Cuando distinguen al escritor Augusto Monterroso como el autor de uno de los cuentos más cortos jamás escritos (El dinosaurio: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí»), injustamente se olvidan de que también es el autor de un relato con uno de los títulos más largos jamás escritos (Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico).
Sí, grande a pesar de no sobrepasar el metro sesenta de altura y de que sus conocidos lo llamaran Tito, que (imagino) no sería sino el hipocorístico nacido del inevitable “Augustito” familiar. Con estos antecedentes, la brevedad de sus creaciones literarias podría parecer en él algo consustancial (casi una condición fisiológica) y un destino manifiesto.
Antes de seguir quiero aclarar que los párrafos anteriores son, por supuesto, una broma. Que yo sepa, nadie ha tildado de vago a Monterroso ni lo ha difamado de tal modo que sea necesario redimirlo. Sí me consta que, en vida del escritor, cotejar su estatura con la brevedad de sus relatos era algo habitual. Supongo que referirse a alguien por su altura (sobre todo cuando no supera el metro sesenta) puede resultar hoy políticamente incorrecto, pero he de confesar que reniego de esa broma más por manida y facilona que por genuinos escrúpulos contemporáneos.
No parece que al autor le preocupara mucho el asunto de la estatura. Supongo que, con los años, dejaría de importarle y llegara incluso a fomentar las bromas sobre su corta talla. Eso al menos sostiene en su ensayo Estatura y poesía, en el que refiere de sí mismo: «Con regularidad suelo ser víctima de chanzas sobre mi exigua estatura, cosa que casi me divierte y conforta, porque me da la sensación de que sin ningún esfuerzo estoy contribuyendo, por deficiencia, a la pasajera felicidad de mis desolados amigos». Que el lector decida si el autor es sincero o si las repetidas chanzas, aun asumidas, por reiterativas no terminarían resultándole cansinas y levemente pesadas.
Aunque nacido en Honduras en 1921, pasó parte de su infancia y adolescencia en Guatemala, y él se consideraba guatemalteco («soy, me siento y he sido siempre guatemalteco»). Sin embargo, casi toda su vida vivió exiliado, lo que determinaría buena parte de su trayectoria vital y literaria («finalmente, no soy ciudadano del mundo, sino ciudadano de ninguna parte»). En 1944 abandonó Guatemala debido a la persecución política y se refugió en México. Más tarde, durante el gobierno de Jacobo Árbenz, trabajó en la embajada guatemalteca en ese mismo país. Cuando el Gobierno de los Estados Unidos acabó con el régimen democrático de Árbenz en 1954, se trasladó a Chile (cuyo régimen democrático también sería derrocado años más tarde por los Estados Unidos). Finalmente regresó a México, país en el que se estableció de manera definitiva y donde fallecería en 2003. Se casó tres veces y tuvo dos hijas. En un capítulo de Los buscadores de oro (memorias sobre su infancia y juventud) refiere que la conjunción de dos estampas yuxtapuestas — una, vista desde su ventana, de dos campesinos arando, y otra, en una lámina del Quijote, sobre las bodas de Camacho — determinaron «el camino, en realidad largo y tortuoso pero no necesariamente dramático, por el que el niño arribará […] a dos cosas que serán fundamentales en su vida: la literatura y la toma de partido del débil frente al poderoso».
Monterroso es autor de una obra literaria francamente escueta: una novela corta, tres decenas de cuentos breves o brevísimos, algunos ensayos igualmente concisos, un diario o dietario de lacónicas entradas, una biografía de reducidos capítulos y un puñado de fábulas. Llegados a este punto, ya casi se me agotan los sinónimos de “breve”. ¿Queda claro que, en su obra, breve por antonomasia, lo breve abunda? Diría que sí.
Supuestamente, la brevedad a Monterroso le venía impuesta, no era una opción elegida por él. En un breve ensayo titulado (precisamente) La brevedad afirmaba lo siguiente: «Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos. Largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar; en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto. A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio». A esa fuerza ajena a la que se refiere Monterroso se le llama estilo.
Augusto Monterroso es, sin necesidad de reivindicación alguna, uno de los grandes cuentistas hispanoamericanos y sus relatos constituyen un despliegue de su irónica mirada sobre este mundo sin remedio. La brevedad, al ser un atributo medible, resulta más fácil de promocionar. Sin embargo, donde realmente destaca Monterroso es en su condición de maestro de la ironía más sutil.
La toma de partido del débil frente al todopoderoso y la conciencia de que esta era una batalla perdida quizá fueran las razones que lo predispusieron para la ironía, esa elegante cortesía del escepticismo. La ironía de Monterroso no es maligna ni dañina, ni roza de cerca el sarcasmo o el cinismo. Es una ironía tierna y melancólica, una ironía que parece surgir más de la lucidez y del pesimismo que de la burla, más del desengaño cortés que de la voluntad de ofender. En Monterroso la ironía era algo más que un estilo o un recurso, era una actitud, una manera de percibir el mundo y de gestionar lo que veía.
La mejor forma de apreciar esta delicada ironía es leer sus relatos, pero, para quienes aún no lo hayan hecho, les invito a hacerlo con los siguientes pasajes seleccionados por mí.
En un texto que me interpela directamente, y que creo que agradaría a la influencer María Pombo, titulado “Cómo me deshice de quinientos libros”, refiere, en relación con la acumulación excesiva de libros, lo siguiente: «¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal ya está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que sea un infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad esta de poseer muchos libros».
En un cuento que lleva el irónico título de “Las ilusiones perdidas” se refiere a unos tipos que están planeando asesinar a otro para cobrar del seguro como sigue: «Todos ellos, hombres no sólo imaginativos y dispuestos a aventuras difíciles y arriesgadas, sino llenos de fe en el sistema de libre empresa, que, aunque ya les había dado su primera oportunidad de triunfar y de ser alguien en la vida, no tenía por qué negarles otra […]. En efecto, y para decirlo pronto, su camaradería y trato asiduo con Malloy terminó por inspirarles una idea que consideraron práctica: asegurar la vida de Malloy y matarlo».
La mezcla de ironía y melancolía tan característica de Monterroso se aprecia especialmente en el poema en prosa titulado “Vaca”: «… cuando me senté otra vez silencioso no podían imaginar que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha».
Pues la tristeza es otro de los rasgos que destaca en los cuentos de Monterroso, especialmente en piezas como El concierto u Homenaje a Masoch, en las que la melancolía se entreteje con la ironía para aludir a la fragilidad humana. Precisamente Monterroso, junto a su esposa Bárbara Jacobs, seleccionó una docena de cuentos para la Antología del cuento triste, que —sin perjuicio de su indudable tristeza— reúne un puñado de los mejores relatos jamás escritos. Se la recomiendo.
Tuve la ocasión de ver y escuchar a Monterroso en la presentación de la antología que tuvo lugar en la Casa de América, en el Palacio de Linares, hace ya muchos años. Allí pude constatar no solo su estatura, sino también su timidez. Si la memoria no me falla, en la presentación participaron también Bárbara Jacobs, el escritor Juan José Millás y el escritor y cineasta Gonzalo Suárez. Cuando le tocó intervenir a Monterroso, se limitó a leer una conferencia que llevaba escrita (creo que era uno de los ensayos incluido en su libro Vacas) con una voz tenue y sin levantar la vista del pliego. Yo esperaba escucharle de viva voz alguna perla de su fina ironía, pero no fue el caso, por lo que no puedo negar que saliera algo decepcionado.
Lo que en ningún caso decepciona es su literatura, eso lo saben bien los que lo han leído. Pero, para aquellos venturosos que todavía no lo han hecho, les recomiendo para empezar (por si las moscas) el librito Movimiento perpetuo, una miscelánea exquisita de distintos géneros, donde abunda, cómo no, la brevedad, la ironía y la tristeza.
Alargar innecesariamente este artículo sobre Monterroso sería faltar a su legado. No se pierdan su obra, porque (si no lo digo, reviento) lo bueno, si breve, dos veces bueno. Mil perdones, lo bien traído del aforismo de Baltasar Gracián pudo, al final, más que yo.


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