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Antonio Praena: tu piel es la de otros

Antonio Praena: tu piel es la de otros

Decir su nombre, esta vez, de poco sirve. Ya está en el título de este texto y basta —por ahora—. Lo importante es el retrato del poeta: multiforme, cambiante… Como esos días que amanece despejado y, a media mañana, sin saber muy bien cómo, una tormenta comienza a amenazar las sombras en cada calle. Como esas tardes en las que hace frío y, al pasar la esquina, ya sobra la chaqueta y se suda y se encogen los ojos para que la luz no los dañe.

Así cada libro: una sorpresa que es mejor no conocer hasta cruzar el umbral del título —Historia de un Alma, Humo verde, Actos de amor…— y zambullirse en la historia, el tono y el perfil que traza en cada uno de ellos.

Porque lo fácil sería escribir su nombre y explicar también que es fraile dominico y en su poesía ha bajado a los bajos suburbios de la droga, del sexo, del lujo y los excesos. Que también ha cantado al amor del hogar y ha llorado algunos poemas de muerte y sangre. Que algunos de sus versos son matrioskas donde una palabra se desdobla y se enrolla en ella misma hasta perder su significado y obtener otro más puro e intangible (“está en la de los otros nuestra muerte, / en ella nos lloramos y lloramos / el llanto de llorarla”). Que desdibuja a Bacon, a Platón y a Aristóteles. Que le ofrece al arte una dignidad nueva, tan inútil como insustituible.

Es mejor poner sobre su nombre un velo que lime su perfil y buscar en los poemas, en los propios libros que son como historias encarnadas de este mundo, del ahora de calles sucias, muerte, temor de Dios y, en el fondo, de esa enorme suerte de existir, de sentir la lluvia repentina y el sol injusto que castiga las miradas.

Como la tristeza que te embarga cuando te despiertas de la siesta y estás solo

No es tristeza, tal vez, cuando se asume. Se trata más bien de un eco de ese sentimiento, al que hay que sumar el miedo a que la pena torne otra vez en algo real, como un cuchillo que ya no tiene filo, pero que puede cortar si se trabaja con fuerza en la piedra de agua.

Acudir tan solo a lo sencillo: el pan candeal abierto en dos sobre la mesa. Tu sobrino, rubio aceite de olivo centenario, recogiendo las migas que quedan sobre el mantel… Eso es todo: ese calor de rutina, el humo familiar. Y también el hueco de la ‘hermana ausente’. El dolor de esa ausencia que ya será para siempre como el tatuaje de un corazón espinado en el pecho, justo sobre donde el órgano real palpita, pese a todo.

PIENSO en las tardes blancas que se fueron.

Mientras vosotros sesteáis en el sillón,

yo pienso en tardes como esta y que se fueron.

 

Y miro entonces a papá-

Pienso en las madrugadas de papá

para regar los álamos azules

del otro lado de El Molino.

 

Papá, que duerme ahora

y sueña con su nieto,

que no ha nacido aún, pero que existe,

que existe tanto que podría

volcar las vidas vuestras con tan solo una patada.

 

Pienso en la fuerza de las cosas invisibles.

Y miro aquí las cosas invisibles: el amor

por el que madrugó papá, por el que sueña

con álamos azules, con su nieto

que crece si lo sueñas. El amor

por el que está soñando ahora y deja un aire

de niño por su frente. El mismo amor

que vuelve a hacerlo niño que en su sueño

ya juega con su nieto entre los álamos

las horas que no tuvo y aún le esperan.

Poemas para mi hermana, publicado en 2007 por Ediciones Rialp, logró el accésit del Premio Adonáis de 2006. El libro es como la caricia de una madre con el corazón herido y ella, solo ella, lo sabe. Sin palabras. Sin explicaciones. Una caricia, desde donde nace la ojera hasta el mentón, que lo dice todo. Y una mirada: estamos juntos, yo te amo por encima de la propia palabra amor, que contiene todos los significados del cariño.

El poeta metamórfico —pronto escribiré su nombre, aunque ya lo saben— escribió este libro como para dolerse. Y lo hace hablándole a una ‘hermana’ a la que aconseja, advierte, indica… aunque hacia el final del libro el lector comprende que ya no está, que ya es vida en otra vida. Por eso Poemas para mi hermana sabe a hogar y recuerdos, por eso la infancia como motor de cada verso.

Añora el escritor otro tiempo, en el que “poco era preciso para ser / felices”. Y le habla letra a letra a ese apéndice de su propia vida al que llama hermana, y que ya no está —aunque los poemas impongan un presente como de espejismo anhelado—.

Es un libro en el que se huele la leña frente a la que su padre debía de asar castañas en invierno, en el que se asume que la familia es esa sombra siempre alerta que define a cada persona, en el que las postales del pasado regresan una y otra vez para dar aliento, para conformar un nuevo presente como piezas de puzle.

El poeta se comprende en su pasado. Hace con él en este racimo de poemas como hace con las propias palabras en sus versos: las descompone, las enfrenta a ellas mismas, las despliega con el objetivo de practicar una vivisección.

Y entonces se mira a él mismo y ya se entiende, define cada parte de su cuerpo: gafas de montura escasa y oscura; una barba casi mínima y que empieza a teñirse con las nieves de Gardel; una voz que imanta las miradas… Y se nombra: Antonio Praena.

DE pronto algo despierta

una punzada oculta en un estrato

dormido de las tripas y recobras

un tiempo en donde nada se ha perdido.

 

Te arde el corazón de inteligencia

y la cabeza es pálpito que ausculta.

 

El resto de tu vida es otra cosa

que sientes como ajena, porque alguien

está jugando en patios encalados

en ese estrato extraño y te arrebata.

 

No es que seamos muchos solamente,

es que vivimos en mil tiempos y aún queremos

hallar en el futuro  lo que ha sido,

buscar en el pasado lo que aguarda.

Retrato a lápiz de un poeta que ya tiene nombre

Antonio Praena. Ya tiene nombre este poeta de verso enigmático y voraz. Y con nombrarlo se define el mundo que va pegado a él: ha nacido en Purullena, Granada, hace más o menos 45 años; se ha ordenado sacerdote y es fraile dominico; enseña Teología en Valencia y en sus cinco libros de poemas funde arte y vida. Él mismo lo ha escrito: “y yo, que soy el aire, del rosado / fulgor de vuestras alas / me mancho día a día hasta ser puro”.

Pero él es más que un fraile, más que un poeta pegado al endecasílabo, más que ganador de premios como el Tiflos de Poesía, el Jaime Gil de Biedma, el accésit del Adonáis: Praena es un hombre que equilibra su piel a la de los otros, capaz de hablar desde lo oscuro para buscar alguna luz, signo de todo.

Míralo ahí: sentado en un aula de la universidad de Murcia. Recitando. Los pantalones de un verde pistacho, la camisa como una cuna de arcoíris que atrapa los versos que se le caen de la boca. Recitando.

Praena lee los versos como reza vísperas. Lo hace con una comunidad de voces en su voz, con el vaivén de una barca humilde a orillas del lago. Lento. Más lento. Te mira desde el arco de sus gafas. Sonríe. Lento. Más lento:

En el tiempo de Planck

(algo así como 10
elevado a menos 43

segundos tras la inmensa

eclosión que dio origen a este cosmos)

ya estaba su aleteo

destinado a extasiar

mi pobre corazón de plata nubla.

 

Cero coma (45 ceros)

un segundo después del gran silencio,

ya estaba en providencia consagrado

el pájaro a cesar en esta tarde

el curso de los tiempos con tan sólo

su vuelo transversal e introducirme

en una dimensión que no me atrevo

a llamar de otra forma

que el tiempo del amor.

Es hipnótico: la cadencia de metrónomo; esa dicción que sube y baja y sube y baja como un salmo; el acierto de los versos, ora dulces, ora duros como la hoja de un puñal; su voz tranquila, a pesar de que algunos de sus versos son el horror, el llanto, el rechinar de dientes.

Antonio Praena forma parte de esa breve estirpe de poetas que engrandece sus versos cuando los lee. Una voz propia para una poesía única, que algunos se han atrevido a calificar de ‘clásico de este tiempo’: la métrica, el tono, el tema… todo al fin está ya escrito, él solo recoge esa herencia y la actualiza, la lleva a este mundo que pisamos, a este tiempo incierto que es el hoy y que él consigue plasmar en poemas que vencen a su propio contexto.

Como en Historia de un alma (Visor, 2017), donde asume la voz de un personaje despiadado, amante del exceso y de los vicios, lleno de todo, pero vacío de todo, del que se sirve para mostrar al lector la miseria de esa vida de ídolos dorados que las almas vamos abrazando a lo largo de nuestra historia: “También yo soy testigo de mi tiempo, / un alma colectiva, tan solo que sin drama. / Todos vosotros estáis muertos / en medio de esta orgía inacabable, / porque nadie os espera / al final de la noche”.

Hay que volar, volar más alto: ser el cielo

La imagen es la siguiente: un gorrión adulto, fuerte, que emprende el vuelo una y otra vez para, unos pocos metros más allá, caer de pronto. Está encerrado dentro de las paredes traslúcidas que forman el cerramiento de la terraza de una cafetería. En alguna ciudad, en algún tiempo. El animal no ha sido privado de su capacidad, pero no alcanza el cielo, por más que mueva las alas.

Esa imagen queda impresa en las 76 páginas de Yo he querido ser grúa muchas veces (Visor, 2013), poemario con el que el poeta granadino logró el XXVI Premio Tiflos de Poesía y que, pese al título, es un libro celeste y humano en el que el arte de los pájaros, verdaderos protagonistas, es la aspiración mística del hombre. Volar, aunque atrapados en esa extraña jaula sin límites que es el cuerpo, que es el mundo, que es la vida. Volar quisiera el lector de la mano de este poeta que recuerda que “poca cosa es una ala. / Por profundas razones / sabemos todos bien / que sin otra no es nada”.

Hay en este libro un intento de cuadratura del círculo que sobrecoge. Los textos son un íntimo alegato del propio ser y del ser el otro que transforma al lector, pues todo modifica al barro del que estamos hechos: el invierno; nuestros muertos; un texto antiguo, pero verdadero; el fútbol; la aventura, un cuadro… Así lo asume: No es necesario comprender, sino observar, sentirse traspasado por la vida propia, por este universo nuestro que, como VIENTO DESNUDO, nos azota en la cara.

Pertenezco a las cosas que no tienen

en este mundo puesta su morada

y en mí todas las cosas de este mundo

respiran: soy el viento. Debería

buscar una respuesta más compleja,

pero esta es la verdad y es la respuesta.

No sé si de otro modo cumpliría

la orden del profeta al encargarme

poner mi casa dentro de los muros

urbanos y a la vez fuera de ellos.

Completamente viento: no he nacido

para decir por qué he nacido,

cuando es tan evidente al verme en carne

y no poderme ver de tan en cueros.

Una luz recorre el escritorio del poeta

¿Cómo escribes, poeta?

Debes de hacerlo en las noches oscuras de silencio.

Los hermanos, dormidos. El convento es una esquirla de hielo que se clava debajo de las uñas.

Ahí estás, con una modesta pila de libros en los que leer versos que lleven a recuerdos. Dúctiles, cuando están, los deformas, los estiras hasta convertirlos en una bola de barro con nombre de memoria.

Trabajas, poeta, tus versos. Imaginamos que la sombra va cediendo el paso a la luz, que el sol lanza un rayo que se amplifica en tu ventana —¿tenéis ventanas en la celda, Antonio?— y alcanza el papel sobre el que escribes. Entonces, se produce: no es un milagro, pero sí un fenómeno que te paraliza, que encoge tu piel y altera el ritmo de tu sangre: allí está el poema.

No es cosa

Nada existe en el claustro. De repente

alza su vuelo la paloma:

nace el aire.

 

No es cosa de entender.

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