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Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán

Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán

Un escritor al borde de la jubilación recibe la propuesta de escribir una autobiografía del general Franco. El encargo le parece un sarcasmo. Toda su vida ha sido condicionada, y no para bien, por el dictador, pero el editor aprecia sus cualidades de excelente redactor de libros de divulgación y biografías de personajes célebres. Marcial Pombo, un antifranquista de toda la vida, empieza a escribir como si escribiera Franco, pero, de vez en cuando, ya no puede más y replica al autobiografiado. Es decir, se replica esquizofrénicamente a sí mismo y trata de ofrecer como contrapunto algunas notas de su vida personal durante el franquismo. El resultado: una obra abierta, una novela y él es a la vez escritor y personaje.

Zenda reproduce un fragmento de Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán.

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INTROITO

Nada más decirlo ya estaba arrepentido de haberlo dicho. Ernesto se ha limitado a contestarme con un ¡ah sí! tan convencionalmente desganado que era flagrantemente desganado. Tu padre y yo nos entendíamos sólo con la mirada. He creído que podía conmoverle, como me conmueve a mí, si me esfuerzo, recordar a su padre, Julio Amescua, en sus momentos más propicios, hijo y nieto de editores y ahora padre de editor, en paz descanse Julio, sus partículas de ceniza para siempre mezcladas con el mar de todos sus veranos. De todos los veranos no. Durante la guerra civil no había veraneado en Jávea, Xàbia como se escribe ahora, porque sus padres se lo llevaron casi neonato a Burgos, donde el cabeza de familia aportó su experiencia de editor a las publicaciones del bando franquista. Luego, el joven Julio me había hecho confidencias más de una vez sobre los rubores que pasó en su adolescencia cuando tuvo que asumir el colaboracionismo con el franquismo de parte de su familia, aunque contaba en su haber con un hermano de su madre fusilado por los nacionales después de un sumarísimo de pantomima. Nos encontramos en la universidad a comienzos de los cincuenta. Julio trataba de organizar las primeras células estudiantiles del PCE y en algún momento debí hacerle la confidencia de que mi padre había sido preso político, amigo personal de Bullejos y Azevedo, especialmente de Azevedo, del que se hablaba en casa con la temerosa devoción con la que los vencidos en la guerra civil recuperaban su memoria a oscuras y entre visillos. Mi talante atemorizado, ocultista, nada tenía que ver con la audacia conspiratoria de Julio y aunque más de una vez pensé que conspiraba como un señorito dotado de una cierta conciencia de impunidad, lo cierto es que era el primero a la hora de pegar carteles, tirar octavillas o poner petardos en la universidad los días en que se conmemoraba alguna efeméride del régimen milenario, es decir, casi todos los días.

Por mis orígenes y por la situación de mi familia después de la guerra, que yo llegara a la universidad había sido un milagro y así yo era estadísticamente una de aquellas décimas de uno por mil de universitarios de origen proletario. Empecé el bachillerato tarde, cuando mi padre estabilizó algo su trabajo después de salir de la cárcel y tuve que hacerlo por lo libre en una academia de la calle Goya en la que acabé ganándome algo la vida dando clases a los retrasados, de noche, mientras los domingos cobraba recibos del seguro del entierro de la compañía El Ocaso, como ayudante de la cartera que llevaba mi padre. Hice el examen de estado con los veinte años cumplidos y cuando conseguí llegar a la universidad me matriculé por lo libre en los dos cursos comunes de filosofía y letras, aunque asistí a muchas clases como oyente porque mi jornada de trabajo en la academia empezaba a las siete de la tarde y el cobro de recibos de seguro de entierro lo seguía realizando los domingos en Vallecas, el barrio que la compañía había atribuido a diferentes cobradores entre los que estaba mi padre. Me daba vergüenza comentar tales oficios ante mis compañeros universitarios, la mayor parte chicas y monjas, sobre todo monjas teresianas y algunos curas que necesitaban el título para poder dirigir colegios religiosos «reconocidos», con derecho a examinar por su cuenta a los alumnos. Tal vez por esa mayoría de chicas casaderas, monjas y curas, personalidades como la de Julio Amescua destacaban como una luz deslumbrante. Estoy hablando de una universidad anterior a la ya muy politizada que viví en el último curso (1956-1957), una universidad que salía de los años cuarenta, donde todavía imponían su ley los matones del SEU y peligraba la integridad física incluso de los monárquicos. En cuatro años advertí un cambio de talante inmenso en el comportamiento de las nuevas promociones, menos acobardadas, más decididas, en todo, en los juegos de la política y del amor. Pero cuando Julio me propuso formar parte de la primera célula universitaria del PCE un poco más y me desmayo, con el pecho lleno del hormigón del espanto y la cabeza de los recuerdos de la guerra, pero sobre todo de la posguerra, en torno a la condición vencida de mi padre. Era precisamente él quien me había inculcado el miedo como instrumento de supervivencia, desde su vida cotidiana de topo aunque no lo fuera en el sentido estricto de la palabra, sin otro latiguillo en torno de lo que había sido su historia y nuestra historia que el «… no te metas en política, hijo mío, fíjate en mi caso». Precisamente por fijarme en su caso sentía la política como un desquite al que tenía derecho, aunque yo creo que casi todos los que nos hicimos antifranquistas, independientemente del bando de nuestras familias durante la guerra y la posguerra, tomamos la decisión ante la fealdad moral y estética del régimen, su mediocre y a la vez brutal ridiculez de fascismo enano, su liturgia babeante y diríase etílica, como programada por suboficiales cuarteleros convertidos en escenificadores de aquella fantochada. La mentira de aquel régimen era visual, ante todo visual y en el futuro será imprescindible que los historiadores adjunten a su escritura analítica la imagen de aquellos comediantes sangrientos. Y si le dije que sí a Julio fue por no quedar mal, por no desmerecerle y si saqué de tripas corazón fue por lo mismo, para no quedar por detrás de sus zancadas de conspirador a lo Pimpinela Escarlata. Luego, cuando empecé a conocer a otros comunistas universitarios más jóvenes y no tan heridos por la posguerra como Pradera, Múgica, Muguerza o el tan conocido hoy día Sánchez Dragó, me impresionaba lo espontáneo de su seguridad, precisamente por lo que me había costado a mí sentirla mínimamente. Además eran unos ligones, sobre todo Sánchez Dragó, que consiguió los favores de una muchacha preciosa, rubia, si no recuerdo mal, con los ojos diamantíferos y que se llamaba Luz, como no podría ser de otra manera. Nunca formé parte de aquella élite por las dificultades profesionales que han jalonado mi vida y por un problema vamos a llamarle lingüístico, es decir, yo llegué a la universidad sin un código adecuado para conectar con aquella gente, mayoritariamente procedente de la escasa burguesía ilustrada del país o en cualquier caso no procedían de mi mundo lleno de cascotes de toda clase de destrucciones. En cierto sentido yo me sentía un intruso y quería salir cuanto antes de aquellas aulas para convertirme en un profesional, no en un intelectual. Pero era inevitable que algo me quedara de aquella condición y así durante años contribuí a la urdimbre de la resistencia intelectual del país, en torno de los comisarios culturales del partido, se llamaran Muñoz Suay, Federico Sánchez, José Antonio Bardem o López Salinas. Incluso después de acabada la carrera, de haber intentado hacer oposiciones a catedrático de instituto, de hacer de «negro» en casi todas las editoriales, escasas por otra parte, del Madrid en tránsito de la década de los cincuenta a los sesenta, intenté vincularme a algunos grupos intelectuales que trataban de editar revistas y expresar su pensamiento. Concretamente figuré en el consejo de redacción informal de Cuadernos de Arte y Pensamiento, donde conocí a gente deslumbrante como César Santos Fontenla o un tal Maestro que se lo sabía todo sobre el tránsito de la cantidad a la cualidad y utilizaba frecuentemente a Sartre como punto de referencia, extremo considerado no muy ortodoxo en aquellos años en que tras las posiciones de Sartre ante lo ocurrido en Budapest y Poznan no se sabía muy bien si era un pequeño burgués existencialista o un nexo imprescindible entre el idealismo burgués más avanzado y el pensamiento materialista dialéctico. Maestro recitaba Perspectives de l’homme de Garaudy de memoria y sabía mucho sobre nexos entre las culturas presentes en el siglo xx, en cuanto a Santos Fontenla tenía tal seguridad cinematográfica que en plena Gran Vía, ante un cartel de María Schell, protagonista de Los hermanos Karamazov, se cargó el estilo de interpretación de la austríaca, de la que yo era un auténtico fan. «Los personajes no le crecen, porque se le enquistan dentro». Jamás me había imaginado aquella dulce mujer llena de personajes enquistados. Pero no adelantemos acontecimientos.

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Autor: Manuel Vázquez Montalbán. Título: Autobiografía del general Franco. Editorial: Navona. Venta: Todostuslibros

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