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Cancelar o no cancelar a Shakespeare

Cancelar o no cancelar a Shakespeare

Roma. Una plaza pública. Julio César, el de Shakespeare, entra en ella bajo los acordes, en procesión, ufano. Le siguen, entre otros, Cicerón, el verbo más limpio y audaz que vieron los siglos, ni esperan ver los venideros; pero sobre todo Bruto, que sabe muy bien que el César ha de cuidarse, como nosotros, de los idus de marzo; y el ambicioso Casio, conspirador de altura. En la escena que nos ocupa, estos dos últimos, Bruto y su cuñado Casio, cuchichean. Hablan sobre un mundo idealizado, sobre el peligro que conlleva el poder absoluto. Flota en el ambiente el dilema moral que se desprende del hecho que está a punto de acontecer: asesinar a un emperador. Entonces, Casio pronuncia una de esas frases icónicas en la historia de la literatura universal: es el hombre el dueño de su destino, no los astros. Shakespeare dibuja un ejemplo de libertad en un mundo, a caballo entre los siglos XVI y XVII, que se desangra por guerras en nombre de Dios, y que ve reinar a gobernantes omnipotentes y tiránicos.

"Amanda MacGregor plantea la posibilidad de extraer del canon educativo las ideas de Shakespeare"

La prestigiosa revista School Library Journal plantó la semilla semanas atrás con un artículo titulado «Enseñar o no enseñar: ¿Shakespeare sigue siendo relevante para los estudiantes de hoy?». En él, Amanda MacGregor plantea la posibilidad de extraer del canon educativo las ideas de Shakespeare, consultando para ello a diversos docentes. Del análisis surgen afirmaciones como la masculinidad tóxica en Romeo y Julieta; el efecto colonizador que la corona británica le otorgó al bardo, y que trae consigo un racismo repugnante; y otras etiquetas bastante manoseadas como antisemita, clasista, homófobo, misógino… El asunto acaba en el proyecto Disrupttexts, una red de profesionales relacionados con la educación que busca darle la vuelta al canon para imponer el que más se adapte a la moral preponderante.

He elegido la escena inicial con la idea de reforzar la idea de voluntad propia que algunos como Shakespeare intuyeron ya en una época donde la propia voluntad escaseaba. Es inevitable pensar en su paralelo Cervantes, quien hizo de la libertad uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, pero a quien hoy machacarían si alguien leyese sus opiniones sobre, por ejemplo, la etnia gitana en las Novelas ejemplares. En opinión del que escribe, los grandes genios de la literatura y el pensamiento lucen por su talento intemporal, y desde el plano moral sólo los contemplo porque, para desgracia de estos docentes, sin el eslabón de su ética no engarzarían la cadena moral que lucen ellos hoy.

"Genios poliédricos de los que la docencia más «renovadora» (enfatícense las comillas) necesita extraer hoy la cara más oscura"

Es evidente que nadie entiende hoy que el shakespeariano Shylock reciba una libra de carne por deudas insatisfechas, como nadie comprende hoy que la cervantina Leonisa sea vendida como esclava al Gran Turco. Pero si conocen ambas narraciones, tanto de El Mercader de Venecia se puede extraer, por ejemplo, la idea de una cierta independencia de espíritu más allá de lo material; como de El Amante Liberal puede subrayarse la liberalidad con la que Cornelio renuncia a su amor impuesto. Genios poliédricos de los que la docencia más «renovadora» (enfatícense las comillas) necesita extraer hoy la cara más oscura. ¿Qué ganan con ello? Fácil: la dirección única de la razón, la colonización de la verdad. Viendo el percal, me atrevo a decirlo: que Dios coja confesados a los estudiantes de mañana.

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