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Ander Izagirre y Alberto Muñagorri: “ETA ya no existe y debemos seguir trabajando para que no vuelva a existir”

Ander Izagirre y Alberto Muñagorri: “ETA ya no existe y debemos seguir trabajando para que no vuelva a existir”

El 25 de junio de 1982, José Alberto Muñagorri Berdasco (Rentería, 1972) se fue a dormir encabronado porque España perdió 0-1 contra Irlanda del Norte en el Mundial de 1982. Al día siguiente, un par de minutos antes de las doce del mediodía, salió corriendo de la casa de su abuela, contento porque esta le acababa de dar los cinco duros de paga semanal. El niño atravesó la plaza Aralar de su pueblo, donde había una mochila abandonada que contenía medio kilo de Goma-2, que estalló a las doce en punto y que le reventó la pierna izquierda, le desfiguró la cara y le llenó el cuerpo de metralla.

Cuando Ander Izagirre (Donostia/San Sebastián, 1976) era un crío, el nombre de Muñagorri era una advertencia: “Si te encuentras con una mochila por la calle, no la toques porque te puede explotar, como a Alberto Muñagorri”. En 2018, el periodista y escritor se propuso escribir la historia de aquella víctima de ETA, banda asesina que sólo entre 1980 y 1982 mató a veintiún niños y niñas. Ocho años después, el Premio Euskadi de Literatura publica La mochila. Vida de Muñagorri (Libros del KO, 2026), la biografía apasionante –e, importante, libre de pornografía sentimental– de un hombre que apostó por la vida, rechazó el odio y que pretende aportar, amén de una peregrinación exhaustiva por ese infierno que respondía al nombre de Rentería durante, año arriba, año abajo, medio siglo. Zenda les entrevista a ambos por Chamartín, momentos antes de que regresen a su tierra. “ETA no existe y la sociedad es muy distinta a cuando existía –declara el autor–, pero tampoco hemos sabido cerrar del todo bien la herida”. Conversamos:

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—Ander, ¿cómo se escribe una vida de Muñagorri?

—Ander Izagirre (AI): Con mucha paciencia y pasando mucho tiempo con él. Quedamos en el año 18 y lo primero que hicimos fue tener largas conversaciones en su casa y pasear por Rentería, para que me enseñara los sitios claves de su historia. Ahí vi que, en lugar de ser una sola historia de una colección que tenía prevista de varias historias de terrorismo y violencia en el País Vasco, tenía una peripecia biográfica muy impresionante y que, además, tenía alrededor un montón de historias del entorno, de la familia, de los amigos, del pueblo, que me servían para explicar cincuenta años de historia de violencia en el País Vasco.

—Cuando leyó el libro, Alberto, ¿qué pensó, qué sintió?

"Es la vida de una víctima del terrorismo, a la que le explotó una bomba cuando era un niño de diez años, y todo lo que había alrededor"

—Alberto Muñagorri (AM): No te lo puedo describir. Es la vida de una víctima del terrorismo, a la que le explotó una bomba cuando era un niño de diez años, y todo lo que había alrededor. Algo que normalizamos y que no era normal. La sociedad estaba impregnada de esos acontecimientos violentos. Un hecho a destacar es cómo todo eso afectaba a las familias. Me veo muy reflejado en lo que ha contado Ander.

—Si yo les digo “ETA”, ustedes me dicen…

—AI: Durante muchos años, fue una pesadilla que pensé que nunca iba a terminar y que nos marcaba la vida. Aparte de los evidentes daños físicos de los atentados, de los asesinados, de los heridos…, hizo que la sociedad fuera un desastre, una sociedad atenazada por el miedo, incapaz de expresarse. Modeló una sociedad de la peor manera posible. Estamos muy felices de habernos quitado a ETA de encima.

—AM: Es parte fundamental de nuestro oscuro pasado. De nuestro terrible pasado. Un pasado lleno de sufrimiento, de dolor. ETA es algo que ya no existe y debemos seguir trabajando para que no vuelva a existir. Si aparece cualquier rendija por la que puede colarse la violencia, en forma de ETA o de cualquier otro movimiento, debemos ser capaces de frenarla y no permitirla. En parte, la sociedad también tuvo responsabilidad de que ETA durase todos los años que duró.

—Cuando Alberto tenía diez años, de estos temas, entendía poco o nada.

"Yo no sabía ni qué era ETA, ni qué objetivos seguía, ni cómo se había formado, ni cuándo…"

—AM: No. Vivíamos como un entretenimiento muchas de las cosas que pasaban en nuestro pueblo. Yo no sabía ni qué era ETA, ni qué objetivos seguía, ni cómo se había formado, ni cuándo… Sabía que había muchas personas que gritaban a favor de ETA en el pueblo, que había continuos altercados, que ponían bombas, que pegaban tiros; que asesinaban, principalmente, a policías, militares y guardias civiles, y que era el aire que respirábamos en nuestra sociedad.

—Muñagorri fue víctima de una campaña de ETA contra Lemoiz.

—AI: Eso es importante entenderlo para ver cómo funcionaba ETA a finales de los setenta. Era un momento en el que se cuestiona, incluso dentro de la izquierda abertzale, el uso de la violencia, lo que llaman “lucha armada”. Los partidarios dentro de ETA de seguir la línea dura necesitan causas que arrastren a la gente. Identifican, por ejemplo, la lucha antinuclear, que era una lucha cívica y pacífica previa, porque la gente olvida que ya se habían frenado tres proyectos de centrales nucleares… A veces, la gente dice: “Gracias a ETA, no hay central nuclear en la costa vizcaína”. Pues no: hubo ya un movimiento civil muy fuerte, con miles de personas que apoyaban esa causa. Y ETA vio una bandera: “La vamos a tomar nosotros y la vamos a imponer. Nada de debates ni asambleas. Esto va a ser de bombazos y de atentados”. Mataron a cinco personas, pusieron bombas como la que hirió a Muñagorri… Hay que entender ese contexto: ETA estaba intentando convertirse en el líder de una lucha revolucionaria.

—Y apartó a sus competidores.

—AI: Acabó aplastando todo tipo de movimientos civiles de resistencia pacífica, que se vieron en el con nosotros o contra nosotros. O estabas contra el “Estado opresor y con Iberduero”, o tenías que aceptar que la única alternativa era poner bombas y disparar.

—Rentería, más que un escenario, es casi un personaje. Ander menciona a un periodista veterano que dice: “Era casi una sección fija del periódico: nacional, internacional, economía, cultura, deportes, el tiempo y Rentería”. ¿Qué carajo pasaba en Rentería?

"En Rentería pasaba lo mismo que en muchos otros sitios, pero multiplicado. Es una ciudad que tiene varias circunstancias"

—AI: En Rentería pasaba lo mismo que en muchos otros sitios, pero multiplicado. Es una ciudad que tiene varias circunstancias. Es una ciudad industrial que creció enormemente con mucha inmigración. Se crearon dos comunidades: los autóctonos vascos y los que iban llegando de otras regiones de España. Eso crea una división social y al final del franquismo hay una crisis industrial muy fuerte: hay mucho paro, hay mucha tensión política, resurge el nacionalismo vasco, resurge el independentismo, actúa ETA, hay una represión policial y terrorismo de Estado, hay mucha tradición de lucha de huelgas, de asambleas…, todos esos ingredientes están ahí.

—Más la heroína.

—AI: Es un sitio de mucha circulación de heroína por el puerto de Pasajes, está cerca la frontera… Todos los ingredientes de la época están concentrados en su máxima potencia en este pueblo.

—¿Cuántas veces escuchó, Ander, el “si te encuentras con una mochila por la calle, no la toques porque te puede explotar como a Alberto Muñagorri”? Que es, por cierto, una frase harto envenenada.

—AI: Para mí, y para muchos niños de los ochenta, Alberto Muñagorri era el nombre de una advertencia. Crecimos con esa percepción del entorno: un sitio en el que había mochilas abandonadas en la calle, te explotaban y te podían alcanzar. Y Alberto Muñagorri funcionó como una advertencia para toda una generación. Todo el mundo recuerda la historia contada mal del niño que le dio una patada. Es como si desviara la responsabilidad, ¿no? Pero con eso crecimos.

"Es algo que me ha molestado durante muchos años. Había mucha gente que me decía: Es que si no le hubieras dado una patada…"

—AM: No le di una patada a la mochila. El recuerdo que tengo de aquel día es el de pasar por el lugar donde estaba aquella mochila, quedarme mirándola y, en ese momento, explotó. Es algo que me ha molestado durante muchos años. Había mucha gente que me decía: “Es que si no le hubieras dado una patada…”. Cuando tenía diez o doce años me callaba, pero cuando tenía una edad en la que me sentía capacitado para responderles, les decía: “Te voy a dar cinco segundos para que reflexiones sobre lo que me estás diciendo”.

—AI: Aunque le hubiera dado la patada, ¿qué?

—AM: Se intentó eludir la responsabilidad de quien fue el causante. Hubo una serie de acontecimientos alrededor de la explosión de aquella mochila por la cual los cuerpos de seguridad del Estado fueron condenados, pero, realmente, el verdadero culpable fue el que colocó la mochila allí. Yo pasé por ahí miles de veces y nada me pasó hasta que alguien puso en una mochila medio kilo de Goma-2.

—AI: Por explicar bien las cosas: primero, tú no se la diste. Es que, encima, le reventó la pierna izquierda: él es diestro. Es una mochila, no una lata de cerveza: darle una patada a una mochila es bastante raro. Y luego, esa mochila estaba puesta desde la noche anterior, programada, muy probablemente, para que explotara a medianoche. Bien porque no explotó en ese momento, bien porque quien la puso la programó mal, esa mochila la movió mucha gente y no le explotó a nadie.

—Sara Berdasco, la madre de Alberto, le instó a no odiar. ¿Cómo se hace eso, dadas sus circunstancias? ¿Consiguió no odiar?

—AM: Cuando estaba en la habitación del hospital, soy consciente de lo que me ha pasado, de las consecuencias físicas que había tenido en mi cuerpo. ¿Cómo se hace? No lo sé. Si se lo preguntaras a ella, creo que no es consciente de cómo lo hizo. No me trasladó mensajes de odio ni de rencor. Lo que me decía envuelto de cariño, de amor y de compasión era que no tenía que odiar y que tenía que ser feliz.

—Ha hecho por los testigos de Jehová más que nadie. ¡Ese tipo de cosas no son humanas!

"Mi madre Sabía que cargarme una mochila cargada de odio me iba a impedir tener una vida normal, ser un niño feliz"

—AM: (Risas) Mi madre tiene una fe increíble. Es una persona muy empática, muy humana, y que sabía lo que le iba a venir bien a su hijo. Sabía que cargarle una mochila cargada de odio le iba a impedir tener una vida normal, ser un niño feliz. Optó por el mensaje que me ha hecho estar aquí y escribir junto a Ander este libro. Ella me lo decía bien claro: lo que había ocurrido no tenía solución, no había marcha atrás, y o me quedaba arrinconado en una esquina, lleno de complejos, odio y rencor, o adaptarme y conseguir todas las cosas que me propusiese. Queda claro que opté por la segunda. Seguramente, no era la más fácil, pero es la que más beneficios y mejor recompensa ha tenido en mi vida.

—Sara es una persona/un personaje fascinante. Cuenta Ander: “Primero tuvo que soportar los problemas con el alcohol y la dejadez de su marido; tras separarse de él, limpió casas mientras criaba ella sola a sus tres hijos; le tocó encargarse del hijo menor destrozado por una bomba y del hijo mayor enganchado a la heroína”.

—AM: Sí, tuvo que asumir ella sola el cuidado de su hijo de diez años, al cual le ha explotado una bomba y le ha destrozado su cuerpo, y, a posteriori, tuvo que ayudar a mi hermano. Mi madre es una superheroína. Yo siempre digo que me parió dos veces (risas). Con eso creo que lo digo todo.

—AI: Alberto es un tipo muy generoso, constructivo y echao p’alante. Este libro no es un relato victimista. El verbo que más utiliza es “aportar”. Se ha reunido en cárceles con miembros arrepentidos de ETA. Ha participado en reuniones con víctimas de ETA, del GAL y torturados. Todo eso, para construir un relato de convivencia en el pueblo. Y todo eso no lo puedo desligar del papel de su madre. Esa valentía y ese coraje le vienen de la fuerza que le dio su madre desde el principio.

—La mochila, en efecto, es un libro exento de victimismo y de pornografía sentimental. ¿Cómo se cuenta, Ander, la depresión de una víctima del terrorismo sin caer en esas tentaciones?

"Hay gente que se avergüenza de sus problemas de salud mental, que no quiere contar una depresión, y Alberto no ha tenido problemas"

—AI: Hay una ventaja: esta persona ha desarrollado su propia reflexión y su discurso. Este libro tuvo un parón de varios años. Pensábamos que el libro se publicaría en el año 19 o 20. Alberto tiene un divorcio y cae en una depresión fuerte. Se da cuenta de que no es sólo por el divorcio, y necesita unos años para reponerse. Cuando Alberto vuelve y retomamos la historia, hace un discurso más reflexivo sobre su pasado y sobre qué le ha llevado a la depresión. Es decir, él me da el proceso masticado: no tengo que hacer de psicólogo, sólo tengo que recoger sus palabras. El mérito es, simplemente, recoger sus palabras. Aparte, la generosidad de querer contar las cosas. Tú puedes decir: “Esta parte no tenemos por qué contarla”. Hay gente que se avergüenza de sus problemas de salud mental, que no quiere contar una depresión, y Alberto no ha tenido problemas. Me parece muy generoso y muy justo.

—Vamos acabando. ¿Por qué creen que nadie investigó nunca la autoría concreta del atentado?

—AM: Yo fui portada en el periódico el 26 y el 27, y el 28, la portada del periódico decía que se había asesinado a tres guardias civiles o algo así. La vorágine de la violencia era tal que no había tiempo para investigar. Es lo que entiendo. Eran los años de plomo: todos los días, prácticamente, había un atentado. Igual se empezó con lo mío, pero a los dos días había otro.

—AI: Creo que una cosa es esa: el Estado estaba desbordado y no daba abasto. Y luego, relacionado con esto, había muy poca sensibilidad con las víctimas. No es sólo que se hiciera una investigación sobre el culpable concreto de este atentado: es que nadie se preocupó por ver qué necesitaba un niño con la pierna amputada con diez años.

—Luego están los que decían: “Oye, que te han dado tantos millones, no te puedes quejar”.

—AM: Sí. “Al que le toca, le toca”. “Qué bien que te has quedado con el dinero que te han dado”. Comentarios que no se pueden entender pero que eran producto de la sociedad de mierda en la que vivíamos.

—AI: Y que esa indemnización vino después de varios años de juicios contra el Estado. La familia de la víctima tenía que pelear en los tribunales porque el Estado tenía muy poca sensibilidad. El Estado discutía las indemnizaciones, la cuantía…, eso era muy duro.

—AM: Hay una idea allí de que a las víctimas se les ha ayudado, se les ha puesto una alfombra roja. En el año 82, eso no era así: cuando se apagaban los focos, las víctimas quedaban olvidadas. Quizá mi foco tardó más en apagarse porque era un niño de diez años de allí, pero si asesinaban a un guardia civil o a un policía, desaparecía tras el funeral.

—Al final del libro, Ander, escribe sobre Gazte Koordinadora Sozialista (GKS). ¿De dónde salen? ¿Es aconsejable no perderles la pista?

"El 99% de la gente que ha conocido a ETA está aliviada. Incluso gente de la izquierda abertzale que la apoyaba"

—AI: A ver, creo que no hay nada parecido a ETA. Decir “ETA está viva” es una frivolidad, se hace un uso partidista de esa afirmación, no es justo y se hace por mala fe o por ignorancia. Por suerte, ETA no existe y la sociedad es muy distinta a cuando existía. Pero tampoco hemos sabido cerrar del todo bien la herida. No hemos sabido dejar claro lo que nunca más debe suceder. El 99% de la gente que ha conocido a ETA está aliviada. Incluso gente de la izquierda abertzale que la apoyaba. Pero gente que no ha conocido esa época, gente joven, puede tener la tentación de romantizar o de dar un discurso épico de la violencia. Hay amagos a los que hay que estar atentos. Y ha habido varios amagos, pequeños y no creo que demasiado preocupantes, pero no hay que perderles la pista. Hay escisiones en la izquierda abertzale. En Rentería apareció una pintada: “Bildu, siervo de España”.

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