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Aquí hay luz

I

En el tiempo en que Wu, jefe de la tribu de los Zhou, dio muerte a Zhou, último rey de los Shang, se contaba que un hombre proveniente del valle del Wei, tras haber amasado una gran cantidad de dinero en el comercio del jade y de la seda, adquirió un terreno en un antiguo camino comarcal donde siempre daba el sol, iluminado cada noche por farolillos de papel, y allí puso una tienda donde vendía estatuillas incrustadas de piedras preciosas, filtros amorosos, viejas reliquias que se remontaban al tiempo de la dinastía Xia y zettels en los que se recogían los ruegos y ofrendas, los mantras y las mancias de los antepasados. Pongamos que el vendedor se llamaba Wang. Por la tienda del señor Wang nunca pasaba nadie, así que no tardó mucho en arruinarse, y por ese motivo el señor Wang, su esposa y sus dos hijas acabaron sus días como vagabundos por los bosques cercanos al valle del Wei. Durante las peregrinaciones que la familia hacía de aldea en aldea, viviendo de la bondad de los desconocidos, el señor Wang se encontró con un comerciante al que había tratado a menudo en su época de mayor esplendor. Al verlo así, en aquel estado de proverbial pobreza, el viejo comerciante, compadecido y consternado, le preguntó qué mal le había sobrevenido para acabar de ese modo. El señor Wang le dijo que había invertido todo su dinero en una tiendecita cerca de los bosques, llena de bellezas nunca vistas y donde siempre daba el sol, iluminada cada noche por farolillos de papel. ¿Y cómo es posible, le preguntó el comerciante, que hubiera acabado tan pobre, dueño como era de una tienda así? El señor Wang le dijo: «Porque nunca pasaba nadie por mi tienda, todo el mundo pasaba por otro camino más oscuro, sin bellezas ni sol ni farolillos de papel». Aquello sorprendió mucho al comerciante, que, naturalmente, quiso saber por qué el señor Wang decidió mantener la tienda allí en lugar de llevársela a aquel otro camino por el que pasaba todo el mundo. A lo que el señor Wang respondió: porque allí había luz.

Quiero servirme de este pequeño cuento, que, como sucede con todos los cuentos chinos, puede haber ocurrido o no (y este con mayor razón, porque me lo acabo de inventar), para ilustrar el estado en que se encuentra nuestro contradictorio y abigarrado sector editorial. En 2018, España registró un total de 76.181 nuevos títulos publicados: hablamos, no hay que olvidarlo, de un país en el que se calcula que el 32,8% de la gente no lee absolutamente nada. Entre todos esos no lectores puedo inferir que existe un porcentaje de individuos que no leen por causas no recogidas en el muestreo, desde el analfabetismo a la ceguera, pasando por la dislexia extrema y la narcolepsia producida por el papel impreso. Para el optimista medio, la buena noticia es que la cifra total de no lectores permite deducir la existencia de un amplio porcentaje de videntes (el 67,2%, nada menos) que saca un partido extra a sus ojos entrenando su musculatura sobre las formaciones de la tinta. Al optimista medio le puede parecer una cifra bastante impresionante, para una población de casi 47 millones de habitantes. Pero el número total se reduce mucho si restamos los casi 7 millones y medio de menores de catorce años (no incluidos en la estadística), los lectores esporádicos (limitados casi exclusivamente en sus lecturas a los prospectos médicos, los papeles administrativos y sus mensajes al móvil), y los que sólo leen por obligaciones académicas o profesionales. ¿A cuánto asciende entonces la cifra de lectores habituales? Da igual. Porque cada uno de esos lectores habituales apenas llega a las ocho horas de lectura semanal, y la cantidad de libros leídos al cabo del año por cada uno de ellos sólo supera ligeramente la decena (más o menos, el número de libros que individualmente han adquirido en el mismo plazo de tiempo). Así, frente a las cifras más optimistas nos topamos con la realidad de que existe un amplio número de lectores que no supera el libro leído al mes, en un mercado copado por la llamada literatura de evasión, en un país que publica 76.181 libros en un solo año. Reduzcamos ahora esta cifra un poco más y limitémosla tan sólo a los libros de ficción, poesía y ensayo (27,3%) que fueron publicados en 2018: la cifra asciende a casi 21.000 títulos. Si tenemos en cuenta los libros que un solo lector habitual lee de media al año, y el número total de lectores habituales, ¿no parece haber algo que no cuadra en el sector editorial? ¿No da la impresión de que publicar en España es como poner una tienda donde no pasa nadie, sólo porque allí hay luz?

"Las cifras nos imbuyen la absurda idea de que un mayor número de libros leídos nos hace a todos mejores lectores o individuos más sabios"

He querido recurrir a las cifras para intentar comprender por qué dos de los libros más importantes publicados en el año 2018 han pasado casi completamente desapercibidos excepto para un muy reducido número de críticos y (ojalá me equivoque) también de lectores: me refiero a La ruta del silencio: Viaje por los libros del Tao, de Iñaki Preciado Idoeta, y Los libros del Tao, en su última edición corregida y traducida por el mismo autor y publicados por la siempre exigente y esencial editorial Trotta. Naturalmente, las cifras no lo dicen todo. Las cifras se limitan a ofrecernos algo parecido a un paisaje impresionista en el que los cincuenta o sesenta libros leídos por un solo lector fiel se dispersan en un grupúsculo de lectores ocasionales de unos pocos libros, repartiendo de manera equitativa pero absolutamente injusta (como ocurre con todas las estadísticas) puntitos de visibilidad. Los personajes de las áreas iluminadas, lectores de, cuando menos, un libro por semana, pierden en consistencia mientras los lectores de los espacios de fondo adquieren un relieve con las pinceladas que se les otorga por una necesidad de igualación, hasta crear el espejismo de que unos y otros ocupan el mismo plano. Al final, la sensación es que nos encontramos ante un grupo homogéneo, constituido por lectores de nada menos que un libro al mes, pero la realidad es que, a efectos de dar cuerpo al lector vagamente iluminado, mis libros leídos en el último año han perdido millares de páginas en nombre de la democracia de los números para conformar una serie de libros fantasma, con dimensiones de libro y volumen de libro pero inexistentes más allá de la realidad virtual de las estadísticas, que repartir entre los lectores ocasionales que ocupan los planos de fondo. Recuerdo un relato muy artístico de Philip K. Dick, titulado La máquina preservadora, en el que libros y partituras se convertían en animalitos al ser introducidos en una máquina ideada para conservarlos ante una eventual destrucción. Me pregunto qué libros recordarían todos esos lectores haber leído si hubiera una máquina similar que restituyese en su cerebro los libros producidos a partir de otros libros —verdaderos libros de arena— en virtud del arbitraje estadístico.

Pero, como apuntaba antes, las cifras no lo dicen todo. Las cifras no mencionan el hecho de que una política temeraria incesantemente introducida en el ámbito de la educación y una política suicida del derecho sobre la responsabilidad ha creado varias generaciones de devotos del ocio para las cuales el libro es tabú, a menos que participe de su propia devoción al ocio. Las cifras no mencionan el hecho de que esa política se ha ido perfeccionando hasta esos últimos amagos reformistas en los que se ha buscado eliminar las Humanidades de la formación académica, precisamente a la edad —entre los 14 y los 18 años— en que se está formando el juicio crítico y las relaciones más sólidas y duraderas con la lectura. Las cifras no contemplan la calidad de los libros leídos, ni el hecho de que buena parte de las obras clásicas no se cuenten entre ellos. Y, lo que es más grave, las cifras nos imbuyen la absurda idea de que un mayor número de libros leídos nos hace a todos mejores lectores o individuos más sabios. “Je vais reprendre, pour mes lectures du soir, les Morales de Plutarque. C’est une mine d’erudition et de pensées intarissable. Comme l’on serait savant si l’on connaissait bien seulement cinq à six livres!”, o bien: “Voy a retomar, para mis lecturas de la noche, las Moralia de Plutarco. Es una mina inagotable de pensamiento y erudición. ¡Qué sabios seríamos si conociésemos bien solamente cinco o seis libros!” Esta frase la escribió alguien que no había leído —aunque le hubiera encantado— ni a Proust, ni a Joyce, ni a Nabokov, ni a Scott Fitzgerald, ni a Pessoa, ni a Borges, ni a Kafka. La escribió Flaubert el 17 de febrero de 1853, un jueves, durante la medianoche, a su amante Louise Colet. Entre las Moralia de Plutarco se encuentra, por cierto, el diálogo titulado “Sobre la desaparición de los oráculos” —“la despedida más fascinante y misteriosa del mundo pagano”, en palabras de Roberto Calasso—, donde el cínico Dídimo afirma que “la Providencia de los dioses se va de todas partes llevando en sus bagajes los oráculos”, frase a la que Lamprias responde con una cita de una tragedia perdida de Sófocles —“las cosas de los dioses pueden morir, pero no los dioses”—, y donde en general sobrevuela un sentimiento que muchos siglos más tarde, tras un breve inciso profético en Pascal, recupera Hegel y enfatiza Nietzsche en la parábola del “hombre frenético” que ve “en las iglesias los sepulcros y las tumbas de Dios”, y llega hasta nuestros días encarnado en la forma de un siniestro pensamiento dominante que ha llenado el vacío dejado por el alma dormida y sin cuidado de mera y abyecta ideología. Las pasiones que no tanto tiempo atrás despertaba el arte, nuestro primer juguete hacia la trascendencia, se arrojan ahora sobre ramplonas piezas de narrativa social que el individuo verdaderamente culto (y el verdaderamente sensible) sólo puede mirar con extrañeza, cuando no con inquietud, cuando no con vergüenza.

II

Existen varias maneras de entender el alma. Podemos entenderla como un constructo cultural, que recoge y absorbe las particularidades de un lugar y de un tiempo (“el alma de París”) o que, calculado en términos de la historia del hombre, abarca todo lugar y todo tiempo: nuestra alma, dicho en otras palabras, sería nuestra cultura, dormida cuando nacemos salvo a una elemental identidad local, despertada poco a poco al creciente sueño de lo universal por medio del conocimiento. Podemos entenderla también como un préstamo inmortal que se concede a la materia perecedera —el hun chino, cuyo sinograma incorpora el elemento gui, “espíritu” o “espectro”—, y que se afina hacia una casi inalcanzable perfección a través de las fricciones de esta forja que, en palabras de Keats, es el mundo de los sentidos: hacia ese lugar extraño formado por “aquello que en verdad la vida quiere” intenta conducirnos el pensamiento irracional, que se adentra en los caminos poco transitados, de misteriosos colores, al borde de la cárcel de los hechos. Podemos entenderla, incluso, como una mezcla de ambas cosas: el sueño de ser hombre es un sueño inmortal, nuestras creaciones nos sobreviven en iluminados retazos de fugitiva autoconsciencia que giran en el vacío, los dioses y los mitos que interrogaron nuestras vidas nos sobreviven como una información que ignoramos a qué propósito sirve. Quizá nuestra última identidad, cuando cierre al fin los ojos el último de los humanos, sea la que cada uno de nosotros ha compuesto con su propia historia —tejida a su vez a la historia de todos: lo que ocurrió en la cárcel de los hechos como lo que fue soñado en el borde de los hechos— antes de confundirse en el friso completo de una suerte de hiperuranio platónico, del que un día partimos y al que un día regresaremos. ¿Y eso con qué propósito? ¿El de estar simplemente ahí? ¿El de entonar en el vacío impávido el atormentado cántico de nuestra vibración cuántica? ¿El de aguardar una nueva singularidad y comenzar de nuevo, con todos nuestros diminutos fragmentos, como quien dice, recogidos en su centro, para ser barajados de otra manera?

"¿Qué son los libros importantes? No son, desde luego, los que engrosan las filas de la llamada literatura de evasión"

Lo cierto es que hay algo en nosotros que desafía a la pura contingencia, o bien se ve desafiado por ella. La tensión entre pensar y sentir, entre ser y no ser, ha dado como resultado una extensa filosofía y un extenso arte en cuyo centro estamos cada uno de nosotros, estirados hasta el máximo de nuestra fe en la materia. El sentimiento de trascendencia que anida hasta en el más básico de los seres pensantes, y que aflora ante la irrupción de cualquier vértigo (desde el amor a la muerte), puede ser deflectado hacia el territorio de los ideales sociales en vigor dentro de un paréntesis de tiempo pasajero, pero siempre hay algo misterioso circundando todos esos principios mil veces tuiteados: el origen y el destino de todas las cosas, y nosotros, sobrecogidos por el don de la conciencia, como guardianes de todas ellas. Nacemos, morimos. Llevamos apenas dos siglos y medio tratando de lidiar de igual a igual con el misterio, pero son miles de años los que llevamos puliendo piedrecillas brillantes, plasmando nuestras manos en cavernas oscuras, pintando nuestro retrato aquí abajo, en pergaminos, en lienzos, en papel pautado, desnudos y encorvados alrededor de un fuego que no cesa, mirando el reflejo que forman nuestras obras en la cúpula del cielo.

III

Antes he mencionado los libros importantes, pero ¿qué son los libros importantes? No son, desde luego, los que engrosan las filas de la llamada literatura de evasión, a la que también he aludido: si la verdadera literatura apela e interroga al yo, ¿qué puede ser una literatura que se evade del yo? Por pura economía verbal, yo prefiero considerarla una antiliteratura. Frente a esa tentación enajenante que se manifiesta en las sociedades complejas, los libros importantes son aquellos que nos despiertan al hecho de ser algo más que individuos de mero movimiento, libros que estremecen en nuestro interior aquello que nos fue concedido como un préstamo de la inmortalidad. Suponen el reencuentro con una belleza cuyo trato se nos presenta como una extrañeza, y donde la forma, incluso cuando parece conocida, tiene los efectos de una persistente ebriedad (cuando no una alucinación.) En esta categoría caben tanto Proust como Shakespeare, Mallarmé como Lautréamont, cada uno vibrando a su manera particular, siempre desde ese espacio fantasma más allá de lo obvio, dejándonos al borde como de una premonición: forma en la que se nos revela el Todo que desde la sola razón no puede ser abarcado.

Sucede especialmente con las obras de nuestro pasado más lejano, que surgieron en los lugares al oriente de Europa y de nuestra conciencia: me refiero a los mitos grecolatinos, la literatura bíblica, las fábulas asirias y caldeas, la filosofía china, y en general al fondo del barril de nuestra alma, nuestro hemisferio derecho colectivo. Todavía están ahí, en las piedras talladas y en las tortugas mensajeras de nuestros sueños. Es lo que nos habla cuando algo quiebra el espacio de lo consabido y hace penetrar en nosotros el sentimiento de que nuestro mundo de percepciones es tan inmenso, misterioso y profundo como la invisibilidad que, desde lo fortuito, juega a dibujarse, “ansiosa por servir a tantos dioses” pero ansiosa, también, por mostrarse a nosotros, transitorios mortales.

De entre todas esas aproximaciones al conocimiento, distinguidas por un creciente exotismo, voy a detenerme en la filosofía china, y más concretamente en los libros del Tao, que es de lo que tratan —insisto en decirlo— dos de los libros más importantes publicados el año pasado.

"En realidad el Tao no se trata de una verdadera inacción, sino de una acción nonchalant, indolente"

La filosofía china surge en el seno de una comunidad agraria, que se desarrolla en el valle del río Amarillo, el gran río del norte de China, lejos de las incivilizadas tierras del sur. Todavía el Universo estaba “lleno de dioses”, presentes y activos por todas partes: el “milesio Tales” —uno de los siete sabios, según Hipólito; el primero al que se le concedió tal nombre según la Suda— repetirá esas mismas palabras siete siglos después. Cualquiera que llevase a cabo el acercamiento adecuado podía establecer una relación con los dioses, bajo la tutela de cuatro figuras zoomórficas: el dragón, el fénix, el unicornio y la tortuga. Sin embargo, quien tenía una relación más profunda y misteriosa con todos ellos era el Gran Chamán, mago, profeta y sanador de la tribu. El primer Gran Chamán fue el Emperador Amarillo. Lo siguieron Yao, Shun y Yu, todos ellos pertenecientes a las tribus del río Amarillo.

Aunque sus orígenes se remontan al neolítico, los primeros registros históricos que se conservan de esa religión natural —inscripciones mánticas y oraculares grabadas en huesecillos y caparazones de tortuga (los llamados jiaguwen)— datan del tiempo de la segunda dinastía, los Shang, en la primera mitad del segundo milenio a.C. Bajo los Shang se rendía culto a los antepasados, a los montes y a los ríos, a las tormentas y a los rayos que quebraban el cielo sin llegar a partirlo, pero sobre todo a Shangdi/Tiandi, “emperador de lo alto” o “emperador del Cielo”, en quien se originaba el linaje real. Por medio de un largo proceso de abstracción que se prolongó varios siglos, el “emperador de lo alto” perdió su carácter personal y derivó en las categorías metafísicas del tian, el Cielo alrededor del cual gira el pensamiento confuciano, y el Tao o la Vacuidad, la “hembra misteriosa” cuya voz se dejará escuchar siglos más tarde en el gnosticismo, y que aquí es un susurro paradójico y bufo que, haciendo equilibrios por varias series de fórmulas lapidarias y de contradicciones, consiente en explicar el Universo a la escucha atenta y ensimismada que no se deja burlar.

El Tao gira en torno al principio del wuwei, la no-acción (un equivalente del posterior concepto budista del wu xin, la “no mente”, que introduce en el siglo V el maestro Huiyuan en su Tratado sobre el karma). Pero en realidad no se trata de una verdadera inacción, sino de una acción nonchalant, indolente, en la que se opta por eludir el deseo hacia las “cosas que nacen y desaparecen” y por tanto el sufrimiento que acarrea vivir en pos de su cumplimiento. También reclama evitar las diversas manifestaciones del deseo: la ambición, la codicia, el ansia de riquezas y reconocimiento. Una de las máximas del libro de Lao Zi dice: “Gozar plenamente de la vida se llama desgracia” (frase, por cierto, que recuerda a un pensamiento de Nabokov que aparece en Habla, memoria: “A fin de disfrutar la vida, no tendríamos que disfrutarla demasiado”): este concepto no nos es desconocido en Occidente por su penetración en la filosofía griega, a través de Demócrito, bajo el nombre de “ataraxia”, que apela a un no inquietarnos, a permanecer imperturbables y tranquilos de ánimo, y que para epicúreos, estoicos y escépticos ocupará el centro de su pensamiento filosófico (Diógenes, en su Carta a Meneceo, lo considera un atributo de los dioses, a los que no inquietan los asuntos humanos ni la voluntad de gobernar el universo). Es la apatía de Epicuro y el epoché de Arcesilao, definido por Sexto el Empírico como un “estado de reposo mental, por el cual ni afirmamos ni negamos”, y por el assensus sustinere de Cicerón, la “suspensión del asentimiento” que conduce a la imperturbabilidad. En la versión clásica del Wang Bi, esta imperturbabilidad aparece del siguiente modo:

(…) Sólo yo me tengo indiferente, impasible
cual recién nacido que aún no sabe reír.
Fatigado como quien no tiene adonde ir.
Todo el mundo vive en la abundancia,
sólo yo parezco un menesteroso.
Es mi mente la de un estúpido,
¡un rematado estúpido!
La gente ve todo con claridad,
¡sólo yo vivo en tinieblas!
La gente sabe muy bien distinguir,
¡sólo yo de mi perplejidad no salgo!
Tranquilo como el profundo mar.
Libre como quien no está atado a ningún lugar.
Todos obran con cordura,
sólo yo soy torpe y despreciable.
Sólo yo soy diferente de los demás,

…líneas que terminan apelando a “la Madre que alimenta”, y que no es otra que esa “hembra misteriosa”, presente y discreta en la necesaria debilidad, que es la manifestación primera y última del Tao. Ese tenerse indiferente e impasible es condición esencial del wuwei, y mantenida a lo largo de una vida de intensa devoción nos convierte —siguiendo a los maestros del Sankhyam— como en espectadores de las acciones de alguien con quien, por un mero habitarle desde el nacimiento hasta la muerte, logramos identificarnos. Llegar al fondo de este pensamiento identificante convierte al devoto en el Todo por asimilación del Todo.

Texto raíz del taoísmo es el Tao Te ching. Sus autores son diversos, pero todos ellos están encarnados en la figura de Lao Zi, el Anciano Maestro, personaje legendario en el que se confunden diferentes doctrinas, hechos y autores. Se cuenta que cuando Lao Zi llegaba al final de su vida, peregrinó hasta la puerta en el Oeste donde comenzaba el antiguo camino comercial de los mercaderes escitas, la Ruta de la Seda: allí dictó al guardián de la puerta el Tao Te ching, tras lo cual desapareció. “Nadie sabe”, dice el Shi ji, “dónde terminó su viaje.” El Huahujing afirma que Lao Zi viajó al Oeste para convertir a los bárbaros; también es posible, sin embargo, que Lao Zi acudiera al Oeste —extensión que abarcaba el Imperio Aqueménida y los mundos iranio y griego— para aprender de ellos. No en vano el Tao resuena en Heráclito, en San Juan y en la cosmogonía gnóstica de Valentín tanto como todos ellos resuenan en el Tao.

"Más importante es lo que vamos a encontrar por el camino: en un repecho, como recién elaborados, los primeros soportes de la escritura"

(El Zhuang zi es otro de los libros fundamentales del taoísmo. Pero el Zhuang zi se separa de la forma breve, lapidaria y ensimismada, para acercarse al Tao desde la pura narrativa. Al final de su segundo capítulo se encuentra el célebre sueño de Zhuang zi, o el de la mariposa que se cree Zhuang zi, que a lo largo de los siglos ha aleteado tras la perplejidad del ser consciente y extrañado de su estar.)

Las tres versiones conocidas del Tao Te ching —la descubierta en 1993 en una tumba de Guodian, perteneciente al siglo IV a.C., las dos copias halladas en una tumba de Mawangdui en 1973, que se remontan al siglo II a.C., y la versión clásica de Wang Bi, del siglo III, una de las más tardías junto a la de Heshang Gong y, hasta ahora, la que había circulado en China y el moderno Occidente— son traducidas, cotejadas y anotadas por Iñaki Preciado Idoeta en la obra titulada Los libros del Tao, un trabajo, en cuidadísima edición bilingüe, de impresionante erudición que supera cualquier traducción realizada hasta la fecha (incluidas, por razones obvias, las realizadas a partir de otros idiomas pero también la que hasta ahora podía considerarse referencial, llevada a cabo por Carmelo Elorduy y muy discutida desde el punto de vista interpretativo). Las notas distribuidas a lo largo de la obra, algunas propias del traductor y otras “basadas en filósofos chinos contemporáneos”, permiten al lector ahondar en la comprensión de un texto paradójico que le exige “paralizar sus mecanismos mentales de análisis” y olvidar “el principio de no contradicción”. En pocas palabras, lo que estas eternas reflexiones solicitan de nosotros es, más que una suspensión de la incredulidad, un abrirnos a las posibilidades del mundo en nada diferente a lo que parece reservado a la mirada del poeta. Preciado Idoeta extiende esas reflexiones en un libro aparte, titulado La ruta del silencio, que cabe considerar una obra complementaria, donde el autor recoge sus interpretaciones del mensaje secreto (uno, al menos) que se oculta en los libros del Tao. No es preciso leer este libro para comprender —dentro de lo que esa comprensión es posible— el pensamiento taoísta, puesto que las anotaciones a pie de página presentes en su edición bilingüe son una buena guía para adentrarnos, de un modo completamente individual, en el bosque de las aproximaciones y las conjeturas. Pero el lector difícilmente encontrará una obra más profunda que esta para internarse no ya en la complejidad de una filosofía sino también en la maravillosa historia que discurre hasta ella. Ingrávidas, aéreas, a veces sorprendentemente íntimas, sus páginas se despliegan como un camino entre nubes que comienza en los albores de la Ruta de la Seda, cuando aún era la ruta de los mercaderes escitas —por cuya corriente circulaba el jade que se obtenía al pie de los montes Kunlun y el oro de los orfebres indoeuropeos, que lo labraban con el sobrecogimiento de estar dando forma a un pedazo del sol— y prosigue por la fronda de todas las filosofías y todos los libros, allí donde la voz de Lao Zi parece retumbar. ¿Para dirigirnos a dónde? Inútil cuestión, que sugiere la existencia de algo tan ajeno al pensamiento taoísta como el interés o el deseo. Más importante es lo que vamos a encontrar por el camino: en un repecho, como recién elaborados, los primeros soportes de la escritura, en otro el rastro de los kipus quechuas, más allá una caverna donde Erasmo se detiene a conversar con la más conocida de las alegorías platónicas, y alguna que otra vez delicados vislumbres de física cuántica. Pasajes todos ellos donde el viaje ramifica para permitirnos asomar a recientes y olvidadas aventuras del espíritu, comparables en profundidad y erudición a un clásico del viaje humanista como es El Danubio de Magris, y que se erigen en reflejos de esa “esfera tornasolada” que en uno de los más conocidos relatos de Borges contiene simultáneamente los múltiples aspectos del “inconcebible universo”. Recorremos un largo camino, siguiendo mercaderes, pensadores, ríos. Pero sobre ese camino asistimos, como una revelación, al sinuoso desplegarse de la larga historia de nuestra conciencia. Encontrar es también —o solamente— el dónde.

Para terminar, unas palabras sobre el traductor: Iñaki Preciado Idoeta, doctor en Filosofía, es traductor de clásicos de la literatura y del pensamiento de China, y ha prestado una atención puntual pero no menos dedicada a su literatura moderna. Ha escrito también varios libros de viajes (en puridad son dos las obras que ha dedicado a este género, pero no me equivoco al decir que sus libros ensayísticos, así como sus traducciones, son también viajes: viajes al corazón de la conciencia humana, zarpando desde las estaciones del Oriente), y en 1979 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por la edición que preparó para Alfaguara del libro del Tao. Preciado Idoeta, monje bonpo (forma religiosa que mezcla el budismo iranio y el pensamiento mágico religioso de las tribus primitivas, que dominó el Tíbet hasta la llegada del budismo en el siglo VII, y cuyos seguidores no han sido muy bien tratados por sus vecinos, los dalais lamas y los budistas tibetanos) es el traductor stanislavski por excelencia, y posiblemente nadie como él ha llevado más lejos su labor como “traductor del método”. Buen ejemplo de ello es el relato de sus peregrinaciones que él mismo escribe en La ruta del silencio:

“A partir de 1996, durante diecisiete años, pasé gran parte de mi tiempo peregrinando por la meseta tibetana, y de ellos, los últimos doce visitando y residiendo largas temporadas en monasterios bonpos. En ellos amplié y profundicé mis estudios sobre el budismo Bon, hasta que en un momento creí haber descubierto sus afinidades con las enseñanzas del Anciano Maestro. Al mismo tiempo tuve la sensación, que no la certeza, de haber descifrado el mensaje oculto (o uno de los mensajes ocultos) de los textos del Lao Zi desde esa nueva cara mía. Fue un proceso paulatino, que culminó de forma acelerada el último año de estancia en un monasterio bonpo.”

El traductor peregrino: todo traductor es peregrino, de una lengua, de un mundo de espuma encerrado en una esfera. Pero este traductor peregrino es como asimilado por la obra, y, encarnado en nuestro idioma, nos habla —e ilumina— desde dentro de la esfera.

"No quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en el Tao? ¡No! El Tao está conmigo"

Y ya que me detengo en peregrinaciones y viajes: “El hombre que cuando viaja conserva la misma autoestima que tenía al mirarse cada día en el espejo de su propio dormitorio, o es un auténtico gran hombre o un imbécil redomado. No sé por qué, pero me estoy volviendo muy humilde”. Estas palabras las escribió Flaubert, desde Constantinopla, el 14 de noviembre de 1850, para su amigo Louis Bouilhet, y yo quisiera hacerlas mías para agradecer a Preciado Idoeta el espejo y el viaje que el trabajo y la pasión de toda una vida procurarán a sus lectores: espejo y viaje que son una condición del alma, y que eliminan la disyuntiva flaubertiana entre ser grande o ser idiota para hacer del individuo no menos un “auténtico gran hombre”, desconocido para el mundo — “la máxima fama es carecer de fama”—, que un “imbécil redomado”, cuya imbecilidad consiste en rechazar la servidumbre a las necias palpaciones de una mayoría ciega, tan diferente de aquella otra servidumbre de los personajes de Walser o del Joven en el paisaje de Hofmannsthal, sujetos desbordados por una alegría infantil, en permanente contacto con su alma, que parecen seguir desde la pura intuición uno de los principios esenciales del Tao: “Mengua día a día; mengua y mengua hasta llegar al no-actuar”. ¿Cómo considerar, si no, a ese joven que se encamina a los “desconocidos niños”, dispuesto “sólo a servir su nueva vida”?:

Las flores y su aroma solamente le hablaban
de una hermosura desconocida; y el aire nuevo
muy despacio aspiraba, sin nostalgia:
pues toda su alegría era servir.

Servir como un dejarse acudir por “los seres todos”, pero sin hacerse “señor de ellos”, sino relacionándose con ellos y con el Todo como desde ese limbo que se extiende entre el despertar y el sueño. O, como diría el joven Von Gunten: “Somos humildes, humildes hasta la indignidad… No quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en el Tao? ¡No! El Tao está conmigo. ¿Qué necesidad tengo de pensar en él? El Tao está con aquellos que no piensan.” (Y, cuando piensan, en verdad sueñan como que piensan.)

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Autor: Iñaki Preciado Idoeta. Título: La ruta del silencio: Viaje por los libros del Tao. Editorial: Trotta. Venta: Amazon

Autor: Lao Zi. Título: Los libros del Tao. Tao Te Ching. Edición bilingüe a cargo de Iñaki Preciado Idoeta. Editorial: Trotta. Venta: Amazon

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