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‘Belfast’: La violencia viene a por tu familia. ¿Te quedas o te vas?

‘Belfast’: La violencia viene a por tu familia. ¿Te quedas o te vas?

Cada uno cuenta la feria según le va en ella, o según le fue cuando era niño, y con ese material un mexicano te puede hacer Roma, un italiano Amarcord y un español Las bicicletas son para el verano, por ejemplo. En este caso Kenneth Branagh cuenta la historia, basada en su propia vida, de los eufemísticamente llamados Troubles («problemas») en la Irlanda del Norte de los años 60 desde el punto de vista de lo que él era entonces, un crío de nueve años, cuyos padres no estaban metidos en lo más profundo del conflicto, pero sí se veían afectados por él. Con lo que recuerda y lo que ficcionaliza ha compuesto esta película perfectamente delineada, con dosis expertamente medidas de humor negro, sensibilidad familiar, tono agridulce y varias canciones de Van Morrison, una de ellas expresamente compuesta para el film.

[Avisos de destripes con mechero y gasolina en todo el texto]

Los acontecimientos históricos nunca ocurren en un vacío total, y menos aún en el mundo moderno. Un ejemplo de ello es una de las primeras escenas de esta película, en la que en el mismo día, 16 de agosto de 1969, hay peligrosos disturbios en la calle por la mañana, con un coche reventado por los aires, y por la tarde te sientas a ver un episodio de Star Trek (en concreto a las cinco y cuarto de la tarde, detalle completamente real), antes de que aparezca en ese mismo aparato de televisión tu propia calle en las noticias. La vida de Buddy está llena de estas extrañas contraposiciones, por un lado viendo cómo lo que pasa a su alrededor concita la atención mundial, y por el otro viviendo la típica existencia de un chaval de su edad, disfrutando del verano hasta que empiezan las clases y preguntándose cómo acercarse a la chica que le gusta. A la vez que hay muertos por las calles, el abuelo también empieza a andar pocho. Un día hay bombas y otro se baila en la calle y se cuentan chistes. A tu padre le cuesta que le dejen entrar en su propia casa, y al conseguir superar el blocao se coñan de él, llamándolo Steve McQueen, como si aquello fuera La gran evasión. Un día (o dos) te ves metido en robos en tiendas, y otros varios lo que te preocupa es la nueva peli que dan en el cine o en la tele: Raquel Welch, Chitty Chitty Bang Bang, John Wayne, Charles Dickens o Gary Cooper son parte del decorado tanto como el chulo que amenaza a tu padre con que el precio de seguir con una cierta tranquilidad en medio del sectarismo es o «money or commitment» (dinero o compromiso).

Jude Hill en el papel de Buddy es todo un hallazgo, al menos hasta que se vea cómo le va a partir de ahora. Aunque algunas veces en el rodaje dejaban la cámara funcionando cuando se suponía que no estaban filmando de verdad, para pillarle reacciones más auténticas, el chaval llora, ríe o pone cara de susto con mucho empaque cuando toca hacer la toma buena. El momento del detergente («it’s biological») es el que arranca la carcajada más repentina, pero sus muestras de lógica infantil también son para partirse de risa, como cuando intenta entender eso de que los católicos puedan quedar perdonados simplemente con contarle los pecadillos a un cura cada cierto tiempo, o cuando debate con su hermana cómo se puede saber quién es católico y quién es protestante: si te llamas Sean o Patrick casi fijo eres lo primero, mientras que los Billys o Williams son lo segundo, pero ambos conocen un Thomas de cada. Esto no era ninguna tontería, y a pesar de que había multitud de chistes sobre un tío paseando por la calle a quien le sacan una pistola y le preguntan si es católico o protestante («eem, pues soy judío». «Vale, pero ¿judío católico o judío protestante?»), el ser identificado como una cosa o la otra en el momento inoportuno podía ser muy peligroso («¡Anda! Y yo soy el musulmán con más suerte de todo Belfast», es otro final del mismo chiste).

El tema de la religión ha de estar muy presente en la película, porque es la causa de las divisiones ancestrales que han llevado a la gente a hacer barricadas con adoquines arrancados. «Es una religión del miedo», llama su padre al catolicismo, pero luego le dirá a su hijo que no le importa si trae a casa a una hindú, una baptista o a un anticristo vegetariano: si es amable y os respetáis, será bienvenida todos los días de la semana. Aunque el día que tengamos que confesarnos tú y yo… tendremos problemas. Mientras tanto, lo que tenemos es una escena muy joyceana donde Buddy asiste aterrorizado a un sermón lleno de fuego y azufre donde el cura de ojos incandescentes le pinta la imagen de un camino que se divide en dos, prometiendo bondades divinas a los católicos que escojan bien y llamas del infierno a los protestantes que elijan mal. Los ojos como platos de Buddy quedan tan impresionados como cuando ve en las pantallas a un coche volador o a una mujer prehistórica en bikini, o en el teatro al fantasma de las navidades futuras, o al ser humano aterrizar en la Luna.

Sin embargo, el auténtico tema es el que mencionamos en el título: qué hacer en una situación así. Evidentemente, no es lo mismo tener una familia que no tenerla, y además en este caso al padre de Buddy (interpretado por Jamie Dornan, nativo de Belfast él también, aunque nacido en los 80) les ponen las cosas bastante fáciles: nada de escapar con lo puesto por una carretera helada durante varios días en medio de bombas y penalidades, con riesgo mortal para todos. No, a Pa le ofrecen un contrato mejor que el que ya tiene, con posibilidades de más ascensos en el futuro, y una casa más grande que la que tienen en «Belfast 15», y con su propio jardín. Además, el abuelo (Ciarán Hinds, que también emigró en la vida real debido a los troubles, aunque en su caso él era católico) ya había trabajado en su juventud en las minas de Leicester, donde se dejó esa salud que ya no va a recuperar, y Pa lleva toda la película yendo y viniendo de currar en la isla de al lado. Añádase a eso que tampoco se trata de irse a un lugar tan remoto del que ya no vuelvas más (llegan a aparecer folletos de Canadá y Australia como posibilidades), sino que estás a una hora en avión. La verdad es que contra eso no hay mucho que oponer, y aunque Ma (Caitríona Balfe, pronunciado «Katrina Balf») hace un emotivo intento de convencerlo para quedarse (la familia, las raíces, el que Belfast es lo único que conozco, el probable racismo que sufrirán en Inglaterra, el hecho de que si todos se fueran entonces solo quedarían allí los pirados, que es quizá el argumento más digno de tener éxito), al final acaba cediendo cuando comprueba en carne propia lo que un ambiente así te puede hacer: el día en el que casi se queda sin hijo y sin marido por culpa de un paquete de detergente ve fugazmente su propia cara en un cristal roto y le causa pavor contemplar en lo que ella misma podría llegar a convertirse en determinadas circunstancias.

Muchas de las críticas negativas a esta película vienen por ahí, por el hecho de que habla de un conflicto muy serio pero en el que esta familia tampoco sufrió gran cosa y tuvo una salida fácil. Pero bueno, esa experiencia también merece la pena contarse, no solo las de los muertos por huelga de hambre, las de los injustamente encarcelados durante décadas o las de diversos domingos sangrientos. Además, que, como se cachondea una vecina, si los irlandeses no emigraran no habría pubs por el mundo. Y a nivel personal, de las varias veces que esta película me hizo morder también la magdalena proustiana, me alegro de que no se trate a la emigración como un dramón trágico. Yo mismo me mudé más de una vez en edad escolar, y ni yo ni mis hermanos montamos nunca ningún número de que oh mis primos, oh mis amiguitos del cole, oh la niña mona de la clase. Quizá no quede tan cinemático como lo contrario (en el cine ha de haber conflicto que superar), pero me alegro de que ese tipo de experiencia también quede reflejada en una obra de arte. También se critica que en general esta película queda un tanto demasiado «bonita» y cálida, pero bueno, no todo va a ser Ken Loach en esta vida.

(Otro recuerdo personal infantil relacionado: por una de las antedichas mudanzas pasé un año en una escuela rural con tan pocos críos que se nos daba clase a tres cursos a la vez, y la profe también hacía lo de mover a la gente de lugar por puestos, aunque su procedimiento era ponernos a todos en fila, hacer preguntas, y el que acertaba ganaba un puesto y el que fallaba lo perdía. Y aunque no era mi caso, sí que había gente que pasaba de acumular méritos y lo que quería era conspirar a ver cómo hacían para quedar junta para sentarse el resto de la semana. Y otro más: en la escena del saqueo a la tienda, Pa desarma a su némesis por el procedimiento de tirarle un ladrillo a la mano que empuña la pistola, habiendo quedado establecido anteriormente que tiene mucha puntería en cosas así, como cuando derribó una manzana de la cabeza del hermano de Buddy, a lo Guillermo Tell. Bueno, pues una vez estábamos mis hermanos y yo de pequeños jugando a los dardos, raramente fallando a la diana pero raramente acertando en el centro, cuando llegó un primo de mi madre, nos vio jugar, cogió uno de los dardos con sus manazas de albañil, flexionó las rodillas (teníamos la diana colocada muy baja, por nuestra estatura) y clavó el dardo en el puñetero centro a la primera y sin sorprenderse ni nada, como experto carpintero que clavara un simple clavo más de entre miles. «Hale», dijo, y se fue como si tal cosa. Cuando acabamos de cerrar la boca, pasamos el resto de la tarde tirando dardos con las rodillas dobladas como él, por si ese era el truco mágico)

Anyway, volviendo a lo nuestro, la película está llena de momentos que tienen que haber sido reales, de una forma u otra, como lo del trabajo de clase sobre la llegada del hombre a la Luna (que ocurrió el mes antes al comienzo de la acción de la película) y la enrevesada trama sobre las tribulaciones de Pa y Ma con Hacienda, a pesar de lo cual nunca faltan juguetes, y de los no baratos, en Navidad (¡yo también tuve un Subbuteo!). Los abuelos merecen mención aparte, mostrándose un afecto tras cincuenta años juntos que parece redescubrirse ahora que a él le va faltando el fuelle. Judi Dench es una delicia que enseña cada uno de sus 87 años de edad en cada arruga, y Hinds se muestra como un pícaro que debió de ser de cuidado de joven, como se le ve al ayudar a Buddy a hacer trampas en los deberes de mates («escribe los números borrosos, para que te den el beneficio de la duda») o cuando le cuenta el tejemaneje casi cervantesco que se traían para evitar pagar los impuestos locales, robando al cobrador y luego dándole un porcentaje al robado. Con su ademán pausado, el abuelo exuda calle veterana, lleno de consejos que tienen sentido, a veces de una manera retorcida, y su muerte, paradójicamente no violenta en este contexto, es uno de los momentos más emotivos de una película que abunda en ellos.

Lo de irse o quedarse, además, también está relacionado con el tema del valor. Uno de los vecinos de la familia le dice al padre que no todos tienen por qué ser el Llanero Solitario (otra referencia cinematográfica), y que «they also serve who only stand and wait», una cita de John Milton, procedente de un poema en el que hablaba de cuando se quedó ciego: «los que están de pie esperando también sirven», o en este caso, más militar, «los que están de guardia también están cumpliendo una misión». Que hay muchas maneras de ser útil o de conseguir tu objetivo, en otras palabras. Aunque Pa tendrá su momento de héroe de acción en ese stand-off con el violento Billy Clanton, también sabe qué es lo más importante, y no deja que la sangre y la gloria se le suban a la cabeza. Es más, según menciona el abuelo, ahora es posiblemente cuando esté en mayor peligro (y su familia también), ya que tras la escenita, la próxima vez mandarán contra él a alguien temible de verdad. Todo esto está subrayado por uno de los principales personajes secundarios de la película, que es la música. En la escena del ladrillo la letra de la canción escogida, «Do Not Forsake Me», conocida sobre todo por aparecer en Solo ante el peligro (High Noon), que ya de por sí se parece a la escena mencionada, dice: «No sé qué destino me espera, solo sé que debo ser valiente, y que debo enfrentarme al hombre que me odia o yacer cobarde, medroso cobarde, yacer cobarde en mi tumba. ¡Oh, estar dividido entre el amor y el deber! Supón que pierdo a mi bella de cabello hermoso. Mira cómo se mueve esa mano, cercanos al mediodía. Él hizo una promesa mientras estaba en prisión, juró que sería mi vida o la suya. No tengo miedo a la muerte, pero ¿qué haré si me dejas? No me abandones, querida mía (…), aunque estés de duelo no pienses en marcharte, ahora te necesito a mi lado». Es prácticamente perfecta.

La mayoría del resto de la música de la película tiene el mismo cometido: subrayar la escena en la que aparece. Al comienzo se habla de que «me acosté por la noche, tuve un sueño» y luego surgió «una nueva historia», que es la que el cineasta nos va a contar, «desde el lado oscuro de la calle hasta el lado luminoso de la carretera», versos que contienen en sí toda la trama: la calle donde viven está oscura de violencia, y es la carretera, el irse, lo que les dará luz, esperanza, a la familia que se va, con la bendición final, aunque apenada, de la abuela, y la dedicatoria «a todos los que se fueron, a todos los que se quedaron, y a todos los que se perdieron». Luego hay varias canciones sobre el amor, que siempre suenan bien en la voz de Morrison, otro nativo de Belfast. Después, «the way to handle a woman is to love her, simply love her, merely love her», sentencia el abuelo sacando a su esposa a bailar por la casa, mientras debaten los consejos sentimentales para Buddy. En un gozoso día de verano cuando hace bueno y no hay bombas, la familia va de pícnic, y Morrison canta: «Cuando no llueve siempre, habrá días así. Cuando no hay nadie quejándose, habrá días así. Todo cae en su sitio, como quien enciende un interruptor. Cuando no hay de qué preocuparse, habrá días así. Cuando nadie tiene prisa, habrá días así. Cuando no te traicionan…» ahí se corta la canción. Al terminar las vacaciones, «el verano se ha ido y todas las flores están muriendo». En una de las múltiples separaciones forzadas entre padre y madre se oye «estoy a la deriva al borde del mundo. Es un mundo que no conozco, no tengo a dónde ir». Y finalmente, en esa última noche de fiesta, donde Pa y Ma aparecen glamurosos como los actores que los encarnan (todo el mundo es más guapo en su película), él canta (a todos los presentes pero a ella en particular) «Everlasting Love», un tema estrenado el año antes, donde se dice que «me fui cuando me necesitabas tanto. Lleno de remordimiento vuelvo rogándote. Perdona, olvida. ¿Dónde está el amor que una vez conocimos? Abre los ojos y entonces te darás cuenta de que aquí estoy con mi amor eterno».

La película, en definitiva, es un crowd-pleaser para las masas, que probablemente se quede al borde de una catarata de premios en favor de otras propuestas, pero quien la vea siempre podrá hacer como Buddy cuando va a ver a la nena que le mola y le da el libro de mates, despidiéndose sin grandes alharacas:
—I’ll come back.
—Make sure you do.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

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