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Angustias de la identidad 

Habrá de tener cuidado el lector con el comienzo de El rinoceronte y el poeta. Ahí se cuenta cómo arribó al puerto de Lisboa en 1515 un rinoceronte que le enviaban desde la India al rey Manuel I. Se refiere también la expectación que causó tan exótico animal, las sugestiones legendarias que llevaron a Durero a dibujar de oídas una de sus más enigmáticas estampas y se agrega su triste fin en el mar, cuando era llevado como obsequio para el Papa. Poco después sabremos que también llegó a la corte española de Felipe II un rinoceronte que estuvo vivo hasta 1587.

Estas pintorescas noticias llevan a pensar en arquetipos de la abundante novela histórica reciente, española y extranjera, que privilegia el relato bizantino de seres fabulosos, peripecias intrincadas y costumbrismo exótico. Quien conozca algo anterior de Miguel Barrero no caerá en el equívoco porque sabe que es un escritor serio, dado a una problemática intelectual volcada en una percepción pesimista de la vida que se cuela entre las rendijas de unos libros culturalistas, por ejemplo en el desmenuzamiento de un fin de época que contó en Los últimos días de Michi Panero o en la recuperación de la memoria machadiana que sobrepuso al reportaje autobiográfico Camposanto en Collioure. Con estos antecedentes no cabe pensar que ahora se haya dejado llevar por la gratuidad de cierta novela de consumo para el puro entretenimiento. Así que conviene darle un margen de confianza, disfrutar de esa estampa de época magníficamente reinventada y esperar a ver qué viene, o qué pasa.

"Las paseatas de Espinosa se convierten en oportunos pretextos para divagar sobre una tripleta de asuntos."

Lo cual no tarda si no en saberse sí en intuirse. Lo que suceda será algo grave y se expone a lo largo de una narración sostenida sobre los requisitos de un relato de suspense. Un profesor español, Eduardo Espinosa, gran especialista en Pessoa, ha recibido una perentoria carta de su colega portugués el profesor Gonçalves, máximo experto en el polifacético escritor luso. Tiene que acudir con toda urgencia al domicilio lisboeta de su maestro en erudiciones y filologías para que le transmita un secreto secretísimo. Espinosa se hace sus cábalas, cree que querrá comunicarle el nombramiento como gestor de “los fastos conmemorativos del octogésimo aniversario de la muerte” del mayor (junto a Camoens) autor portugués, lo cual supondría coronar con ansiado y merecido brillo su carrera académica, de poco lustre entre sus compatriotas. Ya se van filtrando, por tanto, algunas notas de un personaje en cuyo corazón late la ilusión, el reconocimiento, la satisfacción de muy íntimas vivencias. Y con los hilos cordiales de un espíritu fino, templado y melancólico se tejerá, en efecto, la madeja de emociones y esperanzas abocadas a una suma decepción que ovilla la novela.

Todo eso va formando el eje principal de una historia que se entretiene en varias cuestiones mientras ocurre el incierto desenlace. Espinosa llega a Lisboa y padece la incongruente demora que su mentor impone a la epifánica entrevista. Mientras, deambula durante un par de días largos, sonámbulo, por la ciudad. Sus paseatas se convierten en oportunos pretextos para divagar sobre una tripleta de asuntos.

El primero de ellos atiende a la historia de Portugal, a momentos e hitos de su pasado, desde la leyenda del Rey Durmiente, don Sebastião, hasta la Revolución de los claveles, que Espinosa, “un viejo revolucionario cansado”, vivió como una esperanzada metáfora del fin de la dictadura franquista. Barrero puntualiza el pasado del país vecino con detallismo historiográfico, incluso con pormenores algo excesivos. No le guía, sin embargo, la finalidad divulgativa que suele aquejar a la novela histórica comercial sino un propósito superior, el de mostrar su idiosincrasia relacionada con una concepción ilusoria, mágica, de la realidad colectiva, nacional. De hecho, ese material informativo se vuelca en presentar una identidad nacional basada en mitos que han marcado el modo de ser portugués desde antaño y que tiene que aferrarse a sus propios mitos por no haber sabido “engendrar una realidad sólida”. La identidad portuguesa se diluye o escamotea en una visión legendaria e ilusoria: “Qué historia tan triste la de Portugal […], siempre fantaseando con destinos mejores que nunca llegan a concretarse porque siempre se ven truncados por algún giro perverso del azar”.

"En cierta medida, el libro es una guía de viajes, válida incluso para turistas, de la ciudad. Barrero muestra un gran entusiasmo lisboeta."

El segundo de esos grandes asuntos pone en el punto de mira a Pessoa. Pero no solo al Pessoa que conocemos por sus estudiosos sino, más que a ese, a un Pessoa ensoñado, visto con los ojos de alguien que se identifica con él, con sus conflictos íntimos, y se considera “una especie de albacea ambulante de su memoria ya difuminada”. Espinosa se convierte en una especie de doble del enigmático escritor en quien toma cuerpo la cuestión de la diversificación individual. No por casualidad es Pessoa el creador del quizás más amplio abanico de heterónimos de las letras occidentales, y quien encarna al máximo esa incertidumbre acerca de la pérdida de referencias en un mundo incomprensible que marcó las letras europeas de hace un siglo. Pessoa y Espinosa forman un tándem que intensifica el gran dilema —ya vamos viendo que es ese— de la novela, la identidad.

El tercer asunto básico de El rinoceronte y el poeta tiene un perfil muy distinto a los anteriores. Aquí se presenta una descripción enamorada de Lisboa. En cierta medida, el libro es una guía de viajes, válida incluso para turistas, de la ciudad. Barrero muestra un gran entusiasmo lisboeta. Con sentimiento del espacio, de sus monumentos y sus lugares típicos, describe el presente y hace imaginarias incursiones en el pasado. Pueden tomarse estos excursos por la capital portuguesa con un valor intrínseco, pero son mucho más. Por una parte refuerzan la línea temática: Espinosa estaba convencido de que la ciudad se parecía mucho a él, “poseía un metabolismo idéntico al de su propia persona”. Por otra, tienen una función narrativa: ofrecen el decorado oportuno para visualizar la itinerancia desalentada de Espinosa mientras se consuma el encuentro con Gonçalves.

El paisaje urbano lisboeta está filtrado por el desasosiego del profesor español, tiene la medida humana que le confiere su peculiar estado, que oscila, en una especie de desvarío esquizofrénico, entre el estupor mental y raptos alternantes de gran excitación y abatimiento. Así se produce el encuentro con su maestro y la epifanía que le aguarda. ¿Y si Pessoa no hubiera existido? ¿Y si Espinosa no tuviera una plena identidad? ¿No será el mundo un gran trampantojo, el reino del engaño y la mentira? ¿De qué valen esfuerzos e ilusiones?

El rinoceronte y el poeta, de Miguel Barrero

En ese contexto se entiende que Espinosa dude de su propia personalidad y que sienta la vida como un sinsentido, un afán vano. Que perciba con dolor la falta de identidad. La revelación no ocurre de manera súbita, viene gestándose desde el comienzo del relato. Camino de Lisboa, el profesor español ya tiene ese pálpito. No sería él, se pregunta, “¿también un rinoceronte expuesto a la curiosidad de los extraños? ¿No eran los suyos unos intereses ajenos al mundo?”. 

"Los fantaseamientos imaginativos que nutren El rinoceronte y el poeta desembocan en un mensaje muy negativo. Es la propia consistencia del mundo lo que la novela cuestiona."
 En otro momento establece con ironía una significativa comparación: “Él también era un rinoceronte” que “acudía a una cita sin saber para qué”. Y aún más: admite representar el papel de animal exótico que viene de otro mundo y se exhibe en éste “para descubrir a los incrédulos que existen latitudes en las que aún se resiste a desaparecer aquello que siempre está condenado a la extensión”. Un mundo en decadencia le aflige asimismo en el inicio del viaje: lo simboliza la ausencia de los “camareros de verdad” de los viejos trenes. Hay como una elegía del tiempo pasado en todo el relato. Y a ello se suma una acuciante impresión del paso del tiempo que marca mediante el desdoblamiento del yo en una segunda persona verbal: “Qué viejo estás, Espinosa […], nos ha pasado la vida y ni tú ni yo nos hemos enterado”.

Los fantaseamientos imaginativos que nutren El rinoceronte y el poeta desembocan en un mensaje muy negativo. Es la propia consistencia del mundo lo que la novela cuestiona. Estamos perdidos en los límites inciertos de la realidad. El fraseo melodioso de Miguel Barrero que engancha al lector con su prosa exacta hace más peligrosa esta visión desesperanzada de la vida. La mirada del autor está impregnada de un existencialismo radical. La morosidad del relato, intencionada aunque algo excesiva, acentúa esa impresión. Paso a paso, sin sosiego, vamos viendo lo poco que somos. Y al final se corrobora que somos poco menos que nada. La novela se adhiere a un sentir existencialista para el que no existe antídoto alguno de idealidad. No se trata, sin embargo, de un existencialismo que responda a un sistema de pensamiento organizado, a una filosofía orgánica, sino que brota de una vivencia nihilista de la vida. Bien podría Miguel Barrero haber puesto al frente de su libro la irrefutable máxima de otro de los grandes de las letras lusas, Eça de Queiroz, en su correspondencia con Fadrique Mendes: “Todos nos que vivemos neste globo formamos uma imensa caravana que marcha confusamente para o Nada”, una “oscura desbandada para a Morte.”

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Autor: Miguel Barrero. TítuloEl rinoceronte y el poetaEditorial: Alianza. VentaAmazonFnac y Casa el libro