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Arquitectura Daimónica

Arquitectura Daimónica

Hueco de escalera del Goetheanum II de Rudolf Steiner. Dornach, Suiza

En 1867, a los seis años de edad, Rudolf Steiner se encontraba sentado en la estación de tren de Pottschach, cerca de Viena, cuando vio entrar a una mujer luminosa en la sala de espera que se le acercó y se sentó a su lado. Un sentimiento de paz le embargó, y la mujer le dirigió las siguientes palabras: Desde este momento, y a lo largo de tu vida, procura ayudarme tanto como puedas. Poco después se levantó y desapareció. Más tarde supo que una tía lejana suya se había suicidado a la misma hora que aquel espectro apareciera en la estación. No se atrevió a relatar a nadie lo sucedido, pero desde entonces su afán fue comunicarse con los mundos que él llamaba superiores. Proyectó su Goetheanum para que funcionara a modo de laringe cósmica a través de la cual los dioses pudieran comunicarse directamente con la humanidad.

En 1974 Louis Kahn murió de un ataque al corazón en los baños públicos de la estación de Pennsylvania en Nueva York. Estaba solo. Estuvo tres días en la morgue en la sección de cadáveres anónimos no reclamados. Las versiones de por qué no tenía dirección en su pasaporte son contradictorias. No ha quedado constancia de que su espíritu visitara a ningún familiar, tal vez porque no supo elegir a cuál de sus dos familias paralelas, que mantenía sin que ninguna conociese la existencia de la otra, dar su último mensaje.

Contrariamente a Steiner, Kahn buscaba que su arquitectura fuera silenciosa, una arquitectura donde el ser humano, ajeno a los dioses, habitara un espacio de transición entre el silencio y la luz, y ese silencio le acompañó en las horas postreras a su muerte. El silencio retumba aún en las paredes del blanco alicatado de los baños, y el espejo no devolverá ya nunca más la imagen de su rostro quemado y agonizante.

Luz y silencio. Louis Kahn. 1969

Las dos visiones pertenecen a mundos espirituales distintos. Uno en busca del reencuentro con la realidad daimónica perdida y la luz clara fundamental. Y el otro, en busca de dar un significado monumental a la materia entendida como luz extinguida, asumiendo un mundo objetivo y oscuro en ausencia de dioses. Ambos perseguían una realidad esquiva, que muchos otros trataron de convencerles de que pertenecía al pasado. Ambos, uno con fe y otro con anhelo, intuían que esa otra realidad estaba ahí fuera, acechante en espera de una oportunidad.

"Ya sea en la sala de espera de la pequeña estación de Pottschach, en los baños de la Penn Station o en el andén 9 y ¾ de la estación de King's Cross, una realidad oculta llama a las puertas de nuestra percepción"

Las estaciones de tren son espacios liminares, no-lugares, según el antropólogo Marc Augé, propicios a estados de conciencia fronterizos, como el paso entre la vigilia y el sueño, el advenimiento de visiones o la apertura de puertas dimensionales. Físicamente somos conscientes de nuestra posición cartesiana, pero mentalmente nuestro yo se encuentra en otras coordenadas, bien sea en la partida o en el regreso, y esa confusión georreferencial alerta nuestros sentidos y sensibiliza nuestras percepciones.

Es por ello un sitio idóneo para reivindicar esa otra manera de interpretar la arquitectura, no enfocada en la materia y las leyes físicas, sino en lo que sentimos en nuestro interior al habitarla. Es un enfoque que ha quedado proscrito de la historia oficial de la arquitectura, que lucha por silenciarla, pero que recurrentemente consigue reaparecer, adaptándose constantemente a la nueva realidad.

Ya sea en la sala de espera de la pequeña estación de Pottschach, en los baños de la Penn Station o en el andén 9 y ¾ de la estación de King’s Cross, una realidad oculta llama a las puertas de nuestra percepción. Tan sólo hay que dejarla entrar.

Qué sensación tan distinta nos deja la muerte de Louis Kahn de la visión que nos relata William Blake de la muerte de su hermano Robert, cuyo espíritu salió visiblemente de su cuerpo y ascendió a través del techo, dando palmas de alegría.

The Soul hovering over the Body reluctantly parting with Life. William Blake. Ilustración para The Grave, de Blair. 1808

Esa doble visión, capacitada por la obtención del tercer ojo, viene dada por la imaginación. Imaginación entendida como la capacidad de conectar con ese otro reino, habitado por dioses y daimones que interactúan en esos relatos arquetípicos que llamamos «mitos». Hay arquitecturas que invitan a conectar con esa imaginación. Y es la reivindicación de esas arquitecturas el objeto de esta entrada de Zenda.

ηθος ανθρωπω δαιμων 

Ethos anthropos daimon

El hombre, en la medida en que es hombre, mora en la proximidad de dios.

Así traduce Heidegger el fragmento 119 de Heráclito. La Arquitectura daimónica es la arquitectura habitada por daimones, en su más amplia acepción del término, es decir, dioses primitivos, mitológicos, genius loci, musas, ninfas y demás genios asociados a la naturaleza de un lugar, almas de difuntos, sentimientos que logran independizarse de los hombres, esa voz interior que nos habla sin que la llamemos o cualquier otro ser que sirva de intermediación entre los hombres y los dioses, bien sean ángeles o demonios, energías panteístas o planetarias tipo new age.

"Daimones que surgirán como seres intermedios, que no pertenecen estrictamente a la naturaleza divina, pero tampoco a la naturaleza humana"

Daimones que surgirán como seres intermedios, que no pertenecen estrictamente a la naturaleza divina, pero tampoco a la naturaleza humana. Estando inseparablemente vinculados con los muros de las arquitecturas que habitan, unas veces se nos mostrarán como seres esquivos y escurridizos y otras como una presencia descomunal. Pero siempre con carácter liminar entre dos mundos poderosos, entendiendo el poder como una fuerza intrínseca de la propia arquitectura, que se ejerce sobre sus habitantes y de consecuencias no siempre nefastas, sino sobre todo beneficiosas.

Son algo cotidiano, que la ciencia ha relegado a fantasías, sin pararse a analizar cómo energías dispersas se acumulan en determinados lugares y cómo interactúan con sus moradores, propiciándoles reconfortantes acogidas o causándoles, en algunos casos, terror.

Para Rudolf Steiner el daimon era ajeno y personal.

Entre yo y el Espíritu del Universo, algo se interpone que llega más allá de mí,
pero todavía no es lo mismo que la divinidad. Ese algo es mi daimon.

Y sólo los iniciados son capaces de distinguirlos…

En la actualidad nadie cree en ellos, pero el hecho cierto es que tampoco nadie duda de su existencia.

Vista exterior y Planta del Goetheanum II, 1923-1928, sobre esquema del Goetheanum I, 1913-1919. Rudolph Steiner. Dornach. Suiza.

 

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