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Animales mágicos

Nueva entrega de Mi vida por delante, la sección de textos publicados en Instagram por Emili Albi.

Me gustan los flamencos. Me encantan. Me parecen, quizá, las aves más elegantes del mundo. No tienen, es cierto, la magnanimidad del águila, ni la alegría del vuelo de los vencejos o golondrinas, tampoco la sobriedad del mirlo, ni su canto, ni el exotismo de los loros, tucanes o cacatúas, ni tampoco la nobleza del halcón, pero tanto en el cielo como en la tierra me parece la elegancia y la delicadeza animalizada. Siempre me ha parecido un animal mágico, especial. Y hay una característica de estos pájaros que me gusta sobre todas las demás y es el hecho de que el llamativo color de su plumaje no es natural, los flamencos nacen normalmente blancos o grises (incluso marrones) y ese singular tono rosado lo adquieren de los carotenoides de los crustáceos y algas con los que se alimentan. Es algo así como los pollos de corral de color amarillo del Mercadona (alimentados con maíz), pero en literario. El hecho de que no sean así sino que se hagan así me parece admirable. Es como la épica (un punto capitalista y machista) del hombre hecho a sí mismo.

Me gusta porque pienso en su plumaje blanco como un lienzo en el que el alimento pinta, la existencia entera pinta. Y me asombra que esas bandadas rosas tan hermosas dibujadas en el cielo sean debidas, en realidad, a unas gambas que viven sumergidas en el fango. La hermosura va del barro a las corrientes aéreas. Está en todos lados.

Pero si el ave es bella no lo es menos la palabra que usamos para designarla y sus tres (dispares) acepciones.

Flamenco es:

—El natural de Flandes (del neerlandés «flaming»).

—El baile y canto propio de los gitanos, que podría proceder del árabe «felah-mengus» y significa «campesino errante».

—Y el flamenco animal, llamado así porque en su vuelo, a lo lejos, sus plumajes parecen flamas de fuego en el aire.

Decidme que no es bello…

La existencia no es fea.

Solo,

pienso,

hay que saber mirarla.

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Cuando por la noche les leo cuentos a mis hijos, siempre tengo la extraña sensación de que, en realidad, son ellos los que me los cuentan a mí.

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A mi generación no la educaron para la vida, sino que la educaron para soñar. Nuestros padres apenas los probaron, los sueños, y quedaron deslumbrados. Les prendó su calidez inexistente, el encantamiento de su virtualidad, pensaron que lo sucedáneo era un gran presente y nos lo regalaron.

Y nosotros jugamos tanto con ellos que nos fundimos finalmente con los sueños, y la fantasía y la realidad se licuaron y mezclaron hasta que no las pudimos diferenciar.

Por eso creímos que la magia iba a durar para siempre. También nos creímos otras mentiras como el amor.

Pero los sueños son del mismo material que los deseos. Están hechos con ese tejido leve y vaporoso, inconsistente… que se deshace entre los labios.

Como el deseo, que es siempre deseo insatisfecho (¡puto!), los sueños lo son solo cuando no se realizan.

Nuestros padres nos regalaron la virtualidad porque creyeron que era el mejor de los legados, que nos liberaban de la terca realidad, que ensanchaban nuestras vidas, y nosotros seguimos ahondando en ello y llenamos como idiotas de sueños el futuro de nuestros hijos. Y no nos damos cuenta de que también les estamos condenando al dolor.

Estamos suscritos a una cadena de dolor.

Y no podemos hacer nada.

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