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Caperucita y los unicornios decapitados

Caperucita y los unicornios decapitados

El premio al juguete más cabrón del año va para la compañía que fabrica peluches decapitados, susceptibles de ser colgados en las paredes del dormitorio infantil, a guisa de trofeos de caza.

¿Qué niño no ansiaría ornar un testero con la cabeza tajada de un rinoceronte, un elefante, una cebra o un león de peluche? ¿Qué tierna infantita no sueña con la testa guillotinada de un unicornio blanco —o rosa—, colgada del muro de su cuarto?

"En ese ínterin, el lobo aborda a la pequeña, engatusándola con lo bonitas que crecen las flores, el dulce trinar de los pájaros y otras milongas"

Mal que les pese a los ofendiditos, esa crueldad place a la infancia. Tomemos por ejemplo a Caperucita Roja. La versión superviviente del cuento la escriben los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, dos lingüistas y eruditos austriacos que, allá por el XIX, compilaron varios relatos orales centroeuropeos. En esa transcripción, Caperucita es “una adorable niña, muy querida por todo aquel que la conociera”. Eso no obvia, claro, que también fuera tonta del culo en notable grado. Porque, a ver, Caperu, colega, ¿cómo narices se te ocurre darle carrete a un lobo que te habla en correcto alemán clásico? Los lobos, tronca, aúllan. O ululan. O incluso otilan. Pero nunca, jamás de los jamases, peroran en la refinada lengua de Goethe.

El caso es que Caperucita, esa mema, va a casa de su abuelita “que está enfermita y débil”, cargando “un pastel y una botella de vino” elaborados por su madre, una nutricionista esquizofrénica y adicta a Master Chef, quien pretende supuestamente cargarse a la vieja para heredar. En ese ínterin, el lobo aborda a la pequeña, engatusándola con lo bonitas que crecen las flores, el dulce trinar de los pájaros y otras milongas que puedan servirla como esparcimiento. (Sigo el tenor del relato de Los cuentos de los hermanos Grimm, Editorial Taschen).

La pérfida bestia se proponía así llegar antes a casa de la abuela, mientras Caperucitilla se dispersaba en ñoñerías. Ya en su meta, el fementido engaña a la vieja para que lo deje entrar, simulando la voz de su nieta. Como la yaya andaba pelín chocha, la fiera logra su propósito y se la zampa de un bocado (los Grimm eran unas eminencias como filólogos y gramáticos, pero como zoólogos dejaban que desear).

"Esta tierna narración de los Grimm podrían leerla hoy los niños, si cesaran un instante de despanzurrar zombis en Fortnite, con gran desparrame de vísceras y sangre"

El avieso cánido digería aún a la abuela, cuando arriba la nieta. Como Caperucita es un alma de cántaro, acontece un momento sublime cuando la niña —amén de ignorar la apariencia lupina de su pariente— procede al magistral interrogatorio de: «¡Qué ojos más grandes tienes! ¡Qué boca más grande!», etcétera… El lobo, menos mal, abrevia el expediente engulléndose también a la prota y, a falta de bicarbonato, se echa una siesta para hacer tan pesada digestión.

Un cazador al paso oye entonces los ronquidos provenientes de la cabaña y, pensando que su moradora anda muy pachucha, entra para toparse con el cuadro. El trampero raja al lobo, rescata a las dos féminas, y —con ayuda de Caperucita— llenan el vientre de piedras al malvado animal, lo cual le acarrea la muerte. Esta tierna narración de los Grimm podrían leerla hoy los niños, si cesaran un instante de despanzurrar zombis en Fortnite, con gran desparrame de vísceras y sangre.

Los hermanos Grimm

Aclaro que tan dulce relato, se debe a que los Grimm fueron unos asaltacunas literarios. La versión fetén de Caperucita Roja la escribió Charles Perrault en el XVII, casi doscientos años antes (la traducción española publicada por Edhasa e ilustrada por Gustave Doré es deliciosa).

"El cuento de Perrault no era de cosecha propia, ni tan siquiera original"

Este cuento primigenio resulta más lúbrico. De entrada, refiere que “la niñita era la más bonita que jamás se hubiera visto”. Esta Caperucita pertenece, por otro lado, a un linaje bastante más rústico y de menor acomodo social, pues lo que lleva en el cestito para su nana son “una torta y un tarro de mantequilla”.

La fiera, por supuesto, también engatusa a la tonta de la cría y se planta en la morada de la abuela, donde devora a la inquilina en un santiamén. Con amor al detalle, Perrault anota que la bestia “hacía más de tres días que no comía”. Para empeorar la cosa, cuando llega la niña, el lobo atipla la voz y le pide: “Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo”. Reforzando la sicalipsis del momento, el buen Charles escribe: “Caperucita Roja se desviste y se mete en la cama”. Háganse cuenta del percal: una niñita desnuda en el lecho de un pérfido. Sólo faltaría un cura de esos a quienes arrea el Papa Francisco para redondear el cuadro.

Charles Perrault

"Las niñas fueron las presas más codiciadas, pues solían forzarlas antes de descuartizarlas para su venta en infames tablajerías"

Gabriel Janer Manila, escritor y catedrático de Antropología, analiza en un ameno trabajo (El rumor de los clásicos: Historias que fueron escritas para ser contadas) el relato y concluye: “En él se unen de forma magistral y misteriosa, el realismo y lo maravilloso, la obsesión por el sexo y la muerte. Incesto, violación, pedofilia, canibalismo, voyeurismo y fetichismo se concentran en un cóctel explosivo”.

Pero resulta que el cuento de Perrault no era de cosecha propia, ni tan siquiera original. El literato y alto funcionario francés pretendió al escribirlo preservar el carácter moralizante de ciertas narraciones similares que corrían por entonces. En su versión oral, el cuento remitía a la Gran Hambruna de la Europa de principios del XIV, cuya población padeció una severísima inedia que acabó con muchos de sus habitantes. Fueron años de malas cosechas e inmensa carestía de provisiones, donde se dieron bastantes casos de canibalismo, especialmente en el agro.

En esa época se motejó como “lobos” a los criminales que rondaban los bosques próximos a las aldeas para secuestrar a críos desvalidos. Estos asesinos mataban a los pequeños, bien para devorarlos, bien para descuartizarlos y vender su carne en otras plazas, bajo el eufemismo de “cordero de dos patas”. Las niñas fueron las presas más codiciadas, pues solían forzarlas antes de descuartizarlas para su venta en infames tablajerías.

Querida compañía de los peluches decapitados, ya sabéis. Existe un nicho de mercado futuro: el asesinato con fines antropofágicos. Trabajad un poco el tema, dadle unas vueltas. Seguro que se os ocurrirá alguna nueva y brillante idea.

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