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Aprende a escribir con… Gonçalo M. Tavares

Aprende a escribir con… Gonçalo M. Tavares

Foto de portada: Alfredo Cunha

El padre de Gonçalo M. Tavares era ingeniero civil y, de vez en cuando, permitía que su hijo le acompañara a alguna de las obras que estaba ejecutando. El futuro escritor siempre se imaginaba que las estructuras que su progenitor proyectaba ascendían majestuosas hacia el cielo, atravesaban la parte más mullida de las nubes y alcanzaban de un modo un tanto sacrílego las sandalias del mismísimo Dios, pero, cuando montaban en el coche e iban hasta el solar destinado al edificio proyectado, lo único que ese chiquillo veía era un agujero de enormes proporciones. Las excavadoras sacaban paletadas de tierra tal que si pretendieran rascar la coronilla del Diablo, y cuando el niño preguntaba por qué los operarios iban hacia abajo cuando lo que tendrían que hacer era ir hacia arriba, el padre respondía que no se puede construir un edificio si no se han fijado primero los cimientos. Ese mismo día —bueno, tal vez no fuera ese mismo día, pero sería hermoso que sí—, aquel chiquillo con aspiraciones literarias decidió que no publicaría nada hasta que no hubiera alcanzado la edad de treinta y un años.

"Tavares tuvo la suficiente inteligencia como para decidir no publicar nada hasta que tuviera la madurez necesaria como para enfrentarse al juicio de los lectore"

Desde los dieciocho hasta los treinta, Gonçalo M. Tavares se dedicó única y exclusivamente a poner sus propios cimientos. Se levantaba cada mañana a las 06,30 AM, se pegaba una ducha y se plantaba en la puerta de una cafetería a la espera de que levantaran la chapa. Cuando el camarero al fin abría el local, aquel joven le daba los buenos días, se sentaba en una mesa y desplegaba todo un arsenal de libros, cuadernos y bolígrafos. Y, durante el resto de la mañana, unas veces hasta las 13,00, otras hasta las 14,00, no hacía otra cosa que leer, escribir y pensar. Los otros clientes lo veían encerrado en sí mismo en aquella esquina del bar, dejándose crecer la barba y madurando un proyecto narrativo que no solo habría de sorprender a la crítica de su país, sino del mundo entero, y ninguno se atrevía a interrumpir lo que ahora mismo Tavares recuerda como un evidente exceso de concentración. De hecho, cuando en la actualidad rememora los doce años que tardó en construir los cimientos sobre los que habría de levantar su obra, se sorprende de que fuera capaz de vivir la literatura con tanta intensidad.

Foto: Alfredo Cunha

Siendo todavía un muchacho, Tavares tuvo la suficiente inteligencia como para decidir no publicar nada hasta que tuviera la madurez necesaria como para enfrentarse al juicio de los lectores. En realidad, muchas de las novelas que todavía hoy está publicando fueron escritas, o cuando menos esbozadas, durante ese periodo de creatividad enloquecida. En aquel tiempo ya intuía que eran buenas, y aun así prefirió guardarlas en un cajón a la espera de haber puesto la última varilla del encofrado que habría de soportar no solo su obra, sino su personalidad entera. Quería entrar en el sistema editorial con un trabajo tan rotundo que nadie pudiera poner en tela de juicio ni una de sus comas, pero también quería hacerlo con una fortaleza emocional tan sólida que le protegiera de esos otros comentarios, los elogios, que pueden ser tan perniciosos como la más cruel de las críticas. Y eso, al menos en su opinión —pero también en la de cualquier persona con un mínimo de sensatez—, solo se consigue habiendo alcanzado los treinta.

"Tavares escribió más de veinte libros durante su periodo de formación, y cuando al fin mostró su trabajo al mundo, la crítica especializada le aplaudió al unísono"

Tavares escribió más de veinte libros durante su periodo de formación, y cuando al fin mostró su trabajo al mundo, la crítica especializada le aplaudió al unísono. Incluso José Saramago se levantó de su butaca, lo señaló con uno de sus dedos ya arrugados y dijo que algún día el tal Tavares ganaría el Nobel. Todavía es pronto para que algo así ocurra, motivo por el cual el autor de obras tan maravillosas como Un hombre: Klaus Klump, Aprender a rezar en la era de la técnica y Jerusalén continúa encerrándose en su despacho por las mañanas y pidiendo a todo el mundo que le dejen tranquilo. Incluso sus padres, cuando están de visita, le pasan notas por debajo de la puerta para no molestarlo. En realidad, la obsesión por el aislamiento creativo de Gonçalo Tavares es tan grande que, durante la infancia de sus hijos, encontró un truco para que respetaran su necesidad de silencio. Les decía, por ejemplo: «‘Si escribo ciento cincuenta páginas en los próximos dos meses, os daré veinte euros a cada uno». Y, claro, los niños se levantaban por la mañana y, tan pronto como sorprendían a su padre en la cocina, le gritaban: «Papi, ¡a trabajar!». Y es que, para conseguir levantar una obra de calidad extrema, no siempre basta con unos cimientos sólidos. También hace falta algún que otro soborno.

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El último libro de Gonçalo M. Tavares es Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest (Nórdica)

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