Esta novela plantea una reflexión sobre el coste emocional de perseguir el éxito profesional en un mundo cada vez más dominado por las ilusiones. Y lo hace a través de un informático melancólico, frustrado y deprimido que tropieza con un emprendedor sentimental amante de la autoayuda.
En este making of Xavier Guillén explica cómo escribió Arte de hablar (Ediciones del viento).
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Todo empezó en el año 2009. La crisis financiera ya se cebaba con nuestro país. O mejor dicho, con una parte. Yo trabajaba en el área de comunicación de una multinacional japonesa. El nombre no lo voy a revelar: firmé un contrato de confidencialidad al marcharme. Además, tampoco importa.
Fue entonces cuando a la Directora de Recursos Humanos se le ocurrió una idea genial para salvar su puesto y, con un poco de suerte, también a la empresa. «Lo mejor para subir la moral de las tropas es organizar unas jornadas de team building. Si eso no funciona, es porque la gente no quiere trabajar», me dijo mientras apagaba su colilla en un aloe. Así que durante tres días nos metieron en un hotel rural para lavarnos el cerebro al tiempo que nos humillaban obligándonos a llevar neopreno, ponernos escafandras o construir balsas inútiles… ¡y es que allí no había ningún lago!
Por supuesto, no voy a relatar ahora los tres días de retiro. A día de hoy todavía no los he superado. Simplemente haré mención al personaje que mucho tiempo después se convertiría en el protagonista de Arte de hablar. Un tipo con gafas de pasta excesivamente gruesas de color turquesa y calcetines de payaso que me abrió la cancelita al páramo del crecimiento personal.
Su función era darnos un taller de tres horas titulado «Visualización de objetivos». El coach (así rezaba su tarjeta de visita) iba a mostrarnos cómo alcanzar nuestros sueños simplemente queriéndolo mucho y, muy importante, cerrando con fuerza los ojos. Confieso que no podía dejar de espiar sus fantásticos calcetines ni de observar a mis colegas, volcados por primera vez en mucho tiempo en la podredumbre de su interioridad, donde —como esa misma noche me confesaron tras un par de cubatas— con gran esfuerzo alcanzaban a imaginar bacanales, orgías y escenas que ya quisiera Dante, protagonizadas casi siempre por nuestra querida Directora de Recursos Humanos.
Yo, en cambio, sentía bajo mis cejas una congoja infinita y ecuménica. En primer lugar, por nosotros, porque estábamos viviendo un ejercicio de cinismo del que difícilmente conseguiríamos recuperarnos moralmente. Pero, sobre todo, por él, por nuestro amable y colorido coach. Y es que me apenaba de verdad la vida de ese hombre y me asaltaban preguntas sobre su existencia. ¿Habría alcanzado sus sueños? ¿Su gran propósito era pasar la tarde en un hotel rural de Guadarrama tomando el pelo a unos machacas? ¿Creía de verdad en lo que decía? O, al contrario, ¿también estaba deseando, igual que todos nosotros, que aquella pantomima acabara lo antes posible para poder irse a la habitación y hacer eso que hacen los coaches en la intimidad? Y lo más importante: ¿quién le compraba los calcetines?
Sólo podía salir de dudas contando su historia. Cierto era que me la iba a inventar, pero él también nos estaba colando un montón de trolas y nadie se lo reprochaba. Además, desde un punto de vista formal, la manera más propia de explicar la vida de un charlatán debería ser ficcionarla. Por desgracia, todavía iba a tardar algún tiempo y es que durante muchos años confié en él, me creí sus milongas, caí de boca en sus redes. Yo también pensé que para ser el autor de una novela me bastaría con desearlo, con quererlo con todas mis fuerzas. Y lo hice. Juro que lo hice.
Hasta que un día abrí los ojos y me di cuenta de que eso no bastaba. Abrí los ojos y comprendí que, si de verdad quería escribir una novela, no me quedaba otra que sentarme a escribirla.
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Autor: Xavier Guillén. Título: Arte de hablar. Editorial: Ediciones del viento. Venta: Todos tus libros.


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