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Camposanto en Orense

A las puertas del cementerio viejo de Orense, bajo una cruz que se eleva sobre una calavera subrayada por dos tibias entrecruzadas al estilo de una bandera pirata, una inscripción alecciona a los intrusos acerca de la fugacidad de la vida y los intrincados caminos que conducen a la salvación del espíritu:

EL TÉRMINO DE LA VIDA AQUÍ LO VEIS

EL DESTINO DEL ALMA SEGÚN OBRÉIS

Es un buen frontispicio para un recinto en el que reposan algunos individuos cuya vida y obra han hecho que las lápidas que se alinean en torno a sus calles no sean las de una necrópolis cualquiera, sino los hitos de un itinerario que recorre el pasado intelectual y heterodoxo de este rincón anclado en un confín remoto de lo que Antonio Pereira solía llamar el noroeste mágico. El escritor José María Pérez Álvarez, gran aficionado a los camposantos, me había prevenido al respecto: «Es un espacio para visitar con calma». Le di la razón cuando, tras flanquear el tétrico umbral presidido por la calavera, nos encontramos en el edificio de las oficinas con un plano que señalaba los rincones más paradigmáticos del lugar y daba pistas para que no nos perdiéramos por sus vueltas y revueltas los forasteros que llegábamos allí en pos de las últimas moradas de algunos nombres egregios de nuestra educación sentimental.

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"En 1997 el grupo Los Suaves, paradigma por antonomasia del rock orensano, si es que existe tal cosa, publicó un disco que tituló San Francisco Express en honor de este lugar ."

El cementerio de San Francisco sigue en pie de milagro. Hace algunos años, las autoridades municipales quisieron echarlo abajo, pero la presión popular consiguió que triunfara la lógica: era una verdadera barbaridad prescindir de un reducto en el que sedimentaba la memoria cultural y humana de la Galicia más inexcusable. Se hizo mención a la belleza de los panteones y a las esculturas que los ornamentan, pero su verdadera esencia radica en el recuerdo de unos difuntos que convierten el lugar en un espejo al que la ciudad puede acudir cada vez que necesita reencontrarse consigo misma. Lo resume bien el hecho de que esté aquí sepultado Ramón Otero Pedrayo, uno de los abanderados de aquel grupo Nós que estudió y fortaleció la cultura y la literatura gallegas, haciendo que la prosa escrita en la lengua de Rosalía comenzase a respirar aires nuevos y universales. El cementerio, que se inauguró en 1834 después de que los frailes franciscanos cediesen un terreno que permitiera enterrar a los muertos en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, se extiende sobre las faldas del Montealegre, en la parte alta de Orense, y su suave pendiente se va elevando sobre los tejados de la pequeña capital de provincia. A uno y otro lado reposan personalidades del lugar como Lamas Carvajal, Vicente Risco, Parada Justel, Jesús Soria, Marcelo Macías o Xavier Prado Lameiro. También otras personas que fueron anónimas en vida y dejaron de serlo a causa de las circunstancias que rodearon su deceso. Fue el caso de la joven Asunción, a la que en el lejano 1891 asesinó un hombre con el que mantenía vínculos que nunca se aclararon del todo. Un triste final que la convirtió en la primera víctima documentada que se cobró en España la violencia de género. Su exigua lápida reza «¡Pobre Asunción!! Viernes Santo del 91», y ante ella se realizan cada cierto tiempo homenajes destinados a mantener vigente su memoria.

Tumba de Benchosey

Tumba de Benchosey

Pero la de Asunción es una historia que nos llega sin haberla buscado, porque casi siempre las cosas que más nos impactan ocurren por azar. Hemos entrado en el viejo camposanto de San Francisco en busca de otras lápidas, de otros nombres, de los últimos vestigios de unas biografías que, en mayor o menor medida, nos atañen. Atravesamos el recinto mortuorio siguiendo la pista de una que yo desconocía y de cuya existencia me había informado en la víspera el escritor Juan Tallón. Se encuentra en la parte más oriental del cementerio y es la de Xosé Ramón Fernández-Oxea, al que la posteridad ha querido recordar preferentemente con el seudónimo de Ben-Cho-Sey, que empleaba para firmar las crónicas sobre la guerra de Marruecos que enviaba al diario local La Zarpa. Un tipo peculiar. Además de corresponsal bélico, fue uno de los intelectuales que más y mejor reflexionó a principios del siglo pasado sobre la implantación del gallego en la primera enseñanza y llegó a ser presidente del Partido Galleguista en Lugo. Tras la Guerra Civil, se vio forzado a emigrar a Cáceres y a Madrid. Etnógrafo y convencido difusor de las peculiaridades culturales de su tierra natal, hizo gala de un celebrado sentido del humor que le sigue acompañando en nuestros días, tantos años después de su muerte, gracias sobre todo al texto que él mismo redactó para coronar su tumba y que probablemente sea el epitafio más leído de Galicia:

O Señor D. Xosé Ramón Fernández Oxea (Ben-Cho-Sey). Gran cruz de Montealegre, colector de Barallete, Preboste do Tangaraño. Ten o gusto de lles ofrecer aos seus amigos o seu novo domicilio no cumio do cimiterio de Ourense, onde os agardará ata que o boten de alí os ediles de turno. A súa dona e a súa filla préganlle encomenden a Deus a súa ánima. NOTA.- Quedan suprimidas tódalas homenaxes postmortem porque as cousas ou se fan ao seu tempo ou non se fan.

"Dicen que José Ángel Valente no le tuvo nunca mucho cariño a su Orense natal porque allí había padecido en primera persona la miseria moral de una época que despreciaba. "

No está muy lejos la sepultura en la que reposa Eduardo Blanco Amor, aunque no es nada sencillo dar con ella. Pese a que el plano de la entrada señala convenientemente su emplazamiento y hasta incorpora una fotografía para no dejar lugar a dudas, su ubicación en la esquina de una pequeña parcela abierta junto a una calle secundaria resulta tan intrincada que ni siquiera el enterrador al que nos dirigimos en busca de auxilio es capaz de localizar su paradero a la primera. Damos unos cuantos merodeos hasta vernos ante una tumba de cuya esquina inferior izquierda cuelga lo que parece una bufanda esculpida en bronce. «Aquí está, es ese detalle lo que la hace inconfundible», nos ilustra el trabajador municipal antes de alejarse por donde hemos venido con la pala al hombro. A Blanco Amor se le recuerda y se le menciona mucho en Orense —tiene una escultura levantada en su memoria a la vera de la calle del Progreso, una de las arterias principales de la ciudad—, y está bien que así sea porque es dueño de una obra que merece reconocimiento y lectores. Escritor y periodista, fue el primero que editó los Seis poemas galegos de Federico García Lorca, a quien le unía una estrecha amistad, y desarrolló entre Argentina y España una interesante peripecia vital y literaria que acaso encontró su culmen en la novela A esmorga, una espléndida narración con la que renovó el panorama de las letras gallegas. En castellano se publicó con el título de La parranda y conoció una adaptación cinematográfica a cargo de Gonzalo Suárez. Desde su último lecho se llega, en apenas cuatro pasos, a la morada definitiva de uno de los poetas españoles más profundos y singulares de su tiempo. Dicen que José Ángel Valente no le tuvo nunca mucho cariño a su Orense natal porque allí había padecido en primera persona la miseria moral de una época que despreciaba. Quizá por ello sus convecinos recuerden con agrado el apoyo que dio a este viejo cementerio de San Francisco cuando los desaprensivos con mando en plaza quisieron convertirlo en un vergel. Aún así, a algunos les sorprendió que incluyera entre sus últimas voluntades la decisión de recibir sepultura entre sus nichos. El cadáver se repatrió desde Ginebra, donde vivía y donde falleció, para descansar eternamente en el panteón familiar, bajo unas lápidas en las que no figura por ningún lado su nombre, sólo una mención al apellido familiar y una alusión al que fue su único hijo, fallecido de forma prematura y dramática. Es inevitable, al vernos ante este túmulo tan discreto que incluso calla toda mención a su inquilino más ilustre, recordar los versos de aquella cantiga del más allá con la que el poeta conjuraba la melancolía de su desarraigo voluntario:

Escucha, madre, he vuelto.
Estoy en el atrio
donde aquel día el gran cuerpo
de mi abuelo quedó.
Aún oigo el llanto.

Volví. Nunca había partido.

Alejarme tan sólo fue el modo
de quedar para siempre.

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Toca en el reloj la una del mediodía cuando atravesamos de nuevo la puerta del camposanto, esta vez en busca del coche que nos llevará de vuelta a casa. En el interior algunas mujeres adecentan lápidas y nichos con vistas a la celebración inminente del día de Todos los Santos. En 1997 el grupo Los Suaves, paradigma por antonomasia del rock orensano, si es que existe tal cosa, publicó un disco que tituló San Francisco Express en honor de este lugar donde se guardan las historias de quienes fueron y ya no serán nunca. El tren de la vida sigue corriendo por vías gastadas mientras el cielo se tizna del color del otoño y las nubes, manchurrones grisáceos, amenazan lluvia.

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