Inicio > Firmas > El bar de Zenda > Mesas separadas
Mesas separadas

Entre otras costumbres desagradables —en Venecia no todas lo son— esta ciudad tiene la de cerrar hoteles por obras, reformas y cosas así. El Danieli, refugio de viajeros fatigados, amantes, conspiradores y novelistas en busca de atmósfera, está envuelto en andamios. El Bauer, con su puntito más sofisticado —menos millonetis rusos, quiero decir—, también languidece entre albañiles y restauradores. Así que, como cuando los marinos eligen puerto según sople el viento, acabas recalando en el Gritti. Desde la ventana de la habitación donde trabajas puedes ver la Salute, blanca y solemne al otro lado del canal. Sobre la mesa está el manuscrito de la última novela para su corrección final: días intensos de trabajo, teléfono en modo avión, el mundo fuera, nadie que dé la barrila y tu restaurante de pasta favorito a diez minutos y tres puentes. Con cierta edad, eso se parece bastante a una fatigada felicidad.

Para algunos entre los que te cuentas —lector patológico y novelista accidental—, los lugares son simples lugares si no los arropas con libros: esa compañía invisible, portátil, de fantasmas propios y ajenos que te recuerdan que el mundo, y casi todo lo interesante que contiene, estaba escrito antes de que tú llegaras. Y a diferencia de los libros, objeto de veneración, con los autores nunca fuiste en exceso mitómano. Pasaste demasiados años viendo cosas que enseñan a observar con prudencia el mármol de los héroes. Cosa distinta, ésta de carácter práctico, son los maestros en los que aprendiste un párrafo, una escena, un modo de contar un personaje o una historia. Como alumno agradecido, eres consciente del privilegio de convivir con ciertos fantasmas respetables. De los que, por cierto, en Venecia y en el Gritti hay unos cuantos. Y dos de ellos suelen acompañarte a desayunar.

El restaurante del hotel despliega cada mañana un arsenal gastronómico: frutas, pescados, quesos, pastelería, huevos: menú digno de un Dogo de la Señoría. Sin embargo, en tu sobria disciplina mañanera, estés donde estés, casi siempre pides lo mismo: leche tibia con miel, pan con mantequilla y la primera cafiaspirina del día —hábito que cediste a tu amigo el espía franquista Lorenzo Falcó—. Y mientras desayunas y observas con ojos de cazador, como acostumbras, la fauna y flora ambiente, reparas una vez más en las plaquitas atornilladas en la pared junto a tu mesa y la contigua: la vecina recuerda que aquélla era la mesa de Ernest Hemingway, y la tuya evoca los desayunos venecianos de William Somerset Maugham.

Quizá a alguien le sorprenda —aunque no a tus lectores—, pero para desayunar en el Gritti eliges siempre la mesa de Somerset Maugham. De Hemingway, desde que eras jovencísimo lector, admiras al autor de Por quién doblan las campanas o París era una fiesta: el tipo duro que escribía frases como disparos y supo entender que un diálogo picado o una escena breve eran más eficaces que veinte páginas de Proust. El problema, lindando con el autor, está al otro lado del personaje: cazador machote, corresponsal de guerra heroico, boxeador de taberna, torero de sobremesa. Como tú mismo conociste bien el oficio de Hemingway y sabes de qué iba, siempre miraste con poca simpatía su mito de macho fanfarrón e invulnerable. Hasta en una de tus novelas —Sabotaje, otra del espía Falcó— hiciste que el protagonista le diera una paliza en un bar.

Somerset Maugham te cae mejor. No porque fuera santo ni héroe, sino porque nunca intentó parecerlo. Viajó por medio mundo con una mirada escéptica, observó a la gente con una ironía elegante y escribió novelas y cuentos que funcionan como relojes suizos: precisión, claridad y una gota de veneno moral que el lector descubre demasiado tarde. El tartamudo y homosexual británico no necesitaba posar con escopeta, pues le bastaba una frase bien puesta. Y mientras el otro se estudiaba a sí mismo, éste pretendía comprender a los seres humanos: un ejercicio sutil, mucho más complicado.

Así que cada mañana, cuando te sientas a desayunar en el Gritti, imaginas a ambos ocupando mesas contiguas, aunque separadas. Uno pediría huevos, whisky y conversación ruidosa mientras voceaba cuántas botellas bebió y con qué mujer se acostó la noche anterior; otro levantaría apenas una ceja, probaría el café y tomaría nota mental de los presentes para convertirlos en personajes de un relato. Y tú, bajo la sombra admirable de ambos, sigues corrigiendo tu novela y miras la cúpula de la Salute a través de la ventana. Es la vida misma, filtrada a través de los libros leídos y escritos, la que ayuda a escoger: hace cincuenta años habrías elegido sin vacilar la mesa de Hemingway. Hoy prefieres sentarte en la de Willy Maugham.

____________

Publicado el 1 de abril de 2026 en XL Semanal.

4.8/5 (417 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

41 Comentarios
Antiguos
Recientes Más votados
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios
ricarrob
ricarrob
10 ddís hace

Buenos días a todos.

Aunque he leído a Hemingway y me gusta su obra nunca me ha caído bien el personaje que se decidió a interpretar. La verdad es que parecen mucho más reales los personajes de sus libros que él mismo como personaje de su propia vida. En su propio epílogo, incluso a él mismo tampoco le gustó su personaje y decidió darle capítulo final.

Pero tengo que confesar un pecado literario que me aflige desde que he leído el artículo de hoy de don Arturo. No he he leído a Somerset Maugham y me arrepiento de ello. Lo corregiré en breve, cuando termine “Me hallará la muerte de Juan Manuel de Prada. El caso es que, sin embargo, Somerset Maugham me cae bien por lo que siempre he leído de él, no solamente a don Arturo.

Curioso desayuno al lado de estos dos personajes tan antitéticos. Quizás es un buen guion para una buena novela de don Arturo (quizás hasta se le ha ocurrido ya durante ese original desayuno). Los dos se encuentran y se conocen en Venecia, en los convulsos años 30 del pasado siglo. Un buen diálogo entre ambos en el desayuno, un crimen en el hotel, un cadáver flotando entre las aguas del gran canal, un gerifalte del fascio musolinniano disfrutando de su estancia con una amante (quizás incluso pueda ser el conde Ciano o incluso una escapadita de Serrano Suñer) una mujer misteriosa y deslumbrante que atrae todas las miradas se sienta pocas mesas más allá…

Sus relatos, aunque sean tan cortos, don Arturo, siempre son sugerentes y desatan la imaginación. A pesar de que Venecia no sea santo de mi devoción. Bueno, siendo sincero conmigo mismo, dirá que siento por esa ciudad una cierta ambivalencia. Por un lado es una ciudad deslumbrante, sobre todo cuando se la observa de lejos o desde el agua, navegando desde cualquier embarcación que no sea una de esas absurdas y ridículas góndolas que siempre están llenas de orientales haciendo interminables fotos con los móviles y sin mirar nada con sus ojos.

Sin embargo, de cerca, pocas cosas escapan a esa triste sensación de decadencia. Incluso la intransitable San Marcos llena siempre de homínidos como piojos en costura. Decadencia. Es el paradigma de la decadencia. Es el símbolo de cómo los cardúmenes de turistas han terminado con el romanticismo de una ciudad sin igual. Quizás, Venecia es el símbolo de Europa. Bueno, hoy estoy pesimista.

Y luego dicen del eurocentrismo. A los orientales les encantan nuestros símbolos culturales.

Decadencia.

Saludos a todos.

David Sepúlveda Pérez
David Sepúlveda Pérez
10 ddís hace
Responder a  ricarrob

Yo partí con “El velo pintado”, que no me impresionó aunque aprecio su estética y su calidad, pero me encantó “La luna y seis peniques”. Cuestión de gustos.

ricarrob
ricarrob
10 ddís hace

Gracias don David. Saludos.

Veneziano
Veneziano
10 ddís hace
Responder a  ricarrob

A 2.500e por noche la habitación mas barata yo también voy al Gritti a ver la decadencia de Venecia….

Aguijón
Aguijón
10 ddís hace

Desayuno en Venecia

Entre cristal de Murano,
A la vera del canal,
En un hotel veneciano
Se pone a desayunar.

En esas ilustres mesas
De plaquitas plateadas
Otras ilustres cabezas
Otrora desayunaban.

Con su crujiente tostada
Y su taza sin café,
Repasa, muy de mañana
Lo que queda por hacer.

Recuerda Villa en Florencia,
El filo de la navaja
Y un collar de finas perlas
Que cierta dama llevaba.

Justo en la mesa de al lado
Mientras se atusa la barba
Un yanqui, mal encarado,
Apurando un whisky calla.

Nieves del Kilimanjaro,
Por quién doblan las campanas,
Una guerra, Gerda Taro
Y Fiesta tras su ventana.

Era, sin duda ninguna,
Lo que a su mente llegaba.
Después, Cinzano, aceitunas…
Y a disfrutar la jornada.

Que el yanqui siga a lo suyo,
Y William como si nada,
Pero es que a usted, don Arturo,
El trabajo le reclama.

Si corregir la novela
Es una tarea ingrata
Tras hacerlo luego llega
Lo que el escritor buscaba.

Allí seguirán las mesas,
Con sus respectivas placas,
Los recuerdos, las promesas,
La laguna veneciana…

Para que coja el testigo
Otro individuo con alma
Que sepa sacar partido
A las historias narradas.

Hoy, en la mesa de William
Reverte desayunaba
Sin importarle la envidia
Que caracteriza a España.

ricarrob
ricarrob
10 ddís hace
Responder a  Aguijón

Lo dicho, se supera usted cada vez más, sr. A.
Saludos.

basurillas
basurillas
10 ddís hace
Responder a  ricarrob

Comparto su apreciación. Cualquier día conoceremos a don Aguijón con los quevedos de Quevedo.

Aguijón
Aguijón
10 ddís hace
Responder a  basurillas

Por desgracia también soy un poco miope como don Francisco.
Saludos amigo.

Aguijón
Aguijón
10 ddís hace
Responder a  ricarrob

Se hace por los amigos. Gracias.

John P. Herra
John P. Herra
9 ddís hace
Responder a  Aguijón

Genial. Deberían publicar alguna entrada de sus versos en la sección de poesía.

Aguijón
Aguijón
9 ddís hace
Responder a  John P. Herra

A disposición de doña Laura di verso…

John P. Herra
John P. Herra
8 ddís hace
Responder a  Aguijón

Es lástima que el género que usted trabaja se haya perdido tanto. Antes era bien popular. Tengo un amigo que en nuestras francachelas escribe grandes poemas que lee entre risotadas y otros ruidos de fondo. Es un género antiguo y necesario. Yo lo prefiero a ése otro de muchos poetas que ni ellos saben de qué hablan. Sienta muy bien sonreir, y aún mejor reir a carcajadas.

Aguijón
Aguijón
8 ddís hace
Responder a  John P. Herra

La sátira siempre formará parte de nuestro carácter, hemos tenido grandiosos poetas satírico desde Marcial hasta el recientemente desaparecido Alfonso Ussía, que conocía, como nadie, la sátira del XIX, segunda edad de oro de nuestras letras en cuanto a sátira, y a los contemporáneos.
Un saludo.

John P. Herra
John P. Herra
8 ddís hace
Responder a  Aguijón

En efecto, es nuestro carácter. Queramos o no, somos hijos de ese mestizaje de la razón griega, la ius romana y la caritas cristiana. La sátira reequilibra el mundo, devuelve cada cosa a su lugar y le quita esa pátina de falsa sacralidad a lo que no es sagrado. Es un ejercicio de razón a una velocidad que pasma, como el crío que ríe tras ser lanzado en volandas y volver a los brazos del padre. El indígena hispanorromano suele tener la vista rápida y ve enseguida las cuerdas que mueven la tramoya de este teatro. ¡Aunque lleve anteojos!

Antonio Trenado
Antonio Trenado
10 ddís hace

Para cuando un nuevo Falco maestro ??

Javier
Javier
10 ddís hace

La gran tragedia de Venecia es, que si por un casual, mañana la ciencia lograste resucitar el cadáver de Ernest Hemingway, este, volvería a suicidarse, después de ver en lo que el turismo masivo, y el hijoputismo institucional, han convertido a la propia Venecia, Madrid, Europa entera. Está usted a nada de que desde la ventana de su hotel, pueda ver a un montón de gilipollas, en bermudas, sandalias con calcetines, esmartfon y acento de Texas, Illinois o Washington D.C., hacer cola ante un KFC, situado en el antiguo Pallazzo de….
No somos nadie.
Salute.

John P. Herra
John P. Herra
8 ddís hace
Responder a  Javier

El turismo viene del ‘tour’, el viaje que hacían, hace siglos, los estudiantes con posibles después de finalizar sus estudios universitarios. Con la invención de las vacaciones, la urbanización de la población y la industrialuzación del antiguo hospedaje, llegó la democratización del ‘tour’. Para mis abuelos no había vacaciones, había cambio de labores. Hoy nadie tiene ganado en casa, porque sería un delincuente fascista, pero quien lo tenía antes no podía alejarse por mucho tiempo. Los turistas de los siglos antiguos se hospedaban en esos palacios, porque los nobles siempre tenían visitantes y gorrones varios en casa, de hecho, su prestigio social dependía mucho de su prodigalidad… Así se arruinaron cuando llegaron los chicos listos del máximo beneficio.

José Prats Sariol
José Prats Sariol
10 ddís hace

En Cojímar, donde tenía atracado el Pilar, lo ví en la barra de La Terraza, ligeramente alicorado. Hoy supe que buscaba alrededor, como en El Floridita, gente que lo mirara. Tiene “casi” toda la razón Pérez-Reverte, prefiero leerlo, no ir a la finca El Vigía, en San Francisco de Paula, hoy museo. Puse “casi” porque pensé en Santiago, el pescador de “El viejo y el mar”.

quiensabe
quiensabe
10 ddís hace

Cada uno es como es. En la adolescencia yo era más de Scott Fitzgerald; ahora, con la madurez -tirando a vejez- me inclino por Hemingway. Eso sí, como apunta el señor Reverte, me refiero a su obra, que no a su persona.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
10 ddís hace

Don Arturo, ¡qué acierto leerle así, entre andamios venecianos y fantasmas de papel! Me ha encandilado la idea de que los lugares carecen de alma si no van acompañados de libros. Y más aún su confesión final sobre el cambio de mesa con los años. Porque en el gesto de preferir al escritor irónico frente al mito que se impone a gritos, hay una declaración de madurez que no necesita grandes palabras.
Servidora, que todavía anda a medio camino entre una mesa y otra, se queda con lo que usted sugiere sin decirlo del todo: que aprender a leer también es aprender a elegir compañías. De joven, a una le deslumbraban quienes disparaban frases contundentes, Hemingway el primero, y buscaba en las novelas un espejo. Con el tiempo, una empieza a valorar a quien observa en silencio, a quien no necesita levantar la voz para ser escuchado. Supongo que una se hace lectora también por ir cambiando de preferencias sin tener que apartar del todo lo que un día le fascinó.
Me ha gustado mucho la imagen de los dos autores desayunando en mesas separadas, cada uno fiel a su estilo y a su manera de estar en el mundo. Y usted en medio, con su leche tibia, corrigiendo una novela mientras la Salute vigila desde el otro lado del canal. Qué imagen más certera para decir que la literatura, al final, es una conversación entre ausentes.
Viene a cuento ahora Virginia Woolf, que en su ensayo «How Should One Read a Book?» sostenía que leer bien exige pasar de recibir impresiones a juzgarlas, comparando unos libros con otros, como si cada lectura fuera un eslabón de una cadena que no termina nunca. Y este artículo suyo es un eslabón precioso, porque nos invita a imaginar a Hemingway y a Maugham desayunando juntos, o no tan juntos, y a una sentada en la mesa de al lado, escuchando.
Gracias por este paseo. Y por recordarnos que crecer también es aprender a despedirnos de ciertos héroes sin renunciar a lo que nos enseñaron.

basurillas
basurillas
9 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Magnífico final para su comentario. Y además es totalmente cierto: “…crecer es también aprender (incluso yo diría aprehender) a despedirnos de ciertos héroes sin renunciar a lo que nos enseñaron”
Es magistral, y vale para los héroes (y las heroínas, no las olvidemos) de la política, de la historia, de la literatura, de la ciencia, del sentido común, de la filosofía y de nuestra experiencia vital. Todos nos enseñan si sabemos ver en cada una de esas personas y personajes la magia de la existencia y sus diferencias y valores. Muchos de ellos respetables y otros…no tanto.
Un abrazo.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
9 ddís hace
Responder a  basurillas

Basurillas, me alegra mucho que le haya gustado ese final. Cuánta razón tiene al decir que aprehender es incluso más exacto, porque aprender no es solo asimilar, sino hacer propio, casi atrapar con las manos. Me encanta ese matiz.

Por cierto, ya que usted lo ha mencionado en otro comentario, a mí también me gusta cómo escribe Lorenzo Silva. No solo por la eficacia de sus tramas, que también, sino especialmente por la manera que tiene de mirar a los personajes de frente, sin trampa ni cartón, con una honestidad que no juzga, retrata. Hay algo en sus novelas, casi una ética del que escribe, que obliga a no dejar a nadie indiferente.

Hablando de escritores que admiro (que son muchos y muchas), Carlos Zanón es otro de mis favoritos. Este autor describe la soledad urbana como nadie, con personajes rotos pero llenos de verdad, y con un estilo que siempre acierta porque, como él mismo dijo en alguna entrevista, cree en el estilo como respiración, como cadencia, como forma de estar en el mundo. Y eso es saber aplicar muy bien el oficio. Por eso sus novelas no se parecen a ninguna otra.
Saludos y buen finde.

basurillas
basurillas
9 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Creo que no he leído aún algo de Zanón. Póngame por favor el azucarillo en la lengua y recomiéndeme un libro de él. Gracias adelantadas.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
9 ddís hace
Responder a  basurillas

Qué bonito cuando me piden una recomendación de lectura, don Basurillas; es algo que me alegra mucho.

Si nunca ha leído a Carlos Zanón, creo que el mejor punto de entrada podría ser «Yo fui Johnny Thunders», no solo porque es una de sus novelas más reconocidas (Premio Hammet y Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón, nada menos), sino porque condensa todo lo que le hace especial, como su amor por el rock, su manera de retratar personajes rotos pero llenos de dignidad, y ese estilo que él mismo define como «respiración, cadencia, forma de estar en el mundo». Además, hay una ternura inesperada en medio de la crudeza que a mí me ganó por completo.

También podría empezar por «Taxi», otra maravilla, donde un taxista nocturno se convierte en el espejo de una Barcelona que no sale en las guías turísticas. O por «Objetos perdidos», que es el último y del que en este espacio se ha hablado estos días, aunque yo le recomendaría empezar por Johnny Thunders para entrar en el mundo literario de Carlos Zanón.

Escoja el que escoja, espero que lo disfrute. Ya me contará.

Hector Ricardo Rodiño
10 ddís hace

Hospedarse en el Danieli es para pocos. Muy pocos. Disfrutelo

basurillas
basurillas
10 ddís hace

He ido en tres ocasiones y he de confesar que no me gusta Venecia. Salvo una vez en que encontré sus calles llena de hermosísimos belenes navideños renacentistas y mercadillos con sus figuras y decoraciones; carísimo todo, eso si.
Nunca la encontré, como sugieren las películas, ni maravillosa, ni romántica, siempre llenísima de gente (obviamente me incluyo entre esa gente incomodante) e, incluso, algunas de las veces una ciudad maloliente. Ni los helados terminaron de servírmelos adecuadamente en un céntrico y famoso establecimiento un verano: pusieron demasiadas bolas enormes de diferentes sabores en un escueto cucurucho, y acabaron caídas en la calle varias de ellas, pringosas y derretidas.
Cuando don Arturo ha mencionado reiteradamente la cúpula de Salute, mi imaginación ha volado a otro lugar, Londres, donde este fin de semana se celebra una nueva edición del Salute, la más importante reunión mundial anual, dedicada a mi pasión: las figuras a escala y los juegos de estrategia con las mismas y todo lo que les rodea; como escenografía, pintura, historia y muchos aficionados a esta delicia de pasatiempo. Incluso don Arturo escribió un artículo, hace bastantes años, llamado “Napoleones de fin de semana”, donde nos retrataba magníficamente a los aficionados a esta cuestión. Lo pueden encontrar en Internet si les interesa. Yo le tengo copiado y enmarcado en mi buhardilla
Me veo incluso como el personaje guardia civil Bevilacqua, de las novelas de otro escritor que me encanta, Lorenzo Silva, personaje que comparte la afición y pintaba figuritas históricas para relajarse y aislarse de todo, durante las investigaciones y casos que debía resolver en cada novela. Si les gusta esta afición, deben ir una vez en la vida al Salute londinense, no hay nada igual. Es como un paraíso terrenal para nuestra locura pacífica.
Y respecto a Somerset Maughan, tampoco es demasiado santo de mi devoción. Prefiero mil veces a algunos de sus, dicen, amantes escritores, como Thomas Mann y H.G. Wells. En fin, que parece que hoy he leído el artículo de don Arturo con el pie cambiado y la cabeza en otro sitio. Espero me perdonen. Un saludo en miniatura.

ricarrob
ricarrob
9 ddís hace
Responder a  basurillas

Durante muchos años estuve construyendo barcos a escala. Era relajante. Imaginar cómo podían desenvolverse entre esas paredes de madera y a un palmo del agua es impresionante.

Lo de los belenes es una profesión y también una tradición. Y un arte. No es necesario ser religioso para admirarlo. No entiendo cómo hay gente que le ofende este tema.

Coincidimos en lo de Lorenzo Silva. La pareja de guardia civiles está muy lograda. Sigo toda la serie. Me imagino que el ministro del interior no la ha leído.

Un abrazo.

basurillas
basurillas
8 ddís hace
Responder a  basurillas
Nicolás
9 ddís hace

Don Arturo, usted es un genio del marketing. Estoy seguro que no soy el únco de sus lectores que quedó picado con su nueva novela, el libro que está corrigiendo en Venecia. Por los guiños, es Falco, ¡el James Bond español!

Pero ¿cuándo nos va a deleitar con una segunda entrega de SIDI? no creo ser el único que quiere continuar con el relato.

Juan Sastre
Juan Sastre
9 ddís hace

¡Demasiados turistas en Venecia!, pensó, mientras se registraba en el Hotel

Pablo75
Pablo75
9 ddís hace

A propósito de viajes y de Somerset Maugham:

“Tenía alguna razón Borges cuando desaprobaba los libros de brevedades. Yo replicaba que eran libros de lectura grata y que no veía por qué se privaría de ellos a los lectores. Los “Note‑books” de Samuel Butler, “A writer’s note‑book” de Somerset Maugham me acompañaron a lo largo de viajes y de años.

(Adolfo Bioy Casares. Descanso de caminantes)

*
Y a propósito de ciudades célebres, ¿alguien sabe si Pérez Reverte lee estos comentarios o adónde se le puede escribir para señalarle un error sobre París en su libro, que he comenzado a leer hace unos días, “Misión en París” ?

Rogorn Moradan
Administrador
9 ddís hace
Responder a  Pablo75

Puede probar aquí mismo o en Twitter / X.

Pablo75
Pablo75
8 ddís hace
Responder a  Rogorn Moradan

No tengo Twitter. Y aquí, en un comentario sobre un excelente artículo suyo, no me parece muy elegante mostrar que ha cometido un error en su última novela – al menos a mí no me gustaría que me lo hicieran. Pero si a Pérez Reverte no le importa, puedo hacerlo.

Última edición 8 ddís hace por Pablo75
Amanda Itzas
Amanda Itzas
8 ddís hace
Responder a  Pablo75

Con el respeto que me merece quien más sabe de esto… Toda novela histórica, por rigurosa que sea, lleva cosida en el forro una licencia poética. Pérez-Reverte conoce París del siglo XVII como pocos, pero también sabe, como buen narrador que es, que a veces la verdad de la ficción vale más que la exactitud del dato. Si hay un error, puede que sea, simplemente, una puerta que el autor dejó entreabierta a propósito.

Julia
Julia
8 ddís hace

Sr Pérez Reverte;
Lo que he visto de Italia,a pesar de los años pasados, ha quedado grabado en mi memoria y todo lo que cuenta en su artículo me parece familiar.
Por casualidad el último hotel en el que estuve era el Gritti y recuerdo muy bien el Luna de hace 55 años, anda que no ha pasado agua bajo el Puente de los Suspiros!
Me encanta Italia, no sabía que las mesas del hotel tenían nombres de los escritores, sobre todo Somerset Maughan, uno de mis favoritos, algo raro porque en mi familia somos fetichistas y visitar el lugar donde han estado personas que consideramos importantes para nosotros, nos produce gran placer.
Me parece que Maughan ha pasado a la Historia como un poco frivolón y quizás porque he leído todas sus obras, o casi todas, pienso que era un gran espectador y conocedor de las debilidades humanas que plasmaba como nadie.
El amor no triufaba en sus novelas y las mujeres no salían muy bien paradas. No me extraña, siendo homosexual y casado a la fuerza(?) para luego divorciarse… Físicamente no era un Apolo precisamente y acabó la vida con su secretario.
Una triste vida para un hombre muy inteligente e interesante, era médico y logró fama y fortuna con algo diferente, no recuerdo que se refiriese nunca a temas médicos. Y sin embargo, no creo que fuera realmente feliz, o tal vez sí? Es una persona que me habría gustado conocer.
Volviendo a Venecia lo que no me gustan son los canales, lo mío con la mar océana debe tener un motivo oculto que desconozco.
Siempre es grato leer sus amenos e interesantes artículos.

Aguijón
Aguijón
8 ddís hace
Responder a  Julia

Coincido con usted, prefiero Florencia y creo que Maugham también.
Saludos.

basurillas
basurillas
1 día hace
Responder a  Aguijón

¡Oh Florencia! Ese es otro cantar muy distinto de Venecia, donde sí se palpa, se masca y se revive el Renacimiento a cada paso, hasta en las apretadas callejuelas que nacen en el centro artístico de “la galería”.
Me obsesioné con aqurlla frase de el “Silencio de los corderos”; y no paré hasta, arrastrando casi a mi esposa, contemplar el Duomo visto desde el castillo de Belvedere. Menuda caminata, menuda vista, y menudo museo precioso de cerámica y loza que descubrimos de chiripa a la vuelta. Sí, Florencia es uno de los pocos sitios fuera de España donde viviría felíz.

ricarrob
ricarrob
8 ddís hace

Después de un paseo para leer en mi banco preferido enfrente de mis dos sauces, ya casi plenos de hojas, se me ha ocurrido, por eso de la decadencia, escribir algo más, obviando a nuestro familiar club de negativos que ya se han convertido en tan cotidianos como el resto de contertulios.

Se trata de la arquitectura, o no. Quizás se trata también de nosotros como arquitectura o a la arquitectura con reflejo humano. A todo le llega la decadencia, también a nosotros. de lo que se trata es de cómo se afronta.

Los edificios antiguos, incluyendo los monumentales como las Pirámides, el acueducto de Segovia o el de Mérida, los templos románicos y góticos, las construcciones megalíticas, los castillos de Jaén y los de toda España, los edificios renacentistas como la excepcional catedral de Jaén y, por supuesto, Venecia, han envejecido dignamente y su decadencia es bella, es estética. Venecia se hunde y de despedaza con su dignidad incólume. En mi opinión. Es una vieja dama que no se ha hecho operaciones de estética, se haya implantado botox y que no ofende a la mirada.

Sin embargo, de la arquitectura moderna, poco se salva de una decadencia desastrosa. Algunas construcciones son ya feas y decadentes desde que se construyen en mala hora. Y eso, disponiendo de nuevos materiales, nuevas tecnologías, máquinas de todo tipo y diseñadores y arquitectos de postín a los que se les paga hasta por defecar ya que hoy en día es una profesión diarreica. Bueno, si ustedes observan que está unida a la política, ya está todo dicho.

Además, tienen muy mala vejez y prematura. Hay muchos ejemplos, Uno extremo es el brutalismo arquitectónico de la postguerra mundial que se extendió por toda Europa, especialmente tras el Telón de Acero. Horribles edificios que hoy, con pocos años de distancia, están enormemente degradados. Hay cosas que ofenden la mirada. Siempre que paso por Moncloa y veo el horrible arco del triunfo del franquismo, me invade una sensación de desasosiego. Ciertas construcciones sí que habría que demolerlas por antiestéticas, no por su simbolismo. No hablemos de las ingentes construcciones de viviendas que, como hongos, se malconstruyeron por todo el país en los 60 y 70 (e incluso 80) y que hoy degradan de antiestética todas las ciudades.

Como a los señores y señoras que no aceptan su vejez y su decadencia y que se dedican a pasar por los quirófanos con el talonario en la boca, hay cosas que claman al cielo. Como ejemplo, las Torres de Colón, feas refeas desde que las construyeron y que han sufrido remodelaciones a cual más horrible cada vez. La última no tiene parangón. Si hubiera un premio a la arquitectura macarra este edificio se lo llevaría con creces.

Por todo ello, celebremos Venecia y su augusta decadencia y esperemos que alumbre una nueva época con arquitectos de verdad.

Saludos a todos.

Aguijón
Aguijón
7 ddís hace
Responder a  ricarrob

Es cierto que esas viviendas que usted cita son tan feas como fueron necesarias cuando se construyeron, yo tengo cierta nostalgia por ellas, de hecho resido en una de ellas.
Por cierto el genial Ibañez reflejó uno de sus trabajos más interesantes basándose en uno de esos bloques “horribles”…
Rue 13 del Percebe.
Saludos.

Victor
Victor
8 ddís hace

“Fatigada felicidad”.
Se está volviendo borgeano con sus adjetivos.

Claudio
Claudio
4 ddís hace

Don Arturo, buenas y santas. Tipo atribulado este Hemingway… demuestra debilidades y fortalezas en sus libros. Leer Adiós a las Armas y luego El Viejo y el Mar, me pusieron frente a dos personas distintas. Me hubiese gustado tomar un café con el o con otros como Thomas Mann o con Joseph Conrad… En realidad, cada vez que leemos un libro, nos convertimos en cómplices y compinches del personaje que seguimos… gran cualidad de buen escritor, meter dentro del libro al lector.

Gracias por tanto Don Arturo, lo admiro desde ya…

Saludos desde la tierra de los álamos doblados al este.