Inicio > Historia > Historia de Grecia > Ausencias: Penélope (IV)
Ausencias: Penélope (IV)

Odio las despedidas, una vida larga está plagada de ausencias, unas pesan más que otras, pero cuando la soledad acecha, se agolpan a las puertas de los pensamientos clamando tristeza. Abandoné a mi familia demasiado joven, me mudé a esta isla lejos del continente y de todo lo que conocía. De ellos y de lo que pasa al otro lado del horizonte solo me llegan las noticias de los marineros que recalan en estas costas y que cada vez son menos. Por ello me enteré de la muerte de mi padre y de la locura de mi madre. Y por los cantos que saltan de boca a boca, viajan de palacio a palacio y son acompasados por los dedos que rasguean las cerdas de la cítara conocí el final de una guerra allende los mares. Supe cómo mi marido había sido el artífice de la toma de la ciudad de Ilión y también conocí la vuelta de todos los caudillos que habían luchado allí, en Troya. Y esperé. Esperé a que él volviera, enredada en el telar y en las ausencias: la de aquel amor que me duró unos años hasta que por una indiscreción nos pillaron y ahora también la de mi hijo.

Llueve, y este olor a tierra mojada me revuelve las tripas: llovía el día que renuncié al amor y llovía el día que Telémaco partió de estas costas para buscar a su padre, después de que el rey de los tafios, Méntor, llegara aquí, a Ítaca, para aconsejarle partir y que expulsara de palacio a los extranjeros. A sus 20 años, mi hijo intentó echar a estos hombres que llevan más de diez años diezmando nuestras cosechas, amancebándose con nuestras criadas, riéndose de nuestro Consejo, aplastando a nuestro pueblo y mis ganas de seguir, pero todo fue inútil.

"Fue una noche, una de tantas, de aquellas en las que Glauco, guiado únicamente por una pequeña lámpara y protegido por el abrigo de la noche, se colaba en mis estancias por mi ventana"

La humedad después de la tormenta me envuelve como los brazos de Glauco y vuelvo a ver su rostro insertado en una pica. El justo castigo por haber violentado a una reina que en realidad solo quería amar y ser amada. Unos ojos vacíos que me miraron desde lo alto durante semanas, hasta que la putrefacción, el olor, los pájaros y finalmente los gusanos convirtieron su rostro en un amasijo irreconocible. Fue la manera que tuvieron estos monstruos de apagar aquella llama viva que latía en mi interior.

Fue una noche, una de tantas, de aquellas en las que Glauco, guiado únicamente por una pequeña lámpara y protegido por el abrigo de la noche, se colaba en mis estancias por mi ventana. Fue una noche, otra de tantas, en la que nuestros cuerpos palpitaban al unísono consumidos por una pasión reflejada por las sombras que proyectaba el hogar encendido. Fue una noche, la primera y la última de muchas, en la que la traición se coló por las fisuras de las paredes de mi estancia para llegar a los oídos del dueño de Glauco.

"Las mujeres no podemos sucumbir a las placeres de la carne, se nos quiere puras, aunque la pureza termine por arrasar nuestro propio ser. Me presenté ante un juicio silenciado y a escondidas"

Recuerdo su cuerpo húmedo sobre el mío, recuerdo el ruido, cómo los golpes sordos echaron la puerta abajo, cómo unas manos tiraban de él y nos separaban, las palabras de aquellos hombres: puta, desgraciado. Recuerdo los días posteriores, encerrada en mi estancia y a mi hijo junto a mí. Recuerdo el dolor de la separación, mi corazón rompiéndose en mil pedazos bajo la piel de mi pecho ya ajado por el dolor de la espera y el tiempo. Recuerdo las palabras de consuelo de mi hijo, las palabras de reproche cariñoso de mi suegro. Recuerdo cómo me sentí despojada del poder que había conseguido durante años como gobernadora de la isla. Me rebelé, grité, aporreé las puertas, arañé las paredes, intenté conjurarme con los nobles que, aun siendo mujer, apoyaban mis decisiones. Pero no hubo manera: aquel amor ilícito destruyó mi autoridad de reina. Las mujeres no podemos sucumbir a los placeres de la carne, se nos quiere puras, aunque la pureza termine por arrasar nuestro propio ser. Me presenté ante un juicio silenciado y a escondidas. El escándalo fue grande, pero su repercusión quedó minimizada por mi declaración. Mentí y aún me arrepiento. Lo culpé a él, me hice la inocente, me aproveché de esa debilidad de los hombres, de ese pensamiento masculino de que nosotras las mujeres somos niñas eternamente, lo exploté y me salvé. Salvé mi vida y la posibilidad de seguir esperando a Ulises atada a este telar que me acompaña desde que vivía en casa de mis padres. Pero no creáis que no sufrí. Sufrí una ausencia insoportable y la visión del amor clavada en una pica mientras se consumía.

Pero me vengué, sí, me vengué de aquellos que me traicionaron, de la esclava que dio la voz de alerta al señor de Glauco y del propio señor. A la esclava la asfixié con mis propias manos, nunca nadie supo que había sido de ella. Su cuerpo aún está en el pozo donde la tiré. Para el señor de Glauco tuve que ser más sutil. El veneno fue mi aliado, un veneno que me proporcionó una bruja, un veneno que se revistió de una enfermedad progresiva e incurable. Pequeña venganza aquella para el hueco que quedó en mi corazón tras la muerte de Glauco. Este disgusto acabó con la vida de mi suegro, el que tantas veces me había protegido, y se precipitaron los acontecimientos.

"Tres años en los que tejo de día y destejo lo cosido de noche. Tres años en los que he ocultado la verdad a sabiendas de que si soy descubierta, esta vez perderé incluso la vida"

Los pretendientes que esperaban mi decisión se pusieron nerviosos tras aquel incidente. Pedían mi mano a toda costa, así que ideé una treta. Les pedí un último favor, un favor al que no se pudieran negar. La muerte de mi suegro me dio la oportunidad. Les pedí que me dejaran terminar de tejer un sudario para Laertes antes de tomar por esposo a uno de ellos. Aceptaron.

Y así llevo tres años. Tres años en los que tejo de día y destejo lo cosido de noche. Tres años en los que he ocultado la verdad a sabiendas de que si soy descubierta, esta vez perderé incluso la vida. Pero no quiero, no puedo. Una promesa me ata a la espera. He tenido que renunciar a lo que me unía a la existencia, al amor y ahora a mi hijo, que ha partido en busca de su padre. Y aquí estoy sola, resistiendo como un baluarte inexpugnable, pero que comienza a resquebrajarse. No sé lo que resistiré, pero soy una mujer fuerte, capaz de todo, sobre todo, por él, por mi hijo, que debe ser el que herede esta tierra.

5/5 (22 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios