntesis vital y profesional de un fotógrafo, Robert Capa, que estuvo en todos los fregados bélicos importantes en casi tres décadas. Y tan cerca los cubrió que acabó muriendo en uno de ellos; igual que murió su compañera sentimental y profesional Gerda Taro (y tal vez la verdadera autora de la foto del miliciano) aplastada por un tanque republicano en la guerra civil española. Ese es muchas veces el destino de los más osados y comprometidos fotógrafos de guerra, que disparan el obturador de sus cámaras mientras los contendientes disparan tiros y lanzan bombas a su alrededor. Sólo algunas veces, es cierto, la fortuna sonríe a los audaces.
Falso de toda falsedad
Steer, Neves, Taro, Capa,
Alberti, Rosa León,
Neruda y toda la trama…
Prescriptores de opinión.
Vendedores de relato,
Ocultistas de verdad,
Y sirviendo siempre al amo
Con total indignidad.
La viuda de Delaprée
Conoció bien a estos jetas,
Si el objetivo es mentir
Ganaban todas las guerras.
Para todos los que admiran
A tan aguerrida tropa
Les deseo se suscriban
A vivir bajo sus botas:
Décadas de comunismo
Disfrutado desde dentro,
Como uno más, allí mismo,
Aplicándose el concepto.
Mientras tanto, los demás,
Seguiremos repudiando
A quien falsea el percal
Para vender contrabando.
Lenin la calificó
De arma revolucionaria
Y, desde entonces, surgió
Como seña identitaria,
La mentira como afán
Manipulando a las masas…
Sin ella ellos jamás
Hubiesen logrado nada.
Mentir en el pie de foto
Trucar acontecimientos
Y echarle la culpa a otro
De lo que tú estás haciendo.
En eso consiste todo,
El fin justifica el medio,
¡qué siempre triunfe lo rojo!
Es verdad, lo digo en serio.
Las películas de Hollywood sobre México siempre lo pintan como un país bárbaro, violento, pintoresco y atrasado. Es parte del sentimiento de superioridad de esa cultura. Con España sucedía lo mismo. Una guerra civil en España no es suficiente, debía haber matanzas truculentas y más crueles de lo habitual. Así inventaron el relato de la matanza de Badajoz, donde supuestamente los prisioneros fueron banderilleados y asesinados como toros bravos frente a un público de familias fascistas que comían palomitas y aplaudían. Hubo crímenes sádicos en ambos lados, pero el único caso que conozco de banderillear y matar con un estoque a una persona es la de un cura de Daimiel, a quien, después, ya moribundo, enterraron vivo en cal los defensores de la democracia con la cabeza fuera, rematándolo a tiros. Tal vez por eso, por no destrozar la visión romántica del Frente Popular, los reporteros no dieron noticias de esa clase.
Los españoles hemos asumido esa visión falseada sobre nosotros mismos. Nos vemos peores de lo que somos. Pero lo que hay que juzgar son los hechos. Nuestra guerra civil arroja cifras de muertos por la represión de ambos bandos inferior a otras guerras civiles europeas. Eso no significa que la nuestra fuera una guerra civilizada, ninguna guerra puede serlo, pero tampoco somos peores que alemanes, franceses, yugoslavos, rusos, finlandeses o griegos.
Así es, fue un puñetero horror, pero veníamos de un siglo XIX lleno de horrores con tres guerras carlistas, una invasión napoleónica, un sexenio revolucionario, unas guerras entre hermanos en América que nos separaron y el desastre del 98.
No somos peores que nadie, las guerras civiles en otros países fueron tan crueles o más que la última de las nuestras, la diferencia está en que en otros países nadie las revive y aquí hay quien en vez de estudiarla y aprender del error se regocija al sacarla a la palestra de forma sesgada y torticera para obtener un beneficio.
Yo siempre estaré en frente, y si desde otros países pretenden insultar a España y obtener ventajas de este enfrentamiento fratricida que parece caracterizarnos, siempre me pondré del lado español aunque desprecie a quien nos gobierne.
Saludos.
Cierto. La doble invasión (los gabachos y los ‘amigos’ ingleses) más la bajada de pantalones de la dinastía en Bayona, hoy ya deporte nacional de la clase política, lo descoyuntó todo. Desde los piques entre Castillejos y Garcilasos, siempre ha habido castizos e italianizantes, ilustrados y tradicionalistas, Gattinaras y Taveras, Albas y Requesens, whigs y tories… Nunca fue un problema, hasta que Fernando VII y su padre sobre el papel le regalaron la corona de dos mundos al emperador fake de los franceses, un calzonazos con muchos reflejos en el campo de batalla. Ahí, el peatonaje empezó a resolver sus asuntos a trabucazos, le cogió el gusto y los jerifaltes de todos los partidos, tendencias y orientaciones aplaudiendo con las orejas. En ese microclima de ánimos alterados siempre medran los más fanáticos y subnormales, los que piensan que la sangre española está ahí para ser derramada por sus cojones… Hijos de puta.
Perdón, señor Aguijón. Ese último insulto me descalifica y me convierte en parte de lo que critico. No lo voy a borrar, porque tal vez sea útil a quien lea para ver que nadie está libre de pecado.
Hoy, Domingo de Resurrección, todo queda perdonado, pero yo, realmente, no tengo que perdonarle nada, voté positivamente su comentario.
Un saludo.
Blanqueando, que es gerundio
Chaqueteando, como en Santoña y huyendo, como en Villarreal, también lo son, ah, se me olvidaba “traicionando”, sin tractor, ese fue el último gerundio aplicable a los “gudaris”, saluden a la CIA de mis partes, perdón, qué soez!
Verbo blanquear, qué racista es usted. ¿Gudari de qué?
Mientras en el bando Republicano las matanzas fueron perpetradas por sujetos, en el bando levantisco se ordenó el terror como forma de sometimiento y aniquilación del enemigo.
Recomiendo la lectura de historiadores extranjeros, con su dosis de imparcialidad que les da la lejanía de nuestros partidismos heredados. Por ejemplo “El Holocausto Español” de Preston.
Ya, por eso los comités revolucionarios y las checas que hacían las listas de fusilables eran cosas individuales. Mire si estoy libre de partidismos heredados que mi familia era republicana.
Y no solo eso: en los 36 años posteriores a la Guerra Civil, con la maravillosa política de reconciliación nacional, se persiguió, encarceló, torturó y asesinó en nombre del Estado y con todo el aparato de éste.
Pero no lo diga muy alto señor Moreno, que en este supuesto grupo de respetables eruditos, esas opiniones están absolutamente fuera de lugar
El peligro de los libros de historia es que hay gente que lee unos cuantos y empieza a creer que entiende del tema. La perspectiva del historiador es muy distinta: tiene que leer todo lo publicado de entrada, y luego meterse en los archivos durante años. A mí no me convence la categoría de ‘historiador’, ni la de ‘extranjero’. Hay historiadores muy pulcros y los hay muy desaseados. Son otras cosas las que hacen un buen historiador; demasiadas y demasiado importantes como para explicarlas en un comentario.
Los fusilamientos en masa de Paracuellos son un hecho que rebate su argumento. Hay muchos más, pero con ese basta, porque fue efectuado por órganos del Estado y con presos encerrados en prisiones del Estado. A otro perro con ese hueso de la represión incontrolada. ¿A quién quiere engañar?
En los fusilamientos en masa de Paracuellos hay documentados los nombres y filiación de varios centenares de menores de edad. Fusilaron a familias enteras, pero por lo visto eran crímenes buenos, porque los malos eran los de Franco. Hay crímenes buenos y crímenes malos, ¿no es eso, señor?
Por sujeto, verbo y predicado…
No te jode…
Si Orlov estuvo aquí de vacaciones.
Como ve, ya existian entonces las feik nius. Se podría decir que Robert Capa, que ni se llamaba Robert, ni Capa, fue el antecesor de la CNN, como reportero dicharachero fantástico.
Se podría decir también que Capa, tomó partido por uno de los bandos en conflicto, al publicar aquella falsedad, ¿no?.
A veces me pregunto sino sería más conveniente, en las facultades de periodismo, el crear una nueva carrera, con facultad propia, con aulas propias, diferentes de las de periodismo. Podríamos llamarla, Facultad de Coencias de la Manipulación. Podríamos crear incluso la Beca Goebels, o la Trotski. Yo, iluso de mí, pensé siempre que el periodismo era la búsqueda de la verdad, a través de la imparcialidad, y con la mayor objetividad posible. Claro que, ante los crímenes de ciertas dictaduras, comprendo que es difícil no tomar partido. Quizá el bueno de don Robert, al ver que las atrocidades de los hunos, iban a dejar en pañales a las de los otros, decidió pedirle a un miliciano que se tirara a la piscina, como en el fútbol, y de ahi la foto.
Por cierto, Pullitzer, el del premio, también hubiera sido candidato a presidir nuestra hipotética facultad.
Saludos.
Cierto, tanto Pulitzer como Heartst inauguraron la escuela de la desinformación manipulativa de los tiempos modernos.
Saludos
Don Arturo, qué atinado me parece este artículo. No solo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta, con su habitual mezcla de oficio, ironía y gran acierto. Me encanta la idea que usted deja caer casi al final, que es, ni más ni menos, toda una declaración de principios, una mentira contada por alguien que realmente arriesgó su vida. ¿Tiene, por lo tanto, ganado el derecho a ser mirada como si fuera cierta? No porque la verdad no importe, sino porque el símbolo trasciende el hecho puntual. En su manera de mirar la foto del miliciano hay más sabiduría que en muchos tratados de ética periodística, creo.
Lo que me fascina, además, es que dicha reflexión radica en algo muy concreto como es el precio. Robert Capa se acercó tanto que acabó pisando una mina. Gerda Taro murió aplastada por un tanque. Las imágenes tienen arañazos, bordes doblados, polvo del tiempo… Son pruebas físicas de que alguien estuvo allí. ¿Y eso, hoy que es posible generar todo con un clic desde el sofá, no empieza a ser uan rareza, casi un privilegio?
Ya ve, sin mover una cámara ni arriesgar un solo pelo, una inteligencia artificial puede fabricar cualquier escena, cualquier miliciano, cualquier guerra que nunca llegó a ocurrir. Claro que la imagen sería perfecta, limpia, sin sombras mal colocadas. Y sin embargo, ¿una mentira generada por un algoritmo, sin cuerpo, sin tiempo, sin sangre, tiene también derecho a ser mirada como si fuera cierta? Porque, a mi parecer, lo que pesa en la foto de Capa no es solo el instante congelado, sino todo lo que hay detrás, las balas que no se ven, la mina que lo esperaba, la compañera que murió en otro disparo.
Quizá por eso usted insiste en mostrar las copias originales, con sus marcas de verdad. Porque el polvo del tiempo, las huellas del uso, los arañazos, son el certificado de que alguien estuvo allí. ¿Y eso no es, hoy, un lujo? ¡Y tanto que lo es!
Un saludo muy cordial para usted y para todos los comentaristas de esta magnífica ágora virtual.
Hoy no me encuentro muy bien. Me he levantado más tarde, sin madrugar como me es habitual. Y no he leído el artículo de hoy hasta ahora. Estoy inmerso en una dulce laxitud perezosa tanto fìsica fomo mental. Y dentro de uno de mis ataques de nostalgia.
Y me encuentro con este artículo de don Arturo. Es un tema ya conocido, quizás demasiado manido a estas alturas. Que si el milicuano, que si la bala, que si la sombra, que si la forzada postura, que si la ropa impóluta, que quièn hizo la foto…
Realmente, dada la falsedad de la escena, lo que màs me interesa es Gerda Taro. Ese gran personaje femenino, oculto tras la marca “Robert Capa”, y que fue el verdadero cerebro de la pareja. Es un personaje, para mí, romántico. Me enamoré de esa chica, congelada en el tiempo de su juventud, cuando me interesé por su historia. Una chica con una especial belleza, una mujer independiente, con fuerte determinación y carácter, judìa, huída de los nazis por los pelos, con toda su familia desaparecida y gaseada. Un verdadero personaje de novela, un personaje de aventura, romàntico, heroíco.
Y, siento decirle, don Arturo, hay una foto dramática y esta vez real, auténtica, una foto impactante, que te deja el espíritu blando y acongojado, que es cuando un médico o sanitario la está atendiendo después del accidente con el tanque que la arrolló. En mi opinión, esta es la foto que usted debería haber comentado. La tienen ustedes aquí:
https://www.elespectador.com/actualidad/revelan-foto-de-gerda-taro-fotoperiodista-de-guerra-en-su-lecho-de-muerte-article-735467/
La Gerda Taro agonizante, la chica de la que me enamoré a través del tiempo, se está muriendo. Ya no hará más fotos. Su gran vitalidad, su afan de aventura, su arriesgada vida… ha terminado. Todo ha terminado. Pero se ha fanado la eternidad en nuestra memoria… si la recordamos a ella y no al miliciano de las pelotas.
Y esto sí es real.
Saludos a todos.
¡Hummm! dulce laxitud perezosa…y nostálgica. ¡Ánimo querido amigo! No es grave y pasará en poco tiempo. Venza la tentación de ver álbumes de fotos; no mire los retratos familiares durante unos días; tome alguna comida muy picante y císquese en los malandrines que envenenan la realadad; salga a la calle y échele migas de pan a los pájarillos y escuche sus trinos; móntese en un autobús y escuche las conversaciones de los viajeros y mire sus rostros; y, lo más importante, deje unos días de escuchar la radio. Le aseguro que funciona y encontrará mejoría. Un abrazo olvidadizo.
Le voy a hacer caso, señor B., estimado amigo. Voy a salir al sol, a observar las aves a mirar mis dos sauces que ya están exultantes, casi ya llenos de hojas nuevas, a frotarme las manos con las lavandas que ya tienen flor y me voy a preparar unas lentejas con chorizo, estilo riojano en honor de nuestro Aguijón, animándolas y animándome con un buen reservilla.
Un fuerte abrazo.
El viernes fue vigilia, pero seguro que el sábado o el domingo están buenísimas. Buen provecho amigo.
Don Ricarrob, qué bonito leerle así, en carne viva.
Me ha gustado mucho lo de Gerda Taro, y cómo la ha traído a este ágora con su mezcla de admiración y ternura. La foto que usted menciona, la de ella agonizante, no la conocía. Gracias por compartirla, aunque duela, y mucho. Tiene razón en que ahí sí hay verdad y es que la realidad pega más fuerte que la del miliciano.
Por cierto, lo de «enamorarse de un personaje a través del tiempo» es precioso y solo puede decirlo alguien que sabe mirar, como usted.
Que la nostalgia le sea leve, pero que no se le vaya del todo, pues supongo que la memoria es lo único que tenemos para seguir siendo quienes fuimos.
Un abrazo cordialmente nostálgico.
Ya que me ha reconfortado usted con sus palabras, doña Amanda, le diré que hay un libro precioso sobre este tema, quizás usted ya lo conozca, de la excelente escritora Susana Fortes, que se titula “Esperando a Robert Capa”. Es una historia completa de esta extraordinaria pareja de periodistas y sus vicisitudes.
Pero, para mí, ella representa algo especial. Creo que muere a los 26 y, como todo ser extraordinario que muere joven, se merece la eternidad. Cortísima vida pero muy intensa.
Respecto a usted, le voy a ser sincero. No sé si Amanda es su verdadero nombre o es un seudónimo, pero me recuerda usted a mi juventud, ya muy lejana, y a Victor Jara, ícono de los viejales que vivimos aquella época:
Te recuerdo Amanda, la calle mojada… … …
Frescos recuerdos de juventud que cada vez que la leo a usted, vuelven a mi memoria…
Perdóneme por la confidencia.
A sus pies, señora.
Qué preciosidad su mensaje, don Ricarrob. Me ha llegado al corazón, de verdad.
Sí, conozco a Susana Fortes, sobre todo de leer sus artículos en El País y algunas novelas suyas. «Esperando a Robert Capa», pues, no lo he leído. Así que el martes, pasada la Semana Santa y sin dilaciones, iré a la biblioteca a buscarlo. Muchísimas gracias por la recomendación. En cuanto lo lea, ya le contaré.
Y ahora permítame que le devuelva la confidencia con otra. Amanda es mi seudónimo. Me encanta su sonoridad, desde siempre. ¡Jooo! cuando me ha dicho que le recuerda a Víctor Jara y a aquella canción tan, tan bonita, no sabe cuánto me ha emocionado. Que mi seudónimo le traiga esos recuerdos es para mí un regalo.
Mi nombre es Vera. Viene del latín «verus», que significa “verdadera”, y en la tradición ortodoxa rusa significa «fe». Hay dos localidades en España que se llaman Vera, una en Almería y otra en Cáceres, que seguro que le suenan, o hasta puede que las conozca. Espero que Vera le parezca tan digna de recuerdo como Amanda.
Y le reitero que me alegra mucho que mi seudónimo le traiga tan bellos recuerdos. Por eso es tan bonito y enriquecedor su bagaje, don Ricarrob, porque demuestra que lo que importa no es el nombre, sino lo que los demás ven en él.
Un abrazo muy grande y, de nuevo, mil gracias por compartir.
Vera de Moncayo (Zaragoza)
“C’est le Indochine monsieur..” fueron las palabras del militar frances que reporto la muerte de Capa a su compañero periodista.
La foto del lechero llevando sus botellas sobre los escombros del Blitz en Londres, también era un montaje. Era uno del equipo de fotógrafos, que pidió prestada la chaqueta al vendedor.
La más famosa de Churchill durante la guerra, con su cara de bulldog furioso, no era un montaje, era una foto posada. La verdad es que en ese momento no estaba enojado con el eje, sino con el fotógrafo, que demoraba mucho con sus tomas y además le había quitado el habano.
El duque y la duquesa de Windsor, en la foto famosa por sus caras apesadumbradas, no estaban expresando sus sentimientos de fracaso o marginación, que los cabrones -y traidores, no olvidemos su turbia historia con Hitler – la estaban pasando muy pero muy bien en su mansión y nadando en pasta. Era solo que el fotógrafo les había dicho para impresionarlos, que había pisado a unos cachorritos con el auto.
Uno de los soldados del Ejército Rojo que ataba la bandera soviética sobre el Reichstag, necesitó un pequeño Photoshop. Es que se le veían dos relojes pulsera en la muñeca.
Hablo de memoria, así que posiblemente no todo cuadre. En la película Bajo el fuego, ambientada en la Nicaragua de los 70, tres reporteros interpretados por Nick Nolte, Joanna Cassidy y Gene Hackman -en principio solo van los primeros, pero el tercero se les une cuando sospecha una relación de la chica, su esposa, con el personaje de Nolte- se encuentran ante un control. Hackmann baja del jeep -creo que es un jeep- y va a hablar con ellos. Los otros dos lo observan en la distancia.
De repente, uno de los que se encuentran en el control dispara a quemarropa a Hackman y lo mata. Desde el jeep -y por eso escribo estas líneas- la primera reacción del fotógrafo encarnado por Nolte es sacar fotos de lo ocurrido; segundos después -después de las fotos- salen huyendo. Supongo que fue el instinto del reportero, del profesional del periodismo de guerra.
Por cierto, la frase publicitaria de la película era: la primera víctima (casualty) de la guerra es la verdad.
La foto de los soldados estadounidenses levantando la bandera en Iwo Jima fue un montaje
A mí también me levantó siempre muchas sospechas la imagen. Los montajes han existido siempre y ahora con la dichosa IA quizás las manipulaciones estén más a la orden del día en lo que a tergiversación de la realidad se refiere.