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Breve ensayo sobre el ensayo

Ofrecemos la introducción de Jorge Edwards a Prosas infiltradas (Reino de Cordelia), un homenaje al ensayo literario, a la gran cultura del pensamiento occidental. Por sus páginas desfilan creadores como Montaigne, Voltaire, Laurence Sterne, Marcel Proust, Machado de Assis, Unamuno y, sobre todo, personajes con los que ha compartido experiencias y anécdotas: Borges, Octavio Paz, Pablo Neruda, Julio Cortázar.

Soy un viejo lector de ensayos, desde Michel de Montaigne y Baltasar Gracián hasta Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Albert Camus, Jorge Luis Borges y algunos todavía más recientes. Aprecio el lado narrativo del ensayo clásico; el lado reflexivo de todas las grandes narraciones. De ahí mi amor por la obra de Marcel Proust, la de Fiodor Dostoyevski, la del señor de Stendhal, por subjetivistas, por intimistas, por arbitrarios que sean.

Lo esencial del ensayo, para mí, consiste en proponer preguntas y en admitir respuestas diversas, coyunturales, conjeturales y hasta contradictorias. No me canso de citar al maestro de los maestros del género, probable inventor de la forma moderna del ensayo. Él, conocido por Quevedo como el Señor de la Montaña, pedía el favor de recordar que escribía ensayos, no resultados. El ensayista es un experimentador público, como exigía un crítico francés de años no lejanos que fuera todo escritor, a diferencia de los escribidores instrumentales, meramente informativos. Es un maestro de la digresión, esto es, del arte del tema y las variaciones.

Mis prosas se han infiltrado con desenfado, con soltura de cuerpo, tomándose libertades no siempre solicitadas con la debida formalidad, entre los diferentes géneros del arte literario, en sus intersticios y sus fallas. Y han puesto el corazón del ensayista al desnudo, como lo proponía Montaigne en un prólogo de 1580 (Ainsi, Lecteur, je suis moy-mesme la matiere de mon livre), han paseado los sucesos frente a un espejo movible. De modo que he aceptado con gusto el título, Prosas infiltradas, que me sugirió un joven filósofo chileno. Confieso que a veces, en la perversión de mi gusto, prefiero al Stendhal íntimo, el de los Recuerdos de egotismo, por encima del autor de La cartuja de Parma; al Gustave Flaubert de la correspondencia por encima del creador de Madame Bovary, al Victor Hugo de Choses vues (Cosas vistas). Y leo con atención a don Alberto Blest Gana, en su Comedia Humana de Chile, pero prefiero a menudo la prosa desordenada, burlona, picaresca, de Vicente Pérez Rosales, el memorialista de Recuerdos del pasado, donde lo humano es comedia, incertidumbre y tragedia. Supongo que tengo que pedir excusas ante la cátedra. O ante los derridanos y bolañistas que pululan en el inocente Chile y en muchos otros lugares.

"Proust, después de divagar sin rumbo fijo, encontró una primera frase certera, casi necesaria. A partir de ese momento, tuvo su texto monumental."

La estupidez consiste en tratar de concluir, escribía Flaubert en una carta de mediados del siglo XIX. Tenemos derecho a sacar conclusiones, desde luego, pero también tenemos derecho a revisarlas, a contradecirlas, a mirarlas por el reverso. El concluir estúpido de la carta de Flaubert consistía en cerrar el flujo de las ideas, en congelar su movimiento natural, su ritmo. El primer ensayista de la antigüedad clásica, para mi gusto, fue Heráclito, cuyo río cambiaba a cada instante y seguía siendo el mismo. Seguido de Séneca, el romano español, que pensaba que estar en muchas partes era lo mismo que no estar en ninguna. Sigo fiel a ese movimiento, a ese ritmo de la mente, a esa diversidad dentro de la unidad, a esa sonrisa en el fondo austera.

Proust, después de divagar sin rumbo fijo, encontró una primera frase certera, casi necesaria. A partir de ese momento, tuvo su texto monumental. Solo le faltaba, desde entonces, paciencia y astucia para escribirlo. Cervantes había hecho mucho antes algo bastante parecido. La incertidumbre, la desmemoria magistral de ese «lugar de la Mancha» de su primera frase, anunciaba todo el resto. Laurence Sterne, con su caballero Tristram Shandy, seguidor del Caballero de la Triste Figura, lo puso todo en solfa y llevó el asunto a intuiciones prenatales. Julio Cortázar, argentino de París, lo trató de imitar, no siempre con buenos resultados. Y Jorge Luis Borges, en lugar de escribir novelas de mil páginas, optó por hacer breves comentarios de novelas inventadas. Cuando alguien le comentó los hermosos títulos de otro argentino, Eduardo Mallea, rápido y malvado como siempre, dijo: «Sí, son títulos hermosos, pero Mallea se siente obligado a agregarles una novela».

"Me limito, entonces, en medio de las tareas del día, a escribir prosas infiltradas, como propone mi amigo filósofo. Por mi parte, decido bautizar mis desordenados ensayos como desahogos, o gimnopedias, o borborigmos."

Prefería no agregar una novela, ni tener que inventarla, pero uno de sus personajes, Pierre Menard, después de escribir una larga lista de disparates, se había propuesto nada menos que escribir el Quijote. No copiarlo, escribirlo. Empresa imposible y culminación ideal, absoluta, de una buena lectura. El ensayista deriva de la lectura y propone otras lecturas de las mismas cosas. Es un provocador tranquilo. No exige que lo lean. «No es necesario que emplees tu ocio», le advierte Montaigne al posible lector, «en un tema tan frívolo y tan vano». Pero si alguien lee, no tiene más remedio que aceptar las consecuencias. Si una prosa se infiltra en el canon literario, respetado y a la vez ignorado en los días que corren, el lector tiene que sufrir la correspondiente incomodidad. Es, quizá, el pecado original de la lectura, vicio impune, como dicen los franceses: vicio sin castigo inmediato, pero sin redención.

Me limito, entonces, en medio de las tareas del día, a escribir prosas infiltradas, como propone mi amigo filósofo. Por mi parte, decido bautizar mis desordenados ensayos como desahogos, o gimnopedias, o borborigmos. A propósito de gimnopedias, cuando los críticos musicales de la primera mitad del siglo XX acusaron a Erik Satie de escribir piezas musicales sin forma, compuso un conjunto de obras en forma de pera. ¿Ensayos en forma de pera o de manzana? El lector será el juez último: me someto a su juicio.

Sinopsis de Prosas infiltradas, de Jorge Edwards

En 1970 Jorge Edwards llegó a Cuba, por encargo del gobierno de Salvador Allende, para reabrir las relaciones diplomáticas con Chile. Su expulsión de la isla, decretada por Fidel Castro pocos meses después, supuso el primer gran borrón democrático del régimen castrista. Ahora, tras la muerte del comandante, hace balance de lo que ha supuesto el largo mandato del revolucionario comunista, así como su impacto en América y en el resto del mundo. Pero Prosas infiltradas no es solo un análisis sobre la actualidad política y social, sino un homenaje al ensayo literario, a la gran cultura del pensamiento occidental. Por sus páginas desfilan creadores como Montaigne, Voltaire, Laurence Sterne, Marcel Proust, Machado de Assis, Unamuno y, sobre todo, personajes con los que ha compartido experiencias y anécdotas: Borges, Octavio Paz, Pablo Neruda, Julio Cortázar.

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Autor: Jorge Edwards. Título: Prosas infiltradas. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro