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Aznar contra la literatura (La muerte de la novela bélica)

Aznar contra la literatura (La muerte de la novela bélica)

El 1 de enero de 2002, teniendo este país a José María Aznar como presidente del Gobierno y a Federico Trillo-Figueroa como ministro de Defensa, el ejército español pasó a ser enteramente profesional. El Servicio Militar Obligatorio desapareció tras más de doscientos años de existencia y se llevó consigo toda posibilidad de una literatura bélica de calidad. Hoy los escritores españoles menores de cuarenta años desconocen los rudimentos básicos del universo castrense, lo que dificulta enormemente que alguno de ellos se plantee levantar una ficción que reconstruya, al menos con cierto grado de verosimilitud, cualquiera de las guerras que azotan el mundo.

José María Aznar hizo feliz a miles de jóvenes suprimiendo la mili —y, de paso, dio la razón a Miguel de Unamuno, quien ya vaticinó que los españoles dejarían de ser patriotas el día en que se profesionalizara el ejército, del mismo modo que dejaron de ser católicos el día en que la Iglesia se profesionalizó a través de la Inquisición—, pero también defenestró uno de los géneros con más tradición dentro de la Historia de la Literatura. Porque no se puede obviar que la guerra ha sido el motor de arranque de casi todas las narrativas. No en vano los libros fundacionales de muchas culturas —la Epopeya de Gilgamesh, la Iliada o el Antiguo Testamento, por poner sólo tres ejemplos tienen el conflicto armado como eje central de sus argumentos.

"Si continuáramos adelante con el repaso de la Historia de la Literatura Española, encontraríamos muchos otros ejemplos de novelas bélicas, pero la mayoría de ellas presentaría un denominador común: sus autores conocieron la guerra de primera mano."

En el caso español, la cosa es todavía más evidente, ya que gran parte de nuestra tradición no sólo literaria, sino artística, procede de esa misma temática. De hecho, se ha repetido hasta la saciedad que la primera pelea de la que la Humanidad tiene constancia acaeció en Atapuerca, donde hace ya algunos años se localizó el cráneo de un homínido a quien golpearon aposta en algún momento comprendido entre el Paleolítico superior y el Neolítico. Además, las primeras pinturas rupestres de acciones bélicas aparecidas en todo el planeta se encuentran en nuestro Levante (Barranco de la Valltorta y Ares del Maestre, ambas en Castellón). En el plano estrictamente literario, qué duda cabe de que algunas de nuestras obras fundacionales son el Cantar de mio Cid, los libros de caballería (entre los que habría que destacar el Tirant lo Blanc y el Amadís de Gaula) y el Quijote, que, aun siendo una parodia, también habla de un hombre que coge sus armas y sale a repartir mandobles.

Si continuáramos adelante con el repaso de la Historia de la Literatura Española, encontraríamos muchos otros ejemplos de novelas bélicas, pero la mayoría de ellas presentaría un denominador común: sus autores conocieron la guerra de primera mano. Ramon Muntaner, Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, los cronistas de Indias (la Conquista de América generó más sangre que oro), el capitán Alonso de Contreras —que no fue un escritor stricto sensu, pero que dejó un libro de incalculable valor para la comprensión militar de la época—, Lope de Vega, Calderón de la Barca… Son sólo algunos nombres que ponen sobre la mesa la figura de ese escritor-soldado cuya presencia empezó a declinar entrado el siglo XIX, pero que todavía daría algunos bandazos a lo largo del XX, cuando el Desastre del 98, la Guerra del Rif y, sobre todo, la Guerra Civil mandó al frente a algunos muchachos que, con el paso de los años, devendrían en grandes escritores, como ocurrió con aquel Ramón J. Sender que, tras servir en Marruecos, escribió la mejor novela antibelicista de toda nuestra historia: Imán.

La Guerra Civil española marcó un punto de inflexión en nuestras letras. Hasta entonces, la literatura bélica se había caracterizado por el enaltecimiento de conceptos hoy en desuso como puedan ser los de virilidad, honor y gallardía. Es más, si repasamos la bibliografía de nuestro escritor realista de referencia, Benito Pérez-Galdós, descubrimos que las recreaciones de las batallas presentes en sus Episodios nacionales guardan más relación con la elegancia de las novelas bélicas de Fiódor Dostoievski o León Tolstoi —siempre interesados en destacar la nobleza de los combatientes— que con la escatología presente en los autores que vivieron la I Guerra Mundial, como Gabriel Chevallier o Dalton Trumbo —siempre dispuestos a demostrar que el campo de batalla no sólo no ennoblece al hombre, sino que lo degrada hasta cotas inimaginables—.

"Este alejamiento de la literatura estrictamente bélica o, mejor dicho, este desplazamiento de la guerra hacia el terreno de lo social o lo político ha marcado la línea desde entonces."

Sin embargo, este cambio de paradigma en la literatura bélica del siglo XX —del honor a la perdición— no afectó del mismo modo a la narrativa española. Aquí, tras el estallido de la Guerra Civil, los escritores prefirieron reflejar no tanto las experiencias vividas por los combatientes como el sufrimiento soportado por la sociedad civil durante y después del fratricidio. Así, los grandes autores que abordaron la guerra (Mercè Rodoreda, Max Aub, Joan Sales, Arturo Barea, Manuel Chaves Nogales y tantísimos otros) lo hicieron antes desde una perspectiva social o política que desde una puramente bélica, marcando un camino que ya nunca se habría de abandonar. Y tanto fue así que, si atendemos a los narradores que han escrito sobre ese mismo conflicto ya con la perspectiva del tiempo (desde Juan Iturralde o Juan Benet hasta Almudena Grandes, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón), reparamos en que se han fijado antes en las consecuencias morales de la Guerra Civil que en el enfrentamiento armado en sí.

Este alejamiento de la literatura estrictamente bélica o, mejor dicho, este desplazamiento de la guerra hacia el terreno de lo social o lo político ha marcado la línea desde entonces. De ahí que se pueda afirmar que, salvo excepciones como las de Arturo Pérez-Reverte o Lorenzo Silva, ya no haya nadie que defienda el género en su sentido más purista. Y todavía lo habrá menos en el futuro, dado que los conocimientos militares de las nuevas generaciones son, cuando no nulos, sumamente escasos. Si nos fijamos en las guerras en las que ha intervenido últimamente el ejército español, como puedan ser la de Irak y Afganistán, descubrimos una repercusión mínima en nuestra literatura, y sólo se pueden citar cuatro o cinco títulos que se salven de la quema.

"Y así es como la gente acaba viviendo al margen de la realidad. No hay un solo soldado español que no haya manifestado su pasmo ante la actitud de indiferencia que se percibe en la sociedad respecto a las guerras en las que ha participado nuestro ejército."

Así pues, José María Aznar mató todo un género literario y, aunque resulta evidente que nadie le afeará haber terminado con el Servicio Militar Obligatorio, sí que podemos culparle del silencio narrativo que rodea a las guerras del siglo XXI. Con todo, este problema no atañe únicamente a nuestra literatura. Antes bien, se trata de un fenómeno mundial. Hace un par de años, Phil Klay, merecedor del National Book Award por su libro de relatos Nuevo destino (Literatura Random House, 2015), comentó que, con la profesionalización del ejército estadounidense, apenas quedaba un 1 por ciento de norteamericanos que hubiera pisado un campo de batalla y, por ende, que pudiera comprender de qué estamos hablando cuando mencionamos la palabra ‘guerra’. Esta incapacidad para entender las auténticas implicaciones de un conflicto armado también afecta a nuestro país, cuyos habitantes no sólo no están capacitados para convertir en imágenes los relatos de los periódicos, sino que además no encuentran a escritores que lo hagan por ellos. Y así es como la gente acaba viviendo al margen de la realidad. De hecho, no hay un solo soldado español que no haya manifestado, en público o en privado, su pasmo ante la actitud de indiferencia que se percibe en la sociedad respecto a las guerras en las que ha participado nuestro ejército. Esa indiferencia, por más que quiera disfrazarse de pacifismo, no refleja más que ignorancia.

"Mostrar el reverso de la guerra es, qué duda cabe, algo que ennoblece a la literatura europea en general y a la española en particular, pero no se puede olvidar que también tiene sus inconvenientes."

Pero el problema va más allá. La escasa producción de literatura bélica en España no responde únicamente a las carencias intelectuales de los escritores, sino también al desdén manifestado por la población hacia todo lo que huela a épica. No se equivocaba Borges cuando aseguraba que la novela del siglo XX había apartado lo heroico de su epicentro y que la industria del cine, percatándose de este abandono, se lo había apropiado. Hollywood convirtió la épica del western en el mito fundacional de Estados Unidos -convenciendo de este modo a los espectadores norteamericanos de que la valentía era algo inherente a su carácter-, mientras que los artistas europeos, todavía afectados por las guerras mundiales, dirigían sus esfuerzos a resaltar las consecuencias nefastas que traen de la mano las gestas iniciadas por otros. Mostrar el reverso de la guerra es, qué duda cabe, algo que ennoblece a la literatura europea en general y a la española en particular, pero no se puede olvidar que también tiene sus inconvenientes, el más importante de los cuales es la invisibilización del conflicto armado. Porque el hecho de que la guerra esté en manos de profesionales no significa que no exista.