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‘Anatomía de un asesinato’: Dios bendiga a los jurados

‘Anatomía de un asesinato’: Dios bendiga a los jurados

Esta es una de las películas que más se puede beneficiar de que haya alguien que pueda comentarle a uno los detalles y matices que se haya podido perder. Quien la vea sin saber gran cosa de ella probablemente note en su contra que es demasiado larga (157 minutos), que el final no deja las cosas claras (incluso para ser un final abierto), y que el caso no tiene miga ninguna, ya que desde el principio se sabe seguro quién es el autor del crimen que se juzga: un militar entra en un bar y le pega seis tiros al dueño, delante de la parroquia al completo, e incluso va y le pregunta al camarero que medio se le acerca si quiere su ración de plomo también. Durante las dos horas y media siguientes, lo único que queda por saber es si el abogado defensor puede liar al jurado para que con alguna triquiñuela su acusado se acabe librando. Puede que incluso ese espectador piense que algún personaje, como el protagonista, James Stewart, sobreactúa, y algún otro, como el juez, que no es un actor, sino un juez de verdad, no actúa nada bien. Y quien note todo esto posiblemente se sorprenda al saber que a pesar de todo, esta película está considerada de las mejores, si no la mejor, de su género, el del cine de juicios. De hecho, para rematar, la novela en la que se basa el filme fue escrita bajo seudónimo por un juez retirado, John D Voelker, narrando un caso real, y además, escenas de este filme se llevan usando como ejemplos en clases de la carrera de derecho en Estados Unidos desde que se estrenó hasta nuestros días.

Cero Oscars de siete nominaciones: Mejor Película (Otto Preminger), Guión adaptado (Wendell Mayes), Actor principal (James Stewart), Actor secundario (Arthur O’Connell y George C Scott), Fotografía en blanco y negro (Sam Leavitt) y Montaje (Louis R Loeffler).

[Aviso de destripes en todo el texto]

Lo primero que hay que señalar es que el guion de esta película no está interesado para nada en aclarar o dejar de aclarar nada al final. Esto no va a ser una historia de Perry Mason, donde al final el sabueso de turno revelará el resultado de sus pesquisas con una brillantez tal que se encontrará una prueba irrefutable, o una deducción brillante que no dé lugar a dudas, o una confesión del culpable, incapaz de resistirlo más. Estas cosas a veces ocurren en la vida real y otras muchas no. Este caso va a ser de los que no.

Lo segundo que subrayar es que durante toda la historia solo sabemos lo que sabe el abogado Paul Biegler (James Stewart). No hay flashbacks, ni imágenes superpuestas a la narración o al testimonio de otros personajes, ni oímos ni vemos nunca nada que no vea u oiga él. Al igual que él, vamos sabiendo los detalles del caso como y cuando él los sabe. O mejor dicho, como y cuando a él se los cuentan, porque no tenemos ninguna garantía, como tampoco la tiene él, de que no le están mintiendo. Así que es el espectador quien va superponiendo sus propias suposiciones y hasta prejuicios a lo que va oyendo. Y es así como va saliendo la verdadera grandeza de esta película: que en contra de muchas otras donde lo esencial -quién es el culpable- no se sabe hasta el final, aquí es lo único que sabemos con certeza. Todo lo demás es cuestión de matices y de a quién creemos en un caso donde faltan pruebas definitivas y sobran motivos y pasiones más o menos ocultos.

Por ejemplo: ¿parece de verdad Laura Mannion (Lee Remick) una mujer violada recientemente, y que además está pasando por el trago de ver a su esposo, Fred (Ben Gazzara) juzgado por un asesinato que, fehacientemente, ha cometido, según ella para vengar dicha violación? Ciertamente, lleva en el rostro señales de haber sido golpeada, pero no se encontraron señales de violación en su cuerpo. ¿Es verdad que la violó el barman Barney Quill, o fue su propio marido quien la golpeó, celoso porque ella lo engañara, y se inventaron lo de la violación para que él se librara en el juicio por asesinato? ¿O quizás el marido la golpeó sin que siquiera ella lo hubiera engañado, solo por haber flirteado, y ahora la obliga a decir que la violaron? ¿A qué vienen sus nuevos flirteos con el abogado, y el salir de fiesta mientras Fred está en la cárcel? ¿Se está mereciendo lo que le pasa, por mucho que suene a victim-blaming?

Otro ejemplo: hacia el final de la película empiezan a aparecer cosas como testimonios de un preso que se peleó con Fred por hablar mal de Laura, y ni más ni menos que las bragas que (se supone que) llevaba Laura esa noche, rotas pero limpias, y (supuestamente) encontradas por la hija del asesinado, a quien esta va a heredar tras estar viviendo juntos dirigiendo el hostal sin haber dicho a nadie que eran padre e hija. Estos testimonios son claramente sospechosos. Por supuesto, pueden estar diciendo la verdad, pero con todos los intereses creados por medio, hay buenas razones para pensar por qué ambas personas podrían estar mintiendo. ¿Debe el jurado creerlos, cuando uno solo aporta su palabra y otra una pieza de ropa interior rota? ¿Qué pensaría cada uno de nosotros si estuviera en el jurado, y qué votaría?

Es, pues, un caso en el que no se puede declarar al acusado inocente, sino que, como mucho, el abogado tendrá que buscar que el jurado encuentre una razón para disculpar al reo teniendo en cuenta su situación: su mujer lo engañaba y no era dueño de sí. Y aquí es donde entra una de las cosas más sutiles, que quizá sólo los entendidos en leyes sabrán: “unethical witness coaching”, o sea, cuando un abogado altera más o menos sutilmente la narración que el acusado hace de los hechos a base de “conducirlo” hacia una interpretación de éstos que acaba cruzando la barrera de lo verdadero. O sea, hacer que el acusado mienta en su declaración para resultar favorecido: decir que estaba fuera de sí cuando eso no es verdad.

Según las normas, una vez que un detenido cuenta a su abogado lo que dice que pasó, esa versión de los hechos queda “congelada”, fijada como testimonio, y es a partir de ahí cuando el abogado tiene que empezar a construir su defensa basándose en ese relato original. Sin embargo, Biegler ya sabía algo del caso por los periódicos y los rumores públicos, en especial el dato crucial de que Fred salió a cometer el delito no nada más enterarse de lo de su esposa, sino una hora más tarde, con lo cual alegar ira repentina sería difícil que colara. Así que antes siquiera de que Fred le cuente su versión de los hechos, Biegler ya le dice que de cuatro maneras posibles que hay de enfocar el caso, sólo una le vendría bien, que es la de alegar “irresistible impulse”. Así que de hecho, Biegler le está diciendo-sin-decirlo a Fred que como no mencione un “irresistible impulse” en su declaración, su mejor opción de librarse por los pelos se va al garete. Con lo cual, Biegler está “plantando” parte de la declaración ideal en la cabeza de Fred. Y si Fred nunca sintió ese impulso irresistible, sino que mató con pleno conocimiento y a sangre fría, entonces estará mintiendo si dice que sí lo sintió, y Biegler será culpable de haberlo hecho mentir. El diálogo en la película así llega al punto de hacer que Biegler se vaya de la sala de interrogatorios diciéndole a Fred que “vaya pensando cómo de loco se había vuelto”. No quiere oírle decir nada más hasta que la declaración de Fred incluya ese detalle vital, o si no, no aceptará el caso. Detalle que no estaría ahí, y en el que no se podría basar la defensa, si Biegler no hubiera maniobrado a su defendido así.

Esta es una de esas escenas que decíamos antes que se usan en clases de derecho, y como puede verse, es una triquiñuela que se le podría escapar a un lego cualquiera que vea la película sin excesiva atención. Por sí sola, una vez que se conoce, ilumina el resto de la película. Jimmy Stewart no es aquí el “yerno de América” que hace en otras películas, sino el “picapleitos de América”, capaz de lo que sea para librar a su acusado. No es un simple pasota avejentado deseoso de volverse a su río a pescar tranquilo, sino que debemos recordar que tiene una mente legal del calibre suficiente como para haber llegado a fiscal del distrito en su día. No es un simple paleto. El caso se acaba yendo, conducido por Biegler, irremisiblemente hacia la resbaladiza dirección de las sensaciones personales en vez de hacia la lógica demostrable. Y ahí es donde Biegler se mueve como pez en el agua. Sobreactúa en el juicio (y Stewart sobreactúa con él), hace reír a la sala con chanzas continuas, se presenta a sí mismo como un buen hombre local y de pueblo frente a dos atildados acusadores de ciudá, e incluso se pone a hablar de pesca con el juez, o toca jazz en el piano (la película tiene banda sonora de Duke Ellington), mientras los trajeados urbanitas no entienden una palabra sobre cosa tan pueblerina. Y desde luego, es un maestro en el uso del truco más viejo del manual: decir cosas durante el juicio que sabe que serán desestimadas por el juez tras protesta del fiscal, pero que será imposible borrar de la mente de los jurados. Poco a poco cae simpático a todo el mundo, por ser de casa, por ser campechano, por tener gracia y por incordiar a esos señoritingos estirados de la capi. Si él dice que Fred debiera librarse, pues igual sí que debiera, ¿no? Con lo majo que es, y con lo bien que habla…

Por si fuera poco, el acusado no viste sus ropas de preso, sino su uniforme militar, en un momento en el que, como ahora, las tropas nacionales están consideradas héroes en el país. Biegler hace vestirse a Laura de gafas, sombrero, y todo amplio y tapado, en plan virtuosa ama de casa. Y para rematar, el fiscal Claude Dancer (George C Scott) mete la pata al hacer una pregunta cuya respuesta no sabe ya (Regla Número Uno de los interrogatorios en juicios), y se encuentra con que Maida era hija del difunto, lo cual no es ni fu ni fa para el caso, pero lo hace quedar como incompetente. Todo eso va calando en la mente de un jurado sin que este se dé cuenta, y en este sentido, es una película pionera de la sociedad de la imagen en la que vivimos hoy, donde las apariencias importan tanto, y donde la gente se ha acostumbrado a votar a tal o cual político por cómo le caiga al decir las cosas así, o la cara que ponga asá, o se habla del peinado de las ministras en vez de sus ideas. No es de extrañar que Parnell (Arthur O’Connell), el ayudante borrachín de Biegler, acabe diciendo incluso antes de saberse el veredicto que “Dios bendiga a los jurados”.

Toda esta gama de grises, alguno de los cuales es tan sutil que casi ni se ve, alcanza su clímax en ese final tan misterioso. La reacción natural de cualquier espectador (y así tranquilizo a quien la haya sentido) es la de “aquí me he perdido algo, soy idiota”. Porque vale, el final puede que sea abierto… o puede que no lo sea y yo no lo pille porque no me llegan las neuronas. Pues no, el final es así. Seguramente la sensación general mayoritaria es que si Fred y la esposa han salido por patas del pueblo nada más quedar libres es porque habían mentido, Fred era culpable, y mejor poner tierra de por medio por si acaso. Pero, de nuevo, eso es solo una sensación sin prueba concreta: ¿dónde está la prueba de que no se le puede aplicar a Fred el atenuante de impulso irresistible? Es más, ¿qué certezas tenemos realmente al acabar la película? Ese zapato de tacón perdido en la basura ¿quizá sugiere que Fred se ha cargado a Laura también y se las ha pirado? O más enrevesado, y a la vez más simple: ¿estaban los Manion conchabados con Maida, la hija del finado, para matarlo, librarse todos y repartirse la herencia los tres? ¿Y cómo de sospechoso es que ahora Biegler sea nombrado apoderado de Maida para administrar su herencia? Porque encima, Fred se largó sin pagarle. ¿El yerno de América pasado a picapleitos de América es ahora el psicópata de América? Quién iba a decir que hasta cuando se sabe quién ha matado a quién las cosas no iban a estar ni medio claras. Porque aquí ¿quién es víctima y quién sufre castigo que no debe? ¿Quiénes son buenos y malos? A Quill lo mataron, pero había violado a Laura. ¿O no? A Fred, por su parte, le violaron a la mujer, pero mató a sangre fría y mintió en el tribunal. ¿O no? A Laura la violaron y golpearon, pobrecita. Pero luego no había señales de violencia y andaba por ahí tan alegre. ¿O no? Biegler consigue que liberen a su acusado, pero este era culpable y él lo sabía. ¿O no?

Y no, al final no viene nadie a decirte si habías acertado o fallado. Así son las cosas y así te las han contado. ¿O no?