Desde que Rudyard Kipling escribió el cuento El hombre que pudo ser rey, sobre dos aventureros ingleses que se proponen hacerse reyes del recóndito país de Kafiristán, resulta convencional y hasta manido parafrasear ese título para referirse a aquellos proyectos ambiciosos o talentos arrolladores que se frustran prematuramente, justo antes de tocar la gloria. En la mayoría de las ocasiones termina revelándose como exagerado o pretencioso. Puede que también lo sea aquí.
A través de viejas grabaciones y testimonios de los miembros del grupo y otros ilustres, la cinta revisita la historia de la banda desde su tierna formación en el barrio de la Alameda de Osuna hasta su prematura disolución después de grabar tres discos de genuino rock, previa espantada de su carismático y espectacular cantante, Jordi Skywalker (de los Skywalker de Tatooine). Fueron solo siete años (de 1992 a 1999), pero dejaron una leve aunque imborrable huella en la humilde historia del rock de este país, de lo que da testimonio la propia realización del documental.
Nada de particular, salvo por el hecho de que yo también me crie en el barrio de la Alameda de Osuna y asistí al mismo instituto donde se formó la banda (el IB Alameda de Osuna). Allí coincidí con algunos de sus miembros antes de que el grupo existiera y estuve presente en sus inicios. Los seguí mientras duró la aventura, compré los tres discos que sacaron y fui a algunos de sus conciertos. Fui un testigo presencial (aunque irrelevante) de su auge y caída. Yo estuve allí, aunque no se notara.
Sí puedo afirmar que yo estuve en aquel mítico primer concierto que dieron en el gimnasio del instituto… o al menos eso creía hasta que vi en el documental la grabación casera de ese directo. Viendo las imágenes grabadas, me tuve que reconocer sinceramente que los recuerdos que guardaba de aquel día no eran reales (qué pena). Mi cerebro los había inventado, generando una paramnesia que debía satisfacer mi deseo de haber presenciado un acontecimiento que, a mi parecer, habría devenido histórico. Pues, en retrospectiva, ese concierto tuvo algo de fundacional e inauguraba lo que luego se conoció grandilocuentemente como el “sonido Alameda” y a partir del cual muchos chavales del barrio se animaron a montar sus propias bandas, surgiendo grupos como Pereza, Sidecars, Alamedadosoulna y muchos más.
Quizá esté mitificando en exceso un concierto que, a juzgar por las grabaciones caseras, calificar de amateur sería bastante generoso. En realidad, eran sólo unos chavales entusiastas del rock haciendo ruido con lo que tenían más a mano. Pero la historia del rock se escribe así, esa es (en parte) su gracia.
Leiva, que luego formaría Pereza junto a Rubén Pozo (guitarra de BNR) y que participa en el documental, rinde homenaje a ese fulgor musical en un tema de su último disco, titulado “Barrio”. El estribillo de la canción es un glorioso repaso de algunos de los grupos que se formaron en la Alameda de Osuna, una lista que encabeza, por supuesto, Buenas Noches Rose.
Es difícil distinguir el momento en que dejaron de ser unos chavales jugando a ser estrellas y se convirtieron en una banda de rock de verdad. A mí esa transición me pasó desapercibida, pero el documental refiere un episodio del que se vislumbra cómo sufrieron esa metamorfosis y hasta qué punto, como cualquier transformación, resultó dolorosa. Un cazatalentos los captó y les ofreció grabar un disco, siempre y cuando se deshicieran de su primer batería, quien al parecer no daba la talla musical. Sí, los BNR también tuvieron su momento Pete Best y (como los Beatles) se vieron obligados a sacrificar a su amigo en el altar del rock y sustituirlo por un batería más dotado. Es posible que cuando se deshicieron de él y lo dejaron tirado como un cadáver más en la carretera (llena de cadáveres) que conduce hacia el éxito, oyeran el eco lejano de una risa mefistofélica. Es el precio que debes pagar si quieres triunfar ¿o no? En realidad quién lo sabe, quién puede decir que no lo haría.
El primer álbum que grabaron fue un gran disco que con los años se ha convertido en un auténtico discazo. Un puñado de energizantes trallazos de rock compuestos en su mayor parte por un inspiradísimo Alfredo García, “Alfa”. Las influencias notorias van desde los Rolling Stones y Led Zeppelin hasta los Black Crowes, pasando por los Leño y los Burning. Pero por encima de todo se nota la alargada sombra de Guns N’ Roses y su Appetite for Destruction, un trabajo icónico para toda una generación. La impronta de GNR en BNR fue determinante, no solo en la música, sino también en la estética e incluso en el propio nombre de la formación. Es un disco de genuino rock, rock auténtico, rock callejero, rock asilvestrado… rock sin concesiones. La frescura de las canciones, su crudeza y su honestidad compensan sobradamente su ingenuidad y su modesto sonido. Disculpen los clichés, pero la contundencia del álbum bien lo merece.
Alfredo García tenía apenas 20 años cuando escribió estas canciones, por lo que no se le puede reprochar un lirismo algo naíf en sus letras. Por lo demás, sus canciones inciden en la temática habitual del rock (como debe ser): amor, sexo, drogas y rebeldía. Inspirada en la novela de George Stone La leyenda del lobo cantor, nos advierte de que, si se calla el cantor, se apaga la vida y mueren las rosas. El tema homónimo “Buenas Noches Rose” constituye la declaración de principios de la banda frente al dogmatismo y el conformismo imperante. Con resonancias orwellianas, “La Granja” se despliega como una fábula con una moraleja obvia: somos animales domesticados viviendo complacientemente, pero solo mientras le interese al granjero (entiéndase, al sistema). Finalmente, “Los chicos del coro” se presenta como una oda hedonista y algo nihilista, la actualización del clamor milenario del populacho romano exigiendo pan y circo.
La calidad del disco y una acertada promoción, que incluyó un tour callejero con la banda tocando en un camión más bien cochambroso por algunas ciudades de España, contribuyeron al modesto éxito comercial del disco, llegando a vender unas estimables siete mil copias.
La banda acabó llamando la atención de las multinacionales y fichó por BMG-Ariola, que produjo su nuevo lanzamiento: La danza de araña. El segundo álbum de la banda era también un buen trabajo repleto de rock con resonancias bluseras, incluso mejor producido y con mejor sonido que su debut, pero quizá carecía de algo que a su predecesor le sobraba: canciones. Le faltaban himnos capaces de enardecer los espíritus, con melodías memorables y letras con relato. Por encima del resto destaca el tema con un título interminable “No me importa morir descuartizado en tus manos estimada hermana (presidenta) (pero)”, un folk acústico con animado estribillo en la línea de Led Zeppelin, compuesto en este caso por Rubén Pozo.
Cambiaron el rústico camión por un autobús de lujo (en algo se tenía que notar que era una multinacional quien pagaba) y la compañía los embarcó en una extenuante gira para promocionar el lanzamiento. Sin embargo, la gira no cumplió las expectativas ni de la banda ni de la discográfica. Las ventas tampoco acompañaron y apenas alcanzaron la mitad de las copias despachadas por su debut. Las cosas empezaron a torcerse y el ambiente dentro del grupo se fue enrareciendo. La estrofa final de “Holes”, la canción de Mercury Rev, puede servir para explicar aquella deriva: «Bands / Those funny little plans / That never work quite right…» («Bandas / esos curiosos pequeños planes / que nunca acaban de salir bien»).
Las relaciones humanas son complicadas, frágiles y tienden a malograrse. Que las alianzas, las compañías y los matrimonios se desgasten con el paso del tiempo no es extraño. Quizá sea mejor preguntarse por qué duran que por qué se separan. Supongo que las bandas, esos pequeños y curiosos planes de los que hablaba Mercury Rev, están sujetas a las mismas vicisitudes que todas las relaciones humanas y terminan normalmente por romperse (aunque, a veces, algunas, por un motivo u otro, se arreglen).
Jordi Skywalker daba señales de agotamiento y, en vísperas de un concierto en Tenerife, abandonó el barco sin dar muchas explicaciones, protagonizando una de las fugas más dramáticas del rock patrio.
Tan inexplicada como inexplicable, de la noche a la mañana la banda se vio privada de uno de los pilares fundamentales de cualquier grupo de rock: su frontman. Jordi Skywalker no era simplemente el cantante de Buenas Noches Rose, era su rostro más visible y su presencia más magnética. Sus actuaciones incendiarias, su actitud salvaje y su entrega sin reservas sobre el escenario se solían destacar en las crónicas de los conciertos. Su marcha mutilaba al grupo y lo dejaba herido de muerte. Si afinas bien el oído todavía resuenan en la bóveda celeste los improperios y las blasfemias que profirieron el resto de los músicos al enterarse de la noticia.
Las flojas ventas y la repentina marcha de su cantante menoscabaron la confianza de la compañía, que dejó de creer en ellos y los acabó también abandonando. Sin cantante y sin discográfica, en un alarde de pundonor admirable, el grupo no se rindió y decidió seguir adelante. Alfa asumió la voz principal y los músicos se empeñaron en grabar un nuevo disco con las canciones que ya tenían compuestas. Para sacarlo adelante recurrieron a la autofinanciación y a un incipiente micromecenazgo. Y esta vez sí puedo afirmarlo con total rotundidad: fui uno de los micromecenas que contribuyeron a sufragar el proyecto, como atestigua mi nombre en los agradecimientos del disco.
El tercer disco del grupo se tituló La estación seca, y la mayoría de los entrevistados en el documental lo despachan con una frase sin aparente mala intención, pero en realidad devastadora: «No era lo mismo». Estaba bien, incluso muy bien por momentos, pero los BNR sin Jordi Skywalker habían perdido algo esencial y esa ausencia se dejaba sentir en cada canción. Ya no eran Buenas Noches Rose. Eran algo diferente, supuestamente ni mejor ni peor, pero definitivamente peor.
Desencantados y sin perspectivas, finalmente la banda tiró la toalla. De La estación seca vendieron 2500 copias, suficientes para pagar las deudas de la grabación del disco y disolverse sin deber nada a nadie. Dignos hasta el final, se separaron sin escándalos y cada uno se fue por su lado.
Alfredo García (guitarra y principal compositor de BNR) se reenganchó a la música con un grupo llamado Malos Pelos y posteriormente montó Le Punk, una propuesta bastante original que combinaba rock con registros tangueros y sonidos balcánicos. Juan Pablo Otero (bajo) abandonó la música y se instaló en Aranjuez para hacerse agricultor. Rubén Pozo (guitarrista y también compositor) se juntó con su amigo de la infancia, Leiva, para formar Pereza, y el resto es historia del rock español. Roberto Aracil (batería) también acabó recalando en Pereza y, tras la disolución del grupo, continuó ligado a distintos proyectos musicales, fiel a una pasión que nunca ha abandonado. Jordi Skywalker se retiró a las Alpujarras, donde formó una familia y se dedicó a criar burros, ganándose la vida haciendo tatuajes. Dios los bendiga a todos.
Estuvo bien (casi) mientras duró. La aventura que había comenzado con unos niños jugando a ser una banda de rock se había terminado. Habían cumplido un sueño, uno de los más grandes que en aquel tiempo podían soñar unos chavales de barrio: formar con tus amigos una banda de rock y (casi) triunfar.
Empuñaron sus rabiosas guitarras, compusieron canciones inolvidables, incendiaron escenarios, hicieron vibrar a su público, grabaron tres discos de rock genuino y recorrieron miles de kilómetros de carretera persiguiendo un sueño. Sobrevivieron a una espantada olímpica y no se rindieron. Al final se separaron, fueron relegados por el paso del tiempo y, sin embargo, hoy, rescatados del olvido, son (casi) una leyenda.
Sí, después de todo, Buenas Noches Rose fue la banda que pudo reinar


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