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‘El motín del Caine’: Mar y lealtad

‘El motín del Caine’: Mar y lealtad

Última gran interpretación en la carrera de Humphrey Bogart (y, a decir de muchos, una de sus mejores) tres años antes de su muerte en esta película sobre un motín ficticio en un barco estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Y lo de que es ficticio la Marina lo quiso dejar tan claro que para prestarse a ofrecer ayuda y asesoramiento tras quince meses de negociaciones obligó, entre otras cosas, a empezar el film diciéndolo ex profeso: «There has never been a mutiny in a ship of the United States Navy». Aunque tiene alguna parte un tanto más floja, resulta brillante cuando se concentra en la progresiva falta de confianza de la tripulación en su nuevo capitán hasta llegar al motín (no creo que sea spoiler decir que ocurre, ya que está en el título) y las consecuencias que trae.

Siete nominaciones a los Oscar, ninguna de ellas convertida en premio: Mejor Película (Stanley Kramer), Guion (Stanley Roberts, basado en la novela de Herman Wouk), Actor (Humphrey Bogart), Actor Secundario (Tom Tully), Música (Max Steiner), Sonido (John P Livadary), y Montaje (William A Lyon y Henry Batista).

[Aviso de destripes en todo el texto]

Como ocurre con muchas películas estadounidenses de los 50, resulta fascinante enterarse de los entresijos que había por debajo, ya que hay ejemplos, como el que nos ocupa, en que lo externo ilumina lo que ocurre dentro del film de forma decisiva. En este caso se trata de la ya mencionada intromisión de la Marina, que llegó más allá del aviso del comienzo. En concreto, no estaban muy contentos con que se viera que un militar con problemas mentales pudiera llegar a capitán de barco. No sé exactamente qué alteraciones se hicieron al guión original, pero el resultado final es toda una filigrana donde en realidad entre todos la mataron y ella sola se murió. Si vamos mirando todos los incidentes uno por uno, vemos que el capitán Philip Queeg (Humphrey Bogart) no resulta incompetente en ninguno de ellos, y que todo es una combinación de malentendidos, mala suerte y circunstancias adversas.

Queeg llega al Caine, destinado a Pearl Harbor, en noviembre de 1943 para sustituir al capitán anterior, De Vriess (Tom Tully), cuyo mando era bastante más relajado. Pero ojo, como De Vriess tampoco puede quedar como un incompetente, por el mismo motivo que antes, se trata de una relajación más bien de formas, del tipo de no tener que llevar el uniforme completo a bordo con la camisa bien remetida o no medir el pelo y el afeitado con microscopio. Y desde luego, sin llegar en ningún caso a falta de profesionalidad, y menos aún en medio de una guerra. A todo esto, el Caine no es un buque de combate, sino simplemente un vetusto dragaminas al que el propio De Vriess llama «una bañera machacada» por los mares y el óxido. O sea, que su menos glorioso cometido es ir barriendo la porquería por delante de los combatientes «de verdad», digamos. Bueno, pues Queeg quiere cambiar todo este relax. Para empezar, él no es ningún novato. Aunque el Queeg de la novela andaba por los treinta y tantos, Bogart tenía 55 cuando hizo el papel (por cierto, Bogart estuvo en la Marina de verdad en su juventud), y no se hace ningún esfuerzo por rejuvenecerlo, lo cual puede ser otra forma de defender a la Marina: tras tantos años de servicio brillante, estamos ante el caso de un hombre que simplemente se ha ido desgastando por la presión y por la edad, pero que se ha ido mereciendo todos los ascensos y puestos que ha tenido: viene de siete años en el Atlántico, los dos últimos sorteando submarinos nazis. Y el día de su llegada ya anuncia que él es un hombre de «hacer las cosas por el libro. Todo lo que está en el reglamento, lo está por una razón. Hay cuatro formas de hacer las cosas: la correcta, la incorrecta, la de la Marina y la mía».

Ante esto, sus hombres tuercen el morro y se miran unos a otros en plan «pues nada, a jorobarse tocan». Todos excepto uno, que a todo esto se supone que es el protagonista principal de la película, Willie Keith (Robert Francis), un niño pijo educado en Princeton que no esperaba quedar encerrado en un destino para curritos de calle, de mucho sudor, poco reconocimiento y compadreo continuo, y que recibe gustoso el cambio de formas. Sin embargo, todo el mundo nota ya un peculiar tic de Queeg: juguetear con unas canicas de acero en la mano, que a él parecen tranquilizarle, pero que hacen un ruidillo enervante para los demás.

En seguida llega el primer roce importante: el Caine está de maniobras, cuando Queeg se pone a echar la bronca a un marinero por el nimio detalle de llevar la camisa por fuera. Mientras, el timonel nota que si no cambian de rumbo, van a embestir contra su propio cable de remolcar. Intenta decírselo a Queeg, pero este, en pleno cabreo, le manda callar. El timonel obedece la orden de callarse y el Caine acaba cortando su propio cable. ¿De quién es la culpa en este caso? Pues de todos y de nadie. Queeg zanja el asunto diciendo que el cable estaba defectuoso, así lo pone en el informe, e intenta hacer ver a sus hombres, pidiendo comprensión, que lo de la disciplina en el uniforme es algo que parece insignificante, pero que por un clavo se perdió una herradura, por la herradura el caballo, por el caballo el rey y por el rey el reino.

A esto sigue otra misión en la que el Caine ha de proteger a otras embarcaciones más pequeñas mientras estas llevan a cabo un ataque anfibio sobre la costa. Las órdenes son acercarse hasta mil yardas de tierra, pero Queeg juzga que hay demasiado peligro, y en vez de terminar su misión, manda echar al agua un bidón de tinte amarillo para guiar a las barcas, considera su misión lo suficientemente cumplida, da media vuelta y se va. De nuevo, es una situación difícil de juzgar. ¿Esto es cobardía o protección de sus hombres y material? Por de pronto, a bordo empiezan a llamar a Queeg «Yellowstain» (Mancha Amarilla, con toda la mala intención que puede imaginarse sobre la supuesta «verdadera» razón de esa mancha) y hasta componen una canción irónica al respecto. Queeg percibe la tensión, se le notan los nervios, y reúne a sus subalternos, claramente preocupado. Que el mando es un trabajo solitario, que no es fácil tomar decisiones, que a veces un capitán necesita ayuda, que por «ayuda» quiere decir «lealtad constructiva», que un barco es como una familia… Es una llamada clara de auxilio de alguien que está a punto de romperse psicológicamente, pero sus oficiales la ignoran. Volveremos a esto más tarde.

Dos de los oficiales, Keith y Steve Maryk (Van Johnson) medio aceptan la explicación, pero un tercero, Tom Keefer (Fred MacMurray), empieza a taladrar a los demás con la idea de que Queeg está «paranoico». Keefer también viene del ambiente universitario, y a ratos muertos va escribiendo una novela en el barco, por lo cual tiene una cierta reputación de intelectual a bordo. Así, cuando empieza a hablar de Freud, de fijaciones obsesivas y de inestabilidad mental, los demás empiezan a pensar si no tendrá razón. Maryk, cuyo bajo nivel educativo le hace a la vez confiar y desconfiar de Keefer, empieza a apuntar lo que hace Queeg para ver si es verdad que está desequilibrado. Lo importante de este detalle es que en sus notas lo principal que se ve son impresiones subjetivas, como que «la moral no puede estar más baja», que «la tripulación está resentida», y que simplemente cumplen las órdenes como robots. Es decir, ¿es Queeg quien tiene la culpa de todo esto, o son los propios hombres los que ven así a su capitán porque no les cae bien, y empiezan a interpretar todo lo que hace de forma negativa?

Veamos los siguientes incidentes: mientras los hombres ven un western proyectado sobre una pared, Queeg se enfada con el proyeccionista y suspende las sesiones de cine durante un mes. Otro día, durante un simulacro, amenaza con quitar tres días de permiso a quien pille sin el uniforme correcto. Cuando los hombres empiezan a ayudarse unos a otros pasándose el gorro que les falta o atándose un correaje demasiado tarde, Queeg suspende todos los permisos durante tres meses. Y para acabar, llegamos al incidente de las fresas, donde Queeg monta una investigación digna de Colombo para averiguar por qué quedan en la nevera menos fresas heladas de las que deberían: despierta a los oficiales en mitad de la noche, mide cuidadosamente la lata de fresas con un cazo y ordena registrar todo el barco en busca de una copia de la llave de la despensa. Este es el incidente que lleva a Maryk a convencerse finalmente de la paranoia de Queeg, pero resulta que luego se sabrá que alguien que en verdad había robado las fresas, para pasar unas cuantas a otros marineros, se calló para no pringarla. Así que, dada la falta de colaboración con él, ¿dónde está, de nuevo, la culpa? Al fin y al cabo, robar comida en tiempo de guerra puede ser un delito serio, según recuerda Queeg más tarde.

Es entonces cuando Maryk, Keith y Keefer piden ver al almirante de la flota. Y al llegar al portaaviones para la audiencia, Keefer se raja al aproximarse el momento de la verdad, el de hablar contra su superior. Que no nos van a creer, que esto sí que es la Marina de verdad y no los macacos del Caine, que todo lo que llevas apuntado se puede ver como un intento de restaurar la disciplina (¿ahora se da cuenta?) y, en suma, que en el fondo soy un cobarde para estas cosas. Que tras esta fachada sonriente, brillante y elocuente, soy amarillo por dentro. Y «demasiado inteligente para ser valiente». Más sobre la cobardía de Keefer (y de cómo al guion se le ve el plumero con esto), más adelante.

Los tres, de nuevo siguiendo lo que dice Keefer, se vuelven a última hora atrás, regresan al Caine y poco después llega el incidente definitivo: durante unas maniobras la flota se mete en un tifón. Queeg, bastante alterado, rehúsa cambiar de rumbo, ya que sus órdenes eran no apartarse del resto de los barcos. Maryk entonces releva a Queeg de su puesto bajo el artículo 184 del reglamento, cambia el rumbo y se salen del tifón. Nueva duda: ¿se habrían amotinado los oficiales del Caine si no hubiera habido todo este ambiente anterior contra él? ¿Y todo ese ambiente anterior estaba justificado, o es una reacción exagerada ante simples manías de oficial superior e intentos de ser estricto?

Empieza entonces el resto de la película, que es el consejo de guerra que se monta al respecto. Entra en escena un nuevo personaje, el abogado defensor de los amotinados, el teniente Barney Greenwald (José Ferrer), que empieza pintando el tema muy malamente: otros ocho abogados han rechazado el caso y hay muchas papeletas para que cuelguen a los tres acusados. Y aquí es donde llega el plumero que se le ve a la película: Keefer, el intelectual, el estudiante, el pensador, el irónico, el novelista, el aprendiz de psicólogo, miente ante el tribunal diciendo que nunca malmetió para provocar la rebelión. Porque resulta que dos artículos más abajo del 184, el 186 penaliza muy seriamente el motín, y que la línea entre eso y «una circunstancia extremadamente inusual y extraordinaria» que lo justifique es muy fina.

De todas formas, justo después se arregla todo solo. Porque al subir al estrado, Queeg pierde definitivamente los papeles, y entre sus canicas de acero y su obsesión con el tema de las fresas heladas, deja definitivamente claro que había una justificación, aunque mínima, para apartarlo del mando (se cuenta que todos los presentes en el rodaje aplaudieron a Bogart cuando acabó de rodar la escena). Ahora, démonos cuenta de que el guion pinta una situación extremadamente clara y peligrosa, como es un tifón que amenaza al barco entero, y que todo transcurre sin violencia. Claramente, esto no es el caso de la Bounty británica en el siglo XVIII, y es la demostración final del encaje de bolillos hecho para construir un caso teórico que justificara un motín que por otro lado es diminuto y sólo consiste en sacar al barco de una tormenta contra la opinión de un solo hombre que no estaba en su mejor momento.

Y ahora viene el gran final: los acusados se juntan a tomar algo para celebrar el resultado, y el abogado Greenwald, con unas copas de más, se presenta allí a cantar lo que él considera las verdades: Queeg no fue quien puso en peligro la vida de nadie, sino esta panda de oficiales quejicas. ¿Por qué no le ayudasteis cuando os lo pidió tras lo del tinte amarillo? Y el peor de todos vosotros, el que tendría que haber sido juzgado de verdad, es Keefer, «ese Shakespeare cuyo testimonio casi nos hunde a todos». A continuación «brinda» por él, echándole el champán a la cara, y retándole a que si quiere responder, que le espera fuera. Que como él (Greenwald) está borracho, será una pelea justa. Keefer se achanta y acepta todo esto con el rabo entre las piernas, literalmente manchado de amarillo, y así simbólicamente marcado como el verdadero causante del motín.

Este estrambote final es lo que más curioso y revelador me resulta. Tras tanto laborar para encontrar una forma de que nadie tenga culpa de nada, ni Queeg, ni Maryk, ni Keith, ¿por qué se empeña el guion en machacar a Keefer? ¿Por qué a todo el mundo se le proporciona una razón para obrar como hace, mientras que Keefer es un abyecto cobarde que además intenta salvarse buscando que caiga cualquiera menos él? ¿Y por qué esto lo tiene que hacer no un hombre de inteligencia y educación limitadas como Maryk, sino un tío con estudios, lecturas y algún tipo de vida intelectual dentro del cerebro? ¿Es una llamada a que lo mejor es callar y obedecer sin pensar? Porque además a Keefer no se le hace comportarse como un galante defensor de las libertades y el sentido común, sino que se lo presenta como un corruptor de gente sencilla y honrada como Maryk, que no sabrá la diferencia entre «paranoia» y «paranoico», pero a quien se tiene por buen militar. O sea, que aquí el que piensa, pierde. Y para redondearlo todo, Keefer lleva desde el principio de la película haciendo gracietas burlonas e irónicas sobre el buque: «este barco fue diseñado por genios para ser llevado por idiotas», «el 99% de esto es rutina que la podría hacer un mono», «no se trata de si este barco es un desastre, sino de si este desastre es un barco», «¿quién ha dicho que el Caine es la Marina?»… Pues toma venganza de la Marina.

Es cierto que este tipo de personaje existe, y que no resulta irreal ni poco creíble que el sabihondo que cree que sabe sin saber sea el que cause los problemas, pero precisamente por el ahínco que puso la Marina en enredar con el guion, se ganan a pulso que cada decisión final escrita sobre el papel se mire con lupa y dé lugar a las lecturas que sean necesarias. Es lo que decíamos al principio: todo este subtexto queda oculto si se atiende solo a la historia y no a las circunstancias históricas del momento en que se filmó. El cartel inicial, además de lo de que «nunca ha habido motines en la Marina estadounidense», decía: «Las verdades de esta película yacen no en sus incidentes, sino en la forma en que unos cuantos hombres se enfrentan a las crisis de sus vidas». Y así se enfrentó la Marina a ellas.

La novela en la que se basa la película, ganadora del Pulitzer, fue escrita por Herman Wouk, basada en sus propias experiencias en un dragaminas estadounidense en el Pacífico, y lideró la lista de best sellers del New York Times durante 17 semanas. En ella el punto de vista predominante es el de Willie Keith, incluyendo sus relaciones con su dominante madre y con May, la cantante pelirroja de un club nocturno, a la que abandona por ser demasiado de baja estofa para él (en la película la historia entre ambos queda reconvertida en abnegados amantes a distancia). También se quita del guion el hecho de que Keith era el hombre con más penalizaciones de su clase en la Marina y que antes de incorporarse al Caine había estado de francachela por ahí durante semanas con un general, tocando el piano en sus fiestas. Obviamente, en el film la estrella es Humphrey Bogart, que deseaba tanto el papel que lo acabó aceptando por mucho menos que los doscientos mil dólares que normalmente cobraba. «Esto nunca se lo hacen a Gary Cooper o a Cary Grant o a Clark Gable. Siempre me pasa a mí», se quejó Bogart al respecto a su esposa, Lauren Bacall.

En el libro, Queeg es bastante más cabrito que en la película, obligando a sus hombres a venderles sus raciones de licor, que luego contrabandea fuera del barco, y acaba su carrera en dique seco, en un depósito naval en Iowa, a mil seiscientos kilómetros del mar. Maryk, por su parte, ha de abandonar la Marina y se pasa a la Infantería. El papel de Keefer, sin embargo, a quien vemos por última vez en la película manchado de alcohol y oprobio, continúa en la novela: vuelve al Caine durante la ofensiva sobre Okinawa, donde no solo acaba de capitán del barco, sino que se ve en la misma situación por la que había pasado Queeg, desalojando la nave ante un ataque kamikaze y siendo enviado de vuelta a casa como un cobarde. Keith acaba como último capitán del Caine, recibe una Estrella de Bronce, también una leve carta de reprimenda por el relevo de Queeg, sobrevive con el barco a otro tifón y cuando acaba la guerra y entrega la nave, pide a la cantante pelirroja (ahora rubia, y con otro novio, músico famoso) que se case con él.

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