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Animales invisibles, de Gabi Martínez y Jordi Serrallonga

Animales invisibles, de Gabi Martínez y Jordi Serrallonga

Animales invisibles es una exploración maravillosamente ilustrada de cincuenta y un especímenes del mundo salvaje, pertenecientes tanto al mundo imaginario como al real. Un viaje fascinante e inédito por el planeta tierra que reflexiona sobre la memoria, el futuro y las posibilidades de creer en lo que no se ve.

Zenda reproduce la introducción de Viggo Mortensen a este libro, coeditado por Nórdica y Capitán Swing.

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Animales invisibles, de la mano del escritor y viajero Gabi Martínez, y del arqueólogo, naturalista y explorador Jordi Serrallonga, con las ilustraciones de la artista Joana Santamans, describe tanto a animales extintos a los cuales ya no podemos observar, como a aquellos animales vivos que no vemos o que son muy difíciles de avistar debido a su forma de vida y la acción perjudicial de nosotros, los seres humanos, sobre ellos y sus ecosistemas.

Este libro expone conceptos y datos académicos relacionados con las ciencias naturales con un lenguaje asequible para el lector que no sea especialista. Tiene una vertiente naturalista y literaria, siendo un catálogo de lo que hubo y pudo haber, de lo que pueda existir y desearíamos descubrir.

Yo no soy científico, aunque desde mi infancia siempre me han interesado el mundo natural y la asombrosa diversidad de flora y fauna en nuestro planeta. Con los textos y las hermosas ilustraciones de este libro he pasado muy buenos ratos aprendiendo sobre lo que se puede constatar, y soñando con lo que se puede imaginar. Me ha hecho pensar en lo mucho que quiero saber y deseo ver, y al mismo tiempo aceptar que nunca podré ni necesito verlo todo. En el capítulo dedicado al pájaro picozapato, un hombre que vive a las orillas del lago Alberto en Uganda dice: «Existen muchas cosas que no he visto nunca, pero en las que creo. Sería muy tonto creer que el mundo solo es lo que yo veo». Los autores mismos escriben que «una ciencia sin imaginación es una ciencia sin genio».

Alca gigante, por Joana Santamans.

En 1955 se publicó un libro llamado Tras la pista de animales desconocidos, firmado por el zoólogo franco-belga Bernard Heuvelmans, a quien, junto al zoólogo Ivan T. Sanderson, se le atribuye el término criptozoología. Heuvelmans lo definió como «el estudio de los animales sobre cuya existencia solo poseemos evidencia circunstancial y testimonial, o bien evidencia material considerada insuficiente por la mayoría».

La palabra criptozoología viene del griego: kryptos «oculto», zoon «animal» y logos «estudio». O sea, el estudio de animales ocultos. Aunque Heuvelmans es considerado el padre de la disciplina, él mismo reconoce a Anthonie Cornelis Oudemans, quien en 1892 investigó el mito de la gran serpiente marina, como pionero en la materia. Desde la publicación del libro de Heuvelmans nos han llegado varios ensayos y libros vinculados a la criptozoología. También existen muchas páginas de internet elaboradas por aficionados al tema. Aunque, en ocasiones excepcionales, la criptozoología siga cierta línea académica —satisfaciendo a su manera el interés público en relatos fantásticos que vienen alimentando la ciencia ficción desde los tiempos de Julio Verne— se puede decir que es una disciplina pseudocientífica: se centra exclusivamente en animales misteriosos o míticos que algunas personas creen, sin pruebas contundentes, que podrían existir.

Animales invisibles también describe a algunas criaturas que existen en el imaginario. Sin embargo, aunque contempla la importancia que las herencias y leyendas estrictamente mitológicas tienen para los seres humanos, su enfoque principal es científico. Los zoólogos descubren nuevas especies cada año, y presentan las pruebas de sus hallazgos, mientras los criptozoólogos nunca han comprobado la existencia de un solo «críptido».

Megalodón, por Joana Santamans.

La impresión que tengo de los criptozoólogos es que, por fascinantes que sean sus conjeturas, generalmente intentan utilizar ciertos descubrimientos de la zoología y la paleontología aleatoriamente, a veces mezclando datos inconexos, juntando artificialmente los restos de diversos animales para crear las características de supuestos «críptidos», animales sin duda imposibles. Cuando hacen esto, descartando la investigación precisa y el método científico, se parecen al que trata de construir un puzle demasiado rápido, a la fuerza, juntando piezas que en realidad no encajan del todo bien. En cambio, los científicos rigurosos observan e intentan construir puzles con paciencia y a base de datos empíricos, dando por buena la colocación de una nueva pieza solo cuando encaja naturalmente, sin forzar.

Eso sí, para rastrear lo invisible es necesario imaginar lo que parece ser improbable, y si alguien busca con la mente abierta, como hacen Martínez y Serrallonga, algo encontrará. De este libro he aprendido, por ejemplo, que Michel Peissel buscó sin éxito al legendario simio gigante bípedo llamado Yeti en el Tíbet, pero su premio inesperado fue el descubrimiento de una nueva raza de caballos —apodados «caballos del Yeti»— en el antiguo reino de Nangchieng. A mi entender, soñar no impide ni el conocimiento ni la especulación informada. Al contrario: soñar es imprescindible para el buen explorador y académico.

La lectura de Animales invisibles es muy entretenida, pero también nos sirve de aviso —sin un ápice de panfletismo— sobre las consecuencias de nuestra continuada intrusión en el mundo natural. Nos enseña que es importante aceptar que algunos animales tienen muy buenos motivos para esconderse de nosotros. A propósito de las diferentes especies y subespecies de gorila que están en grave peligro de extinción, pero que aún pueblan la foresta de África, Martínez y Serrallonga dicen: «Su respetuosa mirada, sean de costa, río, llanura o montaña, jamás será directa, siempre de reojo. Aprendamos a observarlos, no a destruirlos ». Como cuentan los autores, las alteraciones del medio natural por los seres humanos desde el Neolítico han causado la desaparición de muchísimos animales.

Gacela de Yemen, por Joana Santamans.

Los exploradores científicos nos ayudan a visualizar, por medio del estudio de fósiles y otras herramientas de las ciencias naturales, seres singulares que nunca podremos observar. Con Animales invisibles acompañamos a los autores a los rincones más remotos y exóticos del planeta —desde la absoluta oscuridad de los mares más profundos al techo del mundo en el Himalaya, desde selvas impenetrables a la vastedad de desiertos inhóspitos—. Lo que me llevo de este libro, sobre todo, es la importancia del viaje. Llegar al sitio soñado o por fin hallar un animal que siempre ha sido invisible para nosotros es lo de menos. El ejercicio de buscar sin garantías de encontrar lo que deseamos es un fin valioso en sí mismo.

La facilidad con la que nos transmiten su pasión por explorar y aprender de los seres con los que convivimos en este planeta, y sobre los lugares recónditos que habitan, o podrían habitar, puede servirnos de inspiración para vivir de una manera más compasiva y racional, respetando el precario equilibrio de los espacios naturales que compartimos con otros animales. Animales que desean, como nosotros, la libertad para aprovechar a su manera el breve tiempo que les es dado. Para prosperar, convivir, anidar, procrear, alimentar, migrar, y desaparecer cuando y como necesiten. Como bien dijo John C. Sawhill, antiguo presidente de The Nature Conservancy: «Una sociedad se define no solo por lo que crea, sino por lo que se niega a destruir».

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Autores: Gabi Martínez y Jordi Serrallonga. Ilustradora: Joana Santamans. Título: Animales invisibles. Mito, vida y extinción. Editorial: Nórdica Libros y Capitán Swing. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Moa gigante, por Joana Santamans.

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