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Cada mañana, volver a nacer

Cada mañana, volver a nacer

Reminiscencias de un viaje a Lituania, de Jonas Mekas.

En aquello que fui vine a encontrarme
Y cada vez que te vi
volví a creer

Mamá con un puñado de agua en la palma de la mano. Ese es el principio, supongo: el agua vertida sobre mi frente, confundiendo las lágrimas de bebé, las lágrimas de desconcierto. El bautismo del mundo conocido en las manos de mamá, el agua incrustada en las dos líneas de mi frente, las dos líneas que hacen promesas al aire, que auguran los amores perdidos de la vida futura. El agua es, al final, la única herencia: en el ombligo tengo enroscados los recuerdos de toda esa vida que tendré.

Primera canción: Los cartílagos de la memoria de las personas que no son yo.

Comprendo la saudade porque las manos de mi abuela se llenaron de cortes en los vértices de la ría. El corazón de Galicia es un verano con la lluvia del invierno aún centelleando en el viento; mi abuelo agarrando cemento y posándolo sobre el ladrillo: derecha, izquierda; vuelta al cemento. Así se construye una casa para las personas que quieres.

Yasmín C. Moreno ha escrito Saudade (Amargord) como un fantasma que se alimenta en las cuevas del tiempo. Flota un rastro espectral en la sonoridad abierta de las palabras elegidas para su largo, quedo poema. Apela a las membranas de su estómago, como queriendo despertarlas de ese letargo olvidadizo. Esa es toda su genealogía: una hilera de burbujas, de imágenes nunca registradas, de recuerdos que ya no son de nadie. Con la cabeza metida en el baúl de la infancia inconsciente, la poeta busca un sustantivo al que amarrar las cuerdas de la vida presente, apenas nombrada y ya marchándose por las ventanas de todas las casas en las que ha vivido, incluso antes de nacer. Es una batalla perdida, es: una batalla.

Ese gesto espectral
ellos
diciendo adiós por la ventana

—¡Dile adiós a la abuela!

A través del cristal, niños miopes atisban una mancha azul ondeando en la ventana. La abuela, su mandil y su pelo dorado.

Segunda canción: Mi clavícula es el hogar de mis padres cuando no están.

Cuando el cuerpo ni siquiera alcanza
besarnos como una cura de sanguijuelas
los brazos

Si pudiera nacer, si pudiera volver a nacer una vez más, me ataría el cordón umbilical al cuello y gritaría, lloraría no me alejéis: no me llevéis lejos. Papá es una ternura suave y blanda, igual que imaginan los niños las nubes. Si pudiera volver a nacer hoy, usaría mis manos vírgenes, mis manos limpísimas del no-contacto con el mundo para tocar las suyas. Así conocería mi padre la textura de su amor. Escribe Yasmín C. Moreno: «existió / alguna vez / la pureza».

Los versos se derrumban por las páginas de Saudade como un río que vuelve. ¿Cómo era mi rostro cuando yo eran dos letras, nunca un significante, en cualquier caso, de mi rostro? Yasmín C. Moreno pregunta en los altares con las manos cruzadas, pidiendo la fe prestada a sus ancestros, en busca de una mano que cubra el hueco asentado en la clavícula. Y la esperanza, y las manifestaciones de amor nocturnas, y el primer día en los columpios: todo corretea en los círculos concéntricos de una vida que avanza hacia sí misma, hacia las líneas que describen para su futuro los espacios muertos entre las estrellas.

Decir, como si tuviera muchos años
ahora ya es tarde

¿Quién soy yo? Yo soy: el culpable. Todas las demás consideraciones acercan respuestas incorrectas al estado de la cuestión: el color de mi pelo, el grosor del esmalte de mis dientes, la anchura de mi nariz, todo el pelo que he cortado de la superficie de mi cuerpo —todo el pelo que nunca volverá—. Las veces que pensé en el color azul como quien piensa en el primer amor. La hondura de las dos líneas inscritas en mi frente como si dos hierros ardientes perforasen la piel: y siguen perforando. Nadie sabe nada. Ni mamá ni la abuela saben quiénes son. Yo sé una cosa, yo sé que soy: el culpable.

Yasmín C. Moreno deshace las preguntas, las rompe en palabras que se quedan ahí, tan solas, tan anestesiadas. Como planetas sitiados en el espacio, estirando sus brazos, intentando entrelazar sus dedos.

Tercera canción: Si pudiese quererte te querría todas las veces posibles.

este amor
triste
como la leche en los pechos
cuando un hijo ha muerto

Nunca hablamos de la infancia porque ese lugar ya no nos pertenece. No toleramos el amor cuando se agarra a los mundos extintos, a las fotografías del álbum que hizo mamá en aquellas vacaciones de verano, las primeras; a la imagen del abuelo construyendo una piscina poco antes de sufrir un infarto que dejó la piscina por la mitad; a los bordados blancos de las sábanas que ensuciamos siendo niños. El pasado se enemista con el deseo y ese vínculo enquistado crece como una distancia o una decepción. Yo pensaba que para quererte tenía que conocer los miedos que ni tan siquiera tú conoces, yo pensaba que el amor era algo más que una mano en la clavícula. Escribe Yasmín C. Moreno: «El amor es el hueco abierto en la tierra / la semilla».

***

Saudade es un poemario colmado de inquietud. Pese a todo, a un mismo tiempo, sus palabras están trenzadas con la parsimonia de un peregrinaje. ¿Cuál es la barrera —pregunto— que frena las asperezas del nerviosismo? ¿Cuál es la fuente de la que mana la paz silente, el eco de monasterio?

Busco el lugar
adonde se llevaron el deseo las pastillas
que es el mismo lugar húmedo
de las lágrimas que es
el lugar
donde los niños

Uno camina siempre por los bordes de las cosas, hasta la primera zancadilla. Después cae dentro. Pero si se cubren los agujeros, si se cubren con tablas de acero las profundidades del océano: yo no sé cuál es el lugar del amor en este mundo. Todas las personas a las que alguna vez he querido se arremolinan, sus rostros todos idénticos como si el amor fuese de un único color, sus rostros todos azules como el reflejo del cielo en el agua. El reflejo del cielo en el agua en las manos de mamá el primer día, el día de mi nacimiento: todos los días. Al despertarme, acudir a la pila bautismal. Mi abuela entre los árboles, diciendo: «yo creo en Dios porque tengo que creer».

Yasmín C. Moreno ha escrito un libro esculpido en las aguas crepitantes de un río en transformación permanente. La cuestión es no pensar que los libros serán el agua en las manos que da la vida, la cuestión es: pensar en los libros. Delante del amor, con las palabras escondidas en un pliegue distinto de la memoria, augurar días futuros. Que la saudade no sea una cuestión de nostalgia. Hablar, enardecidos, de los verdores posibles, de las plantas que nacen en medio del azul.

creerlo como creen en el color azul los ciegos

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Autora: Yasmín C. Moreno. Título: Saudade. Editorial: Amargord. Venta: Casa del Libro.

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