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Tu rostro en la ventana

¡Olvídate de mí!, de Michel Gondry.

sé que es una estupidez: te veo
bajar en la lista del chat de facebook
y me da ansiedad, no quiero que te vayas,
no quiero que te pierdas en la multitud,
entre personas que fueron conmigo al colegio
y compañeros de facultad

Dime, gatito valiente: ¿a qué velocidad se desplaza el tiempo? Se está fraguando aquí una cosa bien curiosa, una cosa incomprensible. Sólo necesito que me lo digas, que conozcas por fin las dimensiones de los días que nos aprietan. Una vez lo hagas, no habrá problema posible: estaremos juntos para siempre.

I. De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita.

te quiero pero ahora hay una pila de ropa sucia
donde ayer estabas vos
y eso me parte el alma

Como un poema alargadísimo hacia el mar: así es el título que Valentina Varas (Buenos Aires, 1991) ha inventado para amalgamar en un volumen único su obra poética hasta la fecha —compuesta por dos poemarios, La velocidad de una fiestaVolcán; amén de un grupito de poemas inéditos— con el objetivo de lanzarla al mercado español. Con él coloca la alfombra roja para que mi cara se estrelle de lleno sobre el libro. Embriagado por el aroma sugestivo de un título hermoso, mi aterrizaje en las páginas de este endiablado artefacto lírico es algo así como la pletórica entrada en la discoteca de un adolescente confiado y borracho. Aquí todo es pista de baile.

***

Lo hago a veces, cada vez menos —miento: sigo teniendo épocas de crisis—: saco el teléfono móvil, abro WhatsApp y busco tu nombre. Desde que no te veo he conocido a más personas con tu nombre, e intuyo que ese proceso traza una línea paralela con mis crecientes dificultades para recordar los detalles de tu rostro. El asunto es que busco respuestas en la pantalla. Tu foto de perfil no cambia. Tu estado tampoco lo hace. Me planteo si tu vida tampoco estará cambiando, o si acaso tú, a diferencia de mí y de tantos otros, eres capaz de disociar tus días de las nubes que hemos inventado, magos de lo virtual. Aquí me tienes: al otro lado del mundo, ávido de noticias que nunca llegan.

saqué el teléfono de mi bolsillo
busqué fotos del espacio para acariciarlas

Hay una voz palpitante cargada de lirismo cotidiano en la escritura de Valentina Varas, que asocia con rapidez imágenes de soledad tecnológica con el hábito generacional de perdernos siempre en las mismas calles, en las mismas ciudades. Su dispositivo estético vive aletargado, lejos de las relucientes cimas de lo presuntuoso—rechazándolas, cargando contra ellas—: su búsqueda poética está restringida al espacio degradado y estancado de una habitación. Ella quiere los rastros, ella quiere la memoria de las manos. Valentina Varas escribe armada de recuerdos y con un cubo de helado cerca. Por si acaso.

II. La velocidad de una fiesta.

¿sabés que los animales
no saben que se van a morir?

No estoy preparado para dejar de ser joven. Ser joven es lo único que sé hacer. No conozco otra cosa, y encuentro ridículo el gesto fingido con el que mis compañeros se transforman en aparentes adultos. A mí me gusta no tomarme en serio el gimnasio, arrastrarme por el suelo de parquet, acostarme tardísimo, comer regaliz, bailar en lugares oscuros, no tener conversaciones graves, rodar por colinas verdes, llorar escuchando música por la calle: ya sabes, sentir que el mundo no me presiona demasiado. Por eso, cuando tú vienes, yo bajo la cabeza y pienso que no debería estar aquí, queriéndote de esta manera tan absurda y tan convincente, por eso escapo de ti como los ríos de las montañas: camino al mar, buscando ser un niño para toda la eternidad.

Escribe Valentina Varas: «anoche desde una cama / que no era mía / recé ‘por favor, / por favor que todo / salga bien aunque / yo haga todo mal’.» El mundo como ajuste perpetuo, como contrapartida del caminar errático. Sus poemas son una suerte de pasos en falso premeditados, de distorsión constante de una realidad cada vez más indistinguible: ¿qué es verdad? ¿Lo que somos o lo que deseamos ser? ¿Podría ser que ambas cosas fuesen igualmente ciertas? En ese caso, bien: lo que somos permanece ajeno a nuestra voluntad; queda a nuestra disposición elegir qué cosas desear. El deseo es la representación última del libre albedrío, el refugio infinito de la libertad.

hace 792 días que no nos tocamos
y te permitís el cinismo de escribirme
«te mando un beso enorme»

Te lo digo, aunque tú ya lo sabes: esto es una mierda. Leo el historial de nuestras últimas conversaciones. Tu cumpleaños. Mi cumpleaños. Tu cumpleaños. Mi cumpleaños. Tu cumpleaños. La muerte de mi abuelo. Mi cumpleaños. La muerte de tu abuelo. Tu cumpleaños. Todos y cada uno de los diálogos reproducen al anterior con matemáticas variaciones —arrebatos ínfimos de dignidad de quienes huyen de la repetición crónica—. Sostenemos este cadáver con un malabarismo macabro, como si nos debiésemos el uno al otro un recordatorio constante de lo vivido. Este es el registro del tiempo, gatito valiente: un rastro espectral de WhatsApps abatidos, terribles, la herencia aberrante de nuestra incapacidad para dejarnos marchar.

III. Volcán.

donde había dos cuerpos
no quedó ninguno

Valentina Varas escribe la soledad. La perfila como un volcán muerto, un volcán que ya no es más que una montaña agujereada. Uno intuye el fuego ausente; en la corona se puede oler el pasado ardiente. Sin embargo, el presente es inapelable, seco, frío. Sus poemas son un esfuerzo extenuante por encender la llama, por recuperar el ansia de quemar el mundo. Un esfuerzo vacío. Volcán es un poemario desesperanzado, angustioso; la caída del baile saltarín de La velocidad de una fiesta. La pintura de las paredes empieza a desprenderse, víctima de la humedad. El ambiente se vuelve irrespirable, mohoso, antiguo. Los recuerdos hablan desde todas las esquinas.

Antes de todo, sin embargo:

estamos acá entre la tarde y la noche
con vista a la cúpula de un edificio histórico

desde un edificio sin historia

Discrepo con Valentina Varas: la canción de I Love You, Honeybear —el álbum de Father John Misty— que más membranas de mi cuerpo despierta no es la tercera, sino la segunda: Chateau Lobby #4. Cosas de la memoria sensorial: un soplido de la guitarra da paso a la plateada voz de Joshua Tillman y rápidamente me traslada al tiempo en que las cosas estaban empezando. Me pregunto si entonces sería consciente de que algo empezaba, o si sencillamente estaría incrustado en esa perpetua sensación de término, de que todo está a punto de acabar para siempre. Escribí en ese momento un texto en Facebook acompañado de esta canción, encima de la cual recogía dos versos que te definían: «people are boring / but you’re something else completely» («la gente es aburrida / pero tú eres completamente diferente»). He vuelto a Facebook hoy: la canción sigue ahí.

***

tengo que dejar de llorar
para llegar al supermercado
antes de que cierre
hasta quién sabe cuándo,
quién sabe cuántas horas
tendrá esta noche.

Lo pienso mucho, claro. En primer lugar, me planteo cómo sería mi vida sin este recuerdo que me acompaña, sin la memoria de la luz. ¿Sería más fácil caminar si sólo hubiese conocido esta oscuridad? Supongo que me ocurre lo mismo respecto a muchas cosas de la vida, y es que empiezo a ver varias respuestas factibles, varias salidas hacia verdades distintas; igualmente ciertas. He llegado a la embarazosa conclusión de que mi deseo de olvidarte al fin, de que tú también me olvides por completo, no responde sino al ensueño de que podamos reencontrarnos sin todas las heridas ya causadas. Eso, sí… volver a vivirlo. No me importa tanto si las cosas se estrellan una vez más. Quiero la excitación primera, todos los días de mi vida.

¡Y olvidarte cada noche si es preciso! Pero que el volcán arda; volver, por la mañana, a la estación del metro: regresar a la fascinación de ver tu rostro en la ventana.

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Autora: Valentina Varas. Título: De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita. Editorial: Liliputienses. Venta: Liliputienses.

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