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De pueblo (I): Peñarrubia

Dicen que uno es de donde nace. Otros, que de donde pace. Los terceros, que de donde crece. Rilke y Baudelaire coincidían en que la verdadera patria del hombre era su infancia. Antoine de Saint-Éxupery también la defendió como tierra de todos. Nuestro Miguel Delibes la definió como cuna común, de ahí que el lector se identificara con un personaje infantil, fuera de donde fuera. A Max Aub se le atribuye: “Uno es de donde hace el bachillerato, que es decir que uno es de donde nace conscientemente al mundo, a los sentidos, al amor”.

Leídos todos estos sabios, he de concluir que mi patria son una aldea, Peñarrubia, y un pueblo, Elche de la Sierra, poblaciones albaceteñas enriscadas en la Sierra del Segura, donde este río, a duras penas domado por la presa de la Fuensanta, se desperdiga en un mosaico de cañones, rápidos, caseríos abandonados a la naturaleza, campos de arroz y pozas donde solazarse arrullados por el canto eterno del agua.

Por ende, soy de pueblo. Muy de pueblo, aunque la vida me haya alejado de él. He pasado dos tercios de mis días en ciudades. Una capital me asila, pero sigo sin considerarla mi patria, mi Ítaca en la que recogerme en tiempos de zozobra o de eclosión.

A Peñarrubia me llevaron con tres meses a lomos de una Bultaco. Mi madre me sujetaba con un brazo, mientras que con el otro se aferraba a la cintura de mi padre. Éste, que había empezado a bregar como maestro nacional en las montañas valencianas y alicantinas, obtuvo en esta aldea de apenas 300 almas su primer destino definitivo.

"Protegida a levante por la inmensa peña rojiza que le da nombre, en cuya cima está constatado un importante yacimiento ibero-romano, Peñarrubia me enseñó a soportar inviernos extremos"

Peñarrubia me ofrendó la mejor nación que un niño reservado y apocado, con la cabeza llena de quimeras, pudiera haber soñado. El escenario de mis aventuras fue la explanada que había frente a las escuelas y las casas de los maestros, que mi progenitor adecentó con ayuda de sus alumnos para quitarle las piedras y poner unos largueros que hicieran de portería y convirtieran aquel erial en un campo de fútbol, en el que pudieran “hacer gimnasia” sus pupilos y solazarse los mozos en los escasos ratos de ocio que la dura vida aldeana les permitía.

Peñarrubia me regaló a Diana, una podenca con los ojos verdes más hermosos que jamás he visto. Me adoptó como un cachorro y no me dejaba ni a sol ni sombra. Cuando me acercaba peligrosamente al barranco, me agarraba del pañal y me llevaba a casa, a fin de que mi progenitora me riñera. Conservo alguna foto en la que se me ve sentado con menos de un año en lo alto de la escalera, con la perra tendida delante, protegiéndome del “abismo” de los 3 peldaños, correspondiendo a mis abrazos con sus lametones, sin bajar nunca la guardia.

Protegida a levante por la inmensa peña rojiza que le da nombre, en cuya cima está constatado un importante yacimiento ibero-romano, Peñarrubia me enseñó a soportar inviernos extremos, en los que la nieve nos visitaba, engullidos sin solución de continuidad por primaveras y veranos tórridos.

"La hospitalidad de gentes sencillas como Antonio el de Aurelio y María, que teniendo apenas nada lo daban todo cuando nos invitaban a su casa de Los Cuartos, en la parte más alta de la aldea"

Una de sus principales enseñanzas fue la de respetar y aprender de los ancianos y de las matronas que veían pasar la vida sentados en la “Pareta”, un murete de poco más de un metro de altura que guarnecía la Rambla a lo largo del camino de entrada a la iglesia. Mi flaca memoria apenas retiene el nombre de algunos de esos personajes que tanto alumbraron mis primeros 9 años. Recuerdo con el cariño trufado de nostalgia a Adolfo, el carnicero que una vez a la semana sacrificaba un cerdo o un cordero para alimentar a la menguada población; o a Pistolo, que sentía devoción por mi padre: éste se había arrojado al río para rescatar una oveja que se le había descarriado, oveja que era de sus escasísimas posesiones.

Los vecinos de aquella aldea perdida de la mano de los humanos, pero no de los dioses, gran parte de ellos analfabetos, se convirtieron en maestros de vida. De ellos aprendí por encima de todo la solidaridad, la empatía con el forastero, lo que los griegos llaman filoxenía. Fueron muchas las mujeres que, sabiendo verdad lo que se decía de que “pasas más hambre que un maestro de escuela” y que no había ni dineros ni sitio donde comprar, socorrían a mis progenitores con una bolsa de patatas o cebollas o con algún conejo, liebre o perdiz cazados por sus hombres. Éstos enseñaron a mi padre a cazar y a pescar, con lo que nuestra dieta mejoró en consonancia con sus habilidades cinegéticas o pescadoras, dieta completada con la recolección de hierbas silvestres —esas collejas en tortilla o cocidas con un chorro de aceite y otro de limón…— o de caracoles, cada vez que llovía.

"Cuando, pasadas décadas desde que las circunstancias nos forzaran a abandonar la aldea, leí el poema de Constantino Cavafis Termópilas, sentí que el vate describía y honraba también a las gentes de Peñarrubia"

La hospitalidad de gentes sencillas como Antonio el de Aurelio y María, que, teniendo apenas nada, lo daban todo cuando nos invitaban a su casa de Los Cuartos, en la parte más alta de la aldea. Esas patatas asadas en las pavesas del hogar. Esos chorizos envueltos en papel de estraza tras regarlos en vino y sepultados en las cenizas. Ese guiso de pollo con albóndigas aplastadas que María cocinaba con todo el cariño que su menudo cuerpo cobijaba. Jamás podré olvidar esos sabores ni la bonhomía de nuestros anfitriones ni esos gazpachos que descubrimos en casa de Lozano y cuyo aspecto —carne de caza variada deshuesada, mezclada con una pasta blanquecina— nos tiró al principio para atrás, antes de catarlos y sucumbir a la apoteosis que estallaba en nuestro paladar al saborear la sinfonía de sabores a monte que tan humilde plato encierra.

Cuando, pasadas décadas desde que las circunstancias nos forzaran a abandonar la aldea, leí el poema de Constantino Cavafis Termópilas, sentí que el vate describía y honraba también a las gentes de Peñarrubia.

Honor a aquellos que en sus vidas
se dieron por tarea el defender Termópilas,
que del deber nunca se apartan;
justos y rectos en todas sus acciones,
pero también con piedad y clemencia;
generosos cuando son ricos, y cuando
son pobres, a su vez en lo pequeño generosos,
que ayudan igualmente en lo que pueden;
que siempre dicen la verdad,
aunque sin odio para los que mienten.
Y mayor honor les corresponde
cuando prevén (y muchos prevén)
que Efialtes ha de aparecer al fin,
y que finalmente los medos pasarán.

Mi procreador me enseñó a leer con un juego de cartas que él mismo confeccionó, antes de que fuera a la escuela con doña Olvido, mi primera maestra. A los pocos años pasé al aula de mi padre, en la que nos arracimábamos criaturas desde los 6 a los 14, atendidos todos por turnos unas veces, conjuntamente otras por nuestro Maestro, capaz de repasar con los pequeños la tabla del 7 y de leer con los mayores fragmentos del Lazarillo. Acabados mis deberes, prestaba atención a cómo les explicaba historia o lengua a los grandes y dejaba volar mi imaginación en pos de cides, quijotes, hermanos Machado… Siempre alababa los libros del académico don Fernando Lázaro Carreter: con ellos consiguió dotar a sus pupilos de una más que aceptable base lingüística y, lo que para mí es crucial, de un amor por nuestra lengua y nuestra literatura que me acompañará hasta la tumba.

"Muchos de sus residentes no sabían leer. Segura les leía las cartas de sus hijos emigrados. Pronto me dejó hacerlo a mí: ver los rostros de aquellas gentes iluminarse con las noticias de los suyos fue una experiencia inolvidable"

Era un maestro estricto, de la vieja escuela. Me obligaba a tratarlo de usted y a anteponer el don a su nombre. De usted llamaba a sus estudiantes: “El usted lo merecen todas las personas mayores, tengan los estudios y condición que tengan. Y ustedes, que son mis alumnos. El don se gana con el bachiller. Como don Sansón Carrasco, que debía de ser de los pocos que lo tuvieran en la aldea de don Quijote, que también era bachiller, como se deduce de sus lecturas. A ver cuántos de ustedes se lo ganan con sus estudios. Sus familias se dejan la piel para ello. Sean dignos de ellas”.

Jamás me favoreció. Al contrario: en los años que lo tuve como docente, tanto en la aldea como luego, en el pueblo, fue mucho más exigente conmigo que con el resto de compañeros. Algún pescozón y algún rapapolvo me llevé de él: con el tiempo descubrí que más que para castigar mis posibles faltas —era un alumno apocado y pacífico—, estos gestos eran para protegerme del acoso al que algunos de los estudiantes más díscolos nos sometían a mi hermana y a mí por ser hijos del maestro.

"La misma Peñarrubia estaba desangrándose: eran incontables las familias que habían mandado a sus jóvenes a Benidorm y enclaves similares para que hallaran un futuro que no podía darles su aldea"

Los sábados me subía al Dos Caballos de Segura, el cartero, que regentaba también un colmado en La Teja, aparte de guardar en un almacén unos cuantos ataúdes para los que fueran muriendo. Lo acompañaba a repartir la correspondencia por los caseríos regados por el Tus. Muchos de sus residentes no sabían leer. Segura les leía las cartas de sus hijos emigrados. Pronto me dejó hacerlo a mí: ver los rostros de aquellas gentes iluminarse con las noticias de los suyos, emigrados los más a la costa levantina, aunque también a Bélgica, Francia u Holanda, fue una experiencia inolvidable. Cuando comprobaba que aquellas cartas, cuajadas de faltas ortográficas, eran muy escuetas y apenas daban noticias o no se preocupaban por el estado de los receptores, inventaba algunos párrafos inocentes para colmar las ansias de saber de los suyos de los destinatarios, ancianos los más. Acabada mi lectura, les entregaba la misiva, que besaban antes de meterla en una caja de hojalata y ofrecerle al cartero una copa de zurracapote y un vaso de agua a mí.

Recorriendo aquellas carreteras a ninguna parte, Segura me decía que, al morir aquellos viejos, con ellos morirían también sus cortijadas. La misma Peñarrubia estaba desangrándose: eran incontables las familias que habían mandado a sus jóvenes a Benidorm y enclaves similares para que hallaran un futuro que no podía darles su aldea, donde solo la recolección de esparto, plantas aromáticas para hacer esencias o almendras ofrecía un miserable sustento a los que en ella quedaban.

Veneraba al cartero: cuando se extendió una de esas neuras que asaltan a la humanidad con cierta frecuencia, profetizando un inminente cataclismo que acabaría con el mundo, se fue a la taberna de Braulio, vecina a su tienda, se compró una frasca de vino y se puso a tomársela fumándose un puro: el fin del mundo lo iba a pillar bien bebío y fumao.

Era feliz tomando una simple Mirinda en los bares de Braulio o de Rogelio, una de cuyas hijas se encargaba del único teléfono que había en el caserío, y en cuyo sótano contaba con una “discoteca”, atendida por el abuelo que iba encendiendo y apagando un flexo azul y otro rojo al ritmo de la música.

"Acomplejado por ser un paleto de aldea que se debía medir con estudiantes de la cabeza de municipio, de Hellín o, incluso, de la capital, presenté mi texto. Quedé entre los vencedores"

Recuerdo el momento funesto en el que en la escuela se presentó un inspector para comunicarle al maestro que la clase de los mayores se iba a cerrar: las profecías de Segura se cumplieron. Trasladaban a mi padre al pueblo. Con ello ponía punto final a una etapa en la que había sido feliz en plenitud, aunque la noticia no fue tan dolorosa para mi madre y mi hermana. Trasladarse a vivir a un pueblo de 5.000 habitantes, con algunos escaparates y varias tiendas más, en contraste con la moribunda aldea de menos de 300 vecinos, fue para ellas un cambio para mejor.

Ese último año mi Maestro me animó a participar en un concurso literario organizado por la Diputación. Conocía mi desbordante imaginación, sabía que me había preparado bien gramaticalmente y que me expresaba con cierta solvencia por escrito: “Pruebe, Mínguez. Perder ya ha perdido. Si gana algo, algo que se lleva a sus alforjas. A mí me gusta lo que escribe”. Sus palabras me animaron: acomplejado por ser un paleto de aldea que se debía medir con estudiantes de la cabeza de municipio, de Hellín o, incluso, de la capital, presenté mi texto. Quedé entre los vencedores. Aún conservo alguno de los libros en los que consistía el premio —uno con las Fábulas de Esopo—: mi familia paterna era en su mayoría analfabeta y reverenciaba los escasos libros que atesoraba. Recibir un lote de lecturas como premio nos llenó a todos de orgullo.

"Al reconocernos como descendientes del que también fue su maestro y quien le auguró que llegaría en la vida todo lo lejos que deseara, una luz se prendió en sus pupilas"

Hace cosa de un lustro, mi padre, que debía de empezar a vislumbrar los demonios del alzheimer que ahora poseen su mente, me pidió que lo llevara a Peñarrubia, acompañado de mis dos hijos: quería dejarles de legado su historia. No consintió bajarse del coche: las escuelas, sus escuelas, abandonadas; las casas de los maestros en ruinas; el jardincillo que plantó y mimó con su esposa, con pinos, rosales, lirios y otras flores, agostado; el campo de fútbol que adecentó con sus zagales vuelto a ser un pedregal; la explanada a la que trajo a los artistas de un circo que actuó en el pueblo para que los disfrutaran también los aldeanos y al mismísimo Gobernador para que constatara la dureza de la vida de aquellas gentes e hiciera algo por remediarla, cubierta de piedras y maleza. Todo ello le generó tal congoja que fue incapaz de entrar en el único bar que sobrevive y encontrarse con algunas de las pocas personas que guardaran su memoria. Me pidió que lo llevara hasta el cementerio, en cuya puerta rezó una oración por Antonio, María y los demás seres de inmensa humanidad que enriquecieron su estancia allí.

Este verano mis hijos, que lo escuchan con frecuencia hablarles de sus correrías por la aldea —en la niebla que ocupa su alma siguen vivos aquellos que llevan muertos décadas; declara haber estado esa mañana de vinos o de caza con Joaquinete el del Pantano, Antonio, Lozano o Braulio—, me pidieron volver y hablar con sus gentes para rastrear los recuerdos que atesoraran de sus ancestros.

Partiendo de la Ítaca que mis amigos Ernesto y Pili me han construido en sus casas rurales La Tahona, en Elche de la Sierra, Ernesto y mi compadre Rodrigo nos llevaron en primer lugar a la cima de la Peña y descendimos una gruta a sus pies para descubrir los restos de una galería excavada en la roca, que parece ser un acueducto romano de considerable extensión, cuyo acceso es casi impracticable.

Acabamos la marcha reponiendo fuerzas en La Posada de Peñarrubia, el único local hostelero que sirve de pulmón a la aldea, cuya exquisita cocina atrae a oriundos y foráneos. La regenta Delfín. Al reconocernos como descendientes del que también fue su maestro y quien le auguró que llegaría en la vida todo lo lejos que deseara, una luz se prendió en sus pupilas. Quiso agasajar la figura de su mentor regalándome hasta media docena de botes de la deliciosa mermelada de cerezas que elaboran en su negocio. Recordaba a mi padre como muy goloso y me pidió que se las llevara de su parte, cosa que, en cuanto la maldita pandemia que nos asola lo permita, haré para que, paladeando esta exquisitez, quien me dio vida rememore las gentes por las que se vació durante 9 cursos y sienta que algunas de las semillas que en ellas sembró dieron frutos.

Yo desempolvaré a Kavafis. A los héroes a los que él cantaba en Termópilas les pondré los rostros de Antonio, María, Joaquinete, Braulio, Segura, Eulalia, Pepe, Delfín, Rogelio, Adolfo, Pistolo…

Honor a aquellos que en sus vidas
se dieron por tarea el defender Peñarrubia

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