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Antrvm Drvidae II: Fvnvs (El funeral)

Antrvm Drvidae II: Fvnvs (El funeral)

Continuación de este texto

¡Llorad, bacantes, sátiros y todos los que tengáis retozón el corazón! Ha muerto el más devoto acólito del santo Baco, el más insigne desbravador de potros, el mejor capador de mulos que haya hollado la negra tierra, la mitad de mi alma: mi compadre Mataburras.

Prudens, Grammaticus en la Academia que flanquea la Vía Heraclea, me dice que este principio se lo he plagiado a un tal Catulo, un bárbaro de Verona, que escribió un poema dedicado a la muerte del gorrión de su amada y que empieza igual que mi epístola:

Lugete, o Veneres Cupidinesque,
et quantum est hominum venustiorum!
Passer mortuus est meae puellae,
passer, deliciae meae puellae,
quem plus illa oculis suis amabat.

¡Qué sabrá el bueno de Prudens por muy buen magíster que dicen que es! A lo primero: va a ser lo mismo llorar la pérdida de un gorrión que la de un jumento como mi amado Mataburras. ¡Quia! No hay color. Comparar los trinos de un gorrioncicho con los rebuznos que soltaba mi compadre cuando íbamos de jarana.

"Asín que ¿cómo iba yo a haber leído al tal Catulo para copiar el inicio de mi treno por mi cofrade?"

A lo segundo: yo soy alfalfabeto. Alfalfabeto me llamaba mi madre, que Caronte tenga bien amarrada en el Tártaro y no la deje volver con los vivos, cuando el ludi magister que intentó desasnarme se le presentó descalabrado, porque yo le había roto un taburete en los lomos. Me había pegado con su palmeta por no saberme el inicio de no sé qué “Pijada”, donde un tal Aquiles, que corría como una liebre, pasaportó a un domador de caballos por culpa de una golfa que le puso los cuernos a un espartano no muy espabilao —Alelao le decían—. “Alfalfabeto”, rebuznaba la que me parió mientras me pegaba con las sandalias. “Que no vales ni para analfabeto. A tu inteligencia hay que alimentarla con alfalfa”.

Asín que ¿cómo iba yo a haber leído al tal Catulo para copiar el inicio de mi treno por mi cofrade?

"Prudens se había ganado cierta fama de excéntrico por haber inventado un pueril juego consistente en meter una pelota de trapo en una canasta de mimbre colgada a considerable altura"

Todo empezó cuando, hace una nundina, se presentó lloroso en mi taberna “El Antro del Druida” el jefe de los esclavos de Mataburras, clamando que la noche anterior su amo no había catado ninguna de las cinco jarras de Bullas con las que se solía merendar. Entre llantos y suspiros nos informó de que esa misma mañana su dueño no se había levantado y ¡había pedido un vaso de agua! Alarmados por la gravedad de la noticia, Alphonsus Ceronensis, Paccus Cerasus y yo, que por entonces dábamos cuenta de un generoso almuerzo, nos apresuramos a tomar el carpentum de Cerasus y nos dirigimos hacia la mansio donde moraba nuestro camarada, a la vera de la vía que llevaba a Eliocroca. De camino paramos a recoger a Pectus Plumbeum: en su mocedad por las huertas que fecunda el no muy lejano Thader ejerció de capamarranos antes de alistarse en las legiones. Seguro que sus conocimientos nos podían ayudar con el mal de Mataburras. A Pectus Plumbeum (Pecho Plomo) los colegas lo llamamos Pepe para abreviar: Pepe Fructi, porque siempre está fardando del tamaño de los frutos que se criaban en el huerto de sus padres. Se nos unió Guillermus, que en su Caesar Augusta natal había sido flamen y pensaba que su experiencia en el sacerdocio podía confortar al doliente.

En el portón que daba acceso a la mansio nos aguardaba Prudens Deitanensis, al cual apodaban Populus Tremula (chopo temblón), tanto por su gallarda apostura —era tan alto como un álamo que se despereza al sol— como por su flexibilidad. Prudens se había ganado cierta fama de excéntrico por haber inventado un pueril juego consistente en meter una pelota de trapo en una canasta de mimbre colgada a considerable altura, en el cual juego, llamado pelota-canasto, descollaba por su habilidad tanto él como uno de sus vástagos. Prudens, con cara de circunstancias, nos quitó las pocas esperanzas que teníamos.

"Del suelo lo recogió su padre para reconocerlo como hijo suyo y lo levantó hacia el cielo presentándolo a los dioses y al mundo. Al colocarlo en tierra al final de su vida cerrábamos el ciclo: de la tierra viniste, a la tierra vuelves"

Mataburras yacía moribundo en su lecho y, como no tenía hijo que heredara su hacienda y fuera el nuevo pater familias, fue hecho pasar Garañón, el burro más amado por el doliente, la niña de sus ojos. Garañón, dejando escapar un lacrimógeno rebuzno, se reclinó sobre la yacija y, poniendo sus descomunales belfos en los de su amo y amigo, recogió con este beso su postrer suspiro y le cerró sus yertos ojos delicadamente. ¡La cruel Parca había cortado el hilo que unía a la vida a Mataburras! Daba escalofríos ver a un tío tan bragado como Alphonsus Ceronensis deshecho en lágrimas, mientras que Prudens y yo nos mesábamos los cabellos en el colmo de la aflicción. Guillermus salmodiaba unos latinajos, a la vez que Cerasus le daba unos tientos a la bota de Barranda, de su finca. “Las penas con tinto entran”, profetizó mientras nos pasaba su néctar.

Cogimos a Mataburras entre cuatro y lo depositamos en la nutricia tierra. Su madre al nacer había hecho lo mismo con él. Del suelo lo recogió su padre para reconocerlo como hijo suyo y lo levantó hacia el cielo presentándolo a los dioses y al mundo. Al colocarlo en tierra al final de su vida cerrábamos el ciclo: de la tierra viniste, a la tierra vuelves.

Lo alzamos y lo pusimos en su yacija. Acudió una esclava con dos jarras de mantellina, un reconfortante brebaje típico de Deitana a base de aguardiente, miel y otros ingredientes secretos, que nos ayudó a recobrar una miaja el ánimo.

Proclamamos la conclamatio, o sea, llamamos por tres veces al difunto y un esclavo vertió en su rostro cera líquida hirviendo, para que, al enfriarse, se retirara con cuidado la capa con un molde fidedigno del rostro de nuestro compañero. Dicho molde fue llevado inmediatamente a un escultor, con la finalidad de que, a partir de él, elaborara una máscara con los rasgos del muerto. Esta máscara pasaría al lararium, que presidía el atrium de la mansio, junto al resto de las imagines maiorum, que representaban las efigies de los antepasados más ilustres de nuestro amigo.

"La noticia de la muerte había corrido por las fincas adyacentes y ya acudían multitudes a dar el pésame y a convidarse: sabían que Garañón honraría a su pater familias como se merecía y todos podrían comer y beber a pajera abierta"

Mientras que las esclavas lavaban el cuerpo con agua caliente, lo ungían y lo vestían con sus mejores galas, nos llevamos al afligido Garañón hasta la cocina, en donde dimos buena cuenta de un par de zaques del mejor tinto. Se nos unió Ferdinandus Barbatus, acarreando dos ánforas de Hecula. Todos alabamos su generosidad y le perdonamos por enésima vez que fuera abstemio. En estas tierras semibárbaras se suele honrar a los muertos echándoles el alboroque, con el que sus más allegados agarran una jumera de órdago. Más grande cuanto mayor es el amor que sentían por el difunto. Garañón le hizo honor trasegando un lebrillo del Jumilla que enloquecía a su dominus y lo hacía relinchar de placer, uniéndose a su burro en una serenata de relinchos y rebuznos que daba gloria escuchar.

Los sirvientes de la mansio, al día de la enorme aflicción que nos había causado la muerte de su amo y del consecuente alboroque que le íbamos a echar, habían empezado a asar tres cerdos rellenos de liebres, lirones y tordos y encargaron de mi ventorrillo una docena de ánforas de mi mejor morapio. Paccus Cerasus, ayudado por Ceronensis, se puso a freír al ajo cabañil las asaduras de los guarros. La noticia de la muerte había corrido por las fincas adyacentes y ya acudían multitudes a dar el pésame y a convidarse: sabían que Garañón honraría a su pater familias como se merecía y todos podrían comer y beber a pajera abierta.

Reconfortados por el licor báquico, acudimos al atrium, en el cual se había instalado el lectus funebris. Le habían colocado bajo la lengua un par de monedas con las que pagar a Caronte, el espectral barquero que conducía las almas de los muertos a través de la laguna Estigia. Paccus Nemus, experto lucernario en la Academia, había dispuesto sabiamente varias lámparas y candelabros en torno al lectus para realzar la figura del difunto.

Sobre el cadáver habían derramado flores y perfumes. Paccus Cerasus, a quien la melopea lo había puesto filosófico, con voz entrecortada dijo que qué razón tenía el hacedor de palabras al crear el vocablo “cadáver”, que viene de la expresión “caro ad vermes” y significa “carne para los gusanos”. Al “probe” de Mataburras lo iban a devorar los gusanos. Pasó por alto que no les íbamos dar ocasión: iba a ser incinerado. Nemus le quitó la aflicción a su tocayo pasándole la bota de Barranda.

"En todo este tiempo procuramos que nunca faltara una crátera del mejor clarete al lado de la capilla ardiente. La crátera aparecía al menor descuido misteriosamente vacía y, a veces, llena de orines"

Estuvimos velando a nuestro compañero tres noches con sus días, en los cuales trasegamos dieciséis cuadrantales de vino y dimos cuenta de seis puercos. Garañón y Alphonsus se hicieron amigos del alma y ahogaron sus penas rebuznando lúgubres tonadas germánicas. Paccus tañía, endemoniadamente mal, una lira, en tanto que Guillermus salmodiaba trenos y elegías. Iohannes Gaditanus, filósofo, nos daba la tabarra con la teoría de la metempsicosis pitagórica, según la cual el alma de un muerto se reencarnaba en otro cuerpo en el momento de su fallecimiento. Todos coincidimos que, en caso de ser verdad, Mataburras se habría encarnado en un pollino y que llegaría a semental de la mejor yeguada del Imperio. Cuando Gaditanus comenzó a divagar sobre un tal Platón, que tenía espaldas descomunales, le tuvimos que poner un bozal. Le dejamos una abertura para que pudiera beber con una caña.

En todo este tiempo procuramos que nunca faltara una crátera del mejor clarete al lado de la capilla ardiente. La crátera aparecía al menor descuido misteriosamente vacía y, a veces, llena de orines. El mayordomo acusó a un esclavo y ordenó que fuera azotado, aunque gritaba que era inocente.

"Garañón abrió con suavidad los ojos del muerto y lo volvió a besar, mientras que un operario se acercaba con una antorcha para prender fuego a la pira"

Llegó el fatídico día de acompañar a Mataburras hasta la necrópolis, por lo que organizamos el mejor cortejo fúnebre jamás visto por estos lares. Lo encabezaban una docena de músicos —comandados por Philippus y Paccus, los dos churumbeles de Cerasus— tocando cuernos y trompas; los seguían los portadores de antorchas hechas de madera aromática para intentar disimular el olor a muerto; en tercer lugar desfilaba Gaditanus que, cubierto con la máscara que representaba a Mataburras, actuaba como si fuera aquél, pellizcando a todas las mozas resultonas que encontraba a su paso y haciéndonos pasar a cuantas tabernas veía para tomar un par de jarras —igualico, igualico que el difunto—. Tras él iban las plañideras —como supongo que no tendréis ni idea de lo que significa esta palabra ni ganas de acudir al diccionario, os diré que eran mujeres que se alquilaban para llorar en los entierros—, arrancándose los cabellos, cubiertos de ceniza, mientras que daban desgarradores lamentos y alababan al muerto. En último lugar, tras el féretro, íbamos los más allegados y los burros más bellos de su reata. Al llegar al foro, Prudens y Garañón se subieron a una tribuna y desde ella pronunciaron un emotivo discurso fúnebre. Guillermus declamó una oración a Plutón y a Proserpina encomendándoles la sombra del finado.

Arribamos a la necrópolis, situada, como todas, extramuros. Dejamos las parihuelas con el cadáver sobre la fosa que servía de crematorio. Ésta había sido llenada con madera de ciprés, pino y romero para que al arder encubrieran con su aromático humo el olor a carne humana quemada. Garañón abrió con suavidad los ojos del muerto y lo volvió a besar, mientras que un operario se acercaba con una antorcha para prender fuego a la pira. Prudens exclamó: “Llegado es el momento de entregar las cenizas de Mataburras a su columbarium y de que su alma descienda a las regias moradas de Plutón. Dame, pues, esclavo, esa tea para que prenda la hoguera que habrá de incinerar el cuerpo de nuestro amadísimo amigo”. Al oír esto, Mataburras se levantó de su lecho fúnebre y, agarrando una estaca de ciprés, vapuleó al enterrador hasta que soltó la antorcha. Todos, menos sus más íntimos, huyeron como almas perseguidas por las Furias, mientras que nosotros quedamos estupefactos. Mataburras nos recriminó que estuviéramos tan blancos y nos preguntó que qué es lo que nos ocurría. Al darle cuenta de todo lo sucedido, se echó a reír y nos hizo saber que estaba tan cansado después de una épica cogorza que había decidido dormir una semana seguida. Como cada vez que se despertaba, tenía una crátera de vino a su vera, apuraba ésta, echaba una meadita y se ponía a dormitar como un muerto —nunca mejor dicho—. En fin, dado que habíamos acudido a su funeral, no debíamos traicionar la tradición, por lo que nos invitaba a que le echáramos el alboroque. Y se lo volvimos a echar como los dioses mandan.

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