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‘American Gods’: Que nos protejan de los dioses

‘American Gods’: Que nos protejan de los dioses

Quien no sepa nada de la novela del británico Neil Gaiman en la que se basa esta serie de televisión puede encontrarse con una primera temporada que le presenta muchas preguntas, pocas respuestas hasta prácticamente la última escena, una espléndida imaginería y muchas dudas sobre de qué va todo esto en realidad. En principio, la historia trata sobre un ladrón, llamado Shadow Moon (su madre era hippy), que sale de la cárcel tras tres años preso. Justo el día antes, su novia y su mejor amigo se han matado en un accidente de coche, y Shadow se encuentra sin dinero ni gente que le importe a su alrededor. En estas, conoce a un peculiar y carismático septuagenario, aficionado al parloteo y los timos, interpretado por Ian McShane, que no le dice su nombre, pero sí que “el miércoles es mi día”, y que quiere darle un empleo que aparentemente consiste en hacerle de matón y/o guardaespaldas. Hasta aquí todo tiene pinta de un noir de los de toda la vida, más o menos puesto al día, pero a partir de entonces empiezan a pasar cosas raras, como trucos de magia con monedas, oníricas visiones sobre árboles majestuosos, una bella mujer negra que parece engullir a sus ligues por la vagina (como suena) y un extraño casco de realidad virtual, acabando con lo que parece un cadáver resucitado. Eso por no hablar del fascinante prólogo en el que un drakkar llega con sus vikingos a Norteamérica y encuentra algo tan espeluznante que, combinado con sus propias supersticiones y con un baño de sangre muy al estilo de la cadena de pago Starz, provoca su huida de vuelta a casa en el Viejo Mundo, para jamás volver.

Quien continúe viéndola irá averiguando (aviso de destripes desde aquí) que los dioses del título son reales, que el hombrecillo del miércoles es el dios escandinavo Odín (Wodin – Wodin’s Day – Wednesday – Miércoles), y que en este universo de ficción en el que nos encontramos va a haber una guerra entre los dioses viejos, en los que creían todos los viajeros que han ido poblando y repoblando América desde hace siglos, y los nuevos de la tecnología, la globalización y los medios de comunicación, que han venido sustituyendo a los antiguos en las costumbres humanas. Una vez que esto se aclara, cobran sentido los vikingos, las monedas, el liante de Miércoles, la voraz negra Bilquis y el pendenciero Mad Sweeney, que al presentarse a Shadow como un leprechaun irlandés no está haciendo una coña, sino diciendo la verdad. A partir de ahí sigue una historia con mucha imaginación, mucha violencia y mucha plasticidad en la cinematografía (Bryan Fuller, ex de la teleserie Hannibal, es uno de los responsables, lo cual une a dos grandes de la inventiva literaria y cinematográfica en el mismo proyecto). También hay una galería de personajes a cuál más pintoresco y peculiar, y es que los dioses antiguos no llevaban unas vidas aburridas en absoluto.

Para aquellos que conozcan el libro, decir que la primera temporada de esta serie cubre solamente menos de su primer tercio, y que algunos personajes están expandidos con respecto a una novela original de unas 460 páginas. Gaiman lo publicó en 2001, una fecha en la que las conversaciones sobre el fin de esto y el principio de lo otro estaban a la orden del día. Este inglés es uno de los renovadores de la narrativa de fantasía, con un estilo muy personal y exitoso, que bebe de los maestros Tolkien y Lewis y le añade la oscuridad de Shelley y Poe, junto con las influencias de otros escritores mas tardíos como Roger Zelazny o RA Lafferty. American Gods es un multipremiado tour de force donde las ideas de América como tierra de eternas oportunidades, y también tumba de sueños destrozados, se lleva a su máxima expresión, encontrando en sus páginas a deidades africanas vagando como pedigüeños sin hogar por las calles o malviviendo en empleos indignos de ellos. Quien se ha adaptado, o se ha mantenido relevante, o se le ha dado bien el marketing, habrá sobrevivido ante el empuje de la ciencia, y quien no, habrá sido olvidado o habrá quedado consignado a los museos etnográficos, porque un dios sin creyentes pierde toda su fuerza. Por ejemplo, el eslavo Czernobog (el “dios negro”) se pasa el día en su piso de barrio bajo, con sus pitillos de liar, su barba de leñador, su mugrienta camiseta de tirantes, su tablero de damas y su inquietante maza siempre a mano, junto a sus parientes las hermanas Zorya, las Luces de la Mañana, la Tarde y la Medianoche. También sobresale Anansi, la araña africana reconvertida en cuentacuentos de larga memoria y atildado gusto en el vestir. Hay además un djinn (o genio) mediooriental de fluida sexualidad, y salen Anubis y Thoth como empleados de funeraria (obviamente, porque la gente se sigue muriendo, crea en dioses o no), y Vulcano el herrero recibe encargos de armas de destrucción masiva. En general todo esto resulta una idea inspirada, pero que requiere su esfuerzo, su concentración y quizá también cierta familiaridad con mitologías, religiones y supersticiones varias, ya que cuanto más se sepa de ello, se podrá acceder a más niveles de significado.

Como se ha mencionado, la serie procede de manera bastante lenta. En los primeros ocho episodios, de entre 50 y 62 minutos de duración, Shadow (y en realidad también el espectador) no descubre definitivamente el tomate hasta el final, acabándose la cosa con un “se va a armar la marimorena” que deja las cosas en cliffhanger para la segunda temporada. Hasta entonces, Shadow, Miércoles, Sweeney y Laura han estado viajando de un sitio a otro por la América profunda, en coche, durante días (lo cual también tiene su propia mística típicamente norteamericana), visitando a unos y otros, y trampeando como pueden de una manera en general bastante poco “divina”. Esto en el libro no ocurre, y simplemente hay una gran reunión en la amenazante House on the Rock. En cambio en la serie estas visitas de uno en uno permiten alargar la trama y dar espacio a cada nuevo dios o diosa para causarnos la impresión deseada. Afortunadamente, la serie cuenta con una parte, que suele ser al principio de cada episodio, donde se nos habla de cómo los varios “dioses viejos” de cada nuevo pueblo fueron llegando a América. Un barco vikingo en 813, un buque de esclavos en 1697, una tribu procedente de Asia en la última glaciación, una criada irlandesa condenada a transportation a las colonias en el siglo XIX, una diosa (de la música disco) en 1979, procedente nada menos que de la revolución iraní, un grupo de inmigrantes ilegales mexicanos ayer por la tarde (qué oportunidad perdida para haber hablado del santo Jesús Malverde, en lugar del Cristo de siempre)… Estas escenas son una especie de cortometrajes casi autoconclusivos que resultan fascinantes y, al menos hasta que se desaten los truenos y centellas de la guerra futura, son más interesantes casi siempre que la historia principal.

Mención merecen también los “nuevos dioses” de la globalización, la tecnología y los medios de comunicación, que aparecen retratados como unos verdaderos capullos resabiados que se merecen que alguien les meta un rayo por el puerto USB. Technical Boy es un adolescente repelente, malcriado y narcisista, Mister World es un jefezuelo sibilino y untuoso (perfecta la elección de Crispin Glover para interpretarlo, y sí, es el padre de Marty McFly en Regreso al futuro), y Media es glamurosa, fotogénica, con mucha mano izquierda, y siempre se presenta como el icono perfecto para cada momento. Gillian Anderson lleva muchos años siendo algo más que la estreñida agente Scully de Expediente X, y a quien la haya visto codearse con lo más granado de la ficción decimonónica en la televisión inglesa no le sorprenderá verla funcionar aquí disfrazándose de Lucille Ball, David Bowie o Marilyn Monroe, por ejemplo. Y lo curioso es que desde que se escribió la novela, con Odín en nuestro mundo ha ocurrido algo como lo que preconizan estos nuevos dioses: su nombre ha vuelto a la imaginería popular no debido a un interés erudito por la cultura escandinava o a un renacer de lo religioso en el Viejo Continente, sino vía entretenimiento popular, debido a las películas basadas en los cómics de Thor. Si quieres que te adoren de verdad, métete en el rollo friki.

Hasta ahora, esta era una de esas famosas “novelas inadaptables” escritas a caballo de dos milenios, como por ejemplo también lo era Canción de Hielo y Fuego, que últimamente, con las continuas mejoras técnicas y el auge de la ficción serializada, están consiguiendo que se las traduzca por fin a imagen en movimiento, con dinero en abundancia, el tiempo necesario para desarrollar complejas narrativas y los últimos adelantos tecnológicos a su disposición. American Gods es una novela del siglo XXI, justo, pero en 17 años que han pasado ya hay cosas que se han quedado anticuadas o que resultan mejorables en cuanto a la representación tecnológica de nuestro mundo, y así por ejemplo en el libro Bilquis es una prostituta, sin más, pero en la serie usa al nuevo ídolo de las aplicaciones en el móvil para acceder a un mayor número de presas. Technical Boy, que en la novela es un gordo inadaptado y con anorak, en la serie es un niñato desdeñoso, pendenciero, ególatra y con demasiada porquería en el pelo que le da al vaping en vez de fumar como Dios manda. Eostre, la diosa de Pascua / Semana Santa / Primavera, también ha sido modificada desde el libro, y su última reencarnación es una Barbie de colorines más conocida por los infantiles huevos de pascua que por cualquier otro elemento más profundo basado en el fin de la oscuridad y la penuria invernal y la promesa de la nueva vida que florece de nuevo cada doce meses. Por su parte, Jesucristo, que en el libro no aparece y de quien solo se dice que alguien lo ha visto de autoestopista por Afganistán, aquí es principalmente un melenudo relajado y buenrollero, aunque otros Jesuses que aparecen a su lado tienen matices un tanto diferentes, reflejando el hecho de que hasta en cuestión de cristos los gustos varían.

Pero quien sufre los mayores cambios en la transición es el personaje de Laura, la esposa de Shadow. La novela sigue a Shadow solamente y está contada desde su punto de vista, así que el desarrollo de Laura como personaje queda limitado a lo que Shadow la vea hacer. En la serie ella resulta mucho más fría, descreída y nihilista, quizá para sentar las bases de una confrontación futura con alguno de los dioses, y no comienza como empleada de una agencia de viajes, sino de un casino de ambientación egipcia que intenta atracar junto a Shadow. Luego, junto a Sweeney, cuyo personaje también ha crecido en tamaño y espacio, hace su propio “viaje iniciático” por las carreteras americanas, recibiendo la ayuda de Thoth y Anubis, por aquello del casino donde trabajó, además de tener una escena extra de reconciliación con Audrey, con cuyo marido se acostaba. Pero el principal cambio, tanto en ella como en toda la serie (spoiler a la una), es el hecho (spoiler a las dos) de que (y spoiler a las tres) Laura no murió por accidente, sino que Odín encargó a Sweeney que averiara su coche para que se accidentara. ¿Odín y Sweeney compinchados para matar a Laura, la esposa de Shadow, el actual protegido de Odín contra los nuevos dioses? Esto no va quedar así, desde luego.

En cuanto a las interpretaciones, McShane está señorial, aunque se nota que este papel le sale un tanto demasiado fácil, debido a su veteranía. Con su gran dicción y su Al Swearengen de Deadwood en la mente de los serieadictos, nos tiene a todos rápidamente comiendo de la palma de su mano. Además de él, yo en particular destacaría a Orlando Jones, el Anansi africano, cuya afición por las historietas pronto deja de ser un defecto para convertirse a menudo en lo mejor del episodio. “Angry gets shit done” es la camiseta que regalar a quien ya las tiene todas, y no es raro que este personaje tenga su propia novela spin-off, Anansi Boys. En resumen, seguramente esta propuesta no será para todo el mundo, pero quien abra la mente a este crisol americanizado hecho de fantasía para adultos y brutal mitología puede encontrarse con algo ciertamente fascinante.

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