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Callejeros de penumbra

Tiene para él quien firma esta columna que el Romancero gitano es de esas obras con las que cada cierto tiempo la lírica hispánica nos recuerda que es una de las cimas de la literatura universal. Federico García Lorca se propuso con ella llegar a las tripas de la tradición popular que había mamado por las calles y los caminos de su patria chica y de su patria grande. Para alcanzar esa raíz acude no sólo a la cadencia natural del castellano, esos octosílabos en asonante que llevan resonando por las tierras íberas desde que el idioma es idioma, sino también a sus costumbres y sus trifulcas, a su folklore y su acervo. En una de sus estrofas, por las «calles de penumbra» se amenaza la paz de una «ciudad libre de miedo». Más tarde, cuando se produce la reyerta, alguien pregunta. Y Lorca responde: «Señores guardias civiles, aquí pasó lo de siempre: han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses».

"Un siglo más tarde, en esta España sigue pasando lo de siempre, pues los romanos y los cartagineses siguen a la gresca en cada rincón, en cada calle"

Es inevitable acudir a esta maravillosa metáfora de la riña fraternal porque, un siglo más tarde, en esta España sigue pasando lo de siempre, pues los romanos y los cartagineses siguen a la gresca en cada rincón, en cada calle. Y nunca mejor utilizado ese último sustantivo, porque es en la calle donde se libra la última contienda. O en el callejero, cabría decir. Por todo el país intentan hunos y hotros modificar las indicaciones del GPS a su antojo, sólo en función de sus filias y sus fobias. Mejor dicho, de las filias y las fobias del electorado, del votante cortoplacista, que es lo único que mueve hoy al político. Nos encontramos entonces con que el propio Federico García Lorca tiene que ver cómo su nombre desaparece de la calle que tenía en Oviedo para que esta vuelva a ser identificada con no sé qué político. También en Vetusta pierden sus vías Concepción Arenal y hasta Charles Darwin. Todas ellas pasan a manos de milicias de cualquier orden. Al otro lado del frente, en Mallorca, el alcalde devuelve la andanada. Retira del callejero a los almirantes Churruca, Gravina o Cervera. «Fuera fachas de Palma«, parecía decir el edil con su mirada.

"¿Dejarán en la historia a algún individuo libre de sus partidismos anacrónicos?"

Sorprenden dos cosas en todo este vodevil. La primera de ellas es el desconocimiento que lucen estos regidores en lo tocante a las grandes figuras del pensamiento, de la cultura, de las armas, o de cualquier ámbito que se les ponga por delante. El propio alcalde mallorquín reconoció su incultura: «No tengo por qué saber de todo», afirmó el caballero. En fin, con estos bueyes hay que arar. La segunda es la manera como esta política de trincheras convierte en figuras de discordia muchos nombres que en mayor o menor medida solían transmitir consenso. ¿Dejarán en la historia a algún individuo libre de sus partidismos anacrónicos? No es del agrado de esta sección dejar preguntas como colofón al texto, pero mucho me temo que es mejor abandonarlo así antes que dar la respuesta que se barrunta. La libertad ahora, como ya adelantó el mismo Federico, lame las manos del poder.

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