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Canta el pueblo su canción: Venezuela, Víctor Hugo y la literatura como capacidad de elegir

Canción del pueblo

A los venezolanos (hasta en la noche más oscura aparece el sol).
A los lectores, a los que creen en la palabra.

En un centro comercial cuyos escaparates vacíos delatan inflación y carestía, un grupo de jóvenes –que aparecen de a poco entre la multitud de viandantes– comienza a cantar. Van saliendo uno a uno, entonando al mismo tiempo, la letra de una canción. “Canta el pueblo su canción/ nada la puede detener/ esta es la música del pueblo y no se deja someter”. En un país que no tiene nada que comprar, nada que llevarse a la boca, en un país al que le han arrebatado todo y que en mes y medio de protestas contra un gobierno autoritario ha visto morir al menos a 40 personas, en ese país que se incendia, un grupo de hombres y mujeres se disemina entre una muchedumbre. Las personas se miran sin entender lo que ocurre.  “Te unirás a nuestra causa/ ven y lucha junto a mí/ tras esta barricada/ hay un mañana que vivir”. En un país en el que todos han perdido algo –la vida; la familia; el trabajo; la capacidad de elegir, de envejecer o crecer en su tierra–, un grupo de jóvenes anónimos recorre las galerías de un centro comercial, esos lugares que han sustituido a las plazas y los parques y al que van a recluirse los ciudadanos porque ahí es menos probable que alguien les descerraje un tiro entre los ojos. Es justo ese sitio el que han elegido estos chicos para entonar una versión inspirada en La Canción del pueblo, una composición basada en la novela Los Miserables de Víctor Hugo y que forma parte del musical homónimo estrenado en 1980.

Es probable que muchos de los ciudadanos que organizaron esa acción pacífica de protesta tengan la misma edad del régimen que los oprime.  Venezuela lleva gobernada por el régimen de la revolución bolivariana dieciocho años, uno menos que el tiempo que permaneció Jean Valjean en la cárcel: cinco por robar para comer y catorce por haber intentado huir cuatro veces. Víctor Hugo sin embargo le concedió a su personaje de ficción lo que la realidad niega a los venezolanos: una redención. Y ahí donde no hay igualdad, donde hombres con la cara cubierta apalean, disparan y machacan a los que disienten, la literatura se abre paso para regar la tierra seca de la sinrazón.  Originalmente publicada como Las Miserias, el clásico universal de Víctor Hugo se vale de la historia de un ex convicto transformado en prohombre para ilustrar los dilemas que aguijoneaban a la Francia del XIX, rota en sus intentos de República y engañada por los accidentes de quienes debían ejecutar esa tarea. Saca brillo el novelista a las alegorías del bien y el mal; la moral y la justicia pero, sobre todo, a la capacidad de elegir como la piedra primera de cualquier nación, así sea la que un hombre hace de sí mismo.

"Como en la Francia de 1832 en la que Víctor Hugo sitúa Los Miserables, en Venezuela también rebosa la gota de la escasez, el hambre, la muerte y el abuso."

Como en la Francia de 1832 en la que Víctor Hugo sitúa Los Miserables, en Venezuela también rebosa la gota de la escasez, el hambre, la muerte y el abuso. ¿Se parecen los jerarcas de la revolución bolivariana –¡ay!, comillas simples rotas en el aire– al monarca de la casa Borbón-Orleans contra el que se alzó el pueblo francés del XIX?  La ironía los une en un raro aire de familia, porque los revolucionarios pueden llegar a comportarse como Luis Felipe, el rey Ciudadano, amarga parodia de quienes prometieron hacer una cosa y ejecutaron la contraria. Un país al que se lo han quitado todo –la razón, la palabra, la vida, la ley, el voto– se resiste a la demasiada barbarie. Canta la abstracción de un clásico universal. Entona como puede la palabra arrebatada. Canta el pueblo su canción… en un país sordo.

“Mi nombre es Jean Valjean: soy presidiario. He pasado 19 años en la cárcel. Desde hace cuatro días estoy libre y voy por Pontarlier. Y desde Tolón vengo andando a pie. Hoy caminé doce leguas. Cuando llegué a esa ciudad, esta tarde, entré en una posada, pero de allí me echaron debido a mi pasaporte amarillo, que había presentado en el Ayuntamiento, como hay que hacerlo. Después, entré en otra posada, y me echaron de allí igual que de la primera. Nadie quiere darme alojamiento. Fui a la cárcel y el carcelero no me abrió la puerta. Fui a una perrera y el perro me mordió. Da la impresión de que él también sabía quién era yo”, dice Jean Valjean en el volumen primero de la novela de Víctor Hugo al llegar a la casa en la que Myriel, el obispo de Digne, vive modestamente con su hermana Baptistine y una criada, la señora Magloire, a la que  el cura ordena colocar un cubierto más sobre la mesa. Valjean, que blande incrédulo su pasaporte amarillo de ex convicto, se sienta a la mesa para comer su sopa de pan, aceite y tocino y unos higos que no ha probado en años. Una primera ración de libertad. Una primera y mínima luz en la oscura vida que habrá de redimirlo.

"Entre la espada y la pared siempre se puede elegir la espada, dice a veces Leila Guerriero. Entre la espada y la pared, algunos escogen no morir enterrando en el opresor el acero de la palabra."

La vida no es un folletín del XIX y sin embargo, obra su raro prodigio, esa profecía a la que acuden hombres y mujeres porque saben que, aunque estropeados, ellos también pueden redimirse como lo hacen los héroes en las ficciones. Ulises que vuelve a casa con sangre bajo las uñas. Jean Valjean, con su pasaporte amarillo de delincuente, un hombre que opta por las leyes que tanto y tan duramente lo han castigado. Un país entero, aguijoneado por el hambre y la vejación, que escucha a un grupo de jóvenes invocar el clásico universal en los pasillos de un centro comercial donde no hay nada que comprar. Personas que prefieren el anonimato: no erigirse en nada, excepto en su acción (@cantaelpueblo) para regar una tierra arrasada con el aspersor de la paz. Canta el pueblo su canción, nada la puede detener, esta es la música del pueblo y no se deja someter. Entre la espada y la pared siempre se puede elegir la espada, dice a veces Leila Guerriero. Entre la espada y la pared, algunos escogen no morir enterrando en el opresor el acero de la palabra. Canta el pueblo su canción, nada la puede detener, esta es la música del pueblo y no se deja someter. Porque sí: tras esta barricada hay un mañana que vivir.

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